El infame cobarde que hace 21 años me pegó por la espalda se
llama David Iturbe Gutiérrez y tiene cuenta en la red del pajarito, que no usa.
¿Qué hay en la mente de un individuo tan miserable que le permite seguir con su
vida, sabiendo que arruinó a otro ser humano a quien además llamó amigo, sin el
menor pesar, sin el menor remordimiento? ¿Y es tan increíblemente pendejo como
para creer que es invulnerable, que está fuera de mi alcance y no tiene nada
que temer de mí?
No he querido dedicar mi vida a la venganza —si bien
considero eso una tarea perfectamente respetable— y por esa razón no he ido a
cobrársela. Parece innecesario decir que no quiero acabar en la cárcel.
Cuando este individuo cometió esa enorme infamia, estaba
pasando por un momento significativo en su vida; su hijo mayor acababa de
nacer, era un bebé de unos cuantos meses. Cuatro meses antes había obtenido una
gerencia en esa maquiladora de la industria electrónica, de origen
estadounidense que venía llegando al país y al mal llamado “valle del silicio
de Jalisco”, una empresa hasta cierto punto desconocida, de hecho una cochinada
ubicada provisionalmente en la Zona Industrial.
El pendejo narciso tenía 32 años de edad, había pasado por
lo menos 25 años odiando a aquellos congéneres que no nacieron con sus
carencias físicas, su fisonomía de persona insignificante, una grave carencia
de masa muscular, una constitución física extremadamente débil y una ausencia
de hombría casi absoluta. Yo, un año mayor, era un dedicado deportista desde
hacía 17 años, lo que no era demasiado evidente excepto por contar con una
anatomía delgada que a algunas personas les parecía atlética. Este pequeño
logro, que no me había reportado ningún beneficio excepto para mi autoestima
(nunca gané ningún dinero con esa característica, ni siquiera me hizo atractivo
con el sexo opuesto), despertó en David una tremenda envidia y la necesidad de
plantearse un reto que le permitiera justificar su existencia: probarse a sí
mismo, y a mí, que si bien yo era mejor que él en desempeño físico, en
desempeño intelectual él era infinitamente superior.
Quien lo conociera un poco, digamos que lo hubiera visto con
su cónyuge, habría notado algo extraño en esa pareja, pues la diferencia en
fisonomía, aspecto racial, genética, origen socioeconómico y cultural era muy
grande. Su esposa era una mujer fea de apariencia muy autóctona, muy ignorante
e iletrada que una vez que dejó de trabajar para dedicarse a criar una familia,
tenía como ocupación ver telenovelas.
¿Y por qué decir todo esto? Porque en uno de esos últimos
días en la empresa, cuando estaba cerca de renunciar, pregunté a este infame en
su oficina, hallándonos él y yo solos, por qué me trataba así, por qué abusaba
de su puesto teniéndome como subalterno para humillarme. Él respondió: ‘yo no
te estoy tratando mal.’ ‘¿Entonces?’, pregunté yo. ‘Son tus complejos de
inferioridad’, respondió este lisiado de espíritu. Eso se llama añadir insulto
a la injuria, y eso yo no lo perdono.
Será fácil entender por qué presenté mi renuncia el
siguiente lunes 2 de febrero, de 1998 fecha terrible que representó otro punto
de inflexión en mi vida, un futuro de sufrimiento inerte y volver a perder la
voluntad de vivir.
Siendo mucho más fuerte que él, habría sido fácil hacerlo
pedazos en una pelea a golpes, pero esta posibilidad no pasaba por mi mente.
¿La razón? Yo me hallaba abrumado por la gratitud, pensando que David me había
sacado de la pesadilla que había sido toda mi vida como adulto. Él sabía que
tenía poder sobre mí, que yo lo necesitaba y en cambio él no me necesitaba a mí
para nada. Así fue fácil pegar a mansalva y arruinar a otro ser humano,
mandarlo a una pesadilla de la que no es posible despertar que con mucha
frecuencia se convierte en un verdadero infierno.
Una de mis motivaciones para seguir con vida, para no acabar
con mi existencia, es presenciar, o enterarme, de alguna manera, del destino
trágico de una persona como esa. Este argumento no surge de un deseo ingenuo,
sino de haber aprendido durante mi vida que ese tipo de personas que pegan a
traición, que son capaces de causar un sufrimiento atroz a quien no les ha
hecho ningún daño, llevan en su interior una gran destructividad que acaba
consumiéndolos. Lo he visto en más de una ocasión, y el caso de David Iturbe
Gutiérrez, el célebre infame que arruinó a un amigo será uno de los más
apreciados, al menos para mí.
Que lo disfrutes, hijo de puta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario