lunes, 25 de marzo de 2019

Mi actividad deportiva, sobrevivir y una realidad que no se acepta como tal


Ayer regresé a casa cerca de la una de la tarde, y en el último tramo, ya dentro de la ciudad, habiendo recorrido unos 96 km circulaba por la avenida de la vía del tren a una velocidad que parecía considerable, girando los pedales a una frecuencia de unas 90 revoluciones por minuto, con una multiplicación que me permitía un avance uniformemente acelerado.

La combinación de la potencia y la frecuencia del pedaleo, junto con la técnica me resultó de lo más agradable, un verdadero placer, algo difícil de describir pero que debe de tener su origen en el deleite del juego. He mencionado un cierto número de ocasiones que padeciendo un trastorno límite de la personalidad (TLP) sin tener la menor conciencia de ello, la actividad física se convirtió para mí en un mecanismo de evasión, que durante muchos años me provoqué agotamiento físico para anestesiar el dolor psíquico y la parte positiva de ello fue que me mantuvo lejos del abuso de sustancias, del alcohol y de las drogas.

En el año 2012 intenté reanudar mi actividad intensa, pero lo conseguí solamente en cierta medida, debido a mi forma física bastante pobre debido al peso ganado como consecuencia de la ingesta de medicamento psiquiátrico, y en parte porque la falta de recursos económicos (por vivir desempleado y dependiendo de alguien) dificultaba la realización de cualquier cosa que me propusiera llevar a cabo.

A partir del año siguiente aumentó mi actividad, igual que en el 2014, año en que comencé a trabajar como traductor independiente inglés-español y los pequeños ingresos que eso me reportó, me permitieron incrementar el tiempo de entrenamiento.

En el año 2015 conseguí un empleo y los primeros meses mantuve la actividad de manera estable, pero al comenzar el año siguiente, una combinación de estados depresivos, soledad y tedio me llevaron a minimizar el tiempo que pasaba entrenando y volví a ganar peso, retrocediendo mucho en el terreno que había ganado en los últimos años.

De todos modos seguí esforzándome y pese a enfrentar graves dificultades en mi trabajo durante los años 2017 y 2018, no volví a caer en la inactividad, si bien los kilometrajes siguieron siendo bajos, principalmente por evitar salir a entrenar en carretera. En últimas fechas esto ha cambiado e incluso (por una combinación de factores) he vuelto a adelgazar, estoy en mi peso y la imagen que proyecto me hace sentir bien; tengo conciencia de que le apuesto mucho a mi apariencia y hay una vanidad en esto que no voy a negar, mas no un narcisismo patológico. Cuando he hablado con otras personas de mi desempeño deportivo y la imagen que proyecto, dejo bien claro que no tengo facultades para el deporte y lo que he hecho lo pudo haber logrado cualquiera, que me he dedicado mucho y mis logros a este respecto fueron muy modestos. Al hablar de mi apariencia física aclaro que no soy un Adonis ni nada parecido, y nunca lo fui; nada más doy el “gatazo”, tengo la espalda ancha, la cintura estrecha, el abdomen plano y un tono y una definición muscular poco común, lo cual no es evidente pues voy por la vida vistiendo pantalón, camisa y prendas que cubren mi anatomía, como la mayor parte de la gente.

 Lo que quisiera expresar con claridad en esta entrada es que la actividad física ha sido para mí un mecanismo de evasión, al mismo tiempo un estilo de vida saludable y mi salvación, pero más allá de todo ello (con su trascendental importancia) siento que hay una conexión con algún tipo de entidad que pudiera considerarse ficticia, inexistente y por lo tanto producto de una mente enferma, algo así como una conciencia cósmica. Para explicar esto podría ejemplificar con el individuo que hace 21 años me asestó una puñalada por la espalda, dando el primer paso para mandarme a un infierno peor que el que ya conocía.

Ese remedo de Judas Iscariote (o de Bruto) me atacó con una furia homicida movido por la envidia que comenzó a sentir unos 12 años antes, cuando siendo compañeros en la universidad descubrió que yo era un deportista serio mientras él era un alfeñique de nacimiento, habiéndole jugado rudo la naturaleza, heredero de una genética verdaderamente muy pobre en lo referente a anatomía. Seis años antes de la infamia que cometió este mal individuo, se enteró de que yo tenía algún tiempo practicando el ciclismo (habíamos perdido el contacto durante unos cuatro años) y eso reencendió el fuego de su odio. Cuando me contrató para un puesto en la maquiladora electrónica tuvo como propósito demostrarme que así como yo tenía un desempeño superior al suyo en lo referente a actividad física (de hecho el suyo era inexistente), él era infinitamente superior en la parte intelectual y al no suceder esto, me dio un golpe a traición que casi destruyó mi vida.

De alguna manera sobreviví y el hecho de que yo haya continuado con la actividad que a él le provocó ese deseo de aniquilarme, tiene repercusiones en su vida y el daño que me hizo, se revierte en su contra, pero en su caso, no tiene la menor probabilidad de enfrentarlo con éxito, de superarlo, de sobrevivir.

Muy pronto el naufragio se habrá consumado y sabrá lo que es habitar un infierno en vida, lo que es querer morir y enfrentar cotidianamente un sufrimiento insoportable que lleva a muchas personas a quitarse la vida. Será lo justo y cuando me entere, será muy satisfactorio para mí, podré brincar de alegría.

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