viernes, 19 de enero de 2024

Centro de Intervención en Crisis, SALME

 



Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (Instituto Jalisciense de Salud Mental), una institución que desaparecerá en fecha próxima, o se fusionará con quién sabe qué cosa.

Hice eso con esperanza de comentar con alguien lo que había sucedido el sábado anterior, poco antes de la media noche, en que una psicóloga en turno me negó la atención, colgándome el teléfono, agrediendo así a un usuario. Típico desempeño de un burócrata inútil, carente de ética que además exhibe una indecencia con la más absoluta carencia de pudor.

Comenté el asunto con una psicóloga, que tomó la llamada. No sé si era la misma que me agredió el sábado anterior, 13 de enero. Parece probable porque el personal que cubre turno nocturno (de 12 horas, 8:00 pm a 8:am del día siguiente) trabaja en lunes-miércoles-viernes, o en martes-jueves-sábado. Luego entonces, parecería esperar que esa psicóloga que cubría el turno de las 20:00 horas del sábado a las 8:00 horas del domingo, haya sido la misma que estuvo de la noche del martes a la mañana del miércoles siguiente.

Haya sido o no la misma persona, esta mujer mostró un comportamiento incorrecto, indecente —lo que se ha convertido en la regla en esa institución pública, SALME— que nunca cumplió con su función, pero hubo una época en que fue de utilidad, si bien en mínima medida.

La tipa acabó colgándome el teléfono. Durante el tiempo que duró nuestro diálogo, le informé que hace muchos años, una psicóloga que cubría un turno vespertino de lunes a viernes, que al terminar sus estudios en la universidad había llegado a la Secretaría de Salud con palancas (influencias) y no como una ciudadana de a pie y por ello había ocupado desde el principio puestos importantes (fue asistente personal del primer director de esa institución podrida), se involucró sentimentalmente con un usuario. Ella estaba casada, su relación marital no era buena, se sintió atraída por un usuario y faltó a la ética y a la decencia más elemental, estableciendo con él un romance telefónico. A todas luces, contemplaba la posibilidad de poner fin a su vínculo matrimonial y comenzar otro con un hombre por el que había sentido atraída, preguntándole incluso cuando lo atendía —durante el ejercicio de sus funciones— si estaría dispuesta a tener un hijo con ella.



Poco tiempo después, una circunstancia cambió las cosas y por la afectación tan severa que causó ese acto indebido (el involucramiento sentimental de esa psicóloga con en el usuario frecuente de ese servicio telefónico de intervención en crisis) él la buscó con desesperación y ella manipuló a su cónyuge (un hombre violento) haciéndole creer que estaba siendo acosada, dándole el número telefónico del supuesto acosador para que él (su esposo) le llamara para amenazarlo, lo cual es un delito.

En los días que siguieron, el individuo agredido (que era usuario de los servicios de SALME, y había sido tratado de forma terrible por el personal, incluso por el director de Caisame Estancia Breve, un médico psiquiatra que contaba con una reputación terrible) informó de lo ocurrido al personal del instituto. Se investigó el asunto, pero las autoridades de la institución encubrieron los actos gravísimos de esa psicóloga indecente, lastimando así todavía más a un usuario que padecía una patología grave, poniendo en serio peligro su integridad y su vida.

Informé de esto a esa psicóloga que tomó la llamada poco antes del amanecer del pasado miércoles 17 de enero y ella me dijo: entonces tuviste un coqueteo con una psicóloga. Eso sugiere que esta otra mujer inmoral, carente de decencia decidió interpretar lo que se le había informado como si el usuario se hubiera involucrado con la psicóloga que le prestaba la orientación confundiendo las cosas para proceder a acosarla.

Honor entre mujerzuelas.

Ese Instituto Jalisciense de Salud Mental cuenta con un historial terrible, su personal se dedica (con honrosas excepciones) a hacer lo más opuesto a lo que sería su labor, tratan a los usuarios con la punta del pie y los sueldos que se pagan son muy altos, por muy pocas horas de trabajo. Se sirven con la cuchara grande, de recursos del erario, de los impuestos que pagamos los contribuyentes.

No conozco a su director (de SALME), tampoco al director de Caisame Estancia Breve, aunque su apellido suena familiar. Parece muy probable que esté emparentado con el médico psiquiatra que era director de la institución cuando sucedió lo arriba mencionado, un hombre cuya elevada estatura que contrasta con su deficiente ética y valor pues se mostró pusilánime y cobarde al encubrir los actos indecentes y de impudicia de esa psicóloga, que además incurrió en conductas delictivas.

De ser acertada mi suposición, eso (que ese director de Caisame Estancia Breve sea pariente de alguien importante en la burocracia médica) sería otro ejemplo de influyentismo; algo que no sorprende a nadie que no sea ingenuo o extremadamente tonto.

 

Así las cosas







lunes, 15 de enero de 2024

Atención en salud mental en una institución pública, segunda parte

 


Me enteré en fecha reciente (tal vez en noviembre de 2023) que esa institución pública de salud mental, SALME, va a desaparecer. Eso parece muy acertado porque la mayoría de sus empleados no cumplen con su función (aunque sí reciben remuneraciones bastante altas) y en lugar de ello, se dedican a agredir a los usuarios.

Durante el año 2008, cuando yo hacía uso del servicio de atención telefónica antes mencionado (el centro de intervención en crisis), una psicóloga que me atendía cometió faltas extremadamente graves, incluso conductas delictivas que la institución se encargó de encubrir. Eso puso en grave riesgo mi integridad e incluso mi vida y yo procedí penalmente contra esa psicóloga, mujer inmoral e indecente en extremo. Emprendí una serie de acciones para que lo que hizo esa mujer no quedara impune y logré mi cometido, las consecuencias para ella fueron bastante severas.

Seguí usando ese servicio de orientación telefónica durante muchos años más, pero dejé de hacerlo a mediados del año 2019. Para ese entonces yo había trabajado durante cuatro años en una empresa del ramo farmacéutico, fabricante de productos genéricos intercambiables. Fue ahí donde fui objeto de acoso laboral, y por supuesto, hablé mucho sobre esa violencia con las psicólogas que me atendían, casi exclusivamente en fin de semana y en días festivos. En junio de 2019 decidí dejar de usar ese servicio porque una psicóloga que me atendía se vio en una muy mala situación, muy injusta perpetrada por sus compañeros de trabajo pese a que su desempeño fue correcto y en ningún momento hizo nada incorrecto. Me despedí de ella para que su situación laboral mejorara y con ello perdí un recurso para mí muy necesario.

En ese empleo en una compañía del ramo farmacéutico, fui objeto de acoso laboral (como decía antes) perpetrado por un individuo que muy probablemente padece de psicopatía. Las psicólogas que me atendían en esa institución, SALME, vía telefónica, se enteraron de eso y lo comunicaron a la dirección o algo así. En enero de 2019, algo me hizo sospechar que personal de SALME envió información sobre mí a esa empresa, describiéndome como un individuo peligroso por haber conseguido que la injusticia que ellos perpetraron (proteger a esa psicóloga carente de ética, incluso delincuente) no se consumara, tras lo cual, ella enfrentó consecuencias graves, lo cual resultó justo.

Si mi suposición es cierta, personal de SALME incurrió en un delito, la violación a la ley de protección de datos personales. Y si sucedió eso, se hizo lo mismo en esa empresa farmacéutica donde yo trabajaba al no comunicármelo y hacer eso mismo ante la Secretaría de la Función Pública.

La agresión del sábado pasado, que consistió en que esa psicóloga me colgara el teléfono (algo que ya había ocurrido antes, cuando había intentado ser atendido, lo cual intenté muy esporádicamente) me hizo sentir mal, pero ese malestar no fue tan intenso como lo habría sido en un pasado bastante cercano. Sé bien que intentar poner una queja resultaría absolutamente inútil, pues el empleado que encargado de atenderme incurriría en fingir que hace su trabajo, o de plano se mofaría de mí, como sucede tanto en la burocracia, si bien haría falta aclarar que lo mismo sucede en la iniciativa privada. La podredumbre es ubicua y abrumadoramente frecuente.







Atención en salud mental en una institución pública, primera parte

 


Escribir ha sido para mí un recurso. He usado esta actividad para comunicar acontecimientos —principalmente de carácter negativo, adversos— en diversos entornos.

Durante el año 2008, en que cumplí 44 años, tras la muerte de mi padre (acontecida en diciembre de 2007) seguí viviendo solo, desempleado, en pobreza incluso alimentaria, padeciendo una patología muy grave y sin siquiera estar al tanto de eso. Dos años antes había muerto mi hermana menor, el último día de abril de 2006, lo cual me hizo cobrar conciencia de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez, y a partir de entonces (desde hace 17 años y ocho meses) he sentido que eso ya no va a cambiar.

Han pasado 26 meses desde que se consumó una injusticia enorme, se me despojó de un empleo (fui despedido sin justificación) por haberme negado a aceptar la injusticia. Un mal individuo (que padece una patología narcisista, muy probablemente un psicópata), bien conocido en la empresa como una persona muy dañina, con abundantes antecedentes de acoso laboral, hizo eso contra mí, acoso laboral e incurrió incluso en conductas delictivas. Se manejó el asunto como si nadie me hubiera hecho nada, como si mi percepción de haber sido violentado hubiera sido imaginaria, manifestación de mi patología. Eso fue una verdadera vileza.

A partir de que se consumó esa injusticia, cuando fui despedido de ese empleo en la industria farmacéutica (agosto de 2021), viví un estrés postraumático que dificultó (prácticamente imposibilitó) hacer cualquier cosa que tuviera que ver con volver a llevar una vida productiva, trabajar y ganarme la vida, y superar el evento adverso, la enorme injusticia.

Me propuse estudiar la gramática del idioma inglés, escribir cotidianamente para convertir esos apuntes en un libro en el que relatara mi historia de vida, la violencia que dio lugar a mi patología, la destructividad de mis padres y mi entorno familiar, y finalmente, propuestas para evitar la enfermedad mental, o para quien ya cayó en ella, superarla, conseguir la recuperación, sanar.

Pero ese estrés postraumático resultó superior a mis fuerzas y solamente fui capaz de hacer aquello que no podía evitar hacer, además de ejercitarme de manera un tanto patológica, realizar esfuerzos físicos excesivos, y caminar con mi mascota cotidianamente.

Mi aislamiento se intensificó (en parte por las secuelas de la supuesta pandemia Covid 19, en mi opinión el engaño más grande de toda la historia) y mi malestar se vio agravado por la dificultad para hablar con otras personas. Expresar lo que siento, lo que pienso, me proporciona un gran alivio y por ello, hablar con psicólogas (siempre del género femenino) brinda la posibilidad de que se dé una comunicación profunda, algo poco probable con personas que no conocen la psiquis y la naturaleza humana y eso dificulta entender muchas cosas. Hace falta señalar aquí que para que se dé esa comunicación profunda (pareciera innecesario decirlo), la profesional en psicología debe contar con características desafortunadamente poco comunes (no basta con que cuente con una licenciatura en psicología, incluso con una especialidad) como un alto nivel intelectual, buena disposición —o que involucra, por supuesto que ella goce de una buena salud mental— y que sepa escuchar.

Desafortunadamente ese tipo de personas son siempre una minoría (en todas las profesiones, oficios y actividades humanas) y por ello, a pesar de que existen diversos recursos de asesoría emocional vía telefónica, resulta difícil conseguir un servicio competente, útil. Frecuentemente, la persona que atiende no es apta para la profesión que realiza y en el mejor de los casos, la atención no sirve; en el peor de los casos, hace lo más opuesto a lo que sería su función y agrede al usuario, sabotea la llamada con intención de incrementar el malestar y el sufrimiento de la persona que solicitó la orientación en la mayor medida posible.

Esto me sucedió el sábado pasado, 13 de enero del año en curso, cerca de la media noche cuando intenté hacer uso del Centro de Intervención en Crisis, un servicio que ofrece el Instituto Jalisciense de Salud Mental.

La psicóloga que tomó la llamada me preguntó cuál era el motivo de la llamada. Le respondí que había padecido un estrés postraumático durante un periodo de tiempo muy prolongado y entonces ella dijo que debía buscar a un psicólogo. Yo le dije que necesitaba hablar con alguien en ese momento y ella exclamó ah no, platicar no, y procedió a colgar el teléfono.

Esto fue una agresión flagrante, algo que sucede cada vez más en ese servicio y como sucede tanto en la burocracia, no hay nada qué hacer. Yo en ningún momento dije que quisiera platicar (lo que se interpretaría “cotorreo”, una charla informal, de temas irrelevantes). Esa psicóloga deformó lo que yo dije con toda intención, incurriendo en una conducta incorrecta, mal intencionada, deshonesta e indecente. Este es el tipo de personas que laboran en instituciones, algo que saben muy bien los directivos, quienes se limitan a organizar todo tipo de farsas y simulaciones, a dar cuentas alegres sobre el cumplimiento de sus funciones y sus supuestos logros.






Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...