Hace 21 años, enero de 1998, tenía 33 de edad, a tres meses
de cumplir 34. El año parecía haber comenzado bien, teniendo un empleo (el
primero de toda mi vida) que representaba un reto cotidiano por la
multiplicidad de tareas que implicaba, para lo cual mi preparación (adquirida
como autodidacta) era valiosísima. El esfuerzo realizado durante tantos años,
en condiciones tan difíciles parecía rendir frutos y yo creí estar viviendo el
mejor momento de toda mi vida.
No sé si los acontecimientos terribles, propiciados por
personas moralmente malas son parte de un destino trazado con anticipación o la
vida es un caos absoluto carente del menor orden. En la semana laboral que
comenzó un lunes 26 de enero para terminar el viernes 30 (1998), mi ‘amigo’
David mostró su verdadera naturaleza (que no debió sorprenderme tanto) y me
sometió a una violencia verbal y psíquica, haciendo uso de su innegable
capacidad dialéctica, para hacerme sentir profundamente humillado y así, el
lunes 2 de febrero presenté mi renuncia. Fue fácil para mí vislumbrar lo que
representaba este evento, pero no podía saber que significaría una caída de la
que nunca me recuperaría. Mirando hacia atrás, evalúo mi vida como inútil,
carente de todo valor y de sentido y no sé qué me detiene, por qué no tomo una
medida para dejar de sufrir de una vez y para siempre.
Nunca volví a ver a David, pero supe que siguió con su vida,
trabajando en diferentes empresas de la maquiladora electrónica, ganándose la
vida, gozando del aprecio y del respeto de la mayoría de las personas que lo
conocían y trataban con él. La pregunta lógica sería, ¿por qué mostrar ese
comportamiento infame contra mí solamente? Resultaría difícil comprender la
respuesta.
Tengo características que despiertan la inseguridad de otras
personas, específicamente hombres. Es difícil explicar por qué si tantas cosas han
sido tan difíciles para mí, como adquirir conocimientos de todo tipo y abrirme
camino en la vida, convertirme en un hombre autosuficiente y llevar una vida
productiva, mi presencia despierta una dolorosa inseguridad en otros hombres, o
usando un término más claro, envidia.
La verdad no tengo intenciones de argumentar al respecto,
pero ha sucedido con un buen número de individuos del género masculino con los
que he tenido algún tipo de relación (amistad por ejemplo, un término no muy
preciso) que ven en mí a un individuo débil por su incapacidad para hacerse
cargo de sí mismo, y en consecuencia el rival perfecto, alguien con quien
pelear teniendo de antemano la victoria asegurada.
En tres meses habré cumplido 55 años y por supuesto, no sé
dónde estaré. Si las cosas continúan como hasta el día de hoy, en apariencia
estables, seguiré en mi empleo en donde se me considera un bicho raro, como un
animal en un zoológico con una sección de bestias exóticas. Me siento como un
mamífero mutante, con una apariencia que atrae la atención de muchas personas e
invita a la contemplación a una distancia prudente. Mi fealdad inspira miedo y
la necesidad de alejarse de mí, lo que me sume en un estado de una profunda
tristeza y una soledad que ya no soporto, pero de la que no puedo escapar.
Esta es mi realidad.
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