Último día laboral de la semana, sigo trabajando en un
archivo de fármaco, avanzando muy rápido, pero con la mente ocupada en otros
asuntos, como me sucede tanto. Ayer fui a pedirle su número de teléfono a un
compañero cuando me disponía a tomar mi tiempo de descanso; esto porque el
lunes pasado me robaron mi Smartphone. Al verme, Marco me preguntó que estaba
leyendo pues llevaba conmigo el libro “at the heart of the White Rose” y la
otra joven, recién llegada a esa área de mi departamento, mostró mucho interés.
Les hablé entonces de Hans y Sophie Scholl, de sus actividades dentro de la
Universidad en Múnich, de la Rosa Blanca y de sus muertes heroicas, junto con
otras personas. Todo esto con unas cuantas frases. Me comprometí entonces a
conseguir la película (Los últimos días) y prestárselas, para que conozcan la
historia de estas personas tan extraordinarias.
La verdad es que sigo leyendo muy poco. El primer capítulo
de este libro (mencionado en el párrafo anterior) se compone principalmente de
la correspondencia entre Hans Scholl y su familia, a partir del año 1938 en que
se hallaba haciendo un servicio obligatorio y Austria fue anexada a Alemania.
Ya había tenido actividades subversivas y había sido privado de su libertad por
ello, pero se arregló el asunto gracias a una amnistía general otorgada por ese
régimen tan criminal, el Nacional Socialismo que en la actualidad cuenta con no
pocos admiradores en el mundo. La estupidez humana parece no tener límites.
Sé que conforme
avance en la lectura de esta obra, me quedará claro la importancia de tener
buenos padres. Ya había mencionado antes en este blog que Robert Scholl, padre
de Hans y Sophie y otros cuatro hijos fue un hombre excepcional y seguramente
su esposa también lo fue. Es fácil entender que esos dos hijos que
pertenecieron a la Rosa Blanca hayan sido valientes en extremo, la clase de
personas que yo considero dignas de pasar a la historia y cuyas biografías deberían
hacerse masivas, como ejemplos a seguir para la mayoría de nosotros, el resto
del mundo, gente común y corriente.
Anoche envié un mensaje de WhatsApp a un hombre que vende
películas, preguntándole si tenía esa de ‘Los últimos días’ y hoy en la mañana
me respondió afirmativamente. Lo buscaré la próxima semana para hacerme de
varias copias y quedarme con una, obsequiando las otras a personas importantes
a las que les he hablado de este tema.
Le dije a esa psicóloga con la que hablo los fines de semana
que hace cerca de 13 años, en el 2006, cuando murió mi hermana menor me di
cuenta de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez y parece
difícil que eso cambie. Conocer historias de personas excepcionales como Hans y
Sophie Scholl tiene como objetivo cambiar mi actitud de indiferencia y dolor
ante la vida, encontrar la inspiración para seguir adelante y dejar de vivir
como un robot que acude a su trabajo y cumple con sus responsabilidades y el
resto del tiempo se la vive metido en una red social (Twitter) o haciendo
ejercicio en su bicicleta de carreras, mirando videos musicales en YouTube, ocupándose
de sus mascotas, etc., mientras el tiempo sigue pasando, esperando que un día
acabe su existencia.
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