jueves, 4 de abril de 2019

Metilfenidato y el alto costo de un TDAH no diagnosticado


He decidido comprar el metilfenidato, pese a su precio elevado, pero no voy a intentarlo esta semana, debido a que la receta que recibí tiene mal la fecha, aparece con el mes de marzo en lugar de abril. La llamada del domingo con la psicóloga que me atiende fue de una gran importancia porque al comentarle mi experiencia con la psiquiatra Fabiola, en mayo de 2011 (hace casi ocho años) en que le plantee la posibilidad de que el TDAH haya resultado más dañino que el mismo TLP por haber dado lugar a problemas de aprendizaje (cuya consecuencia más notoria fue que nunca concluí una licenciatura en ingeniería), ella me respondió que independientemente de esto, mi trastorno límite de la personalidad (TLP) está considerado como muy grave.

Esta vez no le plantee la situación a la psicóloga con quien hablo los fines de semana, sino más bien le comenté esa vivencia con la psiquiatra Fabiola y ella sí me dio una respuesta a aquella interrogante de hace ocho años, y esta fue afirmativa. Esta psicóloga cuenta con una maestría en terapia familiar y atiende niños, y en el ejercicio de su profesión ha tratado a menores con TDAH y sabe las consecuencias que puede tener no identificar y atender ese trastorno. Cobrar conciencia de que además de vivir en una tremenda violencia, fui un hijo desatendido puede hacerme caer en la desesperación y ya estoy cansado de eso.

Esta mujer joven, excelente psicóloga me preguntó si mis padres no habían buscado ayuda para mis evidentes problemas de la infancia y yo, teniendo en cuenta que ella no tendría por qué saber del desempeño deplorable que ellos tuvieron, le respondí que cuando niño, tuve estrabismo divergente. Mi ojo izquierdo apuntaba hacia afuera, en la escuela me decían bizco. Puesto que esto era imposible de pasar por alto, se me practicaron dos cirugías oculares antes de terminar la primaria, que corrigieron el problema estético, mas no visual. Esto último no era posible.

Cuando tenía ocho años de edad, una vez al pasar por un pasillo externo, llevando una botella de refresco en cada mano, tropecé y caí sobre una de ellas, que habiéndose roto me hirió la barbilla debajo del labio, una incisión profunda que requirió una intervención de emergencia y entré a quirófano donde se me suturó y por estar ausente el médico de planta, fui atendido por un practicante que hizo un pésimo trabajo y me dejó una cicatriz para las siguientes tres décadas.

En casos como estos, yo recibí la atención médica que necesitaba, pero tratándose de algo que no fuera demasiado evidente para un observador embrutecido e idiota (como lo fueron mis padres, ambos) no ameritaba ser atendido, puesto que no existía ningún problema médico. La sintomatología del TDAH se manifestaba en mi comportamiento en todo momento —además de un desempeño escolar deplorable, pese a ser evidente que era inteligente— pero para mis padres (que se consideraban mártires) yo había llegado al mundo a acabar de arruinar sus vidas, a destruir cualquier vestigio de esperanza que les quedara de recuperar un mínimo de felicidad, convirtiendo su existencia en un suplicio sin fin.

Regresando a una idea expresada en una entrada reciente, tengo que encontrar la manera de no seguir contemplando mi pasado terrible y sin negarlo, teniendo en cuenta que existió y casi arruinó mi vida, dejarlo atrás apreciando cada aspecto positivo que hay en mi existencia cotidiana, en el día a día y buscando la motivación para seguir escribiendo, pero ya no de una manera caótica, sino con un rumbo, dirigiéndome hacia un objetivo. Tal vez hacer llegar a un público la descripción de lo difícil que puede ser la vida de un enfermo mental, la violencia en la que se puede caer y la injusticia que ello representa.

Rememorando a Viktor Frankl, hay que encontrarle sentido a la vida.  


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