lunes, 8 de abril de 2019

La importancia de un padre en la vida de un ser humano


Actualmente estoy leyendo el libro “in the heart of the White Rose” sobre ese pequeño grupo de resistencia no violenta al régimen nazi (para mí la página más negra de toda la historia), que contiene cartas y diarios de los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes de la Universidad de Múnich. Hans estudiaba medicina, Sophie iniciaba sus estudios en biología y filosofía.

Anoche vi la película alemana “Sophie Scholl, los últimos días”, del año 2005 dirigida por Marc Rothemund en el que la actriz Julia Jentsch hace el papel de Sophie en una espléndida actuación. Es una obra excelente, pero resultó doloroso verla, en parte por el destino tan trágico de personas tan jóvenes, increíblemente valientes en un periodo de un horror inimaginable hasta entonces. Posiblemente lo que más me conmueve es la sensibilidad de esos jóvenes, su empatía, su calidad humana pues con el paso de los años, una de las cosas que me han provocado mayor preocupación es la deshumanización de tantas personas, su incapacidad para identificarse con otro ser humano, que el sufrimiento ajeno les sea tan indiferente.

Pero mi motivación para escribir esta entrada es el padre de Hans y Sophie (y de otros cuatro hijos), que nació a finales del siglo XIX y conoció a la que sería su esposa durante la Primera Guerra Mundial. Robert Scholl fue opositor al Nacional Socialismo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Varios de sus hijos pertenecieron a las Juventudes Hitlerianas a pesar de que él no aprobaba eso, pero el problema se resolvió solo cuando ellos abandonaron ese movimiento porque su ideología era absolutamente contraria a la educación que habían recibido en su hogar, profundamente humanista y religiosa (luterana).

Robert Scholl pasó cuatro meses privado de su libertad en 1942 por haber llamado a Hitler “el azote de Dios”. Cuando sus hijos Hans y Sophie, junto con Christoph Probst son condenados a muerte, él tiene la oportunidad de visitarlos y les dice que hicieron lo correcto, sabiendo que están a punto de ser ejecutados. Esto es para mí una de las manifestaciones de amor más extraordinarias que he presenciado jamás, sabiendo (aunque no lo he vivido en carne propia) lo doloroso que es perder a un hijo (en este caso a dos hijos) pero teniendo plena conciencia de que ese trágico fin representa un triunfo absoluto y contundente del espíritu humano, pues esos jóvenes sostuvieron sus ideas y mantuvieron firmes sus convicciones sabiendo bien el precio que iban a pagar. Murieron valientemente y se ganaron un lugar de honor en la historia.

He pensado en las últimas semanas en que comencé a leer sobre la Rosa Blanca en lo importante que son los padres en la vida de un ser humano, y la tragedia que ha sido la mía, habiéndome tocado un padre atroz que se encargó de provocarme un sufrimiento muy intenso desde el principio, tratándome como al peor criminal de toda la historia, haciéndome responsable de todo lo que estaba mal en su vida y con el paso del tiempo, de todo lo que estaba mal en el mundo; exhibiéndome ante muchísimos extraños, difamándome, saboteando mis esfuerzos para superar mi terrible condición de vida provocada por una patología mental muy grave y por la violencia que siempre me rodeó y dominó mi existencia. Es un hecho que no puedo perdonarlo, solamente quisiera dejar de odiarlo, no sentir nada por él.

Ese odio es uno de los obstáculos más grandes para que pueda volver a interesarme en la vida y tenga la posibilidad de hacer algo con ella. En las últimas semanas he hecho una recapitulación de mi historia personal desde mi temprana infancia, mi paso por la escuela primaria y secundaria, la enseñanza media superior, la universidad, mi temprana juventud y mi llegada a la edad adulta siendo un hombre completamente anormal sin la menor conciencia de ello; caídas terribles y la imposibilidad de levantarme, no querer vivir, darme por vencido porque habiéndome esforzado durante muchos años en condiciones muy difíciles, todo resultó inútil y un día descubrí que estaba cansado de vivir y ya no quería seguir.

Un día, teniendo más de 40 años decido ignorar el dolor (en lo cual no siempre tuve éxito) y esperar a que termine mi existencia. Pero cuando las cosas se ponen difíciles y me doy cuenta de lo vulnerable que soy, aparece en mi mente la idea de quitarme la vida cuando ya no pueda enfrentar mi realidad, o cuando me sienta demasiado cansado.

¿Por qué nos sucede esto a tantas personas? ¿Por qué quienes debían sostenernos, dirigirnos por la senda de vida y ayudarnos a salir adelante se encargan de destruirnos, nos atacan de forma implacable y no muestran el menor vestigio de piedad?  

¿Cómo puedo dejar de rumiar el pasado y vivir el aquí y el ahora?

Mis niveles de energía física, que me han hecho sentir que he rejuvenecido están redundando en un bienestar psíquico que parece hacer innecesarios los antidepresivos y sostener los cambios alcanzados en los últimos meses ayudará mucho a encontrar la respuesta.

Haré mi mejor esfuerzo.

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