viernes, 29 de marzo de 2019

¿Y si llegara el amor a mi vida?


¿Y si llegara el amor a mi vida? Hace poco tiempo comencé a usar una red social de las que tienen como función encontrar pareja. El problema es que su uso no es gratuito y la verdad es que es una verdadera porquería. Llegué a entablar comunicación vía telefónica con algunas de ellas y de pronto me di cuenta de que estaba a la espera de conseguir lo que sea, lo que coloquialmente se denomina “mi peor es nada”.

Percibo mi realidad como injusta, pues durante muchos años me esforcé mucho y a cambio obtuve muy poco, demasiado poco. En la actualidad la parte más dolorosa de mi realidad es esa soledad en la que vivo, en que ni siquiera  tengo una amiga, que si bien no es lo que quisiera, aliviaría en buena medida mi sufrimiento.

Y de pronto pienso en la posibilidad de que llegue alguien a mi vida, no como por arte de magia ni nada parecido, sino que mediante el trato con otra persona, que se ha dado durante un tiempo ya considerable, ella (una mujer bellísima) decidiera entablar una relación conmigo pues se siente tan atraída por mí como yo por ella.

Hasta hace unos cuantos meses, estuve perdidamente enamorado de una mujer que una vez fue mi terapeuta, pero en nuestro pasado hay un punto oscuro, algo que ella hizo que me lastimó profundamente y pese a que ha pasado mucho tiempo (prácticamente 10 años) no ha dejado de molestarme, o de causarme dolor. Esa mujer fue mi amiga durante cerca de tres años, una relación difícil pues nos vimos muy pocas veces, e incluso hablamos por teléfono en muy contadas ocasiones. Ahora se ha ido de mi vida y ya no siento nada por ella.

La mujer que ahora ocupa mis pensamientos y tiene un lugar en mi corazón es más joven, es excepcionalmente inteligente y su belleza es inconmensurable. Tengo la impresión de que el sentimiento (el amor) es recíproco y si tuviera razón en esto, espero que de alguna manera llegue a realizarse y no se convierta una vez más en una fuente de dolor.

Estoy cansado de sufrir; ven a mi vida, amada mía.

Pensamiento disfuncional y la expectativa de que mi vida dé un giro afortunado


En noviembre de 2017 compré un Cyclocomputer marca Sigma, de fabricación alemana (maquilada quién sabe dónde, muy probablemente en China) que en ciertos momentos ha dado problemas, como dejar de funcionar de repente, cuando me he hallado pedaleando y la lectura del velocímetro marca 0 km/h y todas las funciones aparecen como si la bicicleta se hallara detenida, y el ciclista en reposo.

Eso me sucedió ayer jueves 28 de marzo, en la mañana, mientras me hallaba ejercitándome en mi bicicleta, sobre rodillos. De pronto ya no se registró ningún avance ni absolutamente nada y yo me detuve, bajé de la bicicleta e intenté acomodar el imán (sujeto a un rayo de la rueda delantera, para que pase muy cerca del sensor), sin ningún éxito. De todos modos seguí pedaleando hasta completar los 60 minutos que me había propuesto, pero la lectura de la distancia total (que inicié hace algunas semanas) quedó en 1288 km, y yo siempre procuro evitar que aparezca el dígito 8 en la lectura del odómetro o del tiempo del recorrido. Esto porque en mi pensamiento disfuncional, siento que si aparece una cifra con ese número, me va a suceder algo muy malo y voy a enfrentar una situación muy mala.

Sé muy bien que esto no tiene sentido, pero eso no me ayuda a deshacerme de estas ideas y de la preocupación que me provocan. Sin embargo, a principios de julio de 2018, un domingo la lectura del odómetro mostró ese número en las dos últimas posiciones (88), y el día siguiente fue muy difícil, al grado que estuve cerca de caer en una de mis crisis emocionales. ¿Fue esto un ejemplo de autosugestión? No tengo la respuesta, pero la verdad lo dudo.

De forma paralela, he perdido peso en los últimos dos meses y ahora estoy en la cifra ideal, 72 kg. Mi índice de masa corporal es de 22.7, lo cual es considerado excelente.

En el año 1997, en que cumplí 33 años de edad, perdí unos 13 kg en menos de tres meses, un sobrepeso que había ganado el año anterior pasando la primera mitad del mismo internado en una clínica de rehabilitación donde dejé de hacer ejercicio,  tomé medicamentos (muy probablemente antipsicóticos) y al ser dado de alta, pasé muchas horas del día durmiendo y pese a volver a ejercitarme, las sesiones no eran regulares ni muy intensas. Al iniciar ese año (1997) comencé a usar mi bicicleta de carreras cotidianamente, y habiendo suspendido la ingesta de medicamentos unos meses antes, la pérdida de peso fue espectacular. Ya cerca de terminar el año (en el mes de noviembre), fui contratado para el primer empleo de toda mi vida, ganando una cantidad de dinero que a mí me parecía una fortuna, el equivalente a mil dólares mensuales, de aquel entonces. Será fácil entender que habiendo vivido todos mis años anteriores sin ingresos y por lo tanto con muy poco dinero, ese sueldo parecía una fortuna.

En mi mente, conecté la pérdida de peso y alcanzar una cifra en una de las funciones de mi cyclocomputer (el odómetro, 10 000 km) con ese acontecimiento, obtener mi primer empleo. Perdí ese trabajo al terminar enero de 1998 y ese fue uno de los acontecimientos más terribles de toda mi vida. En los años que siguieron, viví ejercitándome en mi bicicleta de carrera (en la medida de mis posibilidades debido a la pobreza a la que regresé y mi patología mental tan grave) esperando que al llegar a la cifra de los 10 000 km obtendría otro empleo con una remuneración justa y saldría del infierno en que se había convertido mi vida. Por supuesto, esto nunca sucedió.

Sin embargo, 17 años después de esa caída tan terrible (perder ese empleo), en abril de 2015 obtuve uno digno, que desempeño en la actualidad y en el que en menos de un mes cumpliré cuatro años. Como quiera que sea, a lo que quería llegar es a que ahora que vuelvo a encontrarme en mi peso ideal, y he recorrido miles de kilómetros en mi bicicleta (si bien no podría precisar cuántos, pues las lecturas de mi cyclocomputer han sido borradas por diferentes causas), siento que está por presentarse un acontecimiento trascendental en mi vida, si bien no sé en qué consistirá este.

Cuando me he comentado este tipo de expectativas que a un observador le parecería que su realización es improbable (o tal vez imposible) me he referido a fenómenos que se dieron en épocas pasadas, por ejemplo en Estados Unidos, en que habían hombres que con la rama de un árbol con la forma de un delta, sosteniéndola sobre un área de terreno, podían detectar si bajo su superficie había un cuerpo de agua (posiblemente a bastante profundidad) y cuando detectaban tal cosa, no fallaban. Esto no tiene una explicación científica, y sin embargo sucedía.

Pero no puedo usar este argumento para asegurar que mi presentimiento se va a hacer realidad. No obstante, siento como algo tangible que un acontecimiento muy bueno se va a presentar en mi vida y en algún momento sentiré que vale la pena seguir adelante y la idea del suicidio habrá quedado atrás, definitivamente.

Estaré esperando.

Soledad, tristeza y una motivación para evitar quitarme la vida


Una vez en septiembre de 2007 acudí a un evento en University Club, en la Colonia Moderna. Se trató el tema de movilidad urbana y conocí personas con una orientación en la vida parecida a la mía, pero gente que sí asume actividades a ese respecto y por supuesto, es congruente con lo que profesa.

Al salir de ese lugar, después de una muy buena experiencia, caminé por ese rumbo de Chapultepec y entré a un Ciber Café. Renté una computadora e hice uso del Messenger de Hotmail. Me encontré con una dama a la que había conocido en una red social, que vivía en la Península de Yucatán, posiblemente en Campeche. Entablamos un diálogo, una plática de lo más agradable y en algún momento le hablé de la soledad en la que vivía (posiblemente omití la pobreza), le dije que vivía en una casa grande, solo, dormía en una cama matrimonial, también solo…

La necesidad de una compañera, alguien con quien compartir mi vida, y mi lecho

… para abrazarla sin despertarla,
…y acariciarle el pelo…
…y besar su piel…
…y poner un oído en su pecho…
…y escuchar y sentir los latidos de su corazón…
…y darle las gracias por estar conmigo…
…y llorar de alegría…

… y si me quitara la vida, esa pequeña esperanza se perdería para siempre..

…supongo que eso es lo que me detiene.

Han pasado más de once años y pese a que se han dado grandes cambios en mi vida (sobre todo en los últimos cinco años), sigo así, en soledad y mi vida está dominada por una tristeza que se manifiesta como enojo casi cotidianamente pues siendo un individuo del sexo masculino, no se me permite sentir la aflicción que pudiera manifestarse como llanto.

Los hombres no lloran.


Conocer la historia de personas excepcionales, para encontrar la inspiración...


Último día laboral de la semana, sigo trabajando en un archivo de fármaco, avanzando muy rápido, pero con la mente ocupada en otros asuntos, como me sucede tanto. Ayer fui a pedirle su número de teléfono a un compañero cuando me disponía a tomar mi tiempo de descanso; esto porque el lunes pasado me robaron mi Smartphone. Al verme, Marco me preguntó que estaba leyendo pues llevaba conmigo el libro “at the heart of the White Rose” y la otra joven, recién llegada a esa área de mi departamento, mostró mucho interés. Les hablé entonces de Hans y Sophie Scholl, de sus actividades dentro de la Universidad en Múnich, de la Rosa Blanca y de sus muertes heroicas, junto con otras personas. Todo esto con unas cuantas frases. Me comprometí entonces a conseguir la película (Los últimos días) y prestárselas, para que conozcan la historia de estas personas tan extraordinarias.

La verdad es que sigo leyendo muy poco. El primer capítulo de este libro (mencionado en el párrafo anterior) se compone principalmente de la correspondencia entre Hans Scholl y su familia, a partir del año 1938 en que se hallaba haciendo un servicio obligatorio y Austria fue anexada a Alemania. Ya había tenido actividades subversivas y había sido privado de su libertad por ello, pero se arregló el asunto gracias a una amnistía general otorgada por ese régimen tan criminal, el Nacional Socialismo que en la actualidad cuenta con no pocos admiradores en el mundo. La estupidez humana parece no tener límites.

 Sé que conforme avance en la lectura de esta obra, me quedará claro la importancia de tener buenos padres. Ya había mencionado antes en este blog que Robert Scholl, padre de Hans y Sophie y otros cuatro hijos fue un hombre excepcional y seguramente su esposa también lo fue. Es fácil entender que esos dos hijos que pertenecieron a la Rosa Blanca hayan sido valientes en extremo, la clase de personas que yo considero dignas de pasar a la historia y cuyas biografías deberían hacerse masivas, como ejemplos a seguir para la mayoría de nosotros, el resto del mundo, gente común y corriente.

Anoche envié un mensaje de WhatsApp a un hombre que vende películas, preguntándole si tenía esa de ‘Los últimos días’ y hoy en la mañana me respondió afirmativamente. Lo buscaré la próxima semana para hacerme de varias copias y quedarme con una, obsequiando las otras a personas importantes a las que les he hablado de este tema.

Le dije a esa psicóloga con la que hablo los fines de semana que hace cerca de 13 años, en el 2006, cuando murió mi hermana menor me di cuenta de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez y parece difícil que eso cambie. Conocer historias de personas excepcionales como Hans y Sophie Scholl tiene como objetivo cambiar mi actitud de indiferencia y dolor ante la vida, encontrar la inspiración para seguir adelante y dejar de vivir como un robot que acude a su trabajo y cumple con sus responsabilidades y el resto del tiempo se la vive metido en una red social (Twitter) o haciendo ejercicio en su bicicleta de carreras, mirando videos musicales en YouTube, ocupándose de sus mascotas, etc., mientras el tiempo sigue pasando, esperando que un día acabe su existencia.


jueves, 28 de marzo de 2019

Familias de monstruos, una vida arruinada y establecer comunicación significativa con otro ser humano


He leído poco del libro ‘at the heart of the White Rose’, de la autoría de Inge Jens (que más bien editó el contenido, pues se trata de cartas entre los integrantes de la Rosa Blanca y familiares y personas cercanas a ellos, con notas históricas en referencia al contenido de las mismas), pero me doy cuenta de que Hans y Sophie Scholl provenían de una familia funcional, en la que prevalecían el bienestar, la armonía y el amor.

Ya sabía algo a este respecto por haber buscado información sobre estas personas y ese movimiento, La Rosa Blanca, cuya manifestación se dio principalmente en la Universidad de Múnich entre 1942 y el inicio de 1943, cuando sus integrantes fueron juzgados y ejecutados en un proceso muy rápido, que duró unas cuantas horas y reflejó muy la criminalidad del régimen Nacional Socialista.

De pronto comienza a inquietarme algo que acepté hace mucho tiempo, en una época que no puedo situar en el tiempo, que consiste en el hecho de que mi familia es muy disfuncional (en la actualidad es como si ya no existiera, pues vivo con mi madre y no tengo ningún contacto con ninguna de mis dos hermanas). Las familias de las que provienen mis padres estuvieron compuestas por gente destructiva y enferma, personas para quienes era muy importante manifestar su odio hacia quienes les rodeaban en todo momento, en todo lugar, cotidianamente, procurando transmitir a su prole esa costumbre y esperando ser admirados y amados por mostrar esa orientación en la vida.

Si buscaban destruir las vidas de sus hijos, mis abuelos, tanto paternos como maternos fueron muy exitosos. Hablando de los primeros, puedo mencionar que de seis hijos varones, cinco fueron alcohólicos y los seis (que incluye al no alcohólico) se dedicaron a hacerle la vida miserable a sus familias, provocándoles daños irreversibles e inculcándoles la idea (de la mano con la religión cristiana) de que debían rendirle culto a sus padres y agradecerles su herencia, así consistiera esta en arruinar sus vidas y sumirlos en la desesperación más absoluta.

Con mis abuelos maternos la situación no fue muy diferente, siendo gente con muy poca escolaridad (un hecho justificado hasta cierto punto porque nacieron a principios del siglo XX y en ese entonces, una vez terminada la Revolución, inició apenas el establecimiento de un sistema educativo) pero además de la ignorancia en la que vivían, eran firmes partidarios de la violencia como un método para formar hijos sin voluntad propia, obedientes, inconscientes de su realidad precaria y triste que buscaran una vida de violencia y de pobreza integral, privados de las cualidades y atributos que deben caracterizar al ser humano, entre estos la capacidad de sentir amor y la búsqueda de la realización personal. Estas personas terribles se encargaron de mutilar a sus hijos espiritualmente, en lo que tuvieron un éxito total pues toda su descendencia se vio sumida en una vida de caos, dolor y sufrimiento sin fin.

En menos de un mes habré cumplido 55 años de edad y soy uno de los integrantes de mi familia al que le tocó vivir en la enfermedad mental. No sé si esta se manifestó por mi carga genética o por la combinación de factores que imposibilitaron que llevara un vida normal y en cambio me llevaron a vivir con la apariencia de un ser humano común, siendo en realidad un individuo anormal que vivió su juventud en soledad, sin trabajar y llevar una vida productiva, sin desarrollar relaciones significativas con otras personas, con grandes aspiraciones pero pocos recursos para alcanzarlas. Habiendo cumplido 44 años, cuando ya había perdido por segunda vez la voluntad de vivir me enteré de que padecía una patología seria, pero tuvieron que pasar casi tres años más antes de que comprendiera lo grave que era y  hoy, casi ocho años más tarde, pese a tener conciencia de la seriedad de mi situación, no parezco tener la voluntad para cambiar mis comportamientos problemáticos y así lograr integrarme a grupos de personas con intereses afines a los míos, hacerme de un círculo social y dejar de vivir en una soledad que me duele y continúa deteriorando mi calidad de vida.

Cuando entablo comunicación con una psicóloga, mi interlocutor se da cuenta de lo que soy como ser humano en lo que se refiere a inteligencia y cultura. Esto lo hace posible el hecho de que esa persona puede dedicarme el tiempo que dura la llamada debido a que esa es su función, y si intentara hacer esto con otro individuo, la posibilidad de entablar una comunicación significativa sería muy remota, por la alta probabilidad de que mi interlocutor carezca de la capacidad para escuchar y por su falta de preparación académica, de cultura que redundan en la imposibilidad de comprender una realidad diferente a la suya.

Pero quisiera volver a lo que quería expresar en esta entrada, que es lo terrible que parece mi destino habiendo nacido hijo de dos personas provenientes de padres atroces. Nací con problemas de visión (carencia de la misma en el ojo izquierdo, con el que veo aprox. un 35% y solamente tengo visión periférica, lo que me impide afocar y leer con él) además de trastorno por déficit de atención con hiperactividad y alojado en el espectro autista, Asperger.

Mi desempeño escolar fue deplorable y en consecuencia vergonzoso y esto marcó el rumbo de mi vida para siempre. También sirvió para que mi padre alimentara el fuego de su odio hacia mí usando esa carencia mía como combustible y se encargara de decir a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharlo que tenía un hijo atroz, un canalla que había convertido su vida en un suplicio y ello lo había llevado a refugiarse en el alcohol. Conseguía así manipular a su interlocutor y sembrar en él sentimientos de furia y de desprecio hacia su verdugo, entiéndase su hijo varón.

Hablar con una psicóloga en fin de semana, vía telefónica


Transcurren los días de la semana y llegamos al cuarto día laboral, de cinco. Pienso en lo que le voy a decir a la psicóloga que me atiende vía telefónica en sábado o en domingo, lo que ha ocurrido en estos días y esto se ha vuelto una costumbre.

Me ha llamado la atención esa necesidad de hablar con alguien, algo muy importante para mí, establecer comunicación con otra persona, pero que sea alguien inteligente, con una buena preparación académica, de preferencia culta, empática, sensible, respetuosa. Esto ha sido posible la mayor parte del tiempo durante los últimos once años, o un poco más. ¿Por qué una psicóloga? Debe serlo (del sexo femenino) porque solamente alguien que conoce la psiquis humana y sus patologías posibles tendría la capacidad de entender el modo como he vivido, que a gente sin ese conocimiento no solamente le resulta imposible comprender, sino que le genera sentimientos de hostilidad e incluso desprecio. En el pasado, en diferentes épocas traté con psicólogas que al principio mostraron una actitud correcta para más adelante (en el transcurso de meses o un periodo mayor a un año o dos) me agredieron de manera verbal, sabiendo lo sensible que soy respecto a mi condición adulta en la que he vivido la mayor parte del tiempo sin trabajar, siendo esto lo más terrible que me ha pasado en toda mi existencia.

Vivo esto en secreto, no se lo digo a nadie a menos que se trate de una persona que se ha ganado mi confianza, pero cuando trato con un profesional de la salud mental (psicóloga o psiquiatra) es una de las primeras cosas que les digo acerca de mí, y en teoría, conociendo mi patología tan grave tienen la capacidad de entenderlo sin sentir desprecio por su paciente.

Vi en Twitter una imagen con texto refiriéndose a qué decirle y qué no decirle a alguien que padece de depresión, un trastorno cada vez más común en nuestros días, en teoría tan sencillo en sus manifestaciones, pero que tan pocas personas tienen la capacidad de entender. Entre las tonterías que hablan quienes no saben se encuentran los slogans ‘échale ganas’, ‘piensa positivo’; y entre los juicios, mucha gente estúpida afirma que el problema de origen es no tener un objetivo trazado, carecer de un proyecto de vida o querer manipular a otros; unos aún más idiotas dicen que quien padece este mal está cosechando lo que sembró, que ha vivido sin querer esforzarse para hacer lograr algo en la vida; atrocidades por el estilo.

Si se encuentra tanta incomprensión, estulticia y ausencia de humanidad cuando se trata de algo tan sencillo como la depresión, ¿qué podríamos esperar cuando se habla de un trastorno de personalidad, más aún cuando se trata de uno muy grave, uno de los más devastadores como el trastorno límite de la personalidad (TLP)?

Me ha preocupado en últimas fechas la percepción que puedan tener de mí algunas personas, por ser importantes en mi vida. Una de ellas es la psicóloga que me atiende vía telefónica en fin de semana, pues se encuentra en una institución de tamaño mediano o tal vez pequeño, rodeada de gente dada al chisme y a propagar todo tipo de ideas sobre otras personas, en particular sobre usuarios como yo a quienes se considera problemáticos. En el blog que terminé de escribir en los primeros días de enero pasado, había escrito algo sobre esa psicóloga que se convirtió en mi amiga, refiriéndome a ella sin mencionar si quiera su nombre y en su lugar llamándola ‘la mujer que amo’. No se le podía identificar, pero más tarde puse una foto de ella (si bien de hace muchos años) y eso generó muchas visitas a esa entrada (más de 200) lo que pudo haberla puesto en una mala situación tanto en el plano laboral como familiar, con su cónyuge.

Lo que quisiera que quedara claro es que nunca falté a la verdad y lo que escribí sobre ella es que había sido mi amiga, que habíamos ido a desayunar en varias ocasiones (no muchas), que al encontrarnos nos saludábamos con un abrazo y un beso; en fin, nada incorrecto. Yo jamás escribiría falsedades, mucho menos si con ello perjudicara a alguien.

La pregunta obvia sería ¿por qué lo hice? Porque esta mujer me lastimó al alejarse de mí pues yo no le di motivos para que hiciera eso y en cambio pienso que me utilizó para culparme de las posibles situaciones de violencia que padece cotidianamente, cuyo origen pudiera ser su cónyuge (una persona muy agresiva) o su padre y tal vez su madre también, de quienes se había alejado y por petición de ellos regresó a sus vidas.


Tendré que aclarar esto con la persona que me interesa, esa psicóloga que me atiende en fin de semana y espero que eso la tranquilice, si eso ha sido motivo para que sienta preocupación o inquietud respecto a nuestra relación terapéutica.

Lo intentaré al menos.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Pensando en lo que ocurrió ayer en AT&T, y en la realidad de mi país y tanta porquería


Hoy cumplo 47 meses en mi empleo, dentro de un mes cumpliré cuatro años en él y 55 de edad. Que mi primer día de trabajo en mi ocupación (algo que cambió mi vida, dándole un giro de 180 grados) haya caído en mi cumpleaños parece muy significativo, no sé si la razón de ello se deba a la magnitud de la coincidencia, o a mi pensamiento un tanto patológico.

El próximo lunes 1 de abril, mis mascotas Chora y Clara (la segunda hija de la primera) cumplirán dos años en casa, estos animalitos que me dan su amor y su compañía incondicional, con la seguridad absoluta de que jamás me pegarán por la espalda; no sé de cuantos seres humanos podría afirmar esto último, las puñaladas por la espalda que me han asestado personas significativas me han provocado un daño del que no sé si me pueda recuperar.

Tuve comunicación vía Twitter con gente de la empresa AT&T por mensaje directo y del diálogo que se dio, a mi pregunta sobre si en ese centro de atención (junto a Plaza Las Torres, en Guadalajara) no se venden equipos para usar por prepago, y la única opción (lo que casi le da carácter de obligatoriedad) son equipos con plan, dejando al cliente con opciones muy estrechas, en una mala situación, la respuesta fue negativa. Sucede que ahí sí se venden equipos para ser pagados de contado, con intención de usarlos con la opción prepago.

El muchacho patán y por demás imbécil que me atendió ayer, que me dio a entender sin el menor lugar para la duda que yo representaba un fastidio para él, como si fuera un limosnero o un paria (siendo que yo iba a pagar el equipo con el plan de pago impuesto pese a que no era lo que quería y en realidad no me convenía) es representativo de lo que está ocurriendo en el campo laboral en la actualidad. Empleados con comportamientos absolutamente incorrectos, agresivos, que faltan a la verdad y perjudican a la empresa que los contrató, en este caso consiguiendo que yo decidiera cambiar de compañía en cuestión de minutos, algo que al entrar a ese lugar no tenía la intención de hacer en lo más absoluto; la idea ni siquiera pasaba por mi mente.

Además, ese muchacho me creyó más tonto que él (una idea absolutamente incomprensible), pensando que le iba a creer las patrañas que salieron de su sucia boca, y que una vez que yo me hube retirado del local no iba a volver a saber de mí y lo que había hecho iba a quedar en el olvido, que nadie se iba a enterar y no tendría ninguna consecuencia para él.

¿Y qué sucede con una empresa como AT&T? ¿Qué lineamientos o principios siguen para contratar a su personal? ¿O es que también siguen la cultura de la explotación, contratan gente bien jodida con todo lo que esto implica para pagarles lo menos que se pueda? Si esta suposición fuera correcta, ¿no alcanzan a percibir que lo que se ahorrarían en pagarle a este tipo de empleados sería mucho menos que lo que dejarían de ganar teniendo gente que ignora lo importante que es el cliente, que en realidad es la única razón por la que existe un negocio?

Mi país está muy mal en muchos aspectos, con una sobrepoblación de gente analfabeta, inculta, ignorante, de muy escasa inteligencia, obesa, agresiva, proclive a la deshonestidad; masas que le rinden culto a la pobreza moral, intelectual y económica. En muchos aspectos, ser mexicano constituye un motivo de vergüenza y mucha gente pasa por alto que si tenemos gobiernos atrozmente corruptos, la gente que los integra son individuos surgidos de una sociedad que no es otra cosa que un caldo de cultivo para eso, para la porquería.

Hoy me atendió un ejecutivo encargado de redes sociales que me ofreció levantar un reporte, pidiéndome datos como mi número a 10 dígitos, centro de atención donde ocurrieron los hechos, nombre del asesor (algo que yo no podría saber), y finalmente mi nombre completo. Yo ya había dejado claro en varias ocasiones que cambié de compañía (de regreso a Telcel), algo que en realidad no tenía contemplado, que no me agrada, pero definitivamente es mejor que AT&T y Movistar, de las cuales ya fui suscriptor y de las que no quiero volver  a saber nada.

¿Harán algo las personas de AT&T responsables de atender este tipo de situaciones, o se limitarán a observar cómo uno de sus empleados hace exactamente lo contrario a lo que sería su trabajo? No sé, y además ignoro si me voy a enterar de algo. Sea como sea, reconozco que el hecho de que me hayan contactado en Twitter por mensaje directo es un buen indicador. Yo esperaría que echaran a la calle a ese pedazo de idiota, no nada más porque con su mal proceder está perjudicando a la compañía para la que trabaja, que le paga su sueldo, sino por haberme subestimado, viéndome como un individuo más tonto que él, de quien no tenía nada que temer.

Uno de los millones de representantes de la descomposición social que aqueja a mi país, y constituye uno de sus mayores problemas. Así las cosas.

martes, 26 de marzo de 2019

Me roban mi Smparthone, pierdo mi número, se cierra otro círculo, este muy grande


Anoche me robaron mi Smartphone en la calle, unos minutos después de salir de mi trabajo y al llegar a casa hablé con un “ejecutivo” de la compañía telefónica que me prestaba el servicio, muchacho imbécil que hizo puras pendejadas y me hizo sentir más frustración y enojo.

Hoy en la mañana acudí a una sucursal de esa empresa de telefonía, AT&T con intención de comprar un Smartphone económico y el dependiente me dijo que no vendían equipos solos, sino con plan. Después de batallar con este imbécil salí rumbo a Telcel (compañía que había abandonado cinco años antes) y compré un equipo de bajo precio, con una recarga correspondiente, siendo atendido por personas muy jóvenes, pero pese a su falta de seriedad en el trato, agradables y con buena disposición.

Mi pensamiento un tanto disfuncional me lleva a pensar en que habiendo perdido ese número que usé desde julio de 2005, es decir desde hace 13 años y ocho meses, se cierra un círculo muy grande y esto es un indicador de grandes cambios en mi vida. Inicié con ese número que usé ayer por última vez  a mediados del año 2005, en que trabajaba como operador en una de las empresas de la maquiladora electrónica, de mala reputación, haciendo un trabajo denigrante que tenía como único aspecto positivo darme para comer, no padecer hambre.

Dos años antes mi hermana Mónica nos había visitado a mi madre y a mí (que en ese entonces vivíamos juntos, como ahora) trayendo a su esposo gringo y me había asestado un golpe devastador, siendo manejada como un títere por su cónyuge de raza blanca. Teniendo 41 años de edad (en 2005), pensaba mucho en el suicidio, ya no veía nada en mi futuro y en realidad nunca tuve una clara idea de lo que sería, posiblemente por vivir con un pie y medio en la locura.

Ahora tengo un empleo en el que estoy a un mes de cumplir cuatro años, en el que he tenido dificultades, pero me ha dado estabilidad económica y la satisfacción de hacer algo que me gusta, una forma de escritura, la traducción de un idioma a otro. Han pasado 21 años desde que David me arruinó y desde entonces no lo he visto, y lo más seguro es que jamás vuelva a encontrarlo en mi vida, es muy probable que le espere una tragedia, pues él también es un enfermo mental, a pesar de que la trayectoria de su vida no evidencie este hecho y con eso me refiero a que él sí concluyó una licenciatura, después comenzó a trabajar siendo un hombre muy joven, estudió un postgrado, se casó y crio una familia, etc.; pero su comportamiento habla de traumas que crecieron en su psiquis durante sus años de crecimiento, mismos que a semejanza del cáncer crecen e invaden órganos vecinos y un día propician la ruina y el deceso de su anfitrión.

El recorrido en bicicleta de 100 km del pasado domingo representa una faceta central de mi existencia, y también un motivo de la violencia de la que he sido objeto por parte de individuos ruines y cobardes como mi padre, mi “amigo” David y ese psiquiatra de nombre Flavio. El primero se fue de este mundo hace ya más de una década, y le seguirá el segundo habiendo recorrido una senda de destructividad análoga, dejando a su familia en la ruina.

Su esposa ya lo odia y les  inocula ese sentimiento a sus hijos, pues es así como el veneno se transmite de generación en generación. Y el pobre imbécil soñó con la gloria; su caída será muy satisfactoria para mí.

lunes, 25 de marzo de 2019

Mi actividad deportiva, sobrevivir y una realidad que no se acepta como tal


Ayer regresé a casa cerca de la una de la tarde, y en el último tramo, ya dentro de la ciudad, habiendo recorrido unos 96 km circulaba por la avenida de la vía del tren a una velocidad que parecía considerable, girando los pedales a una frecuencia de unas 90 revoluciones por minuto, con una multiplicación que me permitía un avance uniformemente acelerado.

La combinación de la potencia y la frecuencia del pedaleo, junto con la técnica me resultó de lo más agradable, un verdadero placer, algo difícil de describir pero que debe de tener su origen en el deleite del juego. He mencionado un cierto número de ocasiones que padeciendo un trastorno límite de la personalidad (TLP) sin tener la menor conciencia de ello, la actividad física se convirtió para mí en un mecanismo de evasión, que durante muchos años me provoqué agotamiento físico para anestesiar el dolor psíquico y la parte positiva de ello fue que me mantuvo lejos del abuso de sustancias, del alcohol y de las drogas.

En el año 2012 intenté reanudar mi actividad intensa, pero lo conseguí solamente en cierta medida, debido a mi forma física bastante pobre debido al peso ganado como consecuencia de la ingesta de medicamento psiquiátrico, y en parte porque la falta de recursos económicos (por vivir desempleado y dependiendo de alguien) dificultaba la realización de cualquier cosa que me propusiera llevar a cabo.

A partir del año siguiente aumentó mi actividad, igual que en el 2014, año en que comencé a trabajar como traductor independiente inglés-español y los pequeños ingresos que eso me reportó, me permitieron incrementar el tiempo de entrenamiento.

En el año 2015 conseguí un empleo y los primeros meses mantuve la actividad de manera estable, pero al comenzar el año siguiente, una combinación de estados depresivos, soledad y tedio me llevaron a minimizar el tiempo que pasaba entrenando y volví a ganar peso, retrocediendo mucho en el terreno que había ganado en los últimos años.

De todos modos seguí esforzándome y pese a enfrentar graves dificultades en mi trabajo durante los años 2017 y 2018, no volví a caer en la inactividad, si bien los kilometrajes siguieron siendo bajos, principalmente por evitar salir a entrenar en carretera. En últimas fechas esto ha cambiado e incluso (por una combinación de factores) he vuelto a adelgazar, estoy en mi peso y la imagen que proyecto me hace sentir bien; tengo conciencia de que le apuesto mucho a mi apariencia y hay una vanidad en esto que no voy a negar, mas no un narcisismo patológico. Cuando he hablado con otras personas de mi desempeño deportivo y la imagen que proyecto, dejo bien claro que no tengo facultades para el deporte y lo que he hecho lo pudo haber logrado cualquiera, que me he dedicado mucho y mis logros a este respecto fueron muy modestos. Al hablar de mi apariencia física aclaro que no soy un Adonis ni nada parecido, y nunca lo fui; nada más doy el “gatazo”, tengo la espalda ancha, la cintura estrecha, el abdomen plano y un tono y una definición muscular poco común, lo cual no es evidente pues voy por la vida vistiendo pantalón, camisa y prendas que cubren mi anatomía, como la mayor parte de la gente.

 Lo que quisiera expresar con claridad en esta entrada es que la actividad física ha sido para mí un mecanismo de evasión, al mismo tiempo un estilo de vida saludable y mi salvación, pero más allá de todo ello (con su trascendental importancia) siento que hay una conexión con algún tipo de entidad que pudiera considerarse ficticia, inexistente y por lo tanto producto de una mente enferma, algo así como una conciencia cósmica. Para explicar esto podría ejemplificar con el individuo que hace 21 años me asestó una puñalada por la espalda, dando el primer paso para mandarme a un infierno peor que el que ya conocía.

Ese remedo de Judas Iscariote (o de Bruto) me atacó con una furia homicida movido por la envidia que comenzó a sentir unos 12 años antes, cuando siendo compañeros en la universidad descubrió que yo era un deportista serio mientras él era un alfeñique de nacimiento, habiéndole jugado rudo la naturaleza, heredero de una genética verdaderamente muy pobre en lo referente a anatomía. Seis años antes de la infamia que cometió este mal individuo, se enteró de que yo tenía algún tiempo practicando el ciclismo (habíamos perdido el contacto durante unos cuatro años) y eso reencendió el fuego de su odio. Cuando me contrató para un puesto en la maquiladora electrónica tuvo como propósito demostrarme que así como yo tenía un desempeño superior al suyo en lo referente a actividad física (de hecho el suyo era inexistente), él era infinitamente superior en la parte intelectual y al no suceder esto, me dio un golpe a traición que casi destruyó mi vida.

De alguna manera sobreviví y el hecho de que yo haya continuado con la actividad que a él le provocó ese deseo de aniquilarme, tiene repercusiones en su vida y el daño que me hizo, se revierte en su contra, pero en su caso, no tiene la menor probabilidad de enfrentarlo con éxito, de superarlo, de sobrevivir.

Muy pronto el naufragio se habrá consumado y sabrá lo que es habitar un infierno en vida, lo que es querer morir y enfrentar cotidianamente un sufrimiento insoportable que lleva a muchas personas a quitarse la vida. Será lo justo y cuando me entere, será muy satisfactorio para mí, podré brincar de alegría.

Un recorrido ciclista de 100 km, por primera vez en cuatro años y vivir con miedo


Primer recorrido de 100 km en mi bicicleta, ayer domingo, el primero en mucho tiempo, probablemente en cuatro años pues hice uno después de septiembre de 2014. Sé esto con certeza porque antes del viernes 5 de septiembre de ese año, no tenía cyclocomputer y pude comprar ese dispositivo (marca Cat Eye, fabricación japonesa) gracias al trabajo de traducción free lance que estaba realizando, al igual que varias refacciones (poste del manubrio y bomba portátil) para usar con aquella bicicleta, también de aluminio pero mucho más pesada.

¿Por qué tuvo que pasar tanto tiempo para que volviera a cubrir esa distancia, si en realidad no es tanto? Hay varias respuestas posibles. Una es que los medicamentos que he tomado durante cerca de ocho años, para mi trastorno límite de la personalidad me han traído como efectos colaterales cansancio crónico (que también podría deberse a otras causas, que mencionaré más adelante) y aumento de peso (que ya resolví, después de batallar mucho tiempo con este problema). Otra causa que pudiera no tener relación es un miedo no definido a hacer muchas cosas, como salir con frecuencia a carretera (en bicicleta) que es donde se practica este deporte.

El miedo ha dominado mi vida y ha sido la causa de que no haya hecho muchas cosas. Siendo un hombre muy joven decidí no tener hijos jamás y mi argumento siempre ha sido que la razón de ello es la carga de violencia que llevo a cuestas, siendo hijo de un hombre muy destructivo y una mujer muy codependiente, ambos provenientes de familias terribles. Sin que esto deje de ser cierto, otra razón podría ser que le tengo mucho miedo a la vida y en relación con esto, puesto que he mostrado tan poca capacidad para convertirme en un adulto y ser autosuficiente, mi mayor temor fue que de haber tenido una familia le hubiera fallado miserablemente, sumiéndola en la pobreza, en la carencia de los medios necesarios para llevar una vida digna y poderle brindar a mis hijos una oportunidad en la vida.

Cuando joven, quise viajar a otro país (de preferencia de habla inglesa) como Canadá o Australia, con intención de emigrar y quedarme allá, tomar la ciudadanía y llevar una vida muy diferente a la que me esperaba en el país que me vio nacer, al que no amo, del que no estoy orgulloso y que no acepto pues mucha de su realidad me parece injustificable, entre ellas la desigualdad social, la sobrepoblación, la corrupción, una alta proporción de gente que parece inferior en todos aspectos, desde su apariencia hasta su nivel educativo deplorable o francamente paupérrimo, etc.

¿Por qué no lo hice, por qué no me fui? Principalmente por miedo, el temor a lo desconocido, a dejar mi hogar, a alejarme de mi familia, incluso de mi mascota (mi perro), etc. En resumidas cuentas, el miedo ha dominado mi vida.

En fecha muy reciente se ha elevado mucho mi nivel de actividad física, entiéndase la práctica de mi deporte, el ciclismo de ruta complementado con una rutina (breve) de ejercicios con pesas, dos días por semana, máximo tres. No puedo explicar la razón por la cual he sentido que he dado un gran paso hacia adelante, que estoy saliendo de una pesadilla que comenzó en un momento que no puedo determinar. Pudiera ser en mi temprana infancia, o al llegar a la adolescencia, tal vez cuando llegué a ser un adulto joven, cuando tuve un poco más de 20 años de edad. No puedo explicar la razón de este bienestar y cómo establezco una conexión con la práctica de mi deporte, pero lo siento de manera tangible y de pronto disminuye mucho mi nivel de ansiedad, la paranoia que me acompaña con tanta frecuencia y los temores inexplicables por razones no definidas, temores irreales  que percibo como posibilidades y que en realidad no existen como algo concreto.

domingo, 24 de marzo de 2019

Domingo 24 de marzo de 2019, primer recorrido en bicicleta de 100 km, en mucho tiempo

Domingo 24 de marzo de 2019, a un mes y tres días de cumplir 55 años de edad, ya bien entrado en la edad madura me levanté a las ocho de la mañana (cómodamente pues me acosté antes de la media noche) y tomé mis acostumbradas tazas de café para después inflar las llantas a la presión adecuada (120 psi) y salir a pedalear hacia la carretera.

La intención era hacer el mismo recorrido de las dos semanas anteriores, hacia la carretera hacia una ciudad fronteriza de mi país con el del norte (Nogales), pero al llegar a un cruce, doblé a la derecha para dirigirme hacia una carretera que apunta hacia otro estado, Zacatecas, y hacia el municipio en la punta norte de mi estado, uno que se dice que es muy feo, pero no puedo saber por qué jamás he estado ahí, su nombre: Colotlán.

Tomé la vía hacia Tesistán y al llegar a la carretera a Colotlán doblé a la derecha. No había ido por esos rumbos en más de 20 años y ahora los primeros ocho kilómetros son cuatro carriles, a diferencia de cuando yo recorría esa vía con frecuencia, que eran dos, uno de ida y otro de venida.

Por aquellos rumbos vive el médico de la empresa en la que trabajo, un señor que subió en mi escala de estimación para después volver a desplomarse, por su actitud cobarde ante la vida, por no tomar una postura correcta y en cambio optar por faltarse al respeto a sí mismo; esto en relación con la situación injusta que me tocó vivir en octubre del año pasado en la empresa donde trabajo.

Pues el hecho es que hice el primer recorrido de 100 km en esta bicicleta que he usado desde el último sábado de octubre de 2016, es decir, hace cerca de dos años y medio, marca Cannondale, de fabricación estadounidense. Le compré este velocípedo (usado) a Hugo, 23 años y medio después de haberle comprado uno de la misma marca a su padre, Pancho Vázquez, el buen hombre a quien llamamos afectuosamente “Chino”.

Y el incremento en la lectura de mi velocímetro, los kilómetros que cubro y la actividad física toman en mi mente (ya sé, enferma) vida propia. Le infligen dolor y sufrimiento (consecuencias) a personas que me han hecho daño. El primero, David, el grandísimo hijo de puta que hace 21 años me arruinó al expulsarme de AVEX Electronics de México, una basura de maquiladora electrónica que tiempo después se convirtió en Benchmark. Ahora, el receptáculo de mi venganza se llama Omar, un individuo cobarde, dado a maledicencia, a hablar falsedades de otras personas a sus espaldas, a manipular a otros, a sembrar violencia contra sus objetivos, gente que no le ha hecho ningún daño.

¿Estoy fuera de la realidad? Se supone que sí, pero no puedo saberlo con seguridad. La vida de ese individuo despreciable dará un giro terrible y sabrá lo que es vivir un infierno en vida, las consecuencias de meterse con quien no debía, y aprenderá que en la vida, ser un allegado a alguien importante no te hace invulnerable.

Disfrútalo, despreciable alfeñique. Que te aproveche.

viernes, 22 de marzo de 2019

De vivir en la desobediencia y constituir esto mi salvación


La motivación para escribir la entrada anterior fue expresar la idea de la importancia que puede tener un padre en la vida de un ser humano. No sé si Robert Scholl educó a sus hijos en la obediencia, pero eso parece poco probable por el hecho de que varios de ellos decidieran militar en las Juventudes Hitlerianas pese a la oposición de él, lo que tuvo como resultado que ellos mismos se dieran cuenta del error que habían cometido y esa experiencia, si bien mala, fue provechosa porque les abrió los ojos a una realidad terrible y les permitió tomar una postura correcta en la época histórica que les tocó vivir.

Hablando de mí, yo tuve un padre atroz, un hombre que si bien estaba muy enfermo, antes que eso era un ser humano ruin, depravado, sádico; llevaba la semilla de la destructividad más por vocación que por patología y eso es lo que no puedo perdonarle. Que haya decidido hacerse daño a sí mismo es una cosa, que haya decidido arrastrar a su familia en la caída es otra.

Ese mal hombre era tremendamente autoritario y la frase “están para obedecer” (refiriéndose a sus hijos) era una de las más articuladas por su sucia boca. Este señor jamás habría podido entender lo dañina que puede ser la obediencia simple y sencillamente porque carecía de la inteligencia para ello, y porque no estaba dispuesto si quiera a escuchar una idea que no concordara con su filosofía de vida.

Durante todos mis años de escuela tuve muy mal desempeño académico, y mala conducta. Lo primero se debía a que pese a tener un cociente intelectual alto, se me dificultaba aprender muchas cosas y lo segundo, mi mal comportamiento no era otra cosa que el reflejo de la violencia que se vivía en mi casa. El método que escogió ese mal individuo para resolver el problema de mi mal desempeño escolar consistió en castigos (como dejarme sin regalos una Navidad, colocándome además en el papel de paria) y amenazas. A este pendejo nunca se le ocurrió que algo mejor habría sido motivarme a estudiar y de ser necesario, conseguirme la ayuda que necesitaba, un maestro particular. Que yo sacara malas calificaciones constituía para él un acto de violencia que yo le propinaba con la intención de conseguir que su esfuerzo cotidiano para trabajar y ganarse la vida, para proveer para su familia, resultara inútil y le hiciera sentir que nada tenía sentido. 

Cuando llegué a la adolescencia, me sentí inspirado para convertirme en un deportista en parte porque me atraía la disciplina en sí misma, y en parte porque contribuiría a desarrollarme dentro del modelo de individuo que deseaba ser. Con esto último quiero decir que al observar imágenes de deportistas de alto rendimiento, los percibía como superdotados y la belleza de su anatomía era equiparable a la de las esculturas del renacimiento y de la antigua Grecia.

Al mirarme medio de reojo, con un odio no muy disimulado, mi padre exclamó una vez: Rafael (así me dijo él toda su vida) va a ser gordo (en la edad adulta). Un hombre normal, que no hubiera estado poseído por un odio irracional hacia su propio hijo se habría sentido satisfecho (y tal vez orgulloso) de tener un hijo como el suyo, un muchacho delgado, físicamente apto, entregado a una disciplina deportiva, preocupado por su alimentación y por sus hábitos de higiene. Para mi padre, todo esto constituía un agravio cuya intención era hacerle la vida miserable.

Ya en esa época (a mediados de la década de 1980), mi padre había comenzado a vislumbrar que era un alcohólico, o por lo menos no negaba todo el tiempo que abusaba cotidianamente de esa sustancia. Ante su frustración de tener un hijo que no daba señales de caer en hábitos destructivos, me decía con una voz cargada de veneno: “a tu edad a mí no me gustaba ni la cerveza”. Yo consumía esa bebida ocasionalmente, en cantidades muy moderadas y eso le daba esperanza a mi progenitor, de que con el paso de los años mi consumo se incrementara y acabara siendo otro adicto, con una vida arruinada y haciéndole daño a mi propia familia, a mi esposa y a mis hijos. De haber sucedido esto, la estafeta habría cambiado de manos y la vida de mi padre habría tenido sentido, pero no fue así.

Todo esto constituía un conjunto de órdenes, cuya obediencia quedaba implícita, pues venía de mi padre y ante Dios y la Biblia, yo debía obedecer; de no hacerlo así, estaría quebrantando la voluntad de un ser todopoderoso.

Sin tener conciencia de todo esto, yo decidí no obedecer y esto resultó sencillo porque lo único que tuve que hacer para conseguirlo, fue apegarme a mi naturaleza. Creo que a pesar de mis problemas, y de una proclividad a la violencia, amo la vida y así ha sido siempre. He mencionado en un cierto número de entradas en este blog que le doy una gran importancia a mi apariencia física y esta es motivo de bienestar y orgullo para mí. La razón de esto es que el origen de la buena imagen que yo pueda proyectar está en una buena salud, en vivir correctamente cultivando una disciplina deportiva, evitando el abuso de sustancias, respetando mis horas de sueño, alimentándome correctamente y siendo congruente con las ideas que profeso.

Durante años he tenido la sospecha de que si en lugar de haber abrazado un estilo de vida saludable, hubiera hecho lo contrario y siendo todavía un hombre joven, de menos de 40 años hubiera estado obeso, con problemas de hipertensión arterial, y los estragos que el sobrepeso causa en el organismo, proyectando la imagen de un fracasado, de un pendejo bien hecho, las diferencias entre mi padre y yo habrían sido mucho menores, o tal vez habríamos tenido una muy buena relación. Mas todo esto, resultó una imposibilidad.

Otro factor que pudo haber contribuido a lo que he logrado (si bien pudiera parecer poco) es el odio que comencé a sentir contra él en la adolescencia, mismo que se identificó en mis tempranos años veintes, cuando me di cuenta de la devastación que ese monstruo había causado en mi vida. Parece difícil de entender que el odio pueda tener un efecto positivo, pero creo firmemente que en mi caso eso fue lo que sucedió. Odiar a mi padre me motivó a esforzarme para ser muy diferente a él y a poco más de un mes de cumplir 55 años, me veo mejor que él cuando tenía 35 años. Este comentario es traído a mi mente porque hace años observé una fotografía de diciembre de 1972, cuando mi hermana menor (que en paz descanse) tenía dos meses de nacida y fue bautizada en una iglesia cercana a nuestro domicilio.

La ciudad donde vivíamos tiene un clima cálido todo el año y mi padre llevaba puesta una playera tipo Chemise. Bajo la delgada tela se vislumbran tetas y un abdomen ya abultado en un hombre todavía joven. En su rostro, se manifiesta una combinación de estupidez y de ceguera que dominarían el resto de su vida, tal vez porque él así lo quiso, porque vivir así resultaba menos doloroso, si bien eso fue lo que acabó matándolo.

Padre maldito, no obedecí tus órdenes. Ahora lo sabes, hijo de puta. 

Sobre el padre de Hans y Sophie Scholl, y no vivir en la obediencia


Empiezo a leer el libro sobre Hans y Sophie Scholl, titulado “en el corazón de la Rosa Blanca” de la autoría de  Inge Jens, apenas llevo unas cuantas páginas. Me llama la atención que el padre de Hans y Sophie y otros cuatro hijos (otro muchacho y otras dos hijas), cuatro de los cuales murieron jóvenes  (la menor siendo una bebé de un año de edad o menos) era crítico del régimen Nazi antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Varios de sus hijos (incluyendo a Hans y Sophie) se unieron a las Juventudes Hitlerianas y él no pudo evitarlo, pero al cabo de un tiempo no muy prolongado, abandonaron esa organización, al sentirse desilusionados por las ideas centrales de esa ideología, contrarias a la educación humanista y profundamente religiosa (luterana) recibida en su hogar.

Esto me trae a la mente la importancia de un padre en la vida de un ser humano. Siento admiración por Robert debido a su postura valiente ante un régimen criminal, uno de esos hombres que no abundan, que prefieren pelear cuando es necesario, cuando no es posible evitar el conflicto o hacerlo tiene un costo más alto que rehuirlo. Habiendo nacido en el siglo XIX, en una cultura profundamente autoritaria como lo es Alemania, Robert Scholl educó a sus hijos en un clima de libertad, pues aun sabiendo que él no veía con buenos ojos que pertenecieran a una organización nacional socialista, sus hijos pasaron a formar parte de ella, y abandonarla resultó algo natural, sin consecuencias y en cambio habiéndose descubierto a sí mismos en buena medida.
                            
Este es un ejemplo de desobediencia, algo que en mi opinión es muy valioso. A ese respecto, se ha argumentado que los alemanes iniciaron una guerra que mató a cerca de 60 millones de personas en Europa, se masacró a las poblaciones civiles de todos los países que invadieron, se cometieron crímenes de guerra y el más conocido de todos los actos de crueldad en gran escala: el Holocausto. ¿Qué fue lo que hizo posible que un pueblo muy destacado por una historia con numerosos filósofos, músicos y hombres de ciencia cometiera los crímenes más grandes de la historia? La obediencia.

La obediencia es un buen principio en el inicio de nuestras vidas, cuando no tenemos conocimiento ni conciencia, posiblemente también carecemos de voluntad (por lo menos en lo que respecta a tomar decisiones de trascendencia). Sin embargo, en el proceso durante el cual dejamos de ser niños, pasamos por la adolescencia y finalmente nos convertimos en adultos jóvenes, la obediencia debe dar paso a la responsabilidad, a la internalización de los valores aprendidos, y al compromiso de vivir haciendo lo correcto porque hacerlo así es beneficioso para todos.

El problema con la obediencia es que si es esto lo que motiva a una persona a no cometer actos indebidos, en ausencia de una autoridad punitiva, o en una situación en que la posibilidad de ser descubierto es remota o nula, la probabilidad de transgredir las reglas y cometer actos incorrectos, o violar la ley es muy alta. Me parece que ese es un problema gravísimo en el país en el que nací y donde he pasado toda mi vida, una alta proporción de su población está compuesta por personas con un carácter pragmático, cuyas conductas no se rigen por principios, sino por las circunstancias y ello se refleja en nuestro vergonzoso lugar en el mundo cuando se mide la corrupción.

Hablando de mí, y sin ánimo de describirme como un hombre ejemplar —pues no me considero tal— cuando camino por la vía pública, evito tirar basura porque hacerlo contribuye a darle mala imagen a la misma, además de que esta puede ser arrastrada hacia los drenajes, donde contribuye a obstruirlos y esto da lugar a inundaciones en época de lluvias. Si voy a un comercio y veo un artículo que me gustaría tener pero no me es posible adquirirlo por su elevado precio, no pienso en hurtarlo. No es el miedo a las consecuencias lo que me detiene, en realidad ni siquiera me pasa la idea por la mente; robar no es una posibilidad para mí y hacerme de algo cometiendo un acto ilícito o inmoral tendría como consecuencia devaluarme ante mí y perder el respeto que me he adjudicado mediante aquello que he hecho bien durante mi vida. El precio a pagar sería demasiado alto, aún si no corriera el riesgo de ser descubierto y castigado por cometer ese delito. Ya no podría criticar a la gente corrupta y deshonesta que pulula en muchas ocupaciones como la política y el gobierno, pues habría caído tan bajo como ellos. Para mí no existe tal cosa como un latrocinio pequeño, como “robar poquito.”

Mi apego a las reglas viene de la convicción, de valores internalizados, no de la obediencia o el miedo a las consecuencias, lo cual comúnmente va junto y convierte el individuo que vive con esos principios en un ser despreciable, indigente en lo moral, carente de todo valor como ser humano.

Recibir el libro sobre Hans y Sophie Scholl, leer y escribir, exigirme más a mí mismo


Ayer llegó el libro que compré en amazon.com sobre Hans y Sophie Scholl, titulado “at the heart of the White Rose”. Anoche cené al regresar a casa, como de costumbre, acompañando mis alimentos con una cerveza y unos vasitos de destilado de caña. Al terminar tomé mi libro nuevo y me dirigí a mi habitación, donde me cambié de ropa para salir a pasear a mis mascotas. Mientras caminaba con mis perritas, llamé por teléfono a Lourdes, que se hallaba rumbo a una excursión en un estado de la república más o menos lejano. Se escuchaban las voces de mujeres rezando, “santa María madre de Dios…” No sé qué fue lo que me molestó más, que interfirieran en nuestra conversación con su repetición de frases tontas y desprovistas de significado, o la actitud de Lourdes, que definitivamente no me quiere en su vida.

Puesto que extravié mi celular pequeño, programé mi Smartphone para despertar en la madrugada, con intención de comenzar a pedalear en rodillos alrededor de las 4:30 horas para salir como a las 5:00 a la calle, dirigirme a mi circuito de 4000 m con fuertes pendientes y recorrer una distancia de unos 30 km, que sumados a 10 sobre rodillos suman 40, un recorrido breve, pero respetable.

Sin embargo, la alarma sonó a las cinco de la mañana y pasé varios minutos (sintiendo un fuerte cansancio) pensando en la posibilidad de salir a la calle sin calentar sobre rodillos, pero decidí no hacerlo y volví a conciliar el sueño para despertar como a las 7:30 h. Bajé a tomar café con pan mientras miraba videos en YouTube, lo que se ha vuelto una costumbre y pensé que todavía tenía tiempo suficiente para ejercitarme sobre rodillos, una distancia de más de 20 km, pero en lugar de ello apagué la televisión y me dirigí a mi habitación a leer las primeras páginas del libro ‘en el corazón de la Rosa Blanca’.

Ese pequeño escritorio que compré a finales de 2017 se hallaba cubierto de polvo, igual que mi diccionario Longman Contemporary English y el Merriam Webster, junto con un cuaderno en el que me he propuesto escribir con regularidad. Leí el prólogo de este libro que tiene como protagonistas a los hermanos Hans y Sophie Scholl, dos de los integrantes de la Rosa Blanca en la Universidad de Múnich durante la Segunda Guerra Mundial, en la Alemania Nazi.

Cuando pienso en lo solo que estoy, en que no tengo un círculo social ni una pareja y el sufrimiento que ello representa, se me ocurre la idea de que actividades como la lectura y la escritura podrían suplir en cierta medida ese vacío tan doloroso, sin dejarlas para el fin de semana, sino integrarlas a mi cotidianidad de una manera natural, sin que representen una obligación más, sino un disfrute y un estímulo que me motive para emprender un camino hacia algún lugar. Con esto me refiero, a la posibilidad de darle un cauce a mi escritura con la intención de componer relatos de ficción, ensayos… No sé qué podría hacer, pero es un hecho que tengo un talento para plasmar ideas por escrito y lo he desarrollado solo en pequeña medida, motivado por el resentimiento, el odio o el rencor para dañar a alguien, lo cual no parece necesariamente malo.

Tuve la intención de meter a mi mochila ese libro nuevo ‘at the heart of the White Rose’, pero decidí terminar primero uno cuya lectura me ha tomado mucho tiempo: “The borderline personality disorder, survival guide”. Esto debido a mi costumbre de meterme a Twitter durante el trayecto de mi casa al trabajo y de regreso, además de hacerlo en mi tiempo de descanso. Esa red social me permite interactuar con un cierto número de personas, pero de una manera distante con poca probabilidad de acercarme a alguien. Pienso que tengo un problema de disciplina y tal vez la solución esté en dejar de ser autoindulgente, en exigirme más a ese respecto como lo he hecho en lo referente a mi actividad física, el ciclismo. En últimas fechas he salido a carretera y el kilometraje semanal se ha incrementado, al igual que mi condición física y mi nivel de energía.

Mi lema debería ser la primera frase de un poeta galés de nombre Dylan Thomas:

Do not go gentle…

jueves, 21 de marzo de 2019

Por qué le doy tanta importancia a mi apariencia física


Desperté después de las siete de la mañana y tras tomar mi acostumbrada taza de café acompañándola con una pieza de pan, hice los preparativos para pedalear 24 km sobre rodillos, esto para evitar que la lectura del odómetro del Cyclocomputer de mi bicicleta incluyera el dígito 8. Así pasó de 1066 a 1090 km. Una vez hecho esto, me dirigí a otra habitación, donde hice ejercicios con mancuernas seguidos del denominado bench-press, con una barra cargada con un peso considerable.

Parezco pesar menos de 75 kg, lo que me coloca en la situación en que me hallaba cuando ingresé a mi empleo, a finales de abril de 2015, es decir, hace casi cuatro años. La diferencia de edad podría parecer considerable, pues estoy llegando a los 55 años (el día de ingreso a mi empleo cumplí 51) y es posible que se note el paso del tiempo, pero al contemplar mi figura (por ejemplo al pasar frente a un ventanal en la fachada de una edificación) veo el reflejo de un hombre alto y delgado, de espalda amplia y cintura pequeña, macizo, con la fisonomía de una persona de raza blanca. ¿Por qué le doy tanta importancia a todo esto?

Al hablar con otras personas (por ejemplo con alguna de las psicólogas que me atienden vía telefónica o con una dama cuando intento entablar una relación con ella), expongo mis ideas sobre el modo como debe de vivir un ser humano, lo que se refleja en todo lo que tiene que ver con la persona en cuestión, y esto incluye su aspecto físico. Le había comentado a una mujer que conocí en la red social Twitter que una vez tuve una relación de amistad – pareja con una dama de mi edad (en aquel entonces 46 años) con un rostro bellísimo y un cuerpo que muchas mujeres de 20 años quisieran, pero conforme pasó el tiempo, perdió todo su atractivo. La razón de eso fue su inteligencia tan escasa, su nulo interés en cualquier tipo de cultura, su postura ante la vida que se caracterizaba por rendirle culto a las riquezas materiales —a todo aquello que el dinero puede comprar— y a su desinterés en crecer como ser humano. Por muy bonita que sea una mujer, si carece de atributos que yo considero valiosos, no despierta ningún interés en mí.

Más importante todavía, pienso que un ser humano debe buscar su desarrollo íntegro, esto es, si cuenta con dotes para el deporte (por poner un ejemplo), debe también cultivar su mente, educarse, estudiar, aprender mediante la lectura, elegir una rama del arte o algo parecido y dedicarle tiempo en la medida de sus posibilidades.

Mi existencia ha estado caracterizada por un gran aislamiento, debido a mi patología me he relacionado con pocas personas, pero sí he llegado a conocer a un buen número de personas que persiguen los grados académicos, dejando de lado casi toda actividad que no tenga una relación directa con eso. ¿Por qué leer a grandes literatos como Balzac, Hemingway o García Márquez, si esa información no es útil en un currículum, o en un perfil profesional? Lo mismo hacen en lo que respecta al juego, a la práctica de una disciplina deportiva, algo que consideran indigno de un intelectual, sin darse cuenta de que al asumir posturas tan absurdas (y estúpidas) se mutilan como seres humanos.

No cultivar la mente empobrece la calidad de vida porque habitar en la penumbra de la ignorancia repercute en todo lo que hacemos y dejamos de hacer; al mismo tiempo, al no desarrollar esas facultades intelectuales desperdiciamos nuestra inteligencia (cualquiera que esta sea) limitándonos a conducirnos por la fuerza de la costumbre, o por los instintos y crece dentro de nosotros la culpabilidad por negarnos a crecer.

Renunciar a desarrollar nuestras capacidades físicas nos inocula con un dolor interior que nos llena de frustración y furia, provocando que adoptemos costumbres insanas como descuidar nuestros hábitos de higiene (alimentación, sueño, etc.,) y nos deforma físicamente, convirtiéndonos en masacotes con un aspecto grotesco del que machos y hembras solamente pueden ser diferenciados por sus genitales.

No es difícil entender el origen de la fealdad física (muchas veces repulsiva) de tantísimas personas.

Un teléfono celular (sencillo) extraviado, y consideraciones de otro tipo


Ayer por la noche, ya en casa me di cuenta de que había extraviado mi teléfono celular, el sencillo (coloquialmente llamados cacahuatitos). Eso no supone un problema, pues no cuesta mucho dinero adquirir otro y he pensado incluso en usar uno de otra compañía, el problema es que no sé si hay teléfonos básicos en otras empresas de telefonía.

Después de cenar envié unos mensajes de WhatsApp a Lourdes, casi despidiéndome de ella, pero no hubo animosidad y hoy en la mañana ella me envió un saludo de buenos días. La verdad es que no quisiera decirle adiós sin al menos conocerla; no sé si sea factible verla el fin de semana, le había propuesto que viniera el sábado a la ciudad donde vivo. De lo que sí estoy seguro es que necesito querer a alguien y que ese alguien me quiera, necesito abrazos, besos y caricias a raudales y contar con eso podría constituir una gran motivación para modificar el modo como vivo, carente del interés por la vida, tratando de anestesiar el dolor cotidianamente si bien debo reconocer que mis circunstancias han mejorado mucho últimamente.

Llegó el libro “in the heart of the White Rose”, la historia de Hans y Sophie Scholl, integrantes de un pequeño grupo disidente dentro de la Alemania nazi, arrestados en la Universidad de Múnich en febrero de 1943, llevados a juicio sumario y ejecutados por haber invitado a la juventud a revelarse contra el régimen criminal que representó el Nacional Socialismo, para mí el peor de toda la historia. Al llegar a casa, tendré la oportunidad de hojearlo y echarle una mirada preliminar, pues tengo la intención de leer lo más que se pueda durante el fin de semana que se aproxima. En este momento me encuentro leyendo los últimos capítulos de mi libro sobre TLP (Borderline Personality Disorder, a survival guide), lo que me ha tomado más tiempo del que debería.

He descubierto que cuando no estoy trabajando, tengo la mente demasiado ocupada repasando acontecimientos importantes de mi vida, sobre todo aquellos que tienen que ver con confrontación y conflicto con otras personas, acontecimientos caracterizados por actos violentos de los que yo fui el blanco, y que yo cometí como respuesta a una agresión, entiéndase defensa propia. Sé bien que todo esto es de lo más improductivo, representa un gasto significativo de energía psíquica, pero no lo puedo evitar pues cuando sucede ni siquiera tengo conciencia de ello. Al mismo tiempo, cuando platico con alguien (en particular con profesionales de la salud mental, psicólogas o psiquiatras) dejo ver el lado violento de mi personalidad. No sé si hago esto porque cuando hablo de mis problemas (sobre todo aquellos que tienen que ver con mis relaciones difíciles con otras personas) siento una gran frustración, o simplemente pudiera ser parte de una gran inseguridad. Lo que sí es un hecho, es que al expresarme de esa manera proyecto la imagen de un hombre violento (algo que no puedo negar que soy), pero en una medida mayor a la real. Esto hace que las personas con las que hablo se formen una idea inexacta de la clase de persona que soy, lo que dificulta que me permitan acercarme a ellas.

Se supone que los profesionales de la salud mental no están para hacer amistad con ellos, u otro tipo de relaciones de tipo personal, pero como había expresado antes, pienso que una psicóloga podría representar una posibilidad real para establecer una relación de pareja por el hecho de que ella conoce la naturaleza y la psiquis humana, y frecuentemente entre ese tipo de personas el nivel cultural es superior al promedio. Incluso solamente una mujer con esa profesión podría entender por qué he vivido la mayor parte de mi vida sin trabajar, y las consecuencias tan terribles que ello ha acarreado a mi vida. Una psicóloga también podría entender el porqué de mi comportamiento difícil y mi actitud de lejanía ante mi propia familia.

Y hablando de Lourdes, ella no es psicóloga y no sé cómo reaccionaría al saber lo que hay en mi vida si llegáramos a conocernos e intentáramos entablar una relación de pareja. Es posible que me esté preocupando por nada, lo sabré en los días que se avecinan.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Un estado de ánimo difícil, y tal vez las cosas no están tan mal


El ejercicio que hice en la mañana resultó inspirador, recordándome que estoy físicamente apto, una característica que me coloca entre una selecta minoría en todos los rangos de edad, no nada más en el de la edad madura que es al que pertenezco. Y sin embargo me he sentido deprimido y triste, falto de motivación, aburrido, hastiado, mal humorado e intolerante. Me llama la atención todo esto porque contrasta con el buen ánimo que mantuve en la última semana y mi nivel incrementado de energía. De pronto vuelvo a sentir apatía y tedio y esto trae consigo resentimiento y furia, contra varias personas.

Una de ellas es Laura, una mujer a la que creí amar (y tal vez no me equivoqué) pero durante tres años de convivencia —pese a lo escasa que esta fue— me di cuenta de que ella ha hecho de su vida un tinglado de mentiras y de su proclividad a faltar a la verdad, de que no es una persona tan honesta como yo pensé y que tal vez no tiene un espíritu tan generoso. Mucho de lo que hace por otras personas (como sus suegros y el niño del que se ha hecho cargo, junto con su cónyuge) pudiera estar motivado por algo que en psicología se llama “ganancias secundarias”. En el blog que terminé de escribir en los primeros días de este año puse una entrada sobre ella, titulándola “la mujer que amo”, sin mencionar siquiera su nombre de pila, pero tiempo después le agregué una imagen de su rostro y desde entonces ha recibido muchísimas visitas, lo que podría tenerla sumida en un escándalo. Cada vez que miro mi Smartphone pienso en la posibilidad de que Laura se ponga en contacto conmigo por ese medio, diciéndome que necesita hablar conmigo, pero esto no sucede. Lo nuestro parece una confrontación, el que rompa el silencio pierde.

Es un hecho que no espero volver a ver a Laura ni tener ningún tipo de comunicación con ella. Pese a que no es una mujer físicamente agraciada, no puedo dejar de desearla, incluso sexualmente. Y esta última idea me trae a la mente un pensamiento que apareció en mi psiquis hace unas horas, el cual consiste en una pregunta: ¿es una patología percibir la fealdad humana? A mí me abruma esa característica en tantas personas con las que me veo obligado a interactuar cotidianamente, en el trayecto de mi casa al trabajo, durante el desempeño de mis labores, al regresar a casa, etc. No es solamente el aspecto físico de tantos individuos que parecen despojos humanos, sino su idiosincrasia, su comportamiento, su falta de inteligencia, su condición de analfabetas funcionales y la proporción de la población que conforma esas hordas de jodidez en un país de por sí sobrepoblado.

De Comunicación Interna, una subdivisión de Recursos Humanos mandaron un mail en el que señalaban el carácter obligatorio de marcar la salida y el regreso del comedor, esto en relación con el tiempo asignado para hacer uso de ese tiempo de descanso (una hora para la mayoría de los empleados) y cuando lo leí, lo malinterpreté, tomándolo como una amenaza (porque omitir esos marcajes es motivo de sanción) en relación con el marcaje para hacer uso del comedor, recibir el servicio y en consecuencia tener que pagar el  precio del mismo. Esto último no estaba incluido en el contenido del mail aunque es un hecho de que a todos los empleados se nos cobran los alimentos, hagamos o no uso del servicio, lo cual constituye un abuso de parte de la empresa.

Una vez que advertí que había cometido un error, mi malestar disminuyó notablemente y entonces recordé que en las últimas semanas (o posiblemente en los últimos meses, desde que comenzó el mes de diciembre del año pasado) he sospechado que me pude haberme equivocado respecto al director de RH y su subalterno, el médico de la empresa. Esto en relación con el problema que tuve en octubre del año pasado, en que me separaron de mi trabajo durante casi dos semanas porque me consideraron un riesgo potencial para un compañero que tenía más de un año haciéndome la vida difícil, incurriendo en conductas muy graves dirigidas contra mí, hablar mal de mí a mis espaldas (falsedades) promoviendo violencia contra un compañero de trabajo. Esto está incluso penado por ley, no sé si con el nombre de difamación o daño moral. Una vez que regresé de ese periodo de descanso obligado, comencé a sentir desprecio por esos dos empleados mencionados al principio de este párrafo, pero de pronto, ciertos comportamientos de ese mal compañero me hicieron sospechar que se condujo una investigación con base en los señalamientos que hice y esa alimaña podría estar enfrentando una muy mala situación.

Algo seguro es que sigo solo, con esto me refiero a que no tengo una pareja y esa es una condición de vida bastante dolorosa. Me he sentido atraído por una compañera de trabajo, a todas luces mucho más joven que yo pese a su sobrepeso y he pensado en la posibilidad de pedirle que platique conmigo en un entorno ajeno al laboral. No sé mucho sobre ella, pero tengo la sospecha de que es soltera y no tiene pareja y probablemente podríamos iniciar algún tipo de relación. También hay otra posibilidad con una mujer de mi edad, ajena a mi empleo, pero si así fuera, sería más bien una relación de tipo sexual sin fines serios, algo que coloquialmente se conoce como ‘amigos con derechos’.

Veremos qué sucede.

Mi actividad física, mi pensamiento anómalo y un universo paralelo

Continuando con la parte de la actividad física de esta mañana, pedaleé sobre rodillos el equivalente a una distancia de 10 km y salí de la casa cinco minutos después de las cinco horas. Me dirigí a mi circuito acostumbrado, de 4000 m donde, al igual que la semana pasada en la madrugada, me sentí fuerte y avancé más rápidamente con menos esfuerzo. Esta vez, mi ritmo cardiaco fue todavía más bajo, sin elevarse por arriba de 110 pulsaciones por minuto.

Una vez de regreso en casa, subí a mi habitación acompañado por mis mascotas y después de quitarme mi indumentaria de ciclista, regresé a la cama. Eran como las 6:30 horas y pensaba dormir hasta las 8:50 h. Desperté un poco después de las ocho y me levanté para dirigirme a la sala y escuchar música mientras tomaba café y mi desayuno. Cuando subí a bañarme, elegí las prendas que usaría para el día de trabajo, un pantalón de vestir azul marino de buena calidad y una camisa también azul, pero de otra tonalidad, adquirida recientemente. Es un hecho que proyecto una imagen muy fuera de lo común, con esto quiero decir, muy favorable para mí, pero esto no parece ayudarme en nada con mi incapacidad para relacionarme con otras personas, sigo solo y no sé cómo vaya a cambiar esto.

Como mencionaba en la entrada anterior, me di cuenta que lo que parecía una posibilidad de relación con una mujer madura de nombre Lourdes no es tal, y esta mañana le envié un mensaje de WhatsApp expresándole esa idea, diciéndole que la encuentro lejana e inexpresiva, sin mucho interés en mí, informándole de los esfuerzos que hice anoche para comunicarme con ella y de que me doy cuenta de que en realidad nunca tuvimos una oportunidad.

Hablar con psicólogas vía telefónica en fin de semana busca establecer comunicación significativa con una persona del sexo femenino que reúna ciertas características: un nivel intelectual respetable, un conocimiento del ser humano, y un interlocutor respetuoso y empático. He llegado a pensar que con una psicóloga sí tendría una oportunidad de sostener una relación afectiva porque solamente una persona con esa formación académica podría entender por qué he pasado la mayor parte de mi vida sin trabajar, por qué he llegado a perder la voluntad de vivir, y el origen de mis problemas.

Durante el fin de semana largo tomé más cerveza y destilado de caña de lo que acostumbro, y no era la ingestión de alcohol lo que me preocupaba, sino el número de calorías que esto representa. Volví a subirme a la báscula y me dio la impresión de que he seguido perdiendo peso y ya estoy por debajo de 75 kg. Debido a que en los primeros meses de 1997 (cuando me acercaba a los 33 años de edad) perdí mucho peso (unos 13 kg, al pasar mi peso corporal de 83  a 70 kg) y a finales del año obtuve un empleo, asocio la pérdida de peso, o adelgazamiento, con un suceso afortunado que cambiará mi vida, aun sabiendo que esto no tiene sentido y parece estar fuera de la realidad.

De la mano con esto, pienso en el infame que ese año me contrató para ese empleo, un individuo al que yo había conocido 14 años antes, al que creí mi amigo. Él me contrató y dos meses y medio más tarde, al comenzar el mes de febrero de 1998, me arrebató esa ocupación tan importante para mí, dando el primer golpe para que volviera a deslizarme hacia un abismo y me sucediera lo que más temía, caer en la pobreza, en la enfermedad y en una existencia de soledad y desesperación. Su motivación fue la envidia por mis características físicas mucho mejores que las de él (las cuales eran paupérrimas) y su fantasía de ser infinitamente superior a mí intelectualmente. Si fue mi actividad física, mi dedicación al deporte lo que le provocó esa rabia incontenible y la comisión de una vileza y una infamia, que yo siga adelante en esta área de mi vida 21 años más tarde, debe estar destruyendo su vida.

¿Será pensamiento de deseo? (Así traduzco yo la expresión ‘wishful thinking’). No tengo manera de saberlo, pero la vida sigue y en algún momento tendré noticias de ese indigente moral, como ha sucedido con otras personas dañinas en mi vida. Es posible que exista un universo más o menos paralelo que en momentos clave tiene injerencia en el que yo habito.

Despertar en la madrugada, y otro prospecto de pareja fallido


Desperté a las dos de la mañana con sed y la necesidad de orinar y después de hacer lo que correspondía a ese respecto, volví a conciliar el sueño. Volví a despertar poco después de las cuatro horas, bajé a la cocina y tomé una taza de café con un pan con intención de pedalear algunos kilómetros en mi bicicleta, sobre rodillos, como calentamiento para después salir de la casa a mi circuito de 4000 m que incluye una fuerte pendiente. El recorrido es corto, pero implica un esfuerzo muscular y aeróbico considerable.

La distancia del recorrido indicaba 360 km, y me propuse recorrer 40 para llegar a 400, un kilometraje modesto, pero mayor a lo que he acostumbrado en mucho tiempo. Esto debido a los miedos inexplicables que me han aquejado pero he empezado a superar en las últimas semanas.

Anoche llegué a casa sintiendo hambre, por lo que al llegar le pedí a mi madre que me diera de cenar. Después de ello, tomé mi Smartphone y traté de establecer comunicación con Lourdes, la mujer con la que había empezado a interactuar el sábado pasado; esto no fue posible. En un mensaje de WhatsApp me dijo que estaba hablando con su mamá (quedaba explícito que lo hacía por teléfono). Marqué su número en varias ocasiones y se me envió a buzón. Pensé en la posibilidad de que estuviera hablando con otro prospecto de pareja y apagué mi Smartphone para tratar de dormir.

Al despertar encontré que Lourdes ni siquiera había leído los mensajes que anoche le envié a esa red social. Comprendí entonces que esta mujer no parece una buena elección, pero esto no debe representar un problema, o por lo menos no debe de doler. Es dos años mayor que yo, divorciada, madre de tres hijas, vive en una población a 60 km de distancia de la mía y además de ser ya una mujer muy mayor, tiene sobrepeso y realmente no es eso lo que busco. Pensar en ella como posible pareja parece ser un ejemplo de lo que coloquialmente se denomina “mi peor es nada”.

Sin embargo, no puedo negar que esta situación me hace sentir mal y por alguna razón vuelvo a pensar en Laura, esa mujer con la que ya no he tenido ningún tipo de comunicación en los últimos dos meses y de quien me he alejado exitosamente, pero en momentos difíciles su imagen regresa a mi mente y me provoca diversos grados de malestar. En momentos así me pregunto si lo que sentí por ella fue amor, si la vi como una mujer bellísima, si la consideré un ser humano excepcional o si todo esto fue un síntoma de mi soledad y parte de la sintomatología de mi trastorno, que me hace poner a una persona en un pedestal para después sufrir una dolorosa decepción.


martes, 19 de marzo de 2019

Hablando con una psicóloga vía telefónica, le comento que soy Asperger


Ayer lunes, día de asueto en mi país desperté a temprana hora y después de mis tazas de café habituales, me dispuse a ir de compras a Sam’s y Walmart (en el orden inverso) donde compré mandado y el alimento de mis mascotas. Puesto que este este último estaba en oferta, compré dos sacos de 25 kg. Al entrar a Sam’s me percaté de que habían Smartphones de la marca y la compañía que yo uso (Hisense y AT&T, respectivamente) en oferta, a menos de la mitad del precio, pero decidí no hacer una compra y continuar con el que tengo, que de todos modos aún no tiene dos años de uso.

Más tarde le llamé a mi psicóloga favorita (vía telefónica) y esta vez le comenté los sucesos del día anterior durante mi recorrido ciclista en carretera, como un embotellamiento que provocó una fila de automotores de unos 4 km antes de llegar a un pueblo a 16 km del cruce con el anillo periférico, y de regreso, una camioneta pick-up volteada, con las cuatro llantas hacia arriba cuyo conductor muy probablemente falleció.

Me pareció importante comentarle a esta psicóloga que casi tengo la seguridad de que además de haber nacido con TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y con el paso de los años desarrollar un trastorno límite de la personalidad (TLP [Borderline]), he vivido con síndrome de Asperger. La semana pasada mandaron un mail en la empresa donde trabajo para que los empleados que tienen hijos tuvieran la posibilidad de identificarlo, mencionando 10 características, de las cuales yo encajo prácticamente en todas.

Le comentaba a esta dama —a quien yo tengo en muy alta estima— que si mi suposición fuera correcta, la he tenido demasiado difícil. Me llama mucho la atención mi dificultad para relacionarme con otras personas, mi incapacidad para sentir empatía por muchas personas (sobre todo con características raciales que yo no aprecio); lo mucho que me molestan ciertos estímulos (sobre todo ruido); los problemas de motricidad que mostré desde mi más temprana infancia; las actividades restringidas, sistemáticas y repetitivas; invención de palabras o expresiones idiosincráticas; en ocasiones parecen estar ausentes, absortos en sus pensamientos.

Hasta la fecha, a poco más de un mes de cumplir 55 años, carezco de buenas habilidades sociales y esta ha sido una constante a lo largo de toda mi vida. En cuanto a la empatía, considero que mi país está sobrepoblado y que la gente que más se reproduce es la de las clases bajas, compuestas en su mayor parte por personas con un indigenismo más marcado, menos inteligentes, menos proclives a la actividad intelectual y renuentes a estudiar y superarse; su aspecto físico y su fealdad me provocan rechazo y furia, si bien puedo aceptarlas en el plano individual, mas no en lo colectivo.

En entradas anteriores he mencionado a mi vecino Pelochas y los trabajadores (albañiles y similares) que ha tenido trabajando en su casa durante las últimas semanas y el ruido que hacen mientras laboran, acompañándolo de un parloteo incesante. Incluso he llegado a enojarme mucho con mi madre cuando retira los trastes lavados del escurridor para acomodarlos en la despensa, porque quisiera que lo hiciera con el menor ruido posible. Cuando me transporto de mi casa al trabajo y de regreso, me molesta mucho que el chofer lleve música (que generalmente es una inmundicia) y que se suba gente a cantar o a pronunciar monólogos o discursos buscando que los pasajeros les demos unas monedas. En ocasiones he sentido el deseo de bajarlos a golpes, una vez lo hice.

En cuanto a mis problemas de motricidad, estos se manifestaron desde que yo comenzaba a caminar, pero padeciendo estrabismo divergente en el ojo izquierdo, los oftalmólogos dijeron a mis padres que esa era la causa, lo que parece ser otro ejemplo de incompetencia médica. El hecho es que pasé toda mi infancia y adolescencia batallando con mi torpeza física y siendo todavía un niño me dio por entregarme a sesiones de salto de cuerda, actividad en solitario en la intimidad de mi dormitorio. Ya en la adolescencia comencé a correr y estas actividades mejoraron mi motricidad y mi coordinación. Ya en la edad adulta, en 1992, teniendo 28 años de edad, compré unos rodillos para ciclismo y desde entonces (durante 26 años) he realizado sesiones de entrenamiento sobre este implemento que convierte una bicicleta convencional en una estática.

Respecto a la invención de palabras y expresiones idiosincráticas, no sé si sea acertado vincular el hecho de que tengo una manera muy particular de bromear, que sorprende a otras personas cuando no me conocen bien. Por ejemplo, cuando el mayor de mis sobrinos era un bebé me refería a él como “pequeño monstruo” y al rememorar aquellas épocas, las he descrito como una época de pesadilla, por el terror que me despertaba que ese niño me hiciera daño, que me mutilara o me descuartizara vivo y en mis cinco sentidos. Por supuesto, mi sobrino siempre ha sido un ser humano normal. Otro ejemplo es que me gusta decirle malvada a las personas del género femenino con las que me relaciono, por ejemplo en redes sociales. Tiendo mucho a acusarlas de hacerme sufrir y poner emoticones que indican llanto, expresando la idea de que me hacen sufrir mucho.

Habría sido de ayuda contar con profesionales de la salud mental competentes y bien intencionados; no con hijos de puta como los psiquiatras Flavio y Gustavo, gente verdaderamente de lo peor cuyos traumas por su inferioridad racial (el primero) y por su fealdad repulsiva (el segundo) los llenaron de resentimiento contra la vida y el deseo de hacerle daño a quien se cruzara en su camino, a sus pacientes.

El fin de semana pasado

El fin de semana largo fue bastante bueno, si bien no vi a la mujer que se suponía vendría a visitarme y sería mi pareja sexual. Me engañó y me sacó dinero, pero decidí no sentirme mal por ello.

El sábado por la mañana tuve la intención de leer en mi habitación, pero otra vez, la gente que mi vecino Pelochas tiene trabajando en la parte trasera de su propiedad fue un impedimento, con el ruido que hacen con sus herramientas, si bien esta vez parecía tratarse de otras personas pues no parloteaban incesantemente.

Hablé con la psicóloga Catalina, vía telefónica y le hablé de los acontecimientos ocurridos durante la semana, en especial la compra de ese libro sobre Hans y Sophie Scholl y la Rosa Blanca, el porqué de mi interés en ese episodio de la historia, ocurrido en la Universidad de Múnich entre 1942 y 1943.

La parte medular de la comunicación con esta psicóloga tuvo que ver con que al interesarme en seres humanos extraordinarios como Hans y Sophie Scholl, la intención es encontrar la inspiración para seguir con mi vida. En el año 2006, tres días después de que cumplí 42 años murió mi hermana menor y unas dos o tres semanas después cobré conciencia de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez. A partir de entonces nada me ha despertado el menor interés, excepto ciertas obras de la literatura (lo que ha ocurrido ocasionalmente) el deporte que practico, y mi actividad sexual ocasional.

Es cierto que en los últimos años mi realidad ha mejorado muchísimo, principalmente gracias al empleo que conseguí hace cerca de cuatro años, pero contemplar mi pasado duele demasiado sobre todo por la violencia de la que fui objeto de parte de mis padres, y de profesionales de la salud mental; todas esas personas tienen en común que hicieron exactamente lo contrario a lo que se suponía que debían de hacer. Me perjudicaron en lugar de ayudarme.

Tuve intenciones de ir a un grupo de al-anon el sábado en la mañana, pero decidí no hacerlo, recordando que la participación de la mayoría de los asistentes consiste en querer llamar la atención, y en tomar la palabra para decir estupidez y media. En lugar de ello, hice una sesión de ejercicios en mi bicicleta de carreras, sobre rodillos, una hora pedaleando fuerte seguida de ejercicios con pesas, todo ello con una energía y una potencia mayor a la habitual.

Durante el transcurso del día comencé a tener contacto con una dama mediante una red social y ella me dio su número de teléfono y mientras mis perritas jugaban en un parque cercano a la casa, Lourdes y yo platicamos por teléfono, comunicación que continuaríamos al día siguiente (domingo) vía WhatsApp y el lunes, otra vez por llamada telefónica.

El domingo por la mañana volví a llamar al servicio telefónico de atención psicológica y me atendió mi psicóloga favorita, una mujer joven de quien omitiré su nombre. Hablamos sobre temas de gran importancia para mí y después de aproximadamente una hora, ya listos para terminar la llamada le dije que iba a salir a carretera en mi bicicleta, ella me aconsejó que tuviera cuidado.

El recorrido en bicicleta, de 60 km estuvo caracterizado por una velocidad promedio mayor a la habitual, y por sentirme mucho más fuerte que de costumbre. Seguramente esto se debe a las inyecciones de complejo B (Bedoyecta) que me apliqué hace unas dos semanas, pero siento que hay algo más, que finalmente mi vida está dando un giro que acabará por colocarme en la senda que he buscado durante tantos años, mediante trabajo arduo, la cual nunca encontré (algo muy injusto) y esa fue otra de las razones por las que se agotó mi voluntad de vivir.

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...