Actualmente estoy leyendo el libro “in the heart of the
White Rose” sobre ese pequeño grupo de resistencia no violenta al régimen nazi
(para mí la página más negra de toda la historia), que contiene cartas y
diarios de los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes de la Universidad de
Múnich. Hans estudiaba medicina, Sophie iniciaba sus estudios en biología y
filosofía.
Anoche vi la película alemana “Sophie Scholl, los últimos
días”, del año 2005 dirigida por Marc Rothemund en el que la actriz Julia
Jentsch hace el papel de Sophie en una espléndida actuación. Es una obra
excelente, pero resultó doloroso verla, en parte por el destino tan trágico de
personas tan jóvenes, increíblemente valientes en un periodo de un horror
inimaginable hasta entonces. Posiblemente lo que más me conmueve es la
sensibilidad de esos jóvenes, su empatía, su calidad humana pues con el paso de
los años, una de las cosas que me han provocado mayor preocupación es la
deshumanización de tantas personas, su incapacidad para identificarse con otro
ser humano, que el sufrimiento ajeno les sea tan indiferente.
Pero mi motivación para escribir esta entrada es el padre de
Hans y Sophie (y de otros cuatro hijos), que nació a finales del siglo XIX y
conoció a la que sería su esposa durante la Primera Guerra Mundial. Robert
Scholl fue opositor al Nacional Socialismo antes, durante y después de la
Segunda Guerra Mundial. Varios de sus hijos pertenecieron a las Juventudes
Hitlerianas a pesar de que él no aprobaba eso, pero el problema se resolvió
solo cuando ellos abandonaron ese movimiento porque su ideología era
absolutamente contraria a la educación que habían recibido en su hogar,
profundamente humanista y religiosa (luterana).
Robert Scholl pasó cuatro meses privado de su libertad en
1942 por haber llamado a Hitler “el azote de Dios”. Cuando sus hijos Hans y
Sophie, junto con Christoph Probst son condenados a muerte, él tiene la
oportunidad de visitarlos y les dice que hicieron lo correcto, sabiendo que
están a punto de ser ejecutados. Esto es para mí una de las manifestaciones de
amor más extraordinarias que he presenciado jamás, sabiendo (aunque no lo he
vivido en carne propia) lo doloroso que es perder a un hijo (en este caso a dos
hijos) pero teniendo plena conciencia de que ese trágico fin representa un
triunfo absoluto y contundente del espíritu humano, pues esos jóvenes
sostuvieron sus ideas y mantuvieron firmes sus convicciones sabiendo bien el
precio que iban a pagar. Murieron valientemente y se ganaron un lugar de honor
en la historia.
He pensado en las últimas semanas en que comencé a leer
sobre la Rosa Blanca en lo importante que son los padres en la vida de un ser
humano, y la tragedia que ha sido la mía, habiéndome tocado un padre atroz que
se encargó de provocarme un sufrimiento muy intenso desde el principio,
tratándome como al peor criminal de toda la historia, haciéndome responsable de
todo lo que estaba mal en su vida y con el paso del tiempo, de todo lo que
estaba mal en el mundo; exhibiéndome ante muchísimos extraños, difamándome,
saboteando mis esfuerzos para superar mi terrible condición de vida provocada
por una patología mental muy grave y por la violencia que siempre me rodeó y
dominó mi existencia. Es un hecho que no puedo perdonarlo, solamente quisiera
dejar de odiarlo, no sentir nada por él.
Ese odio es uno de los obstáculos más grandes para que pueda
volver a interesarme en la vida y tenga la posibilidad de hacer algo con ella.
En las últimas semanas he hecho una recapitulación de mi historia personal
desde mi temprana infancia, mi paso por la escuela primaria y secundaria, la
enseñanza media superior, la universidad, mi temprana juventud y mi llegada a
la edad adulta siendo un hombre completamente anormal sin la menor conciencia
de ello; caídas terribles y la imposibilidad de levantarme, no querer vivir,
darme por vencido porque habiéndome esforzado durante muchos años en
condiciones muy difíciles, todo resultó inútil y un día descubrí que estaba
cansado de vivir y ya no quería seguir.
Un día, teniendo más de 40 años decido ignorar el dolor (en
lo cual no siempre tuve éxito) y esperar a que termine mi existencia. Pero
cuando las cosas se ponen difíciles y me doy cuenta de lo vulnerable que soy,
aparece en mi mente la idea de quitarme la vida cuando ya no pueda enfrentar mi
realidad, o cuando me sienta demasiado cansado.
¿Por qué nos sucede esto a tantas personas? ¿Por qué quienes
debían sostenernos, dirigirnos por la senda de vida y ayudarnos a salir
adelante se encargan de destruirnos, nos atacan de forma implacable y no
muestran el menor vestigio de piedad?
¿Cómo puedo dejar de rumiar el pasado y vivir el aquí y el
ahora?
Mis niveles de energía física, que me han hecho sentir que
he rejuvenecido están redundando en un bienestar psíquico que parece hacer
innecesarios los antidepresivos y sostener los cambios alcanzados en los
últimos meses ayudará mucho a encontrar la respuesta.
Haré mi mejor esfuerzo.
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