martes, 16 de abril de 2019

Cambios físicos, en el umbral de una nueva realidad, salir del túnel


Con motivo de haber comenzado a tomar el medicamento antipsicótico (risperidona) para mi trastorno límite de la personalidad (TLP) a mediados de 2011, teniendo 47 años de edad, subí mucho de peso en un tiempo breve. Un día a finales del año (posiblemente en diciembre) me di cuenta de que había ganado seis kilos, habiendo pasado de 75 a 81 kg.

Al comenzar el año siguiente me propuse perder ese peso excedente, principalmente mediante mi deporte, el ciclismo de ruta pero entonces comencé a sentir un cansancio muscular tremendo y sentirme con sobrepeso, habiendo perdido la línea (mi cintura ya había quedado rebasada) y con tejido adiposo en la parte superior del peso —que provocó que se perdiera la definición de mi musculatura en pecho, brazos y abdomen— me sentía mal conmigo mismo, como un pendejo común de esos que abundan en la sociedad en la que vivo, que se pierden entre la multitud.

Así transcurrió el resto de ese año 2012 y tuvo que pasar bastante tiempo (hasta el 2014) para que volviera a estar en peso, 75 kg o un poco menos. Para abril de 2015 me hallaba en mi peso óptimo, pero obtuve un empleo (lo más afortunado que me ha pasado) y por diversas causas como contar con menos tiempo para ejercitarme, estados depresivos (distimia), falta de motivación e ingerir más calorías de las que necesitaba por comer en la empresa y después en mi casa, volví a ganar peso, si bien ese excedente no era demasiado notorio.

Durante el año 2018 mantuve la actividad, si bien baja debido a un cansancio crónico, pero en octubre (que fui separado de mi trabajo) se redujo mi talla y al regresar se notaba mi adelgazamiento. Al comenzar este año, decidí que no era necesario acudir al comedor de la empresa y eso, aunado a un aumento drástico en mi actividad deportiva, dio lugar a una pérdida de peso importante que me llevó a estar en este momento (y desde enero) debajo de 75 kg. Desde entonces, he tenido una especie de “conciencia corporal” en todo momento, y mi fisonomía de individuo de raza blanca junto con una figura caracterizada por una espalda relativamente amplia, una cintura pequeña y un abdomen plano (además de una buena definición muscular) y la consciencia de que hago un trabajo intelectual que da lugar a un reconocimiento por parte de personas para mí significativas, ayudan mucho con mi autoestima, haciéndome sentir que soy un hombre con cualidades poco comunes.

Reconozco que soy vanidoso, pero no creo que me aqueje un narcisismo patológico pues no vivo imaginándome que muchas mujeres me desean y me siguen con la mirada, me hacen insinuaciones, etc. De hecho pocas mujeres muestran interés en mí, y así ha sido siempre. Me llama la atención que le dé tanta importancia a la imagen que proyecto (en lo visual) cuando ninguna de las parejas que he tenido se ha sentido atraía por mi físico, sino al interactuar conmigo y descubrir ciertas cualidades de mi personalidad, mi nivel intelectual, etc.

Al mismo tiempo, siento que con el paso del tiempo (sobre todo el que he vivido en circunstancias difíciles) he ido progresando mediante el avance en el kilometraje en la Ciclocomputadora montada en el manubrio de mi bicicleta, mi pérdida de peso, mis progresos en condición física y cobrar conciencia de mi realidad completa (quiero decir, desde el principio de mi existencia) y todo esto me pone a las puertas de un cambio positivo que me va a conducir a una nueva etapa de mi vida muy diferente a cualquier cosa que haya esperado jamás y me hará sentir que valió la pena sobrevivir y no me espera un futuro de decadencia provocado por el envejecimiento y las consecuencias de haber vivido mal, sino a un fortalecimiento progresivo que hará posible que aflore mi potencial, cualquiera que este sea.


En el segundo y penúltimo día laboral de esta semana


Desperté poco después de las seis de la mañana sintiéndome muy cansado, pese a haber dormido muchísimo el fin de semana y no haber hecho ejercicio desde el jueves. La semana pasada me ejercité los días martes, miércoles y jueves, en mi bicicleta de carreras sobre rodillos y haciendo además ejercicios con pesas (dos de esos tres días), después siguieron cuatro días de inactividad que no me hicieron sentir ningún malestar pues decidí escuchar a mi cuerpo y concluí que si sentía mucho sueño y cansancio había que dormir bastante y no preocuparme porque el avance de la lectura de mi Ciclocomputadora se detenga temporalmente.

Bajé a tomar mi taza de café con pan mirando videos musicales en YouTube para después iniciar mi sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras. Tenía planeado recorrer 10 km como calentamiento y después salir a la calle a mi circuito acostumbrado de 4000 m de los cuales la mitad son cuesta arriba, pero al abrir la puerta, ya con mi casco y guantes puestos, percibí un fuerte olor a basura quemada y regresé a mi habitación con mi bicicleta para continuar ahí mi entrenamiento del día. Acabé recorriendo 40 km, terminando temprano con tiempo suficiente para hacer ejercicios de musculación, bajar a desayunar y meterme a bañar.

Finalmente encontré un prospecto de pareja en una red social a la que ingresé recientemente, una mujer de mi edad de un rumbo de la ciudad donde vivo caracterizado por pobreza y delincuencia, es decir un lugar peligroso. A todas luces ella cuenta con poca educación y carece de cultura, seguramente somos muy diferentes pero sexualmente parecemos ser muy afines. Tenemos planeado vernos el próximo sábado y pasar el día juntos, involucrándonos sexualmente. Independientemente del aspecto erótico, contar con una persona me ayuda a enfrentar las diferentes dificultades cotidianas, pues me motiva tener a alguien con quien compartir mi vida (por lo menos en ciertos aspectos) y resulta natural darle a cada cosa la importancia que merece.

Con esto último me refiero a que la semana antepasada había vuelto a cobrar conciencia de que no vivo en el aquí y el ahora, sino en un pasado difícil, lleno de sufrimiento que es necesario dejar atrás y me propuse cambiar eso, incluso lo hablé con la psicóloga que me atiende y ella estuvo de acuerdo conmigo. Sin embargo, la semana pasada la actitud hostil de dos compañeras de recién ingreso me hizo sentir muy mal, aunque no me provocó una crisis. La soledad en que vivo agrava mis problemas e intensifica el dolor de acontecimientos que no debería de considerar tan importantes.

Pensando en esas dos personas (a quienes les dediqué una entrada en este blog) pienso en la muy alta probabilidad de que se hayan dejado influenciar (sería más correcto decir manipular, como buenas marionetas) por malos compañeros de la oficina, pero una vez que ambas optaron por asumir esa actitud, la mía —de rechazo— va a ser permanente a diferencia de lo que sucedió antes con compañeras (todas mujeres) que llegaron a causar problemas. Además, si al finalizar el año todavía estoy aquí, seguiré ausente en la comida de mi departamento pues odio la hipocresía y convivir con gente estúpida y mal intencionada en situaciones voluntarias como son los eventos sociales.

lunes, 15 de abril de 2019

Posible violación a la protección de datos personales


He pensado en la alta probabilidad de que algún empleado de SALME haya enviado información sobre mí a la empresa donde trabajo, seguramente mediante un anónimo o usando una identidad falsa, pues eso sería violar la ley, quebrantando la protección de datos personales.

Bueno, pues si tuviera razón, esa persona debería saber que lo que hizo fue inútil, no tuvo ningún efecto y tal vez haya conseguido lo contrario, fortalecer mi situación dentro de mi entorno laboral.

Para explicar esta última idea, debo decir que en ocasiones ocurren cosas en la vida que uno no esperaría. Sin ánimo de manipular a nadie, me ha ido muy mal en mi historia personal, desde el principio; en últimas fechas (y pese a lo mucho que han mejorado mis circunstancias en los últimos cuatro años) me he dado cuenta de la magnitud de la adversidad que tuve que enfrentar desde que era un niño y que no pude haberla tenido más difícil. Pese a todo, decidí enfrentar mi realidad mediante un esfuerzo honesto, poniendo los pies en la tierra y haciendo un auto-diagnóstico de todo aquello que constituía una carencia tanto en mi desarrollo físico, como  intelectual. Así, teniendo más de 20 años de edad cuando se suponía que ya había terminado mis estudios de licenciatura, me encerré en mi habitación y me puse a estudiar cotidianamente (me convertí en un autodidacta), pasando muchas horas metido en los libros, padeciendo una patología muy grave, sin diagnóstico, sin atención médica (psiquiátrica), en un ambiente familiar horrible y con mi padre como mi peor enemigo, bajo el mismo techo.

Por algo desarrollé una patología tan grave, un trastorno límite de la personalidad que pese a lo terrible que es, no me orilló a buscar refugio al dolor en el abuso de sustancias, sino que me dio por hacer deporte y mi actividad física fue tanta que el agotamiento se convirtió en una forma de vida. Un día, teniendo 38 años de edad leí en una revista estadounidense, la historia de un ciclista escocés de alto rendimiento que rompió el récord de la hora, y padecía trastorno bipolar; su vida también había sido una pesadilla. Entonces me di cuenta de que el deporte se había convertido para mí en un mecanismo de evasión y durante 22 años me había estado provocando agotamiento para anestesiar el dolor psíquico.

Pese a tener conciencia de esto último, no pude cambiar mi comportamiento hasta que llegué otra vez a enfrentarme con que ya no quería vivir y seguí en este mundo solamente porque no me atreví a quitarme la vida.

Si personas importantes de la empresa donde trabajo recibieron información sobre mí proveniente de SALME (entre ella que se me considera un paciente peligroso, el antecedente de una empleada de esa institución que pagó un precio muy alto por haberme atacado), que he pasado la mayor parte de mi vida sin trabajar, etc., pudieron haberse dado cuenta de que quien mandó la información violó la ley y que por no tener un origen lícito no puede ser usada en mi contra. Todavía más importante, esas personas (empleados de la empresa donde trabajo, o al menos algunas de ellas) podrían haberse portado empáticas y respetuosas, dándose cuenta de que esa condición de vida (no ser productivo) fue lo más terrible que me sucedió y eso me puso al borde del precipicio pese a mis esfuerzos por evitar verme en una situación tan extrema.

Mi historial laboral en mi lugar de trabajo es considerado excelente por mi desempeño, mi comportamiento (nunca he cometido una falta de disciplina), puntualidad y asistencia, productividad, etc. Si alguien importante en la empresa se enteró de mi historia de vida, pudo haber concluido acertadamente que si no fui productivo fue porque no se me dio la oportunidad, porque otras personas me atacaron con intención de hacerme el mayor daño posible y porque padezco una patología muy grave.

Sea quien sea el infame que cometió una bajeza de ese tamaño —el intento de arruinarme haciendo uso de información protegida— falló en su objetivo, pero sí logró hacer una buena contribución a la corrupción y la podredumbre que permea tantas instituciones en nuestro país, revolcándose además en el lodo.

Concedámosle eso; punto a su favor.

El fin de semana pasado, cansancio, inactividad y postración


A diferencia de los fines de semana pasados, esta vez fui a comprar el mandado de la semana a Walmart en sábado por la mañana (en fechas recientes, lo había hecho en domingo por la tarde, algo problemático por la cantidad de gente que hace lo mismo, las aglomeraciones). Busqué el medicamento Tradea (metilfenidato) tanto en Sams como en Walmart, pero no hubo en ninguno de los dos comercios. Más tarde lo busqué en una Farmacia del Ahorro, donde sí lo trabajan, pero no lo tenían en existencia.

Antes de dirigirme a comprar el mandado, sábado por la mañana marqué el número de atención psicológica y hablé con la psicóloga que me atiende. Para mi sorpresa ella no se encontraba preocupada y eso me tranquilizó. Sin embargo, esta dama sí expresó cierta preocupación porque pueda llegar a darse una dependencia, de usuario hacia su terapeuta  y yo le respondí que aunque así sucediera, ella no tendría motivos para preocuparse pues yo jamás la buscaría fuera de ese lugar (vía telefónica), no haría ningún intento por localizarla ni hablar con ella; simplemente se habría ido de mi vida y la recordaría con gratitud y afecto.

Pasé muchas horas de ese día, sábado, acostado en mi cama, durmiendo. En muchos días no había tendido la cama y me cubría con una cobija, pues pese al clima caluroso, dentro de la casa sentía una temperatura baja, sobre todo al quedarme dormido.

El domingo no fue muy diferente, pero además del cansancio sentí una tremenda tristeza, incomodidad y desesperación, pese a que al comenzar el día había tenido comunicación con una mujer que conocí en una red social, y platicando vía telefónica le hablé de mí y principalmente de mis intereses en lo referente a sexualidad, algo que a ella le gustó y ya acordamos vernos esta semana.

Sin embargo, este buen prospecto no impidió que me sintiera muy mal anímicamente el resto del día pues he pensado mucho en una mujer de la que me he enamorado, más joven que yo, con grandes cualidades en todos aspectos, desde su belleza física hasta su nivel intelectual; el tipo de persona que parece tenerlo todo. Pensé entonces en el desastre que ha sido mi vida, en lo prolongados que fueron esos periodos en que estuve solo, viviendo en la pobreza, desempleado, muy enfermo y sin atención médica, etc., y en el tiempo que se perdió, en todo ese sufrimiento y en que mis pérdidas son enormes.

De la mano con todo esto viene la conciencia (dolorosa pero necesaria) de que tuve padres atroces, que todo lo hicieron mal y los más perjudicados de los cuatro hijos fuimos mi hermana Verónica (que murió hace casi 13 años) y yo. Mi padre y mi madre no solamente no identificaron que yo tenía problemas neurológicos y de salud mental desde mi más temprana infancia, sino que una vez que hube llegado a la edad adulta y para cualquier padre habría sido demasiado evidente que algo andaba muy mal conmigo, me utilizaron para eternizar su relación destructiva, y en el caso de mi padre para justificar su autodestrucción, y el daño tan tremendo que le hizo a toda su familia.

Cuando tuve una oportunidad de recuperarme, el infame David (que se decía mi amigo) me pegó una puñalada por la espalda (enero de 1998), dando el primer paso para mandarme de regreso al infierno y esto representó para mis padres una oportunidad para seguir contando conmigo como el origen de todos sus problemas, que no desaprovecharon y se encargaron de arruinarme casi absolutamente.

No sé qué tan frecuente es que la gente haga esto (destruir la vida de uno de sus hijos, o de varios de ellos) pero sí sé que cuando lo hacen, no les importa que estén arruinando a un ser humano, a uno que ellos trajeron al mundo.

Sin embargo, es un hecho que por méritos propios, he logrado sobrevivir y en ciertos aspectos he manejado mi vida de una manera ejemplar. Si todavía estoy aquí tengo que encontrar la manera de superar mis problemas, aceptar mi pasado para poder dejar de contemplarlo y mirar hacia adelante.

Voy a mantener ese objetivo fijado en fecha reciente: vivir en el aquí y el ahora.

viernes, 12 de abril de 2019

Y si se me descubriera..., ¿qué sucedería?


Esa psicóloga que me ha atendido los fines de semana, vía telefónica me recomendó que buscara la manera de tomar el metilfenidato (Tradea), ya conseguí la receta y he dudado sobre comprar el fármaco, principalmente porque en últimas fechas he tenido problemas para dormir, y tratándose de una metanfetamina, pudiera agravar el problema.

Eso me pasó anoche, desperté poco después de la una de la mañana y dormité hasta cerca de las cuatro, en que tomé un cuarto de Clonazepam y finalmente pude volver a dormir, saliendo de la cama a las ocho y media, sintiéndome tremendamente cansado.

Las primeras horas de la jornada laboral fueron difíciles porque además del cansancio me sentía indigesto y anímicamente indispuesto. He pensado en la posibilidad de que la directora de mi departamento haya visto aquel blog que terminé de escribir los primeros días de este año, en que aparece información sobre mí, sobre el modo como he vivido (privado de una labor productiva) y además que alguien de SALME le haya hecho llegar (a ella y otras personas importantes de la empresa) información sobre mí, por ejemplo antecedentes míos que han provocado que se me considere un individuo peligroso.

La paranoia es un síntoma de mi trastorno, tal vez por eso cuando la directora cierra la puerta de su oficina para hacer una llamada telefónica, pienso que el tema que podría estar tratando con su interlocutor tiene que ver conmigo. Tener malos compañeros cerca de mí no ayuda, ni la soledad en la que vivo, pero veo la necesidad de tranquilizarme y contemplar las ideas aquí expresadas (sobre mis escritos publicados en internet y la información que esa institución haya emitido sobre mí) como poco probables. Y además, si sucediera eso, no podrían hacer nada porque las autoridades de la empresa no pueden meterse con mis redes sociales, ni con lo que yo publique en internet, a menos que pudiera identificarse a empleados de la empresa o a la compañía misma, y no hay posibilidad de que esto ocurra.

En cambio, en la remota posibilidad de que estuvieran al pendiente de este blog, no les haría daño contar con una panorámica de cómo se les ve, tanto en lo individual como en lo colectivo, ideas que muchas personas comparten pero no se atreverían a comunicarles.

La verdad no hace daño, pero sí provoca mucha inquietud, y mucho miedo.  

Pensamientos diversos, al terminar la semana laboral


Último día de la semana laboral, última hora, mi mente se mantiene ocupada con pensamientos inconexos, cada uno de los cuales trae aparejados sentimientos, la mayoría de los cuales son negativos como tristeza, frustración o furia.

Vi en Twitter el perfil del esposo de mi hermana Yolanda, con quien se casó en agosto de 1993 arruinando su vida. El tipo tiene el aspecto de un paria, de un vividor burdo y cínico. En momentos de enojo e incomodidad (que son tan frecuentes en mí) le he dicho a mi madre que con lo que he estado haciendo los últimos cuatro años (que llevo en mi empleo) le he estado rompiendo el hocico a ese lacra. No he tenido comunicación con esa hermana, pero tengo la sensación de que está muy cansada de llevar sola el peso de la manutención de una familia, sin ayuda de su esposo y la situación empieza a quebrantarle el alma. Siento pena por ella, pero al mismo tiempo creo que es una condición merecida pues lo que me hizo en abril de 2014 (hablar mal de mí a mis espaldas, mencionándome como el responsable de sus problemas, continuando con la labor iniciada por nuestro maldito padre) me lastimó mucho y me provocó crisis muy dolorosas, recurrentes, heridas que tardaron mucho en sanar.

También he pensado en esa psicóloga con la que he llegado a involucrarme de quien no sé mucho, solamente generalidades pero sí sé que tiene una inteligencia poco común y que es una mujer bellísima. El sábado pasado de pronto sentí la necesidad de alejarme de ella, porque si mi involucramiento sigue creciendo, ante la imposibilidad de que haya nada entre ella y yo, me veo en riesgo de caer en un sufrimiento tremendo y eso es algo que no necesito, algo a lo que de veras temo.

Por otra parte me he dado cuenta de que en SALME, Instituto Jalisciense de Salud Mental, soy una persona importante (aunque la mayoría de sus empleados no me conocen) y me consideran un usuario peligroso. Yo rechazo esa noción, pero sí tengo conciencia de que lo que he hecho (escribir sobre gente que trabaja ahí) he provocado conmoción, y posiblemente una afectación seria a ciertas personas en particular. Una de ellas, una psicóloga de nombre Rosy, por la sencilla razón de que con el paso del tiempo siguió agrediéndome, algo que era su obligación evitar y yo no le di motivos para que hiciera eso.

De manera análoga, he afectado a un psiquiatra de nombre Flavio (que no trabaja en esa institución, sino en una que se encuentra a un lado de la misma), un mal individuo que me hizo mucho daño en un periodo discontinuo de once años, que comenzó en 1995 cuando yo ya no quería vivir (incluso tenía conductas de mucho peligro, suicidas y de automutilación) y continuó hasta 2006, cuando mi hermana menor acababa de morir, tiempo durante el cual mostró indiferencia por mí, no me dio el tratamiento que requería mi trastorno de personalidad (muy grave), ni siquiera me informó que padecía esa patología y terminó agrediéndome verbalmente, pegándome donde más me dolía.

No se debe subestimar el efecto que tiene la verdad en gente que ha optado por vivir en el engaño, huyendo de una realidad dolorosa, asumiendo una actitud cobarde ante la vida, optando por culpar a otros de sus carencias y de sus debilidades y buscando a quién hacer daño para desahogar su frustración.

Al escribir este último párrafo se me vienen a la cabeza el médico de la empresa y su jefe, el director de RH. Yo decidí no volver a tratar con ninguno de ellos y los considero gente despreciable, habiéndome traicionado en un momento en el que se me señaló como un peligro potencial sabiendo que no había una justificación para ello. Me abruma pensar en la cantidad de gente cobarde que hay en mi entorno  y pienso en la posibilidad de que así sea en gran parte del mundo. De ahí mi admiración por gente como Hans y Sophie Scholl, y Christoph Probst, miembros de la Rosa Blanca ejecutados en la Alemania nazi un 22 de febrero de 1943.

Hay principios que rigen mi vida y la cobardía no es uno de ellos.

jueves, 11 de abril de 2019

De gente obesa y agresiva


Poco antes de salir a comer (algo que en realidad no hago, más bien me tomo mi tiempo de descanso) fui al baño y al regresar, en el momento de ingresar a la oficina tuve que cederle el paso a una nueva compañera, de nombre Carmen que llegó hace dos semanas (de hecho menos) y ocupa el mismo puesto que yo, traductor. Su actitud hedía a hostilidad y encontrarme de frente con ella produce una sensación equiparable a recibir un puñetazo en el estómago, su cuerpo está lleno de grasa, de manteca; no hace contacto visual pero la expresión de su rostro proyecta un odio que para mí resulta incomprensible porque no le he hecho absolutamente nada; su actitud belicosa refleja la imagen de una aberración con patas (de cerdo) por dirigir su violencia contra un compañero de trabajo sin justificación alguna.

En las últimas semanas han llegado a la oficina nuevas compañeras de trabajo, cuatro, de las cuales el 75 por ciento (o sea tres) son obesas. Dos de ellas tienen actitudes correctas, de respeto, sin agredir ni ofender a nadie de ninguna manera. Las otras (la gorda mencionada en el párrafo anterior) y otra, la única delgada, dan rienda suelta a su amargura defecando (de manera metafórica) la senda que pisan. Es un hecho que como una generalidad, resulta más fácil para una mujer agredir a otros que a un hombre asumir ese tipo de conductas. Hablando con una psicóloga, al plantearle la pregunta quiénes son más conflictivos, hombres o mujeres, me respondió que ellas.

La gorda rabiosa se ha ido a comer desde el principio con una de las compañeras del escritorio múltiple mencionado en el párrafo anterior, gorda y extremadamente tonta muy amiga de un homosexual que pertenece a este departamento, de conducta atroz, que afortunadamente cambió de lugar a un área recién construida por necesidad de la empresa, porque se está contratando personal ante el aumento en la producción y el crecimiento de la compañía.

Ese homosexual es posiblemente la persona más detestada de todo el departamento (compuesto por más de 60 integrantes), y la razón no es homofobia, sino su costumbre de agredir verbalmente a otras personas y a abusar de su cercanía con la directora de esta división, que lo ha cobijado con impunidad, como a otros. La gorda recién llegada debe ser muy estúpida si la razón de su hostilidad, por la cual se defeca por donde pasa es haber escuchado a ese mal compañero hablar mal de mí (y muy probablemente de otros compañeros) que incluso tiene un aspecto de lo más desagradable, para mí repulsivo.

Además de estar hecha un cerdo (siendo a todas luces una persona joven), esa vieja babosa fuma, lo que habla de un estilo de vida destructivo pues la obesidad constituye un acto de autoagresión y por si eso no fuera suficiente, tiene que envenenar el aire que respira dañando sus pulmones y su corazón, reduciendo aún más su capacidad respiratoria y preparando el camino para algún tipo de cáncer.

Bueno, no le permitamos a la marrana que nos haga sentir mal, que le aproveche a la pobre idiota.

Vivir el aquí y el ahora, una actitud acertada, pero que no resulta fácil


La semana pasada, durante el transcurso de un día de trabajo me di cuenta de pronto de que necesito romper con mi pasado, no olvidarlo, sino dejarlo atrás y en cambio vivir el aquí y el ahora. De eso hablé hoy en la mañana, vía telefónica con la psicóloga Leticia mientras me dirigía a mi trabajo en la unidad del transporte público, una persona a quien yo considero excepcional, a quien conocí hace poco más de 10 años y por quien siento mucha gratitud y afecto.

Pasan las horas del turno laboral y escucho los diálogos de las compañeras que ocupan un escritorio múltiple muy cercano al mío, plagados de tonterías, caracterizados por una seria carencia de inteligencia y cargados de ignorancia y de estulticia. Las dos responsables principales tienen sobrepeso, anatomías horribles y por si esto fuera poco, son gente mal intencionada. Acompañando esta realidad aparece la conciencia del tedio, la vida diaria en un tono gris, monótono, aburrido, sin alegría. ¿Le es común esta percepción a muchas personas, o  la experimento yo así por mi patología, por mi existencia difícil?

Me inclino a pensar que se trata de lo primero. Aparecen correos electrónicos en mi cuenta de Outlook (de la empresa, de comunicación interna) con faltas de ortografía, por ejemplo el deporte más popular en mi país (que yo detesto) escrito como fútbol, cuando por el modo como lo pronunciamos en México no es una palabra grave, sino aguda y por lo tanto no lleva tilde. Otro correo presenta imágenes de empleados que cumplieron años el mes pasado, y aparece escrita la palabra ‘marzo’ con mayúscula, cuando en el idioma español los nombres de los días y los meses (lunes, martes, miércoles…, enero, febrero, marzo…) son nombres comunes y por lo tanto se escriben con minúscula. Me pregunto si la molestia que esto me provoca es parte de mi neurosis, o es simplemente una postura ante la vida, esperar que otras personas se exijan más a sí mismas y no se la vivan exhibiendo su pobreza, lo cual raya en la impudicia.

En la llamada telefónica de esta mañana con la psicóloga Leticia, le dije que el mal compañero que me atacó difamándome, hablando falsedades de mí a mis espaldas con una saña incomprensible podría estar metido en un problema serio. El último día de noviembre del año pasado (que fue viernes) alguien le preguntó si iba a ir al evento de fin de año, que se celebraría al día siguiente sábado 1 de diciembre aprovechando que por la toma de posesión del nuevo presidente de mi país no sería hábil. Este tipejo respondió ‘no sé, surgió algo’. Desde entonces, me ha parecido percibir que se ha sentido muy mal, presa de un malestar intenso del cual  me hace a mí responsable pues al pasar junto a mi lugar, me ha dirigido muchas veces una mirada de reproche.

Le decía a Leticia (ella ya tenía antecedentes de este asunto desde principios de octubre, en que la busqué en su lugar de trabajo en un momento de crisis) que es posible que durante los días de ese mes que no estuve en mi trabajo, que me dieron días de descanso y estuve ausente casi dos semanas, se haya conducido una investigación acordando hacer lo procedente respecto a las faltas cometidas por este infame, sin que yo me enterara. Sé que hay mucho de especulación en todo esto, pero parece tener sentido. Tengo razones para pensar que puede ser así.

La primera es que a la directora de mi departamento (que tiene el peor clima laboral de toda la empresa) se le han ido acumulando problemas por las renuncias de mucha de su gente, que se fueron de la compañía cansados de tanto conflicto con allegados a ella. De esto surge la necesidad de ponerle el hasta aquí a uno de sus subalternos al que muchos ven como un intocable, que tiene muy malos antecedentes y que parece haberle tomado la medida pues ella le había dicho que me dejara en paz cuando se enteró de mi malestar por la actitud de hostilidad y agresividad pasiva que él mostraba hacia mí. 

Había una invitación para acudir hoy al comedor de la empresa, para los empleados que cumplimos años en abril, que yo ignoré. Los encargados de organizar ese convivio son gente de recursos humanos, contra quienes no tengo nada (de hecho tengo buen trato con algunos de ellos) pero no quiero encontrarme con su director, una persona que me despierta rechazo porque utilizó la información que yo le di voluntariamente sobre mí, confiando en él, para pegarme por la espalda en la primera oportunidad que tuvo, igual que su subalterno, el médico de la empresa. Además, muchos de mis compañeros de trabajo son gente de la que prefiero mantenerme apartado y entre ellas podrían estar algunos de quienes como yo, cumplen años en este mes de abril.

¿Qué hay de positivo en mi cotidianidad? Habrá que pensar en una respuesta, pues pese a la mejoría en aspectos importantes de mi vida diaria, sigo sintiéndome solo, aburrido y triste buena parte del tiempo.

miércoles, 10 de abril de 2019

Encontrarme en un punto crucial en mi vida


Desperté poco después de las seis de la mañana pero me quedé bastante tiempo en la cama, para levantarme poco antes de las siete y bajar a la sala a tomar mis acostumbradas tazas de café con pan mientras miraba videos musicales en YouTube. Me sentía bien y con la disposición de ejercitarme en mi bicicleta de carreras, sobre rodillos y sentía que debía de apagar la televisión y dirigirme escaleras arriba para iniciar mi sesión de ciclismo, pero al mismo tiempo pensaba que tenía derecho al ocio, a disfrutar de la música acompañada de imágenes. Finalmente opté por hacer lo que había planeado y me dispuse a pedalear durante una hora, haciendo un esfuerzo considerable.

Anoche salí a pasear a mis mascotas y mientras hacía esto hablé por teléfono con una psicóloga de una institución pública (Cruz Verde) que en realidad es una cubre-incidencias. Ya había dialogado con ella un buen número de ocasiones y esta vez me dediqué a sacar la frustración y la furia que sentía por casi tener la seguridad de que alguien de SALME envió información sobre mí (que está clasificada como confidencial) a la empresa donde trabajo. Cinthia me escuchó y estuvo de acuerdo conmigo en que tengo derecho a responder a agresiones y no tengo por qué resignarme a recibir golpes si no he dado motivos para ello.

Eran más de las once de la noche y recorríamos un trayecto bien conocido (de hecho he vivido en el mismo lugar los últimos 37 años de mi vida) y de pronto noté que había extraviado mis lentes. Me los había colocado en el cuello de la camiseta para poder marcar el número de esa institución pública en mi Smartphone y en algún momento, estos cayeron sin que yo me percatara de ello. Entonces di media vuelta acompañado de mis perritas y caminé por la senda que había recorrido. Apenas habíamos cubierto unos 50 metros (yo iluminaba el camino con la linterna de mi Smartphone) cuando mi perra Clara pegó su nariz a un objeto tirado en el piso y entonces me di cuenta que eran mis lentes y me agaché para recogerlos. Me di cuenta entonces de lo afortunado que había sido encontrarlos y al llegar a casa me cambié de ropa y me dispuse a dormir.

Durante la cena le había comentado a mi mamá que sospechaba que en mi trabajo habían recibido información sobre mí, proveniente de SALME y si mi suposición era correcta, quien la envió había violado la ley. Le informé de las razones para mis sospechas (expresadas en la entrada anterior) y que en realidad no tenía motivos para preocuparme, pues haber vivido con una patología muy grave no es un delito y nunca lo ha sido.

Me imagino que dormí muy profundamente pues al despertar me sentía bien en todos sentidos. Estos últimos días he dejado de tomar cerveza para en su lugar beber limonada, necesito la vitamina C. Además, la cerveza tiene muchas calorías y aunque gastaba poco más de 100 pesos por semana en esa bebida, parece buena idea recortar gastos y darle mejor uso a ese dinero.

Volviendo al asunto de SALME y la posible violación a la ley al divulgar información sobre un paciente, si así hubiera ocurrido habría sido un acto de venganza. La pregunta es ¿quién sería el autor? Una posibilidad podría ser Rosy, esa psicóloga del Centro de Intervención en Crisis a quien le dediqué una entrada en ese blog que terminé de escribir al inicio de este año, 2019. Otra persona que podría haber hecho eso es la esposa de Laura, como una venganza a otra entrada en la que hablaba de su cónyuge refiriéndome a ella como ‘la mujer que amo’. ¿Y si hubiera sido Laura? Esto parece poco probable, pero tomando en cuenta que hace diez años ella me pegó por la espalda, al romper la neutralidad a favor de una compañera suya que cometió faltas gravísimas e incluso incurrió en conductas delictivas, de las que yo fui la parte agraviada, no me sorprendería tanto.

Siento que mi vida ha llegado a un punto de importancia trascendental, que en estos momentos está sucediendo algo muy afortunado, que el destino me depara algo bueno. ¿Pensamiento de deseo? No lo creo así. Se han dado una serie de acontecimientos que parecen cerrar círculos enormes y el incremento en mi energía y mi fuerza física me han hecho sentir que he rejuvenecido muchos años, más de 10. Si bien tengo momentos difíciles (como me sucedió el lunes por la tarde), he tenido otros bastante afortunados como una breve plática con una compañera de trabajo que al llegar a esta área, hace ocho meses, me hizo sentir terriblemente mal al dejarse manipular por un compañero que es una persona de lo peor y que ahora, al conocerme, empieza a darse cuenta del error que cometió y muy probablemente a poner en su lugar a su subalterno, la alimaña que perjudica a otros con su maestría en el arte de la intriga.

En algún momento me voy a enterar de algún suceso ocurrido a un enemigo, que cambiará el rumbo de su vida, o le pondrá fin a la misma. Será una gran satisfacción para mí.

Un posible acto ilegal de una institución, en mi contra


De acontecimientos que se han dado en los últimos meses, apareció en mi mente la idea de que alguien de SALME (Instituto Jalisciense de Salud Mental) pudo haber dado información sobre mí a la empresa donde trabajo, con intención de hacerme daño, de que lo pierda. Tengo buenas razones para pensar en esta posibilidad, una de ellas que un día, cuando ingresé a la oficina, la directora de mi departamento me miró con una expresión de mucho miedo. ¿A qué pudo deberse esto? Si alguien le dijo que soy un paciente peligroso y hay un antecedente de una psicóloga a quien orillé al suicidio (una inexactitud absoluta).

Hablando con una de las psicólogas del Centro de Intervención en Crisis (una dama de quien tengo muy buena opinión) me externó su preocupación ante la posibilidad de que en mi trabajo vieran mis blogs, y decidieran despedirme por lo que ahí puede leerse. Mi respuesta fue que tenía la intención de escribir en un cuaderno sobre asuntos que considero graves, no publicarlo en la red; ante esta respuesta ella pareció tranquilizarse. ¿Será posible que esa psicóloga se haya enterado de que alguno de sus compañeros hizo algo incorrecto como enviar la dirección de mi blog a la empresa donde trabajo, tal vez información sobre asuntos graves que ocurrieron en esa institución, de los que me consideran responsable?

En fecha más reciente, hablé con la misma persona (la directora de mi departamento) y el diálogo fue difícil. En un momento ella me externó la idea de que mi patología no me ha dañado tanto, puesto que ya tengo años en la empresa “produciendo”. Me parece poco probable que me dijera algo así si no se enteró, de alguna manera de algo que yo escribí en otro blog (donde aparece mi identidad real, no un pseudónimo), que he pasado la mayor parte de mi vida sin trabajar, lo que me impidió hacerme de un patrimonio y me condenó a la pobreza y una especie de ostracismo, dos de los factores que me llevaron a perder por segunda vez la voluntad de vivir y a pensar seriamente en la posibilidad de quitarme la vida.

Después me quedé pensando, ¿y si se supiera todo eso, qué pasaría? De hecho, haber vivido así no es algo de lo que tenga que avergonzarme, pues he padecido un trastorno muy grave (TLP) y mi vida comenzó mal con un daño neurológico que nunca se detectó (incluso estrabismo en el ojo izquierdo, con el que no veo), TDAH que dio lugar a problemas de aprendizaje, y padres que fallaron miserablemente.

¿Qué hice en mi juventud? Educarme a mí mismo, ante la dificultad (podríamos llamarle imposibilidad) de aprender en las aulas. Me esforcé una barbaridad viviendo en condiciones muy difíciles, en pobreza por no trabajar, en una violencia intrafamiliar de pesadilla, con un padre que llevaba en sus entrañas un odio hacia mí que crecía cada día, con una madre que me utilizó para perpetuar su relación destructiva con mi padre y sumido en una soledad muy dolorosa por todas mis circunstancias.

Hice mi mejor esfuerzo y obtuve muy poco a cambio, casi nada. Hasta la actualidad, la idea del suicidio sigue presente y es un hecho que no quiero vivir. Perdí la voluntad de seguir adelante unos días después de que murió mi hermana menor (30 de abril de 2006), hace casi 13 años y siento que ya no la voy a recuperar, pese al giro que dio mi vida hace cuatro años.

¿Debería vivir ocultando un pasado de adversidad del que no soy responsable? La respuesta parece obvia. Otras personas deberían de avergonzarse por optar por vivir en la cobardía e ir por la vida con una actitud pragmática, predicando principios y valores, humanismo y muchas ideas que están de moda y hacen ver bien a quien las toma como bandera, cuando en realidad se acomodan a las circunstancias, aun si eso implica traicionarse a sí mismos y convertirse en farsas ambulantes. Lo que ese tipo de personas parecen ignorar es que adoptar estos estilos de vida (de farsantes acomodadizos) conduce a una destructividad que afecta a quien se flagela a sí mismo de esa manera y a las personas que le rodean, especialmente a sus familias y seres queridos.

Si mi suposición fuera correcta y se supiera qué ha habido en mi vida, podría continuar con la frente en alto y lejos de estar avergonzado, sentirme orgulloso por lo que sí he logrado, una formación académica sólida, un buen nivel cultural e intelectual, estar físicamente apto habiendo optado por un estilo de vida caracterizado por el deporte y los buenos hábitos de higiene, etc.

Si alguien de SALME trató de hacerme daño, a todas luces falló. Lo que es un hecho es que si tuviera razón en mi suposición, esa persona (y tal vez la institución) habrían violado la ley, divulgando datos personales. Ya no soy joven, he vivido y sé muy bien que si alguien quebrantó la ley, no tiene nada que temer pues en mi país rara vez se castiga el delito y la impunidad anda arriba del 90 por ciento.

Que les aproveche a las autoridades de esa institución fallida y a sus malos elementos, los cuales son muy numerosos.

martes, 9 de abril de 2019

Soñar con un enemigo, la hora de la venganza ha llegado


He pensado mucho en David, el infame que al comenzar el año 1998 me pegó por la espalda, siendo mi jefe en una empresa de la maquiladora electrónica en el que era el primer empleo de mi vida, que creí había cambiado mi realidad y el curso de mi vida, solo para ser expulsado y que los siguientes 17 años se convirtieran en una pesadilla de la que no pude despertar y con mucha frecuencia un verdadero infierno.

No entiendo cómo alguien puede hacerle tanto daño a otra persona (que incluso lo consideró su amigo) y seguir con su vida. Si yo hubiera hecho algo así no hubiera podido con la culpabilidad y habría buscado a la víctima de mi traición para pedirle perdón y tratar de resarcir el daño. Ese mal nacido, lisiado de espíritu se desentendió de la infamia que cometió y nunca miró atrás, tuvo dos hijos más (el primero había nacido a mediados de 1997) y en algún momento en el año 2013 (teniendo 48 años de edad) fue contratado por una empresa para trabajar en Estados Unidos, primero en Indianápolis, más tarde en Atlanta. Hasta donde yo sé, ahí sigue. Yo le propiné un golpe describiendo lo que me hizo y haciéndoselo llegar a él y a sus allegados. Sé bien que ese podría considerarse un agravio mayor, pero es simplemente una respuesta a lo que él me hizo a mí.

Anoche soñé con él, que me hallaba en la sala de mi casa y sonaba mi teléfono fijo, yo contestaba y David me preguntaba qué buscaba atacándolo. No sé cómo se desarrollaba el diálogo, pero sí recuerdo que yo le preguntaba si iba a enfrentarse conmigo y él me decía como respuesta: siempre he sabido pelear.

Hablando con la psicóloga que me atiende los fines de semana (una mujer joven con muy buenas características) le he hablado de David y lo que hizo cuando tuvo un poco de poder, cómo llevó el abuso al extremo. Una vez le pregunté por qué me trataba así, por qué me levantaba la voz en presencia de otras personas (mis compañeros, que también le reportaban a él, gerente de ingeniería) y él me dijo que no me estaba tratando mal, que eran mis complejos de inferioridad. Me parece que no hace falta decir nada sobre una bajeza de ese tamaño. Teniéndolas todas consigo, este hijo de puta era implacable. Ahora, después de varios años de que puse en la red que él sabe muy bien de lo que hablaba, complejos de inferioridad por haberse casado con una mujer que parece su sirvienta, no aparece en mi vida para enfrentarme. Ha demostrado contundentemente la clase de cobarde que es, algo que en realidad no necesitaba corroborar.

Han pasado 21 años y tres meses y nunca he vuelto a ver a ese infame, y tal vez sea lo mejor. Siempre he sabido cuál es el origen de su envidia y la furia que lo llevó a atentar contra mí, poniendo incluso mi vida en peligro. He comentado con otras personas que ese mal individuo siempre fue mucho más agresivo que yo. Una vez, cuando tenía poco de haberse juntado con esa mujer de aspecto muy autóctono con la que después tuvo tres hijos, andaba buscando vivienda y me mencionó una colonia donde rentaría un departamento. Yo le dije “está feo por ahí”, a lo que él respondió “está mejor que donde tú vives”. Yo debí colgarle el teléfono, después de mandarlo a chingar a su madre, pero estando tan joven, falto de experiencia no sabía en qué podía desembocar una relación con una persona que vive con tanto dolor (en el caso de David por su apariencia, carente de toda virilidad y hombría, con un físico extremadamente débil motivo de una gran vergüenza y de la idea de ser víctima de una enorme injusticia). Este remedo de Heinrich Himmler (aunque más alto) se enteró un año después de haberme conocido de que yo era un deportista serio y al corroborarlo conviviendo conmigo, sintió que él no podía ser tal cosa porque yo lo despojé de lo que le correspondía por derecho.

Parece innecesario decir que no podemos reclamarle a nadie de lo que carecemos hablando de genética, o de lo que no está bien con el organismo con el que nacimos. David era hijo de dos personas con genéticas muy pobres, era el tercero de cinco hijos, tres varones y dos hembras. Los tres individuos del sexo masculino eran altos y enjutos, de complexión muy débil; las dos mujeres bajitas y redondas, con mucho tejido adiposo en su anatomía. No entiendo cómo es que David no pudo entender que yo no tenía nada que ver con su pobreza física, con que tuviera aspecto de espantapájaros y el que yo presentara buenas características anatómicas (ser delgado y razonablemente fuerte, físicamente apto) no tendría por qué llenarlo de amargura ni despertarle un odio que lo cegara y lo llevara a arruinar a alguien a quien llamó amigo.

He pasado los últimos 21 años de mi vida odiando a este despojo humano. Si me referí a él haciendo alusión a Heinrich Himmler es porque David comparte con ese monstruo sanguinario ciertas características como un cociente intelectual medio que le permitió tener buen aprovechamiento escolar y una tendencia irrefrenable a hacerle daño a otras personas a tal grado de arruinar sus vidas; además de una excepcional cobardía.

Soñar con esta basura, con David Iturbe Gutiérrez podría ser simplemente una manifestación de que lo he tenido en mi mente cada día de mi vida desde aquel ya lejano inicio de 1998, o tal vez sería una señal del destino de que el infame malnacido tiene un pie en la tumba, o los dos.

Ya me enteraré. 

lunes, 8 de abril de 2019

Un día difícil, sentir repulsión por muchas personas que parecen seres infrahumanos


Me tomé mi tiempo de descanso en una cómoda silla reclinable. Al ingresar a la red social Twitter de pronto sentí una súbita tristeza, muy intensa. Pensé en esa psicóloga de la que decidí alejarme al menos por un tiempo y durante algunos minutos sentí mucho dolor. Después sentí sueño y dormí algunos minutos.

El rechazo que muchos habitantes de mi país me producen, contrasta con lo escrito en la entrada anterior (mi preocupación por la deshumanización de tantas personas). Al llegar a trabajar esta mañana, encontré con que no estaba la guardia de seguridad (sexo femenino) que con otra ha estado las últimas semanas, en turnos de 24 horas sino un muchacho (sexo masculino) acompañado de un individuo mayor, también del género masculino, lo que me preocupó ante la posibilidad de que esas dos personas del sexo femenino hayan sido cambiadas y ya no vayan a estar en esa posición, la que corresponde a mi edificio.

Esos dos individuos mencionados en el párrafo anterior tienen una apariencia que me molesta mucho, la cual es abrumadoramente frecuente entre millones de habitantes del país donde vivo, donde me tocó nacer, al que no amo y donde mi vida cotidiana es muy difícil. No puedo verlos como personas iguales a mí, incluso me resulta difícil verlos siquiera como seres humanos, su fealdad repulsiva me provoca rechazo y un malestar intenso difícil de manejar. No sé por qué gente tan horrorosa y tan dada a la chingada sigue reproduciéndose y una de muchas razones por las que no creo en un ser superior, es que no parece tener sentido que existan diferencias raciales abismales, en las que unos pueblos del mundo están habitados por personas con buena apariencia (en una gran proporción), con un intelecto mucho mayor, en sociedades mucho más igualitarias con un desarrollo humano y tecnológico muy alto, mientras que muchos países están poblados por una alta proporción de gente deforme, con cocientes intelectuales muy bajos, profundamente analfabeta que por esas características parecen seres infrahumanos.

Regresé de mi descanso y al ingresar a mi edificio, el guardia tenía la vista clavada en su celular, por lo que tuve que pedirle que me recibiera el mío para que se quedara en el mueble al que se da ese uso. El muchacho presenta obesidad, un tono de piel oscuro y facciones de un ente asexuado, que no pertenecen a un macho ni a una hembra, sino a algo indefinido. Su presencia resulta un insulto y una afrenta a la raza humana.

Por otra parte, dos compañeras del área a la que pertenezco, de recién ingreso, han mostrado hostilidad hacia mí no disimulada sin que yo les haya dado el menor motivo y eso me molesta y me provoca furia. La única explicación que le encuentro a eso es que los peores compañeros que tengo (como el homosexual horrendo y otra marrana) les hayan hablado mal de mí. Esto ha ocupado mis pensamientos durante el transcurso de la jornada, pero ahora que regreso a terminarla, me encuentro completamente solo y eso es favorable.

No sé qué hacer respecto a esa psicóloga, una mujer con grandes cualidades en todos aspectos, incluso en su belleza física. Hay gente que parece tenerlo todo, y hay despojos humanos que parecen representantes de la mayor de las pobrezas y estos últimos son abrumadoramente numerosos.

No sé si estos pensamientos (que asustarían a otras personas) son una manifestación de mi patología o les son comunes a muchos individuos que simplemente no los externan, o los mantienen ocultos incluso ante sí mismos. Me parece que lo segundo podría ser la respuesta, pues se ha determinado que en mi país impera un racismo y las personas de piel clara tienden a prevalecer en las universidades (incluso públicas) y en consecuencia en los estratos más altos de la sociedad. No creo que la repulsión que siento por esa porquería de gente pueda cambiar.

La importancia de un padre en la vida de un ser humano


Actualmente estoy leyendo el libro “in the heart of the White Rose” sobre ese pequeño grupo de resistencia no violenta al régimen nazi (para mí la página más negra de toda la historia), que contiene cartas y diarios de los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes de la Universidad de Múnich. Hans estudiaba medicina, Sophie iniciaba sus estudios en biología y filosofía.

Anoche vi la película alemana “Sophie Scholl, los últimos días”, del año 2005 dirigida por Marc Rothemund en el que la actriz Julia Jentsch hace el papel de Sophie en una espléndida actuación. Es una obra excelente, pero resultó doloroso verla, en parte por el destino tan trágico de personas tan jóvenes, increíblemente valientes en un periodo de un horror inimaginable hasta entonces. Posiblemente lo que más me conmueve es la sensibilidad de esos jóvenes, su empatía, su calidad humana pues con el paso de los años, una de las cosas que me han provocado mayor preocupación es la deshumanización de tantas personas, su incapacidad para identificarse con otro ser humano, que el sufrimiento ajeno les sea tan indiferente.

Pero mi motivación para escribir esta entrada es el padre de Hans y Sophie (y de otros cuatro hijos), que nació a finales del siglo XIX y conoció a la que sería su esposa durante la Primera Guerra Mundial. Robert Scholl fue opositor al Nacional Socialismo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Varios de sus hijos pertenecieron a las Juventudes Hitlerianas a pesar de que él no aprobaba eso, pero el problema se resolvió solo cuando ellos abandonaron ese movimiento porque su ideología era absolutamente contraria a la educación que habían recibido en su hogar, profundamente humanista y religiosa (luterana).

Robert Scholl pasó cuatro meses privado de su libertad en 1942 por haber llamado a Hitler “el azote de Dios”. Cuando sus hijos Hans y Sophie, junto con Christoph Probst son condenados a muerte, él tiene la oportunidad de visitarlos y les dice que hicieron lo correcto, sabiendo que están a punto de ser ejecutados. Esto es para mí una de las manifestaciones de amor más extraordinarias que he presenciado jamás, sabiendo (aunque no lo he vivido en carne propia) lo doloroso que es perder a un hijo (en este caso a dos hijos) pero teniendo plena conciencia de que ese trágico fin representa un triunfo absoluto y contundente del espíritu humano, pues esos jóvenes sostuvieron sus ideas y mantuvieron firmes sus convicciones sabiendo bien el precio que iban a pagar. Murieron valientemente y se ganaron un lugar de honor en la historia.

He pensado en las últimas semanas en que comencé a leer sobre la Rosa Blanca en lo importante que son los padres en la vida de un ser humano, y la tragedia que ha sido la mía, habiéndome tocado un padre atroz que se encargó de provocarme un sufrimiento muy intenso desde el principio, tratándome como al peor criminal de toda la historia, haciéndome responsable de todo lo que estaba mal en su vida y con el paso del tiempo, de todo lo que estaba mal en el mundo; exhibiéndome ante muchísimos extraños, difamándome, saboteando mis esfuerzos para superar mi terrible condición de vida provocada por una patología mental muy grave y por la violencia que siempre me rodeó y dominó mi existencia. Es un hecho que no puedo perdonarlo, solamente quisiera dejar de odiarlo, no sentir nada por él.

Ese odio es uno de los obstáculos más grandes para que pueda volver a interesarme en la vida y tenga la posibilidad de hacer algo con ella. En las últimas semanas he hecho una recapitulación de mi historia personal desde mi temprana infancia, mi paso por la escuela primaria y secundaria, la enseñanza media superior, la universidad, mi temprana juventud y mi llegada a la edad adulta siendo un hombre completamente anormal sin la menor conciencia de ello; caídas terribles y la imposibilidad de levantarme, no querer vivir, darme por vencido porque habiéndome esforzado durante muchos años en condiciones muy difíciles, todo resultó inútil y un día descubrí que estaba cansado de vivir y ya no quería seguir.

Un día, teniendo más de 40 años decido ignorar el dolor (en lo cual no siempre tuve éxito) y esperar a que termine mi existencia. Pero cuando las cosas se ponen difíciles y me doy cuenta de lo vulnerable que soy, aparece en mi mente la idea de quitarme la vida cuando ya no pueda enfrentar mi realidad, o cuando me sienta demasiado cansado.

¿Por qué nos sucede esto a tantas personas? ¿Por qué quienes debían sostenernos, dirigirnos por la senda de vida y ayudarnos a salir adelante se encargan de destruirnos, nos atacan de forma implacable y no muestran el menor vestigio de piedad?  

¿Cómo puedo dejar de rumiar el pasado y vivir el aquí y el ahora?

Mis niveles de energía física, que me han hecho sentir que he rejuvenecido están redundando en un bienestar psíquico que parece hacer innecesarios los antidepresivos y sostener los cambios alcanzados en los últimos meses ayudará mucho a encontrar la respuesta.

Haré mi mejor esfuerzo.

Un fin de semana bastante provechoso


El fin de semana pasado no hice gran cosa, y sin embargo fue bueno. Al decir esto me refiero al sábado, en que pasé la mayor parte del día en la cama y solamente salí de la casa para ir a una tienda de conveniencia a comprar una de mis bebidas predilectas, un destilado de caña. Se me acabó la cerveza y no fui a comprar más. A propósito de esto, me he dado cuenta de que se ha elevado mi consumo de bebidas alcohólicas, algo que no me preocupa pues he estado tomando una cerveza de 355 mL con la cena, acompañándola de sorbos de destilado de caña y en consecuencia el consumo es bajo, pero en la madrugada despierto con mucha sed y estar tomando estas bebidas podría estar contribuyendo a una deshidratación que si bien no es seria, sí podría ser perjudicial en cierta medida. Además necesito tomar limonada por la vitamina C, importantísima porque he incrementado mi actividad física en las últimas semanas.

Volviendo al sábado pasado, 6 de abril, ni siquiera me bañé y después de hablar por teléfono con la psicóloga que me atiende, sentí que debía alejarme de ella por alguna razón que no puedo determinar. Es posible que se esté dando un involucramiento fuerte entre ella y yo, lo cual no necesariamente debería ser motivo de preocupación, pero puesto que no podemos llegar a nada, parece conveniente evitar un sufrimiento innecesario.

El domingo me levanté muy tarde (aunque me había acostado tarde también), sintiéndome muy cansado y al salir de la cama pensé que muy probablemente no me ejercitaría tampoco ese día y el kilometraje de la semana quedaría en 40 km, realizado el jueves sobre rodillos. Sin embargo, tomé dos tazas de café e inmediatamente me sentí mucho mejor. Subí a prepararme para ejercitarme en mi bicicleta de carreras sobre rodillos, pero regresé a la cocina a comerme mi plato de avena hervida en agua con pasitas. Una vez hecho esto, decidí tomar un baño y ponerme mis prendas de ciclismo; de pronto cobré conciencia de que si no salía a andar en bicicleta en carretera rompería una racha de tres semanas seguidas y entonces tomé mi bicicleta y me fui. Eran cerca de la una de la tarde.

Hice mi recorrido habitual, por la carretera a Nogales, entrando a la maxipista y dando media vuelta en la primera caseta, 30 km hasta ese punto. En el trayecto de regreso me sentí muy fuerte y al pasar por La Venta del Astillero, incrementé el ritmo, mismo que mantuve hasta que llegué al periférico y tomé la avenida por la que regreso a casa. Al terminar habría recorrido 60 km, quedándome en una lectura de 1490 km en el odómetro de mi Cyclocomputer, por lo que fui a recorrer los restantes 10 km en un trayecto cerca de mi casa.

Al terminar, ya en mi vivienda, tomé un baño y almorcé, después de lo cual llevé a mis mascotas al parque donde permanecimos alrededor de 40 minutos. Me dirigí a casa una vez más para salir rumbo a Walmart, a comprar el mandado de la semana. Al regresar le pedí a mi madre que me diera de comer y después me senté en la sala a ver la película “Sophie Scholl, los últimos días”, una obra extraordinariamente bien realizada. Me conmovieron las últimas escenas, cuando Sophie y  Hans Scholl, junto con Christoph Probst son juzgados y condenados a muerte, incluso lloré.

Subí a mi habitación antes de la media noche y después de tomar mis medicamentos (risperidona y pregabalina), pasé unas dos horas en la cama, con la luz apagada antes de poder conciliar el sueño. Había dejado como tarea pendiente lavar prendas de ropa, algo que no había hecho en las últimas tres semanas.

Cuando desperté intuí que ya era de día y al prender el radio, todavía en la oscuridad me di cuenta de que así era, pues ya había comenzado uno de los noticieros matutinos y debían ser un poco más de las seis de la mañana. Tomé muchas prendas de ropa sucia y bajé al patio trasero, a lavarlas a mano en compañía de mis perritas.

No leí nada este fin de semana, pero a pesar de ello lo consideré bueno principalmente porque mi estado de ánimo ha mejorado mucho a la par de mi forma física y ahora, por los recorridos ciclistas dominicales en carretera tengo la piel bronceada y una figura más delgada que me ayuda a proyectar la imagen de un hombre maduro en forma, en control de su vida.

Por lo menos eso es lo que yo quiero pensar.

viernes, 5 de abril de 2019

Una nueva determinación..., no tan nueva


En mayo de 2017 me di un estrellón en mi bicicleta de carreras y me rompí la clavícula izquierda, nada grave pero trajo aparejada una incapacidad de casi seis semanas que pasé en mi casa, tomando un merecido descanso después dos años en mi empleo y pocos días de vacaciones. Entonces me di cuenta, o cobré conciencia de que no disfruto los enormes cambios positivos que se dieron a partir de los últimos días de abril de 2015, en que obtuve un empleo. De hecho ya había perdido la esperanza de obtener uno y la voluntad de vivir en buena parte por eso.

Pasó el tiempo y pese a saber conscientemente lo mucho que había mejorado mi situación, seguí sufriendo. No puedo recriminarme este hecho porque no habría podido evitarlo, tengo una patología grave y una historia de vida muy difícil.  Estando en la sala de mi casa, miraba hacia la ventana que da a la calle como si me encontrara en la Alemania nazi siendo enemigo del régimen, un comunista o un judío que en cualquier momento puede ser detenido por la Gestapo para desaparecer para siempre.

Mi preocupación tenía cierta justificación, como la cantidad de dinero que debo al organismo que surte a la ciudad de agua potable, el impuesto predial, cosas así; deudas que en realidad no son mías, sino la herencia de mi padre, lo único que podría esperarse de un ente como ese. Pero desde luego, el temor debería ser real, por ejemplo ante posibles medidas jurídicas para reclamar el pago de los adeudos, ante lo cual yo podría defenderme y llegar a arreglos favorables. En lugar de pensar en eso, me ponía en el peor de los escenarios, algo característico de mi trastorno.

Al iniciar mi segunda semana de incapacidad, hablé por teléfono a una institución pública donde trabaja una psicóloga a quien dejé de ver seis años antes y concerté una cita con ella para el día siguiente. Acudí puntualmente a la misma y al ver a esta dama tan especial, por quien siento tanta gratitud por lo mucho que me ayudó en una época especialmente difícil, le dije lo que sentía, que había cobrado conciencia de que vivía atrapado en mi pasado, torturado por los recuerdos de todas las épocas de mi existencia desde mi temprana infancia, que no disfrutaba el giro tan afortunado que se había dado en mi vida y que de pronto cobré conciencia de todo ello.

Leticia se portó respetuosa y empática, mostrando su riqueza como ser humano y me hizo sentir bien. Esta nueva conciencia derivó en un bienestar que no duró mucho. Al regresar a mi empleo tuve que enfrentar situaciones adversas que involucraron intrigas y gente hablando falsedades de mí a mis espaldas, sembrando violencia en mi contra. Comenzó entonces otra pesadilla que amainó meses más tarde, para volver a reencenderse con renovada furia a partir de la segunda mitad de 2018. 

Hace cerca de tres años comencé a hablar los fines de semana con una psicóloga joven con grandes cualidades como un alto cociente intelectual, una excelente formación académica con su desempeño correspondiente, una persona empática y respetuosa y conforme ha pasado el tiempo he llegado a apreciarla en su justa medida. Mañana hablaré con ella y tengo la intención de comunicarle que he vuelto a descubrir el origen de un sufrimiento que puedo evitar y esta vez no pienso volver atrás. No voy a permitir que la gente con malas características que tengo a mi alrededor (igual que el resto del mundo) enturbien mi derecho a ser feliz y a disfrutar del presente, del aquí y el ahora.

Es hora de tomar una determinación, de dejar de vivir prisionero en un pasado terrible y de temer al futuro. Es hora de volver a intentarlo.

Las horas que le quedan al día, el fin de semana que está por empezar...


En las horas que siguen, aproximadamente la mitad del turno, seguiré sintiendo la satisfacción de avanzar en mi trabajo, en este momento en un archivo muy grande de más de 700 páginas de las cuales faltan  204, lo que significa que ya hice más del 70 por ciento. Teniendo la posibilidad de detenerme y buscar información de mi interés en la red, seguiré con mi ejercicio de escritura que consiste en plasmar mis ideas con palabras procurando darle cauce a esta actividad, que deje de ser caótica y me lleve a algo.

En relación con esto, puedo tomar notas y al hablar con una psicóloga vía telefónica (lo que haré el fin de semana), intentaré dejar de hablar de los acontecimientos de la semana (en especial los negativos, frustrantes) y si los menciono será solamente como información relevante pero la intención será plantear esa necesidad de apreciar el presente, de vivir el aquí y el ahora, de disfrutar el momento y de dejar de sufrir por lo que ya pasó y no es posible modificar y por un futuro que todavía no llega pero que podría ser bueno si dirijo mis esfuerzos a desarrollar mi talento para la escritura, ya sea escribiendo ensayos o relatos de ficción disciplinándome, algo que sería sencillo y fácil de lograr si aprendo a disfrutarlo en lugar de vivirlo como una obligación que de no llevar a cabo me provocaría preocupación y sentimientos de culpa.

Hace tiempo, a finales del año antepasado compré un libro en Amazon titulado “the happiness road” de Emma Seppala, que disfruté mucho y tengo intención de volver a leer. Di con ese material buscando técnicas en internet para manejar el estrés y me encontré con esta mujer en un video de YouTube en el que habla de algo que todos tenemos a nuestro alcance en todo momento y en todo lugar: la respiración. Mediante esta podemos lograr la relajación evitando la necesidad de fármacos ansiolíticos con sus efectos colaterales. Seppala habla también en sus videos de YouTube de la importancia de conectarnos con otras personas de una manera positiva, de la soledad en la que podemos vivir tantos seres humanos, viviendo rodeados de cientos de miles o incluso millones de personas, algo muy dañino para nuestra salud física y mental.

He pensado mucho en poner en práctica esas técnicas de respiración, una de las cuales consiste en inhalar profundamente, contener el aliento durante cuatro segundos y exhalar lentamente. La inhalación acelera el ritmo cardiaco, la exhalación lenta tiene el efecto contrario y el resultado es un bienestar inmediato. Pese a la mejoría en mis condiciones de vida, he sufrido en estos últimos cuatro años por las dificultades que he enfrentado en mi lugar de trabajo. No voy a recriminarme eso, pues debido a mi falta de experiencia en situaciones laborales complicadas por haber vivido la mayor parte de mi vida sin trabajar y por lo poco que me he relacionado con otras personas, no podría haberlo enfrentado de otra manera. He sentido mucho dolor, pero el efecto deberá ser positivo porque habiendo aprendido, contaré con recursos permanentes que me serán útiles en experiencias futuras.

Durante muchos años he hablado con psicólogas (sexo femenino) sobre mis problemas cotidianos, sobre lo difícil que ha sido mi vida desde el principio y esto no ha sido malo, pero tengo que alcanzar una etapa en la que cambie esta manera de abordar la terapia y empiece a enfocarla en solucionar mis problemas, que la interacción con una terapeuta deje de tener un efecto catártico y en cambio cumpla la función de lograr la recuperación, dejar de lado el sufrimiento que se puede evitar y ser feliz con lo que sí tengo, con lo que no he perdido e incluso con la fortaleza que surge de la adversidad que tuve que enfrentar y de cuya contienda no salí derrotado.

Todavía estoy aquí, esto no ha terminado.

En una realidad compleja, optar por la parte positiva...

Pasa el marica que ha alcanzado un gran dominio en su ocupación favorita, un virtuoso en el arte del chisme y la intriga. Me doy cuenta de que se metió en un problema y casi tengo la seguridad de que tuvo que ver con que desde mediados de 2017 se dedicó a difamarme, a hablar falsedades de mí (vomitar veneno) a mis espaldas. Camina con una lentitud que parece deliberada y en ocasiones me echa una mirada de reojo, que parece de reproche.

Tiene el aspecto de un alfeñique, una característica que no es viril, ni siquiera masculina. Para suplir esas carencias se ha dejado la barba, como tantos individuos patéticos que pese a tener ya más de 30 años, o incluso más de 40 no han encontrado una identidad y siguen las modas incomprensibles y grotescas. Este pobre baboso no se da cuenta que dejarse crecer pelo en la cara no tiene nada que ver con ser hombre, qué sencilla sería la vida si así se resolvieran nuestros problemas más apremiantes.

¿Por qué tocar este tema en este momento? En primer lugar lo tengo muy cerca de mí, en un área cerrada a mis espaldas y para ingresar a ella tiene que pasar junto al escritorio que yo ocupo. A muy corta distancia de mi lugar hay un escritorio múltiple que ocupan cuatro personas, no las mejores de mi departamento. En este momento todas son del sexo femenino y dos de ellas —que tienen en común un sobrepeso serio— además de tener muy poca inteligencia, se dedican a hablar mal de otras personas y temo que eso han hecho con la compañera que llegó el martes pasado. Si tuviera razón, esto no justificaría la actitud de hostilidad de esta última, pues una persona adulta tiene la obligación de no creer algo solamente porque alguien se lo dijo, no tomar partido en un conflicto que no es suyo, no dejarse manipular ni hacer el papel de marioneta.

Pero si me he propuesto vivir en el aquí y el ahora y ese tipo de personas son parte de eso, ¿cómo puedo manejarlo?

Se me ocurre que podría prestar más atención a otros compañeros con buenas características, de los cuales tengo bastantes. Me ha preocupado más de la cuenta la opinión que otras personas puedan tener de mí y eso me produce angustia, ansiedad, sufrimiento psíquico cuando percibo hostilidad en otras personas que no tiene una razón aparente, porque yo no les hice nada.

¿Qué sigue en las horas laborales de este día, el último de la semana? Estoy trabajando, avanzando rápidamente en mi trabajo y cuento con la confianza de las personas que cuentan (la coordinadora de mi área, la jefa de ambos y la directora de mi departamento) de que siempre cumplo con mis responsabilidades. Esta faceta positiva me da la libertad de tomarme descansos periódicos (de unos minutos) y buscar información en internet sobre temas que me interesan. Así lo he hecho en las últimas semanas en relación con temas como los estudiantes de Múnich, los hermanos Hans y Sophie Scholl con otros integrantes de la Rosa Blanca, los mártires que en febrero de 1943 fueron asesinados por el régimen nacional socialista, personas extraordinarias a las que yo admiro y en cuyas vidas puedo encontrar la inspiración para seguir adelante.

Hace unos minutos busqué información relacionada con vivir en el aquí y el  ahora y encuentro citas tomadas de obras literarias verdaderamente brillantes. Puedo traducir al español algunas de ellas y comentar sobre lo acertadas  que pueden ser. Quisiera sentir hambre de conocimiento, de felicidad, de amor a la vida, volver a intentar crecer y si ocasionalmente tropiezo, levantarme y sacudirme el polvo y continuar en mi senda, no renunciar a encontrarle sentido a mi existencia, no morir en vida.

¿Qué hacer respecto a esas personas como mi compañero, el que intenta manipular a otras personas hablando falsedades de otros, difamando? ¿Y respecto a la mujer obesa y casi oligofrénica que se supera cotidianamente haciendo gala de una estulticia que crece y parece no tener límites? ¿Qué hacer respecto a la otra tipa de enormes posaderas, que es muy amiga de la otra alimaña intocable (este del sexo masculino) que hasta hace menos de seis meses tuvo un comportamiento atroz y eso terminó solamente porque cambió de puesto y su lugar está en un área cercana, pero separada de la que me encuentro?

Se me ocurre que podría contemplarlos como víctimas de una pobreza auto infligida, gente que ha optado por exhibir su miseria, sin comprender que viven en la impudicia y en un futuro no muy lejano enfrentarán consecuencias por lo que han hecho. La tipa de la obesidad impúdica podría convertirse en una estadística más de diabetes y perder la vista y una o dos piernas. Quiero detenerme ahí y seguir con el recuento de lo bueno que tengo en este momento y lo que puedo hacer en las horas que siguen.

Continúo en la siguiente entrada

Para poder amar el futuro, es necesario amar el pasado...


Desperté demasiado temprano, como me ha sucedido tanto estas últimas semanas. Al cabo de un rato decidí vestirme y llevar a caminar a mis mascotas, dimos un paseo de unos 40 minutos. Al regresar me dirigí a la sala e intenté comunicarme a diferentes servicios de atención psicológica, cuyos números había tomado ayer de un portal de internet. No tuve ningún éxito, solamente escuché grabaciones que se repetían incesantemente. Marqué otro número, de una unidad de Cruz Verde en Guadalajara y nadie contestó, algo que probablemente tiene justificación pues los psicólogos que ahí trabajan tienen otras labores y hay una sola línea telefónica.

Haciendo un intento que de antemano parecía fallido, marqué el número del Centro de Intervención en Crisis de SALME y me contestó una psicóloga sin darme su nombre. Yo no sabía con quién estaba hablando y le pregunté si era una de esas personas que habían optado por no atenderme y ella respondió negativamente, entonces la identifiqué, una dama con la que había hablado en pocas ocasiones, pero su desempeño había sido bueno, al igual que su actitud.

Le hablé entonces de los problemas que he tenido en mi trabajo, donde en tres semanas cumpliré cuatro años, y específicamente de la última semana, en que ingresó una compañera que al conocerla mostró una actitud correcta para al día siguiente mostrar hostilidad, haciendo gala de estupidez y falta de educación. Le dije a Gloria (así se llama esta psicóloga) que de pronto cobré conciencia (de hecho lo había hecho antes, varias veces) de que tengo que dejar de contemplar el lado negativo de la vida, especialmente mi pasado terrible para poder disfrutar de lo bueno que sí hay en mi existencia; estoy sufriendo innecesariamente.

Hace un poco más de tres años compré un libro de yoga, parte del cual se compone de la autobiografía de la autora, una mujer sueca que en su adolescencia tuvo problemas de salud serios por abusar del consumo del alcohol. Su madre la inscribió en un taller de meditación, que le fue muy útil y más tarde emprendió un camino cuyo vehículo principal fue la práctica del yoga y cambió el rumbo de su vida. Hay una frase en este libro que me gustó, porque parece tener mucho sentido: “para poder amar el futuro, es necesario amar el pasado”. Esto último es mi gran problema, el principal reto, dejar de sufrir por lo que pasó durante mi en mi niñez, en mi adolescencia, en mi juventud, en mi edad adulta, por tanto sufrimiento y tanta injusticia, por las pérdidas enormes que incluso me llevaron a perder la voluntad de vivir en dos ocasiones y de lo cual he sentido que ya no me voy a recuperar.

Se me viene a la mente el título de una canción del grupo “Letters to Cleo”, Here and now… El aquí y el ahora.

He sido productivo los últimos cuatro años de mi vida, he tenido la capacidad de ser autosuficiente e incluso de hacerme cargo de mi madre; he tenido lejos a las dos hermanas que me quedan, mi padre ha estado muerto durante los últimos once años. Soy un deportista serio y si no aparento menos edad de la que tengo, sí proyecto la imagen de una persona que ha vivido bien, a pesar de todos mis problemas. Hago un trabajo especializado que involucra no nada más un conocimiento a profundidad de dos idiomas, sino además conocimientos técnicos que aprendí como un autodidacta, teniendo problemas de aprendizaje propiciados por un TDAH no diagnosticado, emprendí diferentes procesos para la adquisición de conocimiento que involucraban enseñarme a mí mismo, de lo cual si bien no conseguí lo que deseaba (concluir una licenciatura en ingeniería), sí obtuve una formación académica muy sólida.

No tengo un proyecto de vida, no sé hacia dónde ir, no emprendo nada porque parezco no tener la voluntad para perseguir un objetivo, una meta. Pudiera ser que esté deprimido y no me dé cuenta, o tal vez es el hecho de que no quiero vivir, voy por la vida como un robot haciendo lo que tengo que hacer, cumpliendo con mis responsabilidades y disfrutando algunas actividades como mi deporte, escuchar música, sexo ocasional…

Sin embargo, todo esto tiene solución, sabiendo bien que no será fácil encontrarla. Todavía estoy vivo y no he llegado a la vejez; todavía estoy a tiempo.

Es tiempo de mirar hacia adelante, dejar mi pasado atrás, donde pertenece.

jueves, 4 de abril de 2019

¿Cómo dejar de contemplar un pasado terrible? Vislumbrar la realidad de otra forma


Llegamos al cuarto mes del año, el de mi onomástico, el que me vio nacer en una ciudad del norte de mi país hace casi 55 años. Esa latitud es muy cálida y esa región en particular, es húmeda. Llegué al mundo acompañado de una hermana, a quien llamaríamos Mónica, que nació cinco minutos después de mí. Mis padres se habían casado dos años antes y ambos eran originarios de la capital del país, si bien mi madre había nacido en un estado cercano a la misma.

Viví en esa ciudad entre 1964 y 1969, es decir, los primeros cinco años de mi vida. En 1968 nació mi hermana Yolanda, que se convertiría en la favorita de mi padre en quien proyectaría las virtudes reales o ficticias de su finada madre. Ella era una bebé cuando cambiamos de ciudad, esta vez a la capital del estado de Nayarit, donde viviríamos los siguientes cuatro años.

Siendo yo un niño muy pequeño, en mi ciudad natal, despertaba en ocasiones de mi siesta vespertina preguntándome quién era, cuál era la razón de mi existencia, para qué estaba en este mundo. Imagino que en aquel entonces no tenía conciencia de que mi padre me odiaba, ni que mi madre era extremadamente débil y no tenía la capacidad de darse cuenta de nada. En aquella época tuvimos un perrito, raza maltés, de nombre Robin. Yo jugaba con él, lo alimentaba, ese animalito constituía para mí una compañía ante mi tendencia a aislarme ya notoria en esa etapa tan temprana. Era de llamar la atención que tuviéramos una mascota, pues mi padre odiaba a los perros y en general no le gustaban los animales.

Un día mi perrito Robin hizo algo que hizo enojar a mi padre y este lo subió a su camioneta pick-up para llevárselo lejos y abandonarlo en algún paraje desconocido para el animalito, que así desapareció de mi vida. Mi madre no se dio cuenta de la crueldad que representaba hacer algo así, pues al parecer estaba ciega al hecho de que se había casado con un hombre cruel, violento y sádico.

En Tepic, ya en 1969 Mónica y yo pisamos por primera vez un plantel escolar, hicimos un año de pre-primaria en un colegio de monjas que a partir de primaria era para niñas. Al iniciar esa etapa de mi educación (la primaria) fui enviado a un colegio para varones, también religioso, de padres maristas. Ahí pasé los primeros tres años de mi educación básica, que al inicio fue muy buena pues aprendí a leer en un tiempo récord. Habiendo comenzado en septiembre, menos de dos meses más tarde ya sabía leer mientras el resto de mis compañeros no habían aprendido ni la mitad del abecedario. Un año más tarde ya era el peor alumno tanto en aplicación como en conducta y eso le dio a mi padre la oportunidad de justificar el odio que sentía contra mí simplemente por existir, por haberme puesto su nombre, que era el de su padre —a quien culpaba de la muerte prematura de su madre— convirtiéndome en el responsable de todo lo que estaba mal en su vida; con el paso del tiempo, me convertiría en el responsable de todo lo que estaba mal en el mundo.

A este mal individuo, que murió hace once años (en diciembre de 2007) no he dejado de odiarlo por haber hecho exactamente lo contrario a lo que sería su obligación como padre. El hijo de puta se puso como meta arruinar mi vida y tuvo un éxito bastante contundente.

¿Cuál es la intención de referirme a este cerdo? No tengo la respuesta, pero en relación con la idea expresada en entradas anteriores, sobre la necesidad de dejar de contemplar un pasado terrible, sin reprimir la tendencia sino eliminándola, se me ocurre que pudiera cambiar la percepción que tengo de mí mismo. Es indudable que ese monstruo quería verme fracasar rotundamente como hombre y como ser humano y en apariencia lo consiguió, pero mirando un poco más a fondo, es posible vislumbrar que esto no es cierto más que en cierta medida.

Ya pasé con mucho de los 50 años de edad y no soy un adicto, a diferencia de él que acabó muerto por su alcoholismo. Si bien doy mucha importancia a mi apariencia física (tal vez demasiada) no soy una aberración humana, con una fealdad repulsiva que caracterizó a mi padre y a millones de las personas que viven en el país que me vio nacer, al que no amo y del que no estoy orgulloso. Podría seguir, pero no quiero repetir lo que ya he dicho antes y arriesgarme a parecer más narcisista de lo que soy.

Hace poco me enteré que uno de mis primos paternos, de nombre César, hijo del menor de los hermanos de mi padre, visitó a mi padre en sus últimos días, pasando días con él, acompañándolo en la cúspide de su destrucción, emborrachándose con él. Ese señor tiene mi edad, terminó la educación primaria porque su madre fue a pedirle a la maestra que le regalara la calificación aprobatoria para que pudiera graduarse, apenas escapa de la condición de retrasado mental y es un alcohólico y fumador desde la adolescencia. Ese pedazo de idiota ha estado destruyéndose la mayor parte de su vida y siempre ha sido obeso.

Si yo hubiera tenido esas características, tal vez mi padre no me habría odiado tanto, o tal vez habríamos sido grandes amigos. El hecho de que ese monstruo incestuoso, sádico y adicto que tuve por padre me odiara es prueba contundente de que no soy un fracasado y siendo así, acepto toda su furia homicida y además la agradezco, pues me proporciona un alivio y la seguridad de que he hecho algo con mi vida, aunque para muchas personas esto no sea aparente. 

Otra idiota cerca de mí


Apenas ayer escribí una entrada en referencia a dos compañeras en la oficina, una obesa y con mala actitud; la otra delgada y bonita, con una actitud amable y al día siguiente, es decir hoy, la segunda ha mostrado hostilidad. Esto me lleva a pensar que alguna de las compañeras que de las que tiene a su alrededor le habló mal de mí, pues es un hecho que con esas características que tienen (una de ellas, cocientes intelectuales extremadamente bajos) y la pobreza que cultivan, esa es una de sus ocupaciones.

Otra idiota en mi lugar de trabajo. Pareciera una maldición, que lo que más detesta uno es lo que aparece una y otra vez y esto no debería sorprenderme tanto teniendo presente que me encuentro en una sociedad de gente bien jodida, bien dada a la chingada en parte por sus circunstancias, y en gran parte por vocación, por un apego a la pobreza más lacerante.

Más allá de las causas que dan lugar a que una persona se comporte así, me preocupa esa sensibilidad tan extrema que me caracteriza. A muchas personas no les provocaría tanta frustración ni tanto malestar encontrar una persona jodida e idiota, simplemente se encogerían de hombros, pero a mí me abruma toparme con otra porquería ambulante que probablemente va a convertirse en una integrante de este departamento, el más sucio, contaminado y tóxico de toda la empresa.

¿Cómo manejar este tipo de situaciones?

Metilfenidato para perseguir una meta, facilitar la tarea o hacerla posible


Tema: pedalear entre las cinco y las seis de la mañana, un total de 60 minutos, cubriendo 40 km. Debió ser más de una hora de ejercicio, pues no pude haber promediado 40 km/h, esa velocidad sería demasiado alta como promedio.

La razón de alcanzar esa cifra (en realidad 41 km) fue que la lectura del odómetro de mi ciclocomputadora era 1390 km y quería alcanzar y superar los 1400 km; la lectura de la distancia del recorrido era 159 y quise dejarla en 200. Puesto que el domingo pasado, durante el recorrido en carretera el imán montado en un rayo de la rueda delantera se desplazó y en consecuencia la ciclocomputadora dejó de funcionar durante una distancia considerable, ambas lecturas son mayores, pero por supuesto no puedo determinar cuáles son las correctas.

A las seis de la mañana había terminado mi ejercicio en bicicleta sobre rodillos, había planeado complementarlo con ejercicios con pesas, pero sintiendo que había agotado mi energía me quité las prendas de ciclismo y me puse las que uso como piyama, para regresar a la cama y volver a dormir. Desperté una hora más tarde y bajé a la sala con intención de ver videos en YouTube mientras tomaba café, pero me sentía todavía cansado y con sueño y en compañía de mis mascotas subí otra vez a mi habitación y volví a dormir, ahora hasta las 8:30 en que me dispuse a tomar café y desayunar.

El martes pasado me había comunicado con un amigo de nombre Alfonso, que es licenciado en derecho para pedirle de favor que recogiera unas películas que encargué, cuatro copias de “los últimos días” sobre los estudiantes de Múnich que participaron en la rebelión no violenta contra el régimen nazi en febrero de 1943, así como una copia de otra película de nombre “un viaje inesperado” que tiene como temática el autismo en niños, protagonizada por Mary Louise Parker y Aidan Quinn. La psicóloga con la que hablo en fin de semana me recomendó esta última porque yo le había hablado de que casi tenía la seguridad de ser Asperger, parte del espectro autista. Esta dama me dio argumentos que me sacaron de mi error, pero definitivamente sí tengo rasgos Asperger.

Sigo trayendo y llevando el libro “at the heart of the White Rose”, que es una recopilación entre la correspondencia de los miembros de ese grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad de Múnich que formaron la Rosa Blanca. El problema es que casi no lo leo, como me ha sucedido con tantos libros en los últimos años. Fue por eso que me surgió la inquietud de averiguar si esta inactividad intelectual pudiera ser provocada por mi trastorno por déficit de atención, me cuesta trabajo mantener la concentración y ese no es el único síntoma. Me parece que el resto de la sintomatología pudiera estar complicando mi trastorno límite de la personalidad (TLP) y el precio más alto a pagar sería mantenerme en una inmovilidad sin avanzar hacia un objetivo, expresamente el estudio del idioma inglés de una manera formal, además de escribir buscando llegar a una meta preestablecida.

Metilfenidato y el alto costo de un TDAH no diagnosticado


He decidido comprar el metilfenidato, pese a su precio elevado, pero no voy a intentarlo esta semana, debido a que la receta que recibí tiene mal la fecha, aparece con el mes de marzo en lugar de abril. La llamada del domingo con la psicóloga que me atiende fue de una gran importancia porque al comentarle mi experiencia con la psiquiatra Fabiola, en mayo de 2011 (hace casi ocho años) en que le plantee la posibilidad de que el TDAH haya resultado más dañino que el mismo TLP por haber dado lugar a problemas de aprendizaje (cuya consecuencia más notoria fue que nunca concluí una licenciatura en ingeniería), ella me respondió que independientemente de esto, mi trastorno límite de la personalidad (TLP) está considerado como muy grave.

Esta vez no le plantee la situación a la psicóloga con quien hablo los fines de semana, sino más bien le comenté esa vivencia con la psiquiatra Fabiola y ella sí me dio una respuesta a aquella interrogante de hace ocho años, y esta fue afirmativa. Esta psicóloga cuenta con una maestría en terapia familiar y atiende niños, y en el ejercicio de su profesión ha tratado a menores con TDAH y sabe las consecuencias que puede tener no identificar y atender ese trastorno. Cobrar conciencia de que además de vivir en una tremenda violencia, fui un hijo desatendido puede hacerme caer en la desesperación y ya estoy cansado de eso.

Esta mujer joven, excelente psicóloga me preguntó si mis padres no habían buscado ayuda para mis evidentes problemas de la infancia y yo, teniendo en cuenta que ella no tendría por qué saber del desempeño deplorable que ellos tuvieron, le respondí que cuando niño, tuve estrabismo divergente. Mi ojo izquierdo apuntaba hacia afuera, en la escuela me decían bizco. Puesto que esto era imposible de pasar por alto, se me practicaron dos cirugías oculares antes de terminar la primaria, que corrigieron el problema estético, mas no visual. Esto último no era posible.

Cuando tenía ocho años de edad, una vez al pasar por un pasillo externo, llevando una botella de refresco en cada mano, tropecé y caí sobre una de ellas, que habiéndose roto me hirió la barbilla debajo del labio, una incisión profunda que requirió una intervención de emergencia y entré a quirófano donde se me suturó y por estar ausente el médico de planta, fui atendido por un practicante que hizo un pésimo trabajo y me dejó una cicatriz para las siguientes tres décadas.

En casos como estos, yo recibí la atención médica que necesitaba, pero tratándose de algo que no fuera demasiado evidente para un observador embrutecido e idiota (como lo fueron mis padres, ambos) no ameritaba ser atendido, puesto que no existía ningún problema médico. La sintomatología del TDAH se manifestaba en mi comportamiento en todo momento —además de un desempeño escolar deplorable, pese a ser evidente que era inteligente— pero para mis padres (que se consideraban mártires) yo había llegado al mundo a acabar de arruinar sus vidas, a destruir cualquier vestigio de esperanza que les quedara de recuperar un mínimo de felicidad, convirtiendo su existencia en un suplicio sin fin.

Regresando a una idea expresada en una entrada reciente, tengo que encontrar la manera de no seguir contemplando mi pasado terrible y sin negarlo, teniendo en cuenta que existió y casi arruinó mi vida, dejarlo atrás apreciando cada aspecto positivo que hay en mi existencia cotidiana, en el día a día y buscando la motivación para seguir escribiendo, pero ya no de una manera caótica, sino con un rumbo, dirigiéndome hacia un objetivo. Tal vez hacer llegar a un público la descripción de lo difícil que puede ser la vida de un enfermo mental, la violencia en la que se puede caer y la injusticia que ello representa.

Rememorando a Viktor Frankl, hay que encontrarle sentido a la vida.  


Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...