Ayer regresé a casa cerca de la una de la tarde, y en el
último tramo, ya dentro de la ciudad, habiendo recorrido unos 96 km circulaba
por la avenida de la vía del tren a una velocidad que parecía considerable,
girando los pedales a una frecuencia de unas 90 revoluciones por minuto, con
una multiplicación que me permitía un avance uniformemente acelerado.
La combinación de la potencia y la frecuencia del pedaleo,
junto con la técnica me resultó de lo más agradable, un verdadero placer, algo
difícil de describir pero que debe de tener su origen en el deleite del juego.
He mencionado un cierto número de ocasiones que padeciendo un trastorno límite
de la personalidad (TLP) sin tener la menor conciencia de ello, la actividad
física se convirtió para mí en un mecanismo de evasión, que durante muchos años
me provoqué agotamiento físico para anestesiar el dolor psíquico y la parte
positiva de ello fue que me mantuvo lejos del abuso de sustancias, del alcohol
y de las drogas.
En el año 2012 intenté reanudar mi actividad intensa, pero
lo conseguí solamente en cierta medida, debido a mi forma física bastante pobre
debido al peso ganado como consecuencia de la ingesta de medicamento
psiquiátrico, y en parte porque la falta de recursos económicos (por vivir
desempleado y dependiendo de alguien) dificultaba la realización de cualquier
cosa que me propusiera llevar a cabo.
A partir del año siguiente aumentó mi actividad, igual que
en el 2014, año en que comencé a trabajar como traductor independiente
inglés-español y los pequeños ingresos que eso me reportó, me permitieron
incrementar el tiempo de entrenamiento.
En el año 2015 conseguí un empleo y los primeros meses
mantuve la actividad de manera estable, pero al comenzar el año siguiente, una
combinación de estados depresivos, soledad y tedio me llevaron a minimizar el
tiempo que pasaba entrenando y volví a ganar peso, retrocediendo mucho en el
terreno que había ganado en los últimos años.
De todos modos seguí esforzándome y pese a enfrentar graves
dificultades en mi trabajo durante los años 2017 y 2018, no volví a caer en la
inactividad, si bien los kilometrajes siguieron siendo bajos, principalmente
por evitar salir a entrenar en carretera. En últimas fechas esto ha cambiado e
incluso (por una combinación de factores) he vuelto a adelgazar, estoy en mi
peso y la imagen que proyecto me hace sentir bien; tengo conciencia de que le
apuesto mucho a mi apariencia y hay una vanidad en esto que no voy a negar, mas
no un narcisismo patológico. Cuando he hablado con otras personas de mi
desempeño deportivo y la imagen que proyecto, dejo bien claro que no tengo facultades
para el deporte y lo que he hecho lo pudo haber logrado cualquiera, que me he
dedicado mucho y mis logros a este respecto fueron muy modestos. Al hablar de
mi apariencia física aclaro que no soy un Adonis ni nada parecido, y nunca lo
fui; nada más doy el “gatazo”, tengo la espalda ancha, la cintura estrecha, el
abdomen plano y un tono y una definición muscular poco común, lo cual no es
evidente pues voy por la vida vistiendo pantalón, camisa y prendas que cubren
mi anatomía, como la mayor parte de la gente.
Lo que quisiera
expresar con claridad en esta entrada es que la actividad física ha sido para
mí un mecanismo de evasión, al mismo tiempo un estilo de vida saludable y mi
salvación, pero más allá de todo ello (con su trascendental importancia) siento
que hay una conexión con algún tipo de entidad que pudiera considerarse
ficticia, inexistente y por lo tanto producto de una mente enferma, algo así
como una conciencia cósmica. Para explicar esto podría ejemplificar con el
individuo que hace 21 años me asestó una puñalada por la espalda, dando el
primer paso para mandarme a un infierno peor que el que ya conocía.
Ese remedo de Judas Iscariote (o de Bruto) me atacó con una
furia homicida movido por la envidia que comenzó a sentir unos 12 años antes, cuando
siendo compañeros en la universidad descubrió que yo era un deportista serio
mientras él era un alfeñique de nacimiento, habiéndole jugado rudo la
naturaleza, heredero de una genética verdaderamente muy pobre en lo referente a
anatomía. Seis años antes de la infamia que cometió este mal individuo, se
enteró de que yo tenía algún tiempo practicando el ciclismo (habíamos perdido
el contacto durante unos cuatro años) y eso reencendió el fuego de su odio.
Cuando me contrató para un puesto en la maquiladora electrónica tuvo como
propósito demostrarme que así como yo tenía un desempeño superior al suyo en lo
referente a actividad física (de hecho el suyo era inexistente), él era
infinitamente superior en la parte intelectual y al no suceder esto, me dio un
golpe a traición que casi destruyó mi vida.
De alguna manera sobreviví y el hecho de que yo haya
continuado con la actividad que a él le provocó ese deseo de aniquilarme, tiene
repercusiones en su vida y el daño que me hizo, se revierte en su contra, pero
en su caso, no tiene la menor probabilidad de enfrentarlo con éxito, de
superarlo, de sobrevivir.
Muy pronto el naufragio se habrá consumado y sabrá lo que es
habitar un infierno en vida, lo que es querer morir y enfrentar cotidianamente
un sufrimiento insoportable que lleva a muchas personas a quitarse la vida.
Será lo justo y cuando me entere, será muy satisfactorio para mí, podré brincar
de alegría.
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