Anoche me robaron mi Smartphone en la calle, unos minutos
después de salir de mi trabajo y al llegar a casa hablé con un “ejecutivo” de
la compañía telefónica que me prestaba el servicio, muchacho imbécil que hizo
puras pendejadas y me hizo sentir más frustración y enojo.
Hoy en la mañana acudí a una sucursal de esa empresa de
telefonía, AT&T con intención de comprar un Smartphone económico y el
dependiente me dijo que no vendían equipos solos, sino con plan. Después de
batallar con este imbécil salí rumbo a Telcel (compañía que había abandonado
cinco años antes) y compré un equipo de bajo precio, con una recarga
correspondiente, siendo atendido por personas muy jóvenes, pero pese a su falta
de seriedad en el trato, agradables y con buena disposición.
Mi pensamiento un tanto disfuncional me lleva a pensar en
que habiendo perdido ese número que usé desde julio de 2005, es decir desde
hace 13 años y ocho meses, se cierra un círculo muy grande y esto es un
indicador de grandes cambios en mi vida. Inicié con ese número que usé ayer por
última vez a mediados del año 2005, en
que trabajaba como operador en una de las empresas de la maquiladora
electrónica, de mala reputación, haciendo un trabajo denigrante que tenía como
único aspecto positivo darme para comer, no padecer hambre.
Dos años antes mi hermana Mónica nos había visitado a mi
madre y a mí (que en ese entonces vivíamos juntos, como ahora) trayendo a su
esposo gringo y me había asestado un golpe devastador, siendo manejada como un
títere por su cónyuge de raza blanca. Teniendo 41 años de edad (en 2005),
pensaba mucho en el suicidio, ya no veía nada en mi futuro y en realidad nunca
tuve una clara idea de lo que sería, posiblemente por vivir con un pie y medio
en la locura.
Ahora tengo un empleo en el que estoy a un mes de cumplir
cuatro años, en el que he tenido dificultades, pero me ha dado estabilidad
económica y la satisfacción de hacer algo que me gusta, una forma de escritura,
la traducción de un idioma a otro. Han pasado 21 años desde que David me
arruinó y desde entonces no lo he visto, y lo más seguro es que jamás vuelva a
encontrarlo en mi vida, es muy probable que le espere una tragedia, pues él
también es un enfermo mental, a pesar de que la trayectoria de su vida no
evidencie este hecho y con eso me refiero a que él sí concluyó una
licenciatura, después comenzó a trabajar siendo un hombre muy joven, estudió un
postgrado, se casó y crio una familia, etc.; pero su comportamiento habla de
traumas que crecieron en su psiquis durante sus años de crecimiento, mismos que
a semejanza del cáncer crecen e invaden órganos vecinos y un día propician la
ruina y el deceso de su anfitrión.
El recorrido en bicicleta de 100 km del pasado domingo
representa una faceta central de mi existencia, y también un motivo de la
violencia de la que he sido objeto por parte de individuos ruines y cobardes
como mi padre, mi “amigo” David y ese psiquiatra de nombre Flavio. El primero
se fue de este mundo hace ya más de una década, y le seguirá el segundo
habiendo recorrido una senda de destructividad análoga, dejando a su familia en
la ruina.
Su esposa ya lo odia y les inocula ese sentimiento a sus hijos, pues es
así como el veneno se transmite de generación en generación. Y el pobre imbécil
soñó con la gloria; su caída será muy satisfactoria para mí.
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