martes, 29 de enero de 2019

Recordando a un infame, el artífice de mi caída


El infame cobarde que hace 21 años me pegó por la espalda se llama David Iturbe Gutiérrez y tiene cuenta en la red del pajarito, que no usa. ¿Qué hay en la mente de un individuo tan miserable que le permite seguir con su vida, sabiendo que arruinó a otro ser humano a quien además llamó amigo, sin el menor pesar, sin el menor remordimiento? ¿Y es tan increíblemente pendejo como para creer que es invulnerable, que está fuera de mi alcance y no tiene nada que temer de mí?

No he querido dedicar mi vida a la venganza —si bien considero eso una tarea perfectamente respetable— y por esa razón no he ido a cobrársela. Parece innecesario decir que no quiero acabar en la cárcel.

Cuando este individuo cometió esa enorme infamia, estaba pasando por un momento significativo en su vida; su hijo mayor acababa de nacer, era un bebé de unos cuantos meses. Cuatro meses antes había obtenido una gerencia en esa maquiladora de la industria electrónica, de origen estadounidense que venía llegando al país y al mal llamado “valle del silicio de Jalisco”, una empresa hasta cierto punto desconocida, de hecho una cochinada ubicada provisionalmente en la Zona Industrial.

El pendejo narciso tenía 32 años de edad, había pasado por lo menos 25 años odiando a aquellos congéneres que no nacieron con sus carencias físicas, su fisonomía de persona insignificante, una grave carencia de masa muscular, una constitución física extremadamente débil y una ausencia de hombría casi absoluta. Yo, un año mayor, era un dedicado deportista desde hacía 17 años, lo que no era demasiado evidente excepto por contar con una anatomía delgada que a algunas personas les parecía atlética. Este pequeño logro, que no me había reportado ningún beneficio excepto para mi autoestima (nunca gané ningún dinero con esa característica, ni siquiera me hizo atractivo con el sexo opuesto), despertó en David una tremenda envidia y la necesidad de plantearse un reto que le permitiera justificar su existencia: probarse a sí mismo, y a mí, que si bien yo era mejor que él en desempeño físico, en desempeño intelectual él era infinitamente superior.

Quien lo conociera un poco, digamos que lo hubiera visto con su cónyuge, habría notado algo extraño en esa pareja, pues la diferencia en fisonomía, aspecto racial, genética, origen socioeconómico y cultural era muy grande. Su esposa era una mujer fea de apariencia muy autóctona, muy ignorante e iletrada que una vez que dejó de trabajar para dedicarse a criar una familia, tenía como ocupación ver telenovelas.

¿Y por qué decir todo esto? Porque en uno de esos últimos días en la empresa, cuando estaba cerca de renunciar, pregunté a este infame en su oficina, hallándonos él y yo solos, por qué me trataba así, por qué abusaba de su puesto teniéndome como subalterno para humillarme. Él respondió: ‘yo no te estoy tratando mal.’ ‘¿Entonces?’, pregunté yo. ‘Son tus complejos de inferioridad’, respondió este lisiado de espíritu. Eso se llama añadir insulto a la injuria, y eso yo no lo perdono.

Será fácil entender por qué presenté mi renuncia el siguiente lunes 2 de febrero, de 1998 fecha terrible que representó otro punto de inflexión en mi vida, un futuro de sufrimiento inerte y volver a perder la voluntad de vivir.

Siendo mucho más fuerte que él, habría sido fácil hacerlo pedazos en una pelea a golpes, pero esta posibilidad no pasaba por mi mente. ¿La razón? Yo me hallaba abrumado por la gratitud, pensando que David me había sacado de la pesadilla que había sido toda mi vida como adulto. Él sabía que tenía poder sobre mí, que yo lo necesitaba y en cambio él no me necesitaba a mí para nada. Así fue fácil pegar a mansalva y arruinar a otro ser humano, mandarlo a una pesadilla de la que no es posible despertar que con mucha frecuencia se convierte en un verdadero infierno.

Una de mis motivaciones para seguir con vida, para no acabar con mi existencia, es presenciar, o enterarme, de alguna manera, del destino trágico de una persona como esa. Este argumento no surge de un deseo ingenuo, sino de haber aprendido durante mi vida que ese tipo de personas que pegan a traición, que son capaces de causar un sufrimiento atroz a quien no les ha hecho ningún daño, llevan en su interior una gran destructividad que acaba consumiéndolos. Lo he visto en más de una ocasión, y el caso de David Iturbe Gutiérrez, el célebre infame que arruinó a un amigo será uno de los más apreciados, al menos para mí.

Que lo disfrutes, hijo de puta.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...