Escribir ha sido para mí un recurso. He usado esta
actividad para comunicar acontecimientos —principalmente de carácter negativo,
adversos— en diversos entornos.
Durante el año 2008, en que cumplí 44 años, tras la
muerte de mi padre (acontecida en diciembre de 2007) seguí viviendo solo,
desempleado, en pobreza incluso alimentaria, padeciendo una patología muy grave
y sin siquiera estar al tanto de eso. Dos años antes había muerto mi hermana
menor, el último día de abril de 2006, lo cual me hizo cobrar conciencia de que
había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez, y a partir de entonces
(desde hace 17 años y ocho meses) he sentido que eso ya no va a cambiar.
Han pasado 26 meses desde que se consumó una
injusticia enorme, se me despojó de un empleo (fui despedido sin justificación)
por haberme negado a aceptar la injusticia. Un mal individuo (que padece una
patología narcisista, muy probablemente un psicópata), bien conocido en la
empresa como una persona muy dañina, con abundantes antecedentes de acoso laboral,
hizo eso contra mí, acoso laboral e incurrió incluso en conductas delictivas. Se
manejó el asunto como si nadie me hubiera hecho nada, como si mi percepción de
haber sido violentado hubiera sido imaginaria, manifestación de mi patología.
Eso fue una verdadera vileza.
A partir de que se consumó esa injusticia, cuando fui
despedido de ese empleo en la industria farmacéutica (agosto de 2021), viví un
estrés postraumático que dificultó (prácticamente imposibilitó) hacer cualquier
cosa que tuviera que ver con volver a llevar una vida productiva, trabajar y
ganarme la vida, y superar el evento adverso, la enorme injusticia.
Me propuse estudiar la gramática del idioma inglés,
escribir cotidianamente para convertir esos apuntes en un libro en el que
relatara mi historia de vida, la violencia que dio lugar a mi patología, la
destructividad de mis padres y mi entorno familiar, y finalmente, propuestas
para evitar la enfermedad mental, o para quien ya cayó en ella, superarla,
conseguir la recuperación, sanar.
Pero ese estrés postraumático resultó superior a mis
fuerzas y solamente fui capaz de hacer aquello que no podía evitar hacer,
además de ejercitarme de manera un tanto patológica, realizar esfuerzos físicos
excesivos, y caminar con mi mascota cotidianamente.
Mi aislamiento se intensificó (en parte por las secuelas
de la supuesta pandemia Covid 19, en mi opinión el engaño más grande de toda la
historia) y mi malestar se vio agravado por la dificultad para hablar con otras
personas. Expresar lo que siento, lo que pienso, me proporciona un gran alivio
y por ello, hablar con psicólogas (siempre del género femenino) brinda la
posibilidad de que se dé una comunicación profunda, algo poco probable con
personas que no conocen la psiquis y la naturaleza humana y eso dificulta
entender muchas cosas. Hace falta señalar aquí que para que se dé esa
comunicación profunda (pareciera innecesario decirlo), la profesional en psicología
debe contar con características desafortunadamente poco comunes (no basta con
que cuente con una licenciatura en psicología, incluso con una especialidad)
como un alto nivel intelectual, buena disposición —o que involucra, por
supuesto que ella goce de una buena salud mental— y que sepa escuchar.
Desafortunadamente ese tipo de personas son siempre
una minoría (en todas las profesiones, oficios y actividades humanas) y por ello,
a pesar de que existen diversos recursos de asesoría emocional vía telefónica,
resulta difícil conseguir un servicio competente, útil. Frecuentemente, la
persona que atiende no es apta para la profesión que realiza y en el mejor de
los casos, la atención no sirve; en el peor de los casos, hace lo más opuesto a
lo que sería su función y agrede al usuario, sabotea la llamada con intención
de incrementar el malestar y el sufrimiento de la persona que solicitó la
orientación en la mayor medida posible.
Esto me sucedió el sábado pasado, 13 de enero del año
en curso, cerca de la media noche cuando intenté hacer uso del Centro de
Intervención en Crisis, un servicio que ofrece el Instituto Jalisciense de
Salud Mental.
La psicóloga que tomó la llamada me preguntó cuál era
el motivo de la llamada. Le respondí que había padecido un estrés postraumático
durante un periodo de tiempo muy prolongado y entonces ella dijo que debía
buscar a un psicólogo. Yo le dije que necesitaba hablar con alguien en ese
momento y ella exclamó ah no, platicar no,
y procedió a colgar el teléfono.
Esto fue una agresión flagrante, algo que sucede cada
vez más en ese servicio y como sucede tanto en la burocracia, no hay nada qué
hacer. Yo en ningún momento dije que quisiera platicar (lo que se interpretaría
“cotorreo”, una charla informal, de temas irrelevantes). Esa psicóloga deformó
lo que yo dije con toda intención, incurriendo en una conducta incorrecta, mal
intencionada, deshonesta e indecente. Este es el tipo de personas que laboran
en instituciones, algo que saben muy bien los directivos, quienes se limitan a
organizar todo tipo de farsas y simulaciones, a dar cuentas alegres sobre el
cumplimiento de sus funciones y sus supuestos logros.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario