jueves, 31 de enero de 2019

Y pensando en la mejor persona que he conocido en mi vida


A la vez que he sentido un gran bienestar durante las horas transcurridas en mi lugar de trabajo, he pensado en Laura, ese bello ser humano que apareció en mi vida en un trance difícil —la muerte de mi padre, un individuo terrible— cuya adversidad no se debió al evento en sí, sino a un conflicto con mi familia por haberme negado a asistir al funeral del peor enemigo que tuve jamás.

Durante el pasado mes de diciembre sufrí una serie de crisis por eventos que me llevaron a acabar de comprender la gravedad de mi patología (mi trastorno límite de la personalidad) y el efecto tan devastador que  ha tenido en mi vida, pero todavía más terrible, las actitudes y malas acciones de personas muy cercanas a mí, como mi familia nuclear, mis padres y mis hermanas, sumándose profesionales de la salud mental, como ese psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, una persona verdaderamente de lo peor.

En momentos de mucho sufrimiento tuve comunicación con Laura, vía telefónica, que me ayudó a aminorar el dolor, pero al mismo tiempo, comencé a lamentar la lejanía con esta mujer tan extraordinaria pues el año pasado nos vimos solamente en tres ocasiones (la primera de ellas por espacio de unos cuantos minutos) y después de julio (la última vez que nos vimos) nuestra comunicación se limitó a diálogos por WhatsApp y muy contadas (y breves) conversaciones telefónicas.

Sé bien que hay una razón para ello y es que Laura se encuentra muy ocupada con una familia que atender, con el trabajo en su consultorio, como catedrática en una universidad, y otras labores como una investigación (de la que no conozco mayores detalles) lo cual me despierta admiración por ella (algo que no es nuevo), pero no disminuye el pesar que su ausencia me hace sentir.

Y se me ha ocurrido que una persona tan hermosa no me expulsaría de su vida, que se mantendría alejada de mí (me refiero a no comunicarse conmigo), pero al cabo de un tiempo, me perdonaría, sabiendo bien que tengo una patología muy grave; Laura es muy empática y muy humana, y esas son algunas de las razones por las que la considero la mejor persona que he conocido en mi vida.

Me había hecho el propósito de no contactarla (por ejemplo usando el Smartphone), pero ayer le envié un mensaje vía WhatsApp diciéndole “ojalá puedas perdonarme”, a lo que ella respondió “no te tengo rencor”. Había borrado incluso su número de entre mis contactos, pero después comprendí perder la posibilidad de al menos contemplar su rostro en su avatar de este chat constituía un error e intensificaba mi tristeza.

He pensado en la manera de hacerle saber lo que siento por ella y pedirle que no se vaya de mi vida, dejando claro también que si ella decidiera hacer esto último, me dolería mucho pero lo aceptaría y ella jamás tendría nada que temer de mí.

Laura ha sido una luz en mi vida porque es el ejemplo vivo de la manifestación de la mayor de las riquezas humanas: la capacidad de amar. Como había expresado antes, tengo la sospecha (casi certidumbre) de que su vida ha sido tan difícil como la mía y Laura no desarrolló una patología ni se llenó de resentimiento, y mucho menos de odio.

Para mí, lo más valioso en la vida es el amor, es en realidad lo único que tiene sentido; pero tengo una gran carencia de eso en mi vida y no me refiero solamente a que necesito alguien a quien amar y que me corresponda, sino a que llevo mucha furia dentro de mí, y una gran violencia potencial. Mucho del dolor en mi interior tiene que ver con el resentimiento y el odio que con el paso del tiempo han ido creciendo en mi psiquis, mismos que me dificultan sentir empatía por otras personas y provocan incluso que otros me vean como una persona peligrosa, algo que quisiera pensar no que soy.

Es por ello que admiro a esa mujer que ha estado presente en mi vida en estos últimos tres años, a quien encontré hace once tras la muerte de mi terrible padre y quisiera pensar que este periodo de separación es transitorio y hay un mañana en nuestra relación. No sé si ella lo recuerda, pero a principios de 2016, hace casi tres años, le pedí que me viera como a un hermano y aceptara mi amor fraterno, a lo que ella accedió.

Te quiero mucho, Laura. No te vayas de mi vida.  

Último día del primer mes del año, un bienestar desacostumbrado


Hoy es jueves, uno de los dos días de la semana en que tengo la oportunidad de hablar (vía telefónica) con una terapeuta de nombre Celia, que tiene una especialidad en psicoanálisis. El domingo de la semana pasada no me fue posible comunicarme con ella, y haciendo una excepción se me pidió que la buscara al día siguiente, lunes por la mañana, pero no la encontré y no pude volver a llamar porque tenía que irme a trabajar.

Celia es una de las terapeutas con las que hablo que conocen a grandes rasgos la historia de mi vida y mis dificultades en la actualidad, derivadas de mi pasado tan difícil. En los últimos días he pensado (como ocurre la mayor parte del tiempo, pero con mayor intensidad) en que hubiera querido morir hace muchos años (en 1995), que sobreviví y no sé para qué. He caído en un profundo estado depresivo por diversas causas, la última (y posiblemente la más importante), el conflicto que tuve con Laura, la mejor persona que he conocido en mi vida, y a la que más he querido.

Extrañamente el día de hoy ha sido bueno, comenzó bien con una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras que no implicó una gran intensidad ni tampoco una larga duración, fue algo así como un entrenamiento de recuperación a intensidad baja – media, pero me hizo sentir bien tanto física como anímicamente. Haber perdido peso, hallarme muy debajo de los 80 kg (posiblemente en 75), podría ser otra causa del bienestar que siento, pues no solamente lo noto en mi apariencia, sino en la facilidad y la fluidez con la que me muevo, todavía mejor que de costumbre.

En lo que se refiere al ámbito laboral, he trabajado con mucha rapidez, encontrando que toda la práctica acumulada se está reflejando en la calidad de mis documentos. Como había expresado antes, conseguir este empleo (hace tres años y nueve meses) dio un giro a mi vida, lo que la mejoró en gran medida, pero también tuvo como efecto que comenzara a contemplar mi pasado, sobre todo los 17 años entre 1998 y 2015 en que me fue imposible conseguir un empleo (trabajé por periodos, pero fueron labores de muy bajo nivel, denigrantes de hecho) y darme cuenta de que ese periodo de tiempo tan prolongado implicó pérdidas gigantescas ha provocado un sufrimiento que en ocasiones no he podido manejar.

Y en las horas acontecidas en este día, último del primer mes del año, he sentido una extraña tranquilidad, y un bienestar desacostumbrado. No he sentido animadversión hacia ningún compañero de la oficina (si bien habría que aclarar que el infame que me hizo la vida difícil desde mediados de 2017 se tomó unos días de vacaciones), y en cambio he sentido la satisfacción de realizar una buena labor, de manera rápida y eficiente (algo habitual) cobrando conciencia de que debo dejar de depender de la buena impresión que pueda causar en otras personas Con esto no quiero decir que no sea necesario el reconocimiento, más bien quiero expresar la idea de que es necesario tomar en cuenta a las personas significativas en cada ámbito en el que me muevo, y desentenderme del resto de la gente que me rodea, especialmente si tienen malas características.

Posiblemente lo que estoy sintiendo es más seguridad en mí mismo, pues si bien tengo más de 50 años de edad con una trayectoria laboral que correspondería a la de un hombre de la mitad de mi edad, he preservado un estado de salud casi óptimo que a cualquier observador le resultaría muy evidente. Con esto quiero decir que mi estilo de vida consistente en cuidar mi alimentación, ejercitarme periódicamente, evitar el abuso de sustancias y perder horas de sueño innecesariamente, se reflejan en mi apariencia y en mi desempeño físico, si bien esto último es evidente casi exclusivamente para mí, pues no tengo un público mirando mi actividad deportiva. Simultáneamente, vuelvo a cobrar conciencia de que pese a no haber concluido una licenciatura en ingeniería, mi formación académica es muy sólida, lo que se refleja en el contenido de los documentos que traduzco de un idioma a otro, y en una actividad en apariencia sin importancia, como es participar en la red social Twitter, frecuentemente se manifiesta mi nivel cultural cuando escribo tweets que tienen que ver con literatura, o historia, o conocimientos generales, con una buena dosis de ingenio. Si otras personas lo aprecian o no (dando likes o RTs), resulta menos importante; como dije antes, mi autoestima ya no depende tanto de lo que piensen de mí otras personas.

Un asunto muy importante es que en tiempos recientes (tres meses, de hecho) sentí un malestar que fue en aumento porque percibí mi situación en mi empleo como injusta, por haber recibido un trato que no merezco, lo cual no deja de ser cierto y con esto me refiero a la cantidad de problemas que comencé a tener desde mediados de 2017 en que mi compañero alimaña, el maestro del chisme y la intriga, se dio a la tarea de vomitar veneno sobre mí, hablando falsedades a mis espaldas, lo cual provocó que varias personas de mi departamento mostraran actitudes de rechazo hacia mi persona, de diversas formas y en diferentes medidas, pero que en todos los casos me provocó un sufrimiento tangible, a tal grado que el trabajo se convirtió en una pesadilla.

Poco a poco las cosas comenzaron a cambiar, pero en agosto de 2018 llegó una mujer relativamente joven al departamento al que pertenezco, que me fue presentada y con quien mostré una actitud y un comportamiento absolutamente correctos para que ella fuera manipulada por su subalterno (el maestro del chisme y la intriga) y en muy poco tiempo comenzara a mostrar una hostilidad pasiva hacia mí, con gran intensidad. Esto me provocó una serie de crisis que desembocaron en que se me mandara a descansar y de paso a conseguir un certificado de persona no peligrosa para que se me permitiera regresar a laborar.

Percibí todo esto como injusto porque se me ha considerado un empleado muy competente, muy responsable, absolutamente confiable que cumple con todos los requerimientos, incluidos la productividad, la puntualidad, la asistencia y la disciplina y al mismo tiempo, se me ha considerado un problema, lo cual constituye una verdadera aberración.

Y de pronto, cuando las cosas han comenzado a mejorar para mí me doy cuenta que ese trance tan difícil y doloroso, ya superado, podría dar un resultado positivo para porque mis compañeros, sobre todo aquellos que se dejaron manipular por el infame, se han dado cuenta del error que cometieron y ahora me aprecian más que antes, y detestan (si bien en silencio) a la alimaña, al virtuoso de la intriga.

De alguna manera se ha hecho justicia.

miércoles, 30 de enero de 2019

Comunicación profunda con una terapeuta


Desde hace algunas semanas he hablado dos días por semana, vía telefónica, con una psicóloga de nombre Celia, de 35 años de edad, que cuenta con una especialidad en psicoanálisis.  El nivel de comunicación es muy alto, algo muy valioso para mí, y ello me ha permitido proporcionarle información sobre mí que no sería posible compartir casi con ninguna otra persona. Ello incluye mis extraños patrones de pensamiento, mis ocupaciones en solitario, ciertas características de mi personalidad que parecen corresponder a un misántropo, mi incapacidad para sentir empatía por cierto tipo de personas (sobre todo por su origen racial y por su aspecto físico), e incluso aspectos de mi vida sexual. No es la única terapeuta con la que he hecho esto, pero sí con la que he establecido el mayor nivel de cercanía en muchos años.

Le sugerí a Celia que leyera mis blogs, invitación que ella declinó argumentando que podrían afectar la relación terapéutica. Lo mismo me había sucedido con Laura hace once años, cuando me atendía también vía telefónica mientras se desencadenaban acontecimientos que en otras circunstancias, yo no habría podido manejar de ninguna manera.

Había mencionado antes que parte de mi fascinación por las psicólogas (algunas de ellas) podría deberse a que son las únicas personas con probabilidad de comprender por qué he vivido la mayor parte de mi vida sin trabajar, lo que implica dirigirse hacia un precipicio sin poder detenerse. Si tratara de explicárselo a otro tipo de persona, la probabilidad de ser sometido a juicio sería del 100 % y por principio de cuentas parecería estar tratando de justificarme por vivir en una pesadilla que yo no elegí y de la que no soy culpable.

Es importante aclarar que el hecho de que el interlocutor sea un psicólogo o un psiquiatra no implica de ninguna manera que pueda comprender una patología. Me he referido antes a profesionales de la salud mental que me agredieron, pegándome donde más me duele, refiriéndose a mi incapacidad para llevar una vida productiva, dependiendo en cambio económicamente de alguien, ya bien entrado en la edad adulta. Una de esas personas —la más dañina— fue el psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, individuo infame y ruin que además jamás me informó que padecía una patología muy grave y no podía ir por la vida sin tomar medicamento psiquiátrico cotidianamente. Mi trastorno es verdaderamente devastador y el índice de suicidios en quienes lo padecen es muy alto.

Celia se encuentra en otra entidad de la república y como sucedió con Laura, conozco su voz, pero no sé cómo es físicamente. Al igual que esa mujer que fue mi terapeuta para después desaparecer de mi vida y reaparecer años más tarde y convertirse en mi amiga, Celia es una mujer inteligente y culta, empática y respetuosa, el tipo de persona con la que me gustaría establecer una relación significativa, aunque ello implicara poner fin a la intervención terapéutica.

Mañana jueves hablaré con ella y le insistiré en la posibilidad de que lea mi blog. Por escrito expreso ideas de manera mucho más clara y extensa que cuando lo hago de manera verbal. Mi proclividad a relacionarme con psicólogas podría deberse a la dolorosa soledad en que vivo, pero también podría tener su origen en ciertas características del tipo de persona que elige como profesión una disciplina de la salud mental, posiblemente una historia de vida difícil, una necesidad de comprender sus causas, de superar sus problemas, y de ayudar a otros. Es un hecho que lo que más valoro en mi vida es el amor, un sentimiento cuyos diferentes tipos de manifestación me conmueven y al sentir felicidad mis ojos se humedecen y en ocasiones se llenan de lágrimas. Es entonces cuando llorar no es una manifestación de dolor ni de tristeza.


Eventos recientes, crisis existencial y un panorama de mi vida


Anoche llegué a casa a la hora acostumbrada, las 21:00 horas y me dirigí a mi recámara como hago cotidianamente, a quitarme los zapatos y sustituirlos por sandalias, vaciar mis bolsillos colocando mi cartera, mis llaves y mi teléfono no inteligente en el buró junto a la cama, conservando el Smartphone conmigo, del que parezco tener una gran dependencia.

Me dirigí a la habitación de mi madre e intenté platicar con ella, pero al no poder entablar conversación con ella, por su sordera parcial, tuve uno de mis habituales estallidos de furia y tras repetirle lo que le había dicho, bajamos a la cocina, ya pasadas las 22:00 horas. Una vez que hube terminado de cenar me dirigí a mi recámara y pasé un tiempo indeterminado en mi Smartphone, en la red social del pajarito. Me sentía cansado, pero tengo un deber hacia mis mascotas, mis perritas Chora y Clara, llevarlas a caminar. Así lo hice y al regresar había terminado el día y comenzado otro.

Tomé entonces mi teléfono fijo y marqué el número de una institución donde se prestan servicios de salud mental. Necesitaba hablar con alguien y lo hice con una psicóloga de nombre Cintia. Ella me escuchó hablar del duelo que estoy viviendo por mi rompimiento con la persona a la que más he querido en mi vida, y la situación ambivalente entre el amor que siento hacia ella y el resentimiento por haber faltado a la verdad en relación con una persona que me agredió y delinquió contra mí hace cerca de once años. Esa mujer que ocupa mis pensamientos, a la que tanto quiero, consideró que el sufrimiento por el que pasé era imaginario o el resultado de una mala interpretación mía, haber confundido una situación e imaginar que su colega se había involucrado sentimentalmente conmigo.

Cintia me escuchó, estableciendo breves diálogos conmigo y una vez que dieron la una de la mañana, terminamos la llamada. Subí entonces a mi habitación y me dispuse a dormir. Al adoptar mi posición acostumbrada, sobre un costado de mi cuerpo, sentí dolor en un glúteo donde tengo una protuberancia provocada por la caída en bicicleta que sufrí el domingo 13 del mes que termina y entonces cambié de posición, colocándome boca arriba. Habiéndome tomado un cuarto de tableta de Clonazepam, no tardé mucho en conciliar el sueño.

Cuando desperté todavía estaba oscuro, pero de alguna manera supe que eran las seis de la mañana y no había dormido lo suficiente, de hecho menos de cinco horas. Permanecí en la cama otros cuarenta minutos, despierto, y decidí bajar a la cocina a tomarme mi primera taza de café del día para después realizar una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras. En mi mente surge la pregunta, ¿por qué habiendo dormido poco no me afectó el déficit de sueño? ¿Pudiera deberse a la posición, tendido boca arriba en que la respiración pudiera ser más profunda, o alguna causa de ese tipo? Siempre me ha fascinado la idea de encontrar una manera de caer en un estado de reposo muy profundo, que me permita recuperarme por completo para iniciar otro día con la energía necesaria para enfrentarlo.

Entre los pensamientos inquietantes, y enloquecedoramente repetitivos surgieron los que tienen que ver con mi situación injusta en mi trabajo, la cual se originó en un conflicto con un compañero cercano a la directora de mi departamento, que goza de privilegios para hacerle difícil la vida a quien se le antoja, con impunidad asegurada. Los eventos de octubre pasado no dejaron ningún registro en mi expediente laboral, nada que pueda perjudicarme, pero sí fueron lesivos para mí porque cobré conciencia de que mi buen desempeño y mis cualidades como empleado no han sido impedimento para que se me considere un problema y se me señale como un individuo extraño, taciturno y posiblemente peligroso. Vivo esto como una gran injusticia.

Hace 21 años, el 30 de enero de 1998 fue viernes, mi último día laboral en esa empresa de la maquiladora electrónica, una de las peores experiencias de toda mi vida. Ese día llegué a la empresa dos horas más tarde de lo acostumbrado por haber acudido a darme de alta en el Seguro Social. El día pareció transcurrir con normalidad, pero al caer la noche, ya camino a casa comencé a sentir una incomodidad que dio lugar a un intenso dolor psíquico que con el paso de las horas se convirtió en una crisis.

Mi madre se hallaba indispuesta y yo le había ofrecido llevarla a un hospital particular, teniendo dinero para pagarlo y ella se había negado terminantemente. Mi novia, una mujer de nombre Rocío cumplía años al día siguiente y siendo también paciente psiquiátrico, pasaba por otra crisis por su relación imposible con su familia, su madre cruel y perversa y sus hermanos. Estos dos factores me provocaron una frustración que no pude manejar y pese a ver a ese psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, de triste memoria aquel sábado 31 de enero, el malestar no disminuyó un ápice.

Ya en la noche pude hablar con mi verdugo, el individuo al que creí mi amigo, de nombre David. De nuevo, mi padre pareció personificarse a través de otra persona pues David, ese oscuro personaje, dio rienda suelta al intenso odio que mi presencia en su ámbito laboral durante los últimos dos meses y medio había despertado en él. De la discusión (para mí perdida de antemano) tomé la decisión de irme de la empresa el siguiente lunes, 2 de febrero de 1998. Quedó así sellada mi segunda caída, la cual pareció definitiva y dio lugar a un sufrimiento que me llevó a perder la voluntad de vivir, por segunda vez.

Hace tres años y nueve meses obtuve un empleo y con él estabilidad laboral y orden en mi vida, pero la conciencia de lo mucho que perdí nunca se desvaneció, al contrario, conforme ha pasado el tiempo se ha vuelto más intensa y de pronto me doy cuenta de que no quiero vivir, de que me encuentro permanentemente deprimido y enojado con la vida, que no puedo aceptar mi pasado y en consecuencia, no tengo la capacidad de mirar hacia adelante y diseñar un proyecto de vida. Las fechas significativas siguen grabadas en mi memoria como esculpidas en piedra y el dolor permanece latente, para desencadenarse en algún momento, generalmente en medio de una crisis.

He identificado el problema y ese podría ser el primer paso para resolverlo. Escribir parece ser una forma de divisar el mapa de mi vida y una posible manera de abordar la recuperación sería enfocarme en aquello que sí tengo, más que en lo que perdí o nunca tuve oportunidad de conseguir.

martes, 29 de enero de 2019

Recordando a un infame, el artífice de mi caída


El infame cobarde que hace 21 años me pegó por la espalda se llama David Iturbe Gutiérrez y tiene cuenta en la red del pajarito, que no usa. ¿Qué hay en la mente de un individuo tan miserable que le permite seguir con su vida, sabiendo que arruinó a otro ser humano a quien además llamó amigo, sin el menor pesar, sin el menor remordimiento? ¿Y es tan increíblemente pendejo como para creer que es invulnerable, que está fuera de mi alcance y no tiene nada que temer de mí?

No he querido dedicar mi vida a la venganza —si bien considero eso una tarea perfectamente respetable— y por esa razón no he ido a cobrársela. Parece innecesario decir que no quiero acabar en la cárcel.

Cuando este individuo cometió esa enorme infamia, estaba pasando por un momento significativo en su vida; su hijo mayor acababa de nacer, era un bebé de unos cuantos meses. Cuatro meses antes había obtenido una gerencia en esa maquiladora de la industria electrónica, de origen estadounidense que venía llegando al país y al mal llamado “valle del silicio de Jalisco”, una empresa hasta cierto punto desconocida, de hecho una cochinada ubicada provisionalmente en la Zona Industrial.

El pendejo narciso tenía 32 años de edad, había pasado por lo menos 25 años odiando a aquellos congéneres que no nacieron con sus carencias físicas, su fisonomía de persona insignificante, una grave carencia de masa muscular, una constitución física extremadamente débil y una ausencia de hombría casi absoluta. Yo, un año mayor, era un dedicado deportista desde hacía 17 años, lo que no era demasiado evidente excepto por contar con una anatomía delgada que a algunas personas les parecía atlética. Este pequeño logro, que no me había reportado ningún beneficio excepto para mi autoestima (nunca gané ningún dinero con esa característica, ni siquiera me hizo atractivo con el sexo opuesto), despertó en David una tremenda envidia y la necesidad de plantearse un reto que le permitiera justificar su existencia: probarse a sí mismo, y a mí, que si bien yo era mejor que él en desempeño físico, en desempeño intelectual él era infinitamente superior.

Quien lo conociera un poco, digamos que lo hubiera visto con su cónyuge, habría notado algo extraño en esa pareja, pues la diferencia en fisonomía, aspecto racial, genética, origen socioeconómico y cultural era muy grande. Su esposa era una mujer fea de apariencia muy autóctona, muy ignorante e iletrada que una vez que dejó de trabajar para dedicarse a criar una familia, tenía como ocupación ver telenovelas.

¿Y por qué decir todo esto? Porque en uno de esos últimos días en la empresa, cuando estaba cerca de renunciar, pregunté a este infame en su oficina, hallándonos él y yo solos, por qué me trataba así, por qué abusaba de su puesto teniéndome como subalterno para humillarme. Él respondió: ‘yo no te estoy tratando mal.’ ‘¿Entonces?’, pregunté yo. ‘Son tus complejos de inferioridad’, respondió este lisiado de espíritu. Eso se llama añadir insulto a la injuria, y eso yo no lo perdono.

Será fácil entender por qué presenté mi renuncia el siguiente lunes 2 de febrero, de 1998 fecha terrible que representó otro punto de inflexión en mi vida, un futuro de sufrimiento inerte y volver a perder la voluntad de vivir.

Siendo mucho más fuerte que él, habría sido fácil hacerlo pedazos en una pelea a golpes, pero esta posibilidad no pasaba por mi mente. ¿La razón? Yo me hallaba abrumado por la gratitud, pensando que David me había sacado de la pesadilla que había sido toda mi vida como adulto. Él sabía que tenía poder sobre mí, que yo lo necesitaba y en cambio él no me necesitaba a mí para nada. Así fue fácil pegar a mansalva y arruinar a otro ser humano, mandarlo a una pesadilla de la que no es posible despertar que con mucha frecuencia se convierte en un verdadero infierno.

Una de mis motivaciones para seguir con vida, para no acabar con mi existencia, es presenciar, o enterarme, de alguna manera, del destino trágico de una persona como esa. Este argumento no surge de un deseo ingenuo, sino de haber aprendido durante mi vida que ese tipo de personas que pegan a traición, que son capaces de causar un sufrimiento atroz a quien no les ha hecho ningún daño, llevan en su interior una gran destructividad que acaba consumiéndolos. Lo he visto en más de una ocasión, y el caso de David Iturbe Gutiérrez, el célebre infame que arruinó a un amigo será uno de los más apreciados, al menos para mí.

Que lo disfrutes, hijo de puta.

Hace 21 años, ¿por qué no terminó mi vida?


Hace 21 años, enero de 1998, tenía 33 de edad, a tres meses de cumplir 34. El año parecía haber comenzado bien, teniendo un empleo (el primero de toda mi vida) que representaba un reto cotidiano por la multiplicidad de tareas que implicaba, para lo cual mi preparación (adquirida como autodidacta) era valiosísima. El esfuerzo realizado durante tantos años, en condiciones tan difíciles parecía rendir frutos y yo creí estar viviendo el mejor momento de toda mi vida.

No sé si los acontecimientos terribles, propiciados por personas moralmente malas son parte de un destino trazado con anticipación o la vida es un caos absoluto carente del menor orden. En la semana laboral que comenzó un lunes 26 de enero para terminar el viernes 30 (1998), mi ‘amigo’ David mostró su verdadera naturaleza (que no debió sorprenderme tanto) y me sometió a una violencia verbal y psíquica, haciendo uso de su innegable capacidad dialéctica, para hacerme sentir profundamente humillado y así, el lunes 2 de febrero presenté mi renuncia. Fue fácil para mí vislumbrar lo que representaba este evento, pero no podía saber que significaría una caída de la que nunca me recuperaría. Mirando hacia atrás, evalúo mi vida como inútil, carente de todo valor y de sentido y no sé qué me detiene, por qué no tomo una medida para dejar de sufrir de una vez y para siempre.

Nunca volví a ver a David, pero supe que siguió con su vida, trabajando en diferentes empresas de la maquiladora electrónica, ganándose la vida, gozando del aprecio y del respeto de la mayoría de las personas que lo conocían y trataban con él. La pregunta lógica sería, ¿por qué mostrar ese comportamiento infame contra mí solamente? Resultaría difícil comprender la respuesta.

Tengo características que despiertan la inseguridad de otras personas, específicamente hombres. Es difícil explicar por qué si tantas cosas han sido tan difíciles para mí, como adquirir conocimientos de todo tipo y abrirme camino en la vida, convertirme en un hombre autosuficiente y llevar una vida productiva, mi presencia despierta una dolorosa inseguridad en otros hombres, o usando un término más claro, envidia.

La verdad no tengo intenciones de argumentar al respecto, pero ha sucedido con un buen número de individuos del género masculino con los que he tenido algún tipo de relación (amistad por ejemplo, un término no muy preciso) que ven en mí a un individuo débil por su incapacidad para hacerse cargo de sí mismo, y en consecuencia el rival perfecto, alguien con quien pelear teniendo de antemano la victoria asegurada.

En tres meses habré cumplido 55 años y por supuesto, no sé dónde estaré. Si las cosas continúan como hasta el día de hoy, en apariencia estables, seguiré en mi empleo en donde se me considera un bicho raro, como un animal en un zoológico con una sección de bestias exóticas. Me siento como un mamífero mutante, con una apariencia que atrae la atención de muchas personas e invita a la contemplación a una distancia prudente. Mi fealdad inspira miedo y la necesidad de alejarse de mí, lo que me sume en un estado de una profunda tristeza y una soledad que ya no soporto, pero de la que no puedo escapar.

Esta es mi realidad.


Momentos terribles


Momentos de una tremenda incomodidad, no sé si estoy a  punto de caer en una crisis, espero que no.

El motivo más evidente es el alejamiento (casi definitivo) de Laura, y la sospecha (casi certidumbre) de que yo no signifiqué nada para ella. ¿Qué la movió a hacer “amistad” conmigo? Bueno, es un hecho que tiene buen corazón y su motivación pudo haber sido su bondad, no quisiera pensar que fue lástima pues eso sería ofensivo para mí.

Ella sabe el concepto en el que la tengo, el afecto y la admiración que siento hacia su persona y en cambio, ya enojada conmigo lo único que tiene para mí es indiferencia; eso me produce un sufrimiento que no puedo describir con palabras.

¿Por qué esos contrastes? Yo no soy ese pequeño al que adoptó junto con su cónyuge, no soy un niño ni pretendo serlo, lo fui hace muchísimos años y esa infancia fue muy traumática, plagada de violencia, algo que marcó el rumbo de mi vida para siempre.

Lo que sí soy es un hombre en la edad madura al que cualquier observador consideraría insignificante. Creo que la única persona para quien soy importante soy yo mismo, mi madre depende de mí y si no fuera por eso, se habría olvidado que tuvo un hijo varón que jamás tuvo una oportunidad en la vida.

Y volviendo a Laura, ella tiene su vida, un buen número de personas para quienes sí es importante, empezando por su familia nuclear, sus padres y hermanos, continuando con sus hijos y su cónyuge y la familia de esta. Además tiene un buen número de pacientes (lo que no es de extrañar, siendo una excelente psicóloga) y colegas con quienes colabora para trabajos de diversas índoles. La pregunta obvia es ¿por qué tendría yo que ser importante para ella?

Siento un dolor interno que no puedo anestesiar de ninguna manera y no sé cuánto tiempo va a durar. En las últimas semanas me fui dando cuenta de que no hay espacio para mí en la vida de esa mujer, ni siquiera como amigo. No fue posible siquiera platicar por teléfono unos minutos, y el problema no es ese, sino que ni siquiera se tomara la molestia de decírmelo. Pasar por su consultorio con la esperanza de verla, de abrazarla y darle un beso me llenó de esperanza, pero no la encontré; cuando se lo comuniqué me respondió que había llegado más tarde. Indiferencia absoluta, el sentimiento de afecto no es recíproco y me siento como un perrito sin dueño que busca a un humano que lo adopte y al acercarse a uno, recibe una patada o un amago de violencia.

Es tan terrible no tener alguien a quien amar. No sé por qué estoy aquí. Maldigo mi vida y a mis padres porque yo no les pedí que me trajeran al mundo, mucho menos a jugar el papel de canalla, del niño perverso cuya ocupación de tiempo completo es hacerle la vida imposible a quienes le rodean.

Este tipo de tristeza despierta una furia que fácilmente podría convertirse en violencia verbal o física. No sé qué va a suceder en las próximas horas. Si se tratara de algo malo, quisiera que me llevara al final, dejar de existir para dejar de sufrir.

lunes, 28 de enero de 2019

Iniciar el día con actividad física, y volver a pensar en la mujer que amo


Dieron las seis de la mañana y desperté, de hecho un minuto antes. Pensé que era demasiado temprano, pero me di cuenta de que había dormido lo suficiente, tomando en cuenta las siestas de la tarde anterior. Bajé a tomar una taza de café con un pedazo de pan y ni siquiera se me ocurrió prender la televisión para ver videos musicales en youtube. Esto se había convertido en algo rutinario y repetitivo, en los últimos días una compañía en mi agonía psíquica, sufriendo una barbaridad por la tristeza que me aquejaba.

Sabía que debía ponerme mis prendas de ciclismo e inflar las llantas a la presión adecuada para pedalear durante una hora, intensificando el ritmo progresivamente, monitoreando la frecuencia cardiaca y las variables como velocidad instantánea y tiempo de recorrido en los dispositivos respectivos, montados en el manubrio de mi bicicleta. Así lo hice.

Me había propuesto ‘recorrer’ 34 km, lo que sería poco en carretera, pero en rodillos no. Al llegar a 24, me detuve para descansar unos minutos, encendiendo la radio y tomando mi Smartphone para echarle un ojo a la red social del pajarito. Mi madre se acercó a mí mostrando mucha tristeza en su semblante y me comunicó una mala noticia: mi tía Marielena, su hermana mayor, se encuentra haciendo trámites para someterse a eutanasia. Tiene cáncer y a sus 81 u 82 años (nació en 1937) se encuentra sola, abandonada por sus hijos, el mayor de los cuales de nombre Gerardo la visita ocasionalmente para maltratarla y recordarle cuánto la odia. Tantas basuras humanas en mis familias paterna y materna.

Abracé a mi madre mientras ella sollozaba, guardando silencio. No supe qué decir.

Al cabo de unos minutos volví a mi actividad y comencé a pedalear vigorosamente. Mi ritmo cardiaco se mostraba bastante bajo en relación con la intensidad del ejercicio, lo que me satisfizo y una vez recorridos esos últimos 10 km me dispuse a bajar a la planta baja, salir a la cochera y patio delantero y terminar una tarea pendiente.

Después de tomar mi desayuno acostumbrado, avena hervida en agua con pasitas, subí a bañarme y pensé en las dificultades que tendría que enfrentar en mi trabajo, habiendo dejado de asistir los últimos dos días laborales de la semana pasada, jueves y viernes. De pronto me recordé que me estaba adelantando, colocándome en el peor de los escenarios y decidí respirar profundamente y salir de casa caminando relajadamente, teniendo tiempo suficiente para que no fuera necesario apresurarme, librándome del estrés innecesario del trayecto hacia el lugar donde pasaré tantas horas del día, trabajando.

Pensé entonces en Laura (de hecho no había dejado de pensar en ella) y en que algo me permitió darme cuenta de que vive rodeada de personas que la quieren, una buena noticia para mí pues yo le deseo toda la felicidad que merece. Su sonrisa refleja una belleza interior inconmensurable, sus ojos son un libro abierto y su capacidad de amar habla de una enorme fortaleza. Si no la conociera y no supiera nada sobre ella, mirar las imágenes en que aparece no me producirían ningún sentimiento en específico pues como he expresado antes, no parece una mujer bonita. Pero conociéndola desde hace tantos años, habiendo compartido con ella una etapa de mi vida particularmente difícil —y peligrosa— y habiendo sido su amigo en los últimos tres años he llegado a sospechar (casi tener la seguridad) de que su vida ha sido tan difícil como la mía, que ha estado plagada de violencia y a diferencia de mí nunca desarrolló una patología ni se llenó de resentimiento y mucho menos de odio.

Por eso la quiero y pensar en que se ha ido de mi vida me provoca una tristeza que me lastima, pese a conocerla bien pues mi existencia ha estado dominada por ella. Creo que es por eso que me enojo tan fácilmente, porque la furia es un sustituto de la tristeza, duele menos y si me permitiera sentir la segunda, lloraría muchas horas con mucha frecuencia.

Me tomé mi tiempo de descanso (al que evito llamar ‘hora de comida’ porque no acudo al comedor) y en mi Smartphone vi un par de correos que le envié a Laura el viernes pasado, con una tremenda violencia verbal. Entonces me lo recriminé y no me pude explicar cómo fui capaz hacer algo así, hablarle con esas palabras a un ser humano tan extraordinario como ella. Y al mismo tiempo, en relación con lo que le escribí aparece en mi mente un conocimiento que ha sido fuente de inquietud desde hace muchos años, que Laura me atendió a partir de que murió mi padre (mi peor enemigo) y en los meses siguientes una psicóloga, compañera de ella, cometió una serie de faltas gravísimas que me provocaron un sufrimiento tremendo que puso en peligro mi integridad y mi vida, muchas veces.

Laura me ayudó a superar este trance terrible. Como he expresado antes, casi tengo la seguridad de que sin ella no hubiera sobrevivido, pues bajo ciertas circunstancias (específicamente hambre, no tener nada que comer), se desencadenaba en mi mente la dolorosa conciencia de que estaba viviendo en una pobreza que no merecía y ese dolor psíquico era más de lo que podía soportar. Habría sido fácil llegar a casa (hablaba con Laura desde teléfonos públicos, no tenía teléfono en mi vivienda) y tomar un cutter para hacerme una incisión profunda en un brazo y provocar una hemorragia que no fuera posible detener. El detonante habría sido la agresión de esa psicóloga delincuente, una persona de la que no quiero saber nada.

Y siendo Laura la terapeuta que me atendía, en la institución le pidieron algo, un dictamen, una valoración o una opinión profesional sobre el efecto que tuvo lo que hizo su compañera inmoral y delincuente al involucrarse conmigo para después delinquir contra mí y esta mujer a la que quiero tanto faltó a la verdad, diciendo de alguna manera que la afectación no había sido grave, o que si lo fue, se debió a mi patología, más que a las malas acciones de su compañera.

Entonces los recuerdos se agolpan y me pregunto si para esta mujer a la que considero la mejor persona que he conocido en mi vida, mi sufrimiento fue algo menor, si significó tan poco para ella habiendo diagnosticado mi patología (algo que jamás voy a dejar de agradecerle) y habiendo presenciado la tortura psíquica que representó para mí haber sido agredido por alguien a quien yo creí amar, que me invitó a entrar en su vida para después expulsarme y hacerme sentir el peso de mi pobreza y de mi soledad en toda su magnitud.

No entiendo eso, pero el amor que siento por Laura no disminuye. En la vida hay sentimientos encontrados, ambivalentes. Esta mujer, este bello ser humano sabe lo que siento por ella y si no la vuelvo a ver (algo muy probable), quiero que tenga un buen recuerdo de mí si eso es posible, o que por lo menos no sea tan malo. 

Ser asocial, mi soledad y una posible solución al problema


A diferencia de esa mujer a la que he querido tanto, que se describe a sí misma como asocial sin serlo, yo sí lo soy; y sin embargo esa no es mi naturaleza.

Cuando niño tuve dificultades para relacionarme con mis pares por mi torpeza física (había nacido con una visión muy reducida en un ojo y problemas de motricidad que no sé si tenían que ver con eso) y mi precaria salud mental ya muy evidente, si bien no para mí ni para mis padres. Fui un niño solitario que por temporadas tuvo uno o dos amigos y en cambio vivía una activa vida de fantasía.

Años antes de la pubertad, por alguna razón que aun no comprendo, me dio por someterme a sesiones de salto de cuerda en la intimidad de mi dormitorio. Esto mejoró en buena medida mi motricidad y mi coordinación general y cuando participé en deportes (casi nunca de equipo, individuales más bien) mi desempeño fue de deficiente a mediocre. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, algo me inspiró a convertirme en un deportista de alto rendimiento (algo que por supuesto no era posible) y en los años que siguieron corrí muchos kilómetros a pie. En carreras callejeras (y en los planteles educativos por los que pasé) obtuve resultados aceptables, pero al competir con muchachos con mejor dotados que yo, no destaqué. Pasaron años antes de que me diera cuenta de que no tengo facultades para el deporte, pero nunca abandoné su práctica, convirtiéndose incluso esta actividad en un mecanismo de evasión que si bien no resolvió mis problemas, sí me mantuvo lejos del abuso de sustancias. Es posible que esta haya sido mi salvación.

Los últimos 38 años de mi vida (o poco menos) han estado caracterizados por la actividad física, la de un aficionado que abandonó la competencia hace mucho tiempo, pero para quien la práctica deportiva ha sido un ritual casi cotidiano, al que ha atribuido una importancia tal que los acontecimientos de todo tipo (con poca, mediana o una gran importancia) dependen de su realización, de llevar a cabo o no ese esfuerzo físico.

A todas luces esto es patológico, pero no parece ser grave. Y volviendo a la idea que motivó esta entrada, regreso al tema de la misma, que soy un hombre asocial a quien su soledad le duele. La pregunta lógica es por qué permanezco solo si esta condición es el origen del mayor de mis sufrimientos. Es un hecho que no conozco la respuesta.

En momentos de angustia, llego a creer que esta condición de vida es permanente, que no va a cambiar, que estoy condenado a vivir así y entonces aparece la certidumbre de que un día voy a terminar con mi vida. Habiendo pasado mi juventud, hallándome en la edad madura, vislumbro (si bien todavía de manera un tanto lejana) la vejez sin poder imaginar ni remotamente cómo sería esta. Lo que sí puedo visualizar es la posibilidad de un día, no muy lejano, desaparecer de la faz de la tierra deseando que nadie me recuerde, como si no hubiera nacido jamás. Que no haya una tumba, ni cenizas, ni ninguna imagen ni documento que indique que alguna vez existí.

Hace tres años leí el libro de Viktor Frankl ‘el hombre en busca de sentido’ y si bien comprendí el sufrimiento gigantesco que enfrentó y superó (algo inimaginable en otras circunstancias), no me ayudó a encontrarle un significado ni un rumbo a mi vida; esta obra de la literatura pareció no tener ningún efecto en mí.

En los últimos meses he decidido cambiar el modo como vivo, encontrar una senda, dejar de vivir a la deriva, pero todo ha quedado en planes no estipulados con claridad, en la intención, en los primeros bocetos para volver a caer en una vida rutinaria, aburrida, tediosa, en buena medida dolorosa dominada por el resentimiento y la tristeza.

No sé cómo acercarme a otras personas, específicamente a una mujer que quiera establecer conmigo una relación significativa, de preferencia de pareja o si esto no fuera posible, de amistad cercana que implicaría pasar tiempo juntos, compartir nuestras vidas, nuestros deseos y nuestras aspiraciones; hacer planes a futuro y contar con una motivación real para poder volver a esforzarme.

Hace años me di por vencido porque volví a perder la voluntad de vivir y no parezco tener la capacidad de recuperarla. Una de las pocas motivaciones para seguir adelante ha sido hacer daño a las personas que me perjudicaron y contribuyeron a arruinar mi vida. El principal responsable fue mi padre, ya fallecido y a quien no puedo dejar de odiar; pero hay otros, como el ‘amigo’ que me pegó por la espalda en enero de 1998 (hace 21 años) dando el primer paso para mandarme de regreso a un infierno peor que el que ya conocía.

Por supuesto que esto es destructivo y no me es del todo satisfactorio reconocer que es un motor para seguir adelante. En psicología hay algo llamado “mecanismos de defensa”, dispositivos psíquicos de los que nos valemos los seres humanos para evitar enfrentar aquello que nos amenaza. No es lo más apropiado, pero su existencia tiene una justificación, aunque no todos son negativos.

Existen los mecanismos de defensa positivos, como lo es la sublimación. A este respecto, mi gusto por escribir pudiera convertirse en eso, en una manera positiva de darle cauce a mi destructividad sin lastimar a nadie. Para conseguir esto, habría que establecer un método y un objetivo, elegir cuidadosamente aquellas áreas de mi existencia cotidiana que son fuente de sufrimiento para escribir sobre ellas, describiendo eventos y situaciones para trabajarlos más tarde dándoles la forma de relatos de ficción.

Valdría la pena intentarlo.

Fin de semana difícil, decirle adiós a la mejor persona que he conocido en mi vida


Ayer domingo 27 de enero fue un día de lo más complicado. Acudí al sistema de seguridad social para que se me hiciera un examen médico, con intención de conseguir un documento para comprobar que había ameritado la atención, y después de pasar cuatro horas entre un hospital y una clínica, obtuve un papel que no sirve absolutamente para nada y para ello tuve que tratar con burócratas hostiles e inútiles, la clase de personas que se comprometen a ser una porquería. Parte de la realidad terrible del país en que vivo, al que justificadamente podría considerarse un estado fallido.

Durante ese tiempo pensé en el trance en que me hallaba —sintiendo mucha tristeza— al darme cuenta de que ha llegado el momento de alejarme de mi amiga Laura, la mejor persona que he conocido en mi vida, y a la que más he querido. Horas antes le había escrito diciéndole que no podía describir con palabras el pesar que me aquejaba al darme cuenta de que no iba a volver a verla, pero no podía seguir humillándome, mendigándole su amistad. Con esto me refiero a que el sábado 12 de enero (un día antes de la caída en bicicleta) acudí a la asociación psicoanalítica, y al desocuparme me dirigí al consultorio de Laura (relativamente cercano a la mencionada asociación) y no la encontré. Se lo comenté vía WhatsApp y ella me respondió un escueto “hoy empecé a las doce”.

En enero de 2018 había pasado por su consultorio un miércoles en que no trabajé porque acudí a mi cita en psiquiatría en el Hospital Civil y aproveché para visitar a mi querida amiga y entregarle un obsequio simbólico (la película Ordinary People, dirigida por Robert Redford, 1980). Laura se sorprendió al verme ahí (habíamos hablado por teléfono unas dos horas antes) y me saludó con mucho cariño y me abrazó. La visita duró unos cuantos minutos, pues Laura acababa de terminar una sesión de terapia para empezar otra inmediatamente. Poco más tarde, esta queridísima amiga me envió mensaje vía WhatsApp diciéndome que hubiera querido ofrecerme un café para acompañar la plática. Yo le respondí que no se preocupara, que yo entendía que estaba ocupada trabajando; no le dije que a mí me había hecho feliz ser recibido con tanto afecto por esa persona tan especial a la que considero el mejor ser humano que he conocido en toda mi vida.

Será fácil entender el contraste entre una situación y otra.

En las últimas semanas, me comuniqué con Laura vía WhatsApp con frecuencia, como lo he hecho habitualmente y al saludarla, quedaba implícito que yo tenía la esperanza de que pudiéramos platicar por teléfono aunque sea unos minutos, pero la respuesta de Laura siempre fue un saludo escueto, como para cumplir, y una despedida; deshacerse de mí por esta ocasión.

El viernes pasado sucedió esto último otra vez y le hice saber a esta todavía amiga que me había dolido el “cortón”. Ella reaccionó molestándose y después de un diálogo difícil, nos despedimos dejando la comunicación para mejor ocasión. El sábado Laura me saludó otra vez y a mí me pareció percibir de nuevo esa absoluta falta de interés en mí, como quien envía un mensaje por compromiso, lo que me lastimó y se lo hice saber. De nuevo Laura se enojó y el diálogo que se dio a partir de ese momento fue más difícil que el de la noche anterior. Con el paso de las horas, me di cuenta de que ya no hay nada que hacer, que Laura ya no quiere saber nada de mí y que esta relación de amistad ha llegado a su fin, lo que me provoca una tristeza profunda, que es el sentimiento más doloroso que conozco.

Tengo un duelo. No sé qué voy a hacer sin este bello ser humano en mi vida.

sábado, 26 de enero de 2019

Una idea respecto a Laura que no expresé con suficiente claridad

En una de las entradas anteriores expresé la idea de que Laura pudiera estar siendo violentada por una persona muy cercana a ella, y esa persona pudiera ser su cónyuge, otra psicóloga a la que se le conoce como agresiva. Si tuviera razón en esto, ¿sería tanta la necesidad de Laura de tener quien la “quiera” como para aguantar violencia cotidiana de esa persona? Otra posibilidad (aunque sería parte de lo mismo) es que Laura haya pasado muchos años (y hasta la actualidad) haciendo mucho más de lo que le toca, como había mencionado, cuidando a familiares enfermos de su cónyuge (como una hermana de Mirna, madre biológica del niño que Laura y su esposa han tratado de adoptar) y más tarde los padres de esa mujer, la cónyuge de Laura.

Sumando a todo esto las responsabilidades de Laura, como hacerse cargo de los dos hijos de su primer matrimonio, y las múltiples ocupaciones que involucra todo el trabajo que hace como psicóloga clínica en su consultorio particular y otras labores relacionadas con su profesión, esta bella mujer podría haberse convertido en una máquina que hace una barbaridad de trabajo, más de lo que se puede esperar de un ser humano. Diciéndolo de otra manera, Laura pudo haberse convertido en una esclava. ¿De quién? En primer lugar de su cónyuge y en segundo lugar de todas las personas relacionadas con esa persona. ¿Cuál sería su motivación para trabajar así, en jornadas agotadoras que desgastan a un ser humano en perjuicio de su calidad de vida y lo conducen a una tumba prematura? La necesidad de sentirse amada, de no estar sola.

Quisiera pensar que estoy equivocado porque sin lugar a dudas, Laura es la mejor persona que he conocido en mi vida y sin ser bonita, para mí es la mujer más hermosa del mundo. Ahora se ha ido de mi vida y esto se suma a mis problemas y agrava mi soledad. No puedo expresar con palabras la tristeza que siento.

Adiós, Laura. Te voy a extrañar y sin importar cuántos años me queden de vida, te llevaré siempre en mi corazón.

Laura se describe como asocial, algo que no encaja en lo absoluto con lo que yo he observado sobre ella

Laura se describe como asocial, algo que no encaja en lo más absoluto con lo que yo he observado sobre ella.

Esta hermosa mujer me comentó cuando era mi terapeuta vía telefónica que había jugado basket ball durante sus años de escuela (secundaria y/o preparatoria), a tan buen nivel que fue seleccionada estatal. Este es un deporte de equipo, y parece poco probable que alguien asocial lo practique y llegue a tener tan buen desempeño.

También me dijo que ella de niña “se pasaba las tardes leyendo libros en su habitación”, y en otra ocasión, que a la escuela se “llevaba un libro para leer en el recreo”. Por supuesto que Laura sí tiene el hábito de la lectura, es una mujer inteligente y culta y la actividad intelectual es algo natural en ella. Pero esa historia de la persona asocial que dice ser, me resulta absolutamente incongruente con lo que he observado en ella.

Cuando se casó, vi en su muro (o biografía) que uno de sus amigos de Facebook  felicitaba a las dos y les ofrecía su casa en Canadá, cuando quisieran visitar ese país, “ya tienen a donde llegar”. Laura fue con uno de sus hijos de su primer matrimonio a ese lugar remoto y muy frío a principios de 2015 y estuvo un mes allá, lo que fue posible porque ese amigo les dio alojamiento. En febrero de 2016, poco después de nuestro primer desayuno, Laura y su cónyuge visitaron Ensenada (en avión porque iban a estar allá unos cuantos días) donde un amigo las transportó de un lugar a otro o les prestó su automóvil.

Todo esto describe a una persona con muy buenas habilidades sociales, que si bien no es extremadamente popular, sí cuenta con un buen círculo social.

¿A qué puede deberse esta falsa presentación de sí misma? La respuesta pudiera hallarse en una mala relación con sus padres. Laura me comentó que su madre le había pedido que fuera a su casa a comer con sus padres en sábado. Esto porque la esposa de Laura trabaja un turno de 24 horas ese día y por tanto esta ausente el día completo. Parece lógico suponer que Laura se hallaba muy alejada de sus padres simplemente porque ellos le fallaron (tengo muy buenas razones para pensar en esta posibilidad). Esta hermosa mujer parece ser el tipo de persona que no se decide a alejarse de malas personas, sin importar la magnitud del daño que le hayan causado porque así lo dictan los cánones y tradiciones tanto religiosas como seculares.

Yo quiero a esta mujer como a nadie he querido en toda mi vida y tengo que hacerme a la idea de que mi relación con ella ha terminado, para siempre.

Laura, ¿cuál es el origen de su sufrimiento?

Sería irracional que me enojara con Laura por no tener tiempo para mí, pero no cuando es una situación permanente, que se da durante tiempos muy prolongados. Nos mantuvimos en contacto frecuente vía WhatsApp, pero no solamente fueron muy pocas las oportunidades en que pudimos vernos para ir a desayunar (dos veces en el 2018), sino incluso ni siquiera pudimos hablar por teléfono, más que en contadísimas ocasiones.

Tengo la impresión (casi la seguridad) de que Laura ha hecho mucho más de lo que le toca, asumiendo responsabilidades que no son suyas, como tener en su casa a los padres de su cónyuge e incluso visitándolos en diferentes hospitales cuando se les tuvo que internar por su mal estado de salud, además de trabajar en su consultorio, dar clases en una universidad, hacer otro tipo de trabajo como psicóloga independiente (por lo que mi admiración hacia ella ha ido en aumento) y las labores propias del hogar. También tiene dos hijos de su primer matrimonio y ese pequeño al que Laura y su esposa han intentado adoptar.

Durante el año 2016, mientras hablábamos por teléfono, en tres ocasiones Laura se puso a llorar, lo que me hizo sentir terriblemente mal. Sentí mucho pesar y culpabilidad por haber lastimado a la mejor persona que he conocido en mi vida, a la mujer a la que más he querido, pero luego me quedé pensando, ¿y si se tratara de otra cosa? ¿Y si alguien estuviera maltratando a Laura y al hablar conmigo de pronto apareciera ese sufrimiento aun sin ser yo el origen del mismo?

Dando como un hecho que su cónyuge es una persona agresiva, se sigue que es violenta y me parece altamente probable que ella esté tratando mal a Laura y ese sea el origen de su sufrimiento, por lo menos en parte. Quisiera pensar que estoy equivocado, pues yo sigo amando a Laura y no quiero que nadie la haga sufrir.

Y ahondando en el tema, cómo se dio la relación entre esa hermosa mujer y yo

Y respecto a la entrada anterior, tendría que decir que Laura es una mujer casada y yo en ningún momento le he hecho la corte, las razones parecerían obvias e innecesario mencionarlas, pero de todos modos lo haré.

Si hubiera pretendido iniciar una relación de pareja con ella, Laura se habría alejado inmediatamente de mí, pues su relación (con intención de que perdure hasta que la muerte se lleve a una de las dos), y aun si la situación fuera diferente, ¿qué podría ofrecerle? Esta es una de las dificultades que me encuentro al intentar iniciar una relación de pareja con una mujer, que teniendo más de 50 años no he construido un patrimonio, he hecho muy poco con mi vida y mis ingresos son bajos. Además estoy muy enfermo, no sé si tengo esperanzas de recuperación y sería difícil que una mujer entendiera el modo como he vivido; si tantos profesionales de la salud mental (psiquiatras y psicólogos) no tienen la capacidad de comprender una patología muy grave como la que me aqueja (trastorno límite de la personalidad [TLP]), ¿qué se podría esperar de otra gente?

A mediados de 2010, observando la cuenta de Facebook de Laura (lo que podía verse desde afuera) me enteré de que se había casado, y escudriñando un poco más, me enteré que se había casado con otra mujer. En el muro (biografía) de su ahora esposa, aparecían las fotos del evento, en un juzgado en el que se Laura y esa otra mujer se unieron en matrimonio, algo para mí perfectamente respetable.
Tiempo después, una psicóloga muy comunicativa me dijo que Laura y su esposa se habían hecho cargo de un bebé, cuya madre no estaba en condiciones de atenderlo. Recordé entonces que en algunas fotos del evento, Laura aparecía con un bebé en sus brazos y enterarme de eso me conmovió, se humedecieron mis ojos y exclamé “qué bonita Laura”. A partir de ese momento comencé a considerarla un bellísimo ser humano.

De su cónyuge en cambio yo no sabía nada y esa misma psicóloga tan comunicativa me informó que esa mujer trabaja en esa institución (SALME) en un puesto de jefatura, haciendo trabajo administrativo. Otra psicóloga (que me atendía en una institución pública en el año 2010) me comentó que la esposa de Laura trabajaba en fin de semana en una unidad de Cruz Verde. Años más tarde, otra psicóloga (en consulta) me preguntó ¿no has buscado a M?, pregunta que me desconcertó. ¿Para qué? Esta otra psicóloga (a quien curiosamente también había conocido en atención telefónica en SALME) me sugirió que la esposa de Laura podía atenderme, pero me mencionó a modo de advertencia, que se trata de una persona muy agresiva, que hace gala de una gran violencia verbal.

Unos días después le comenté a Laura que esa psicóloga (también conocida de ella) me había sugerido que me atendiera su esposa, M, y entonces Laura describió a su cónyuge como muy buena, pero agresiva, manejándolo de otra manera, simplemente como una característica de “su mujercita”.
Y pensando en todo eso, se me ocurre que es muy probable que esa psicóloga Mirna sea otra de esas psicólogas cuya historia de vida difícil han hecho de ella la clase de persona que va por la vida buscando a quien agredir, a quien lastimar, en contra de quien descargar su furia y su frustración; en otras palabras, un elemento indeseable.

Es un hecho que el Instituto Jalisciense de Salud Mental es una de esas instituciones públicas que no cumplen su función y están llenas de malos servidores públicos (con honrosas excepciones) que en el mejor de los casos, no hacen su trabajo; en el peor, hacen lo contrario a lo que debería ser su función, agreden a los usuarios. SALME es una vergüenza, una institución pública que no sirve y funciona (a un costo muy alto) con los impuestos que pagamos los contribuyentes.

La esposa de Laura podría ser uno de esos servidores públicos indeseables que no tienen conciencia de lo que hacen, ni les importa en lo más absoluto.

Laura se ha ido de mi vida, y no sé qué voy a hacer sin ella

Esta semana que se acerca a su fin ha sido particularmente difícil. El domingo anterior, 20 de enero, sufrí una intoxicación alimentaria, al parecer por haber comido pollo en mal estado, pero asistí a trabajar de lunes a miércoles. Esa noche del miércoles al jueves dormí poco y mal, despertando numerosas veces e incluso se me presentó diarrea a partir de las cuatro de la mañana. Al amanecer ya había decidido no ir a trabajar y se lo comuniqué a mi compañera Esmeralda, vía telefónica.

A este padecimiento se sumó el efecto del golpazo que me había dado al caer en mi bicicleta el domingo 13 de enero, en la que afortunadamente no sufrí ninguna fractura, pero sí me mandó a tres días de incapacidad que nadie me paga. Lo peor que me ocurrió fue que el jueves en la noche me comuniqué con mi amiga Laura vía WhatsApp con la esperanza de que pudiéramos platicar unos minutos y ella me dio el saludo habitual, para cumplir e inmediatamente después el cortón. Hola, adiós.

Esto me hizo sentir muy mal y se lo hice saber, lo que despertó en ella mucha molestia y enojo y de pronto comencé a pensar en algo que siempre he sabido, que no hay lugar en su vida para mí y que lo único que estoy haciendo es mendigarle su amistad, apelar a su caridad, que por lástima tenga comunicación conmigo y una o dos veces al año podamos ir a desayunar. Y esto se hace extensivo a las pocas personas que conozco, nadie tiene tiempo para mí, nadie tiene ningún interés en establecer una relación significativa conmigo, cercana, de afecto, de amor, en la que podamos compartir nuestras vidas en la medida de lo posible.

Y de pronto empiezo a sentirme muy enojado con Laura ante su insensibilidad al contemplar mi sufrimiento. Ella me aceptó como amigo hace tres años, en enero de 2016 en que me propuso que fuéramos a tomar café en un mensaje de WhatsApp y poco después en una llamada telefónica, “un desayunito”. Así lo hicimos, fuimos a desayunar por primera vez un sábado 30 de enero de 2016 y muy rápidamente cobré conciencia de la presencia tan fuerte que ella cobró en mi vida. Diciéndolo de manera más clara, me di cuenta de que estaba perdidamente enamorado de ella.

Laura comenzó a atenderme como psicóloga, vía telefónica al día siguiente de que murió mi padre (un hijo de puta bien hecho que arruinó mi vida y casi me destruyó) en diciembre de 2007 e inmediatamente se dio un nivel de comunicación muy alto entre nosotros. Sin tener conciencia plena de ello, yo me sentía muy atraído por las mujeres inteligentes y en Laura encontraba esa característica, acompañada de otras cualidades. La cercanía entre nosotros (pese a estarnos comunicando vía telefónica) me permitió decirle: “no sé cómo eres físicamente, pero por tu voz, tu personalidad, tu inteligencia, tu nivel de preparación y tu cultura, yo te veo como una mujer súper atractiva; y sin embargo, no me hago ilusiones de llegar a tener una relación de pareja contigo.”

Ella aceptó esto, que siguió dándose de forma frecuente y conforme fue transcurriendo el año 2008, comencé a tener problemas que estallaron en junio de ese año, en que una compañera de Laura (de triste memoria) se involucró conmigo sentimentalmente, violando la ética y las reglas, además de cometer adulterio pues estaba casada, para después arrepentirse y cometer una serie de faltas gravísimas en mi contra, incurriendo entre otras cosas en conductas delictivas; todo lo cual fue encubierto por la institución, el Instituto Jalisciense de Salud Mental.

A partir de entonces, mi realidad (de por sí difícil) se convirtió en una pesadilla de la que no me era posible despertar, y con mucha frecuencia degeneró en un verdadero infierno; pero Laura estuvo ahí para mí y gracias a ella pude sobrevivir. Si Laura no hubiera estado ahí atendiéndome, muy probablemente no hubiera sobrevivido, pues en mis crisis tan dolorosas que hacían surgir pensamientos suicidas, habría sido fácil que llegara a mi casa (donde vivía completamente solo y en la pobreza) y hubiera tomado un cutter para hacerme una incisión profunda en un brazo que provocara una hemorragia abundante que no fuera posible detener.

Esta mujer a la que quiero tanto tuvo que irse en abril de 2009, pues estaba cubriendo un interinato y yo tuve comunicación esporádica con ella, que terminó unos meses más tarde. Pasaron bastantes años y el destino hizo que volviéramos a encontrarnos a mediados de 2015, esta vez en persona. Ese año vi a Laura tres veces en consulta, dos en el mes de julio, una en el mes de diciembre y como decía a principios de esta entrada, en enero de 2016 nos hicimos amigos.

Esa amistad ha terminado y no puedo describir con palabras la tristeza que siento. Se ha ido de mi vida la mujer a la que más he querido en toda mi existencia y no sé qué voy a hacer sin ella. Me siento terriblemente mal.

miércoles, 23 de enero de 2019

Día de agotamiento y enfermedad, decido no preocuparme por lo que pudiera suceder...


Salí a comer (más bien me tomé mi tiempo de descanso, pues estoy omitiendo esa comida) y le envié dos mensajes vía WhatsApp a la mujer que amo, mismos que ella evitó leer y por supuesto, responder. Regresé a la oficina después de las seis, pero muchos de mis compañeros todavía no se iban, lo que supone una molestia para mí pues a partir de esa hora quisiera estar solo.

Soy demasiado sensible a las actitudes de otras personas y me hice el propósito de que la inacción de esa mujer tan hermosa que ha conquistado mi corazón no haya siquiera leído mis mensajes, no me haga sentir mal, y mucho menos me vaya a provocar que se me venga el mundo encima. Si ella llegara a confrontarme, yo le respondería que hace muchos años, cuando la conocí (vía telefónica) me di cuenta de que tiene una inteligencia muy fuera de lo común, un cociente intelectual muy alto, y si pone atención a lo que he escrito sobre ella, se dará cuenta de que no tiene nada de que preocuparse.

En los últimos tres días (lo que lleva de la semana) he sentido un tremendo cansancio físico, acompañado de un malestar estomacal, como si no digiriera lo que como y con un dolor abdominal difícil de describir. Anoche me desperté a las 3:30 horas y después de tomar agua, me tendí boca arriba haciendo un esfuerzo por relajarme y respirar profundamente, palpando mi abdomen con mis manos; mi imaginación desbordada me había llevado a pensar en la posibilidad de que se estuviera desarrollando un cáncer en mis entrañas, pero las palmas de mis manos no detectaron ninguna protuberancia y con la ayuda de un cuarto de tableta de Clonazepam, pude volver a dormir.

Desperté bastante tarde, alrededor de las 8:30 horas habiendo dormido unas nueve, pero sintiéndome cansado y con el cuerpo adolorido por el accidente ocurrido hace ya más de una semana. Bajé a tomar café con una rebanada de pastel comprado por mi madre con motivo de su cumpleaños (setenta y siete, hoy 23 de enero) mientras miraba unos videos musicales en youtube. Después me comí mi avena hervida en agua con pasitas y subí a bañarme con agua fría, como hago todos los días del año. El cansancio y el dolor seguían presentes, junto con un aletargamiento y una tristeza profunda acompañada de un desgano, pero curiosamente sin la sensación de que iba a suceder ninguna calamidad.

Y sin embargo, el transcurrir del día ha sido bastante difícil. A la hora a la que se vacía la oficina porque todo mundo se va a comer, dormí unos minutos (posiblemente 20) y al despertar continué con mi trabajo sintiendo que caminaba muy agotado por un terreno abrupto, árido y aburrido. Algo positivo es tener vacía el área a mis espaldas, pues las personas que ahí trabajan asistieron a un curso que duró todo el turno laboral y eso me dio la libertad de moverme cómodamente, sin sentirme observado si bien no tengo nada que temer, pues en ningún momento he hecho algo indebido.

El mayor sufrimiento en mucho tiempo ha sido mirar hacia atrás y contemplar mis enormes pérdidas. Hace poco (posiblemente dos semanas) me enteré de que mi queridísima amiga estaba redactando un informe sobre una investigación que hizo, me lo dijo en una fugaz conversación telefónica mencionando unas entrevistas que poner por escrito, resultaba más difícil de lo esperado.

Pensé entonces en las grandes capacidades de esta mujer extraordinaria a la que considero la mejor persona que he conocido en mi vida, y en lo mucho que me supera. Esto último no es motivo de sufrimiento, pues puedo aceptar que ella sea mejor que yo (algo de lo que no tengo duda), pero sí lo es el hecho de que todos mis años de inactividad me impidieron desarrollar facultades que de otra manera me habrían permitido realizar trabajos más acordes con mi formación académica y mis facultades, con una remuneración mucho mayor que la que percibo en mi trabajo monótono, aburrido y en gran medida ajeno a mí.

Te quiero mucho, amiga. Tú sabes quién eres.

Devolver golpes, y mi filosofía de la vida


La hermana menor de mi enemigo me buscó en la red social Facebook, habiendo creado un perfil apócrifo, inventando una identidad inspirándose en una prima radicada en el estado de Morelos. Su intención era insultarme por el daño infligido a su familiar, con a su esposa y sus hijos.

Leer la sarta de majaderías me produjo hilaridad y una satisfacción innegable, lo primero porque esta mujer (con una licenciatura en nutrición) escribe como el típico analfabeta funcional; y lo segundo porque el que se tomara tantas molestias para comunicarse conmigo indicaba que la afectación a su hermano, mi enemigo, había sido grave.

La existencia de ese individuo patético y cobarde que selló su destino cometiendo una infamia incalificable se halla caracterizada por el deterioro que se precipita sobre un ser humano cuando este decide acabar con su vida de una manera lenta, que tomará años, en lugar de hacerlo de golpe. Eso sí es cobardía, pues buscando evitar el terror de enfrentar una muerte inmediata, prefiere que la vida se disuelva lentamente, sin darse cuenta de que este proceso es mucho más doloroso y destructivo no solamente para él, sino para quienes lo rodean.

Sus familiares quieren señalarme a mí como responsable, lo cual no me preocupa en lo más absoluto y en cambio me produce un bienestar que no voy a negar. No me gusta dármelas de rudo, pero este es otro caso de un individuo que pensó que podía hacerme daño y seguir con su vida, que no tenía nada que temer de mí. El que sus seres queridos salgan muy lastimados al presenciar  la autodestrucción de este imbécil, no me produce ninguna satisfacción, pero tampoco ningún pesar. Cuando el suicidio de este hijo de puta se haya consumado (no tomará mucho tiempo pues el reverendo maricón es de una constitución física muy débil) me habré anotado otra victoria en uno de mis deportes favoritos, devolver golpes, con grandes dividendos para quienes me vieron vulnerable y se ensañaron conmigo.

Yo no creo en Dios, no creo en el perdón y no creo en la piedad para personas despiadadas. Después de decir esto, quiero aclarar que esta es solo una faceta de mi persona, pues en el otro lado hay una fuerte tendencia a hacer el bien, a llevar una vida correcta y ordenada, a buscar la justicia y a considerar el amor el bien supremo que debería regir la conducta de todo ser humano.

Solamente estoy pensando en voz alta.  

Sentirme cerca del final, no sé si sea real


Siento que mi vida podría terminar en cualquier momento, que posiblemente no llegue a mi próximo cumpleaños, que debería ocurrir dentro de tres meses y cuatro días. A mi alrededor se dan acontecimientos inusuales, sin que nadie me informe sobre la razón de los mismos. Mi salud se ha deteriorado en los últimos días, una serie de síntomas físicos y psíquicos que en su conjunto indican que en mi organismo se desarrolla una enfermedad orgánica grave que acabará conmigo en cuestión de semanas.

¿Y qué siento? Solamente fastidio. El malestar provocado por esos dolores en mis entrañas difíciles de describir  me ha provocado mucho agotamiento, tanto que he pasado más de nueve horas en la cama, en un profundo sueño que se ha visto interrumpido solamente cuando he sentido la necesidad de tomar agua u orinar.

¿Debería preocuparme que el final esté tan cerca? Pienso que no, es más bien un alivio. Mi madre (que hoy cumple 77 años de edad) está todavía en muy buenas condiciones tanto físicas como mentales y tiene dos hijas que tienen la obligación de hacerse cargo de ella. Yo estoy demasiado cansado y permanentemente deprimido, sin objetivos y sin metas, sin el deseo ni la voluntad de seguir adelante, aburrido, hastiado, triste…
Parece afortunado que se presente una enfermedad de alta letalidad, pues me releva de la enorme tarea de trazar un plan para acabar con mi vida, algo que sería muy difícil llevar a cabo porque requeriría de una enorme cantidad de tiempo, energía y dedicación que no tengo e incluso la incapacidad para realizarlo contribuye a disminuir todavía más la pobre opinión que tengo de mí.

Una vez que suceda, alguien tendrá la tarea de llevar mis cenizas a un lugar lleno de vida y depositarlas donde el viento pueda esparcirlas de una forma más o menos uniforme sobre una vegetación perene, de esa que nos obsequia oxígeno, sombra y humedad relativa, la que al destruir aceleramos el deterioro del único entorno que tenemos, cometiendo así un suicidio colectivo.


martes, 22 de enero de 2019

Las verdaderas tragedias en mi país


Nombraré lo que considero verdaderas tragedias en mi país, sin ningún orden en particular.

La descomposición social de la sociedad. Es un hecho que frecuentemente, vehículos de carga sufren algún accidente en carretera, y los habitantes de poblaciones cercanas acuden a llevarse la mercancía, en un acto de robo vulgar y descarado (al que se le da el nombre de rapiña) como si no supieran que esos artículos tienen un dueño y tomarlos constituye una flagrante violación a la ley. La autoridad no hace nada y muchos millones de mexicanos consideran un derecho tomar lo que no les pertenece. Una gran parte de la población de mi país es gente bien dada a la chingada.

Otra tragedia son los feminicidios, mujeres de todas las edades (si bien más frecuentemente jóvenes) que por ejemplo acuden a una entrevista de empleo y desaparecen, en ocasiones sus restos son encontrados días o semanas más tarde, habiendo sido ultrajadas y asesinadas.

Gente de todas las edades, desde bebés hasta ancianos que desaparecen todos los días como si se los hubiera tragado la tierra, lo que para sus deudos constituye una pesadilla sin fin, para el resto de su vida.

La tragedia de la Guardería ABC en Hermosillo, ocurrida en el año 2009 en que 49 bebés murieron a causa de un incendio provocado porque en el lugar se almacenaba papelería que evidenciaba delitos y actos de corrupción. Esa es una tragedia gigantesca por haberle ocurrido a las personitas más inocentes, más indefensas y más vulnerables.

La mayor tragedia es una población que sigue creciendo habiendo alcanzado una cifra (cercana a los 120 millones de habitantes) que constituye un desastre absoluto para un país donde priva la pobreza, la ignorancia, la corrupción y muchos millones de sus habitantes parecen tener la férrea voluntad de demostrar que la inferioridad racial existe, es innegable y constituye un problema irresoluble.

Hablando a título personal, esta es parte de la realidad que me abruma y que puede arrancarme lágrimas cuando me siento vulnerable, a diferencia de acontecimientos afortunados como la muerte de delincuentes intocables o cualquier tipo de basuras humanas.

Una supuesta tragedia, estupidez llevada al extremo


El lunes 24 de diciembre de 2018, hace un poco menos de un mes, el día resultaba difícil, pues seguía padeciendo las secuelas de lo que había sucedido el domingo 9 de ese mes, dos semanas antes. Después de intentar hablar con una psicóloga de nombre Leticia, de la Secretaría de Salud del Estado de Guanajuato (una tipa muy idiota, aparte de desequilibrada), llegué a casa y me senté en la sala sintiendo una tremenda frustración, pensando en lo difíciles que podrían ser las horas siguientes en una fecha importante para mi madre, que ya había comenzado con la cena de Navidad, uno de esos gestos tan bonitos de la autora de mis días. Ella se hallaba en su habitación durmiendo una siesta. Yo hice uso de mi Smartphone, metiéndome en la red social Twitter cuando de pronto encontré información en relación a la caída de un helicóptero, en que viajaban dos de los peores delincuentes del Establishment mi país, Rafael Moreno Valle, ex gobernador del estado de Puebla y su esposa Marta Érika Alonso, ahora gobernadora de esa entidad.

Los tweets hablaban de una tragedia y subrayaban el hecho de que eran adversarios (políticos), no enemigos. Este evento cambió mi estado de ánimo, dándole un giro de 180 grados, casi me puse a brincar de alegría. Inmediatamente di respuesta a algunos de esos tweets que expresaban pesar por la pérdida de dos vidas humanas, o que “lamentaban la tragedia” y escribí otros, en los que aclaraba de manera categórica que consideraba este hecho, la muerte de dos psicópatas, delincuentes intocables, basuras humanas, un acontecimiento muy afortunado y lo único que tenía sentido para mí era sentirme feliz.

Inmediatamente recibí respuesta de algunos usuarios de esa red social, diciéndome que no estaba bien alegrarse por una tragedia (incomprensible necedad llamarle así a la muerte de gente de lo peor), a lo que yo respondí que respetaba su punto de vista, pero no lo compartía. Algunos usuarios me dieron block o dejaron de seguirme (esto último más difícil de detectar) e inmediatamente yo escribí un tweet que rezaba:

“Si alguien quiere darme uf (unfollow) o block por no ser tan idiota como para lamentar la muerte de basuras humanas, bienvenido sea”.

La Navidad fue una fecha agradable en parte gracias a este acontecimiento tan afortunado, a que dos seres humanos atroces hayan sufrido una accidente (en el supuesto de que fuera tal cosa, me parece muy probable que se haya tratado de un atentado), algo que además de justo, será muy benéfico para los habitantes del estado de Puebla y en menor medida para los habitantes del resto del país, que hemos presenciado uno de los fenómenos de la vida, que su fin (es decir la muerte) es una realidad para todos y nadie puede escapar a ella, ni siquiera psicópatas intocables como Rafael Moreno Valle y Martha Érika Alonso.

Me doy permiso de alegrarme cuando algo malo le sucede a gente de lo peor, no pido disculpas a nadie ni me siento mal por ello.

Mi soledad, mis intereses y una posible solución al problema


Tengo más de 50 años, en poco más de tres meses tendré 55 y pese a mis buenas condiciones físicas y cognitivas, no es posible disimular mi edad. Es un hecho que ya no tengo la energía que tuve en mi juventud, y lo que me preocupa es la dificultad para encontrar una pareja, y para desarrollar una relación que perdure.

Es cierto que no quiero una relación con una mujer joven, sino con una de más de 40 años, por la brecha generacional que aparecería con una mujer nacida cuando yo tenía más de 20 años de edad, y porque muy probablemente esa mujer querría tener hijos, algo que jamás ha estado en mis planes, mucho menos teniendo más de medio siglo de edad.

Por otra parte, mi madre cumplirá mañana 77 años de edad, en un buen estado de salud tanto físico como mental. El único deterioro de consideración que ha sufrido es el del sentido del oído, oye solamente por el derecho, un poco. Por lo demás, muestra muy buenos niveles de energía y pasa mucho tiempo leyendo diferentes géneros de novelas (compradas a partir de mayo del año pasado a amazon.com, formato Kindle).

En tiempos recientes he informado a mi madre sobre acontecimientos importantes de mi vida, algo que habría sido difícil hacer en otro momento porque pese a su edad, parecía no contar con la madurez necesaria para asimilar esa información. He llevado a cabo acciones que pocas personas se atreven a hacer, porque involucran riesgos muy altos respecto a posibles consecuencias, no tanto legales pues lo que he hecho no viola la ley, sino que podrían dar lugar a escándalos y daños a la reputación propias y de otras personas.

A decir verdad, sí he asumido conductas que han puesto en riesgo a otras personas, pero en los casos en que sucedió esto, hubo siempre la justificación de que esas gentes me agredieron, pensando que soy inofensivo, un individuo insignificante, débil al que cualquiera puede pisotear sin temer ninguna consecuencia por ello. Algunas de esas personas no han acabado de arrepentirse, otras ya se fueron de este mundo.

Al hablar con personas significativas, por ejemplo en el ámbito laboral, he expresado que hay principios que rigen mi vida y la cobardía no es uno de ellos. He sido congruente con mis ideas y he tenido la ocasión de demostrar la veracidad de lo que digo de forma inmediata, dejando poco lugar para la duda. Siendo así, no alcanzo a entender por qué me preocupa (o me lastima) tanto lo que otras personas piensen de mí, por ejemplo ante habladurías de alimañas como mi compañero en la oficina, el alfeñique con puesto de jefatura que se dedica a esparcir rumores, chismes e intrigas y los efectos que su ponzoña pueda tener en el modo como me ven otros compañeros, y en su actitud hacia mí.

Es un hecho que mi soledad me duele, pues si soy un solitario no es porque esa sea mi naturaleza, sino debido a mi patología, que me dificulta tanto convivir con otras personas y desarrollar relaciones significativas. Sin embargo, también es cierto que buena parte del tiempo deseo dedicarme a actividades en solitario; por ejemplo, mi trabajo consiste en traducir documentos; mi deporte es el ciclismo, al que hay que dedicarle bastante tiempo de entrenamiento de preferencia solo, por las necesidades individuales, diferentes en cada ciclista; la lectura y el hábito de escribir e incluso al convivir con alguien, prefiero que sea con una sola persona, pues tener más gente participando en una conversación da lugar a distracciones y la pérdida del enfoque en el tema del que se habla.

 Había pensado antes de concebir la idea de recurrir al psicoanálisis como una forma de terapia, en tomar un curso de escritura creativa, en parte por la actividad, y en parte por conocer a otras personas con intereses comunes a los míos. Es un hecho que al relacionarme con otras personas, ya sea buscando una relación de amistad o de pareja, prefiero hacerlo con el género femenino, pues la posibilidad de que aparezca la detestable competencia es más probable al involucrarme con individuos del sexo masculino, donde el narcisismo patológico parece ser mucho más frecuente.


lunes, 21 de enero de 2019

Sufrimiento cotidiano, una vida caracterizada por la enfermedad y contar con una persona especial


Una dama de Twitter, maestra normalista, escribió un tweet hablando de niños con problemas, cuyos padres dicen no saber qué hacer respecto su comportamiento, y hallándome en un momento de vulnerabilidad, respondo que es la historia de mi vida, que padecí TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) que nunca se detectó y al crecer desarrollé TLP (trastorno límite de la personalidad) que arruinó mi vida. Lo que no mencioné es que mi existencia ha estado caracterizada por la violencia, desde el principio, y eso no ha cambiado.

En días pasados (bastantes, semanas de hecho) se ha presentado en mi mente una idea (o conciencia, debiera decir) de que pese a que en mi empleo se me considera excelente por mi desempeño, calidad de mi trabajo, la velocidad a la que lo hago, disciplina, puntualidad y asistencia, etc., al mismo tiempo se me considera un problema. ¿Qué aberración es esa?

Esto a raíz de que hace tres meses (en octubre del año pasado), las autoridades de la empresa me mandaron a descansar, y me pidieron un certificado de persona no peligrosa; esto debido a un conflicto con un compañero que tiene más de 10 años en la compañía y un mal historial porque le ha hecho la vida difícil a otros compañeros, de hecho tiene una muy mala reputación.

En otro tweet mencioné la enfermedad como una forma de vida, implica un sufrimiento tremendo al que no puedo acostumbrarme y estoy cansado de vivir. Después de que el segundo domingo de diciembre tomé conciencia de lo grave que es mi trastorno límite de la personalidad, comencé a mirar hacia atrás y a contemplar mi vida con sus enormes pérdidas en lo laboral —que implican la imposibilidad de formar un patrimonio e ir por la vida con la frente en alto—, vivir sin trabajar por lo grave que es la patología, con el desprecio de tantas personas a quienes no les afecta en lo más absoluto el modo como vivo, y la violencia que más duele: la de la familia nuclear.

El sábado pasado volví a ejercitarme en mi bicicleta de carreras (sobre rodillos) y el esfuerzo fue considerable, en parte porque tenía energía acumulada por no haber tenido actividad física (excepto por el jueves anterior) y en parte porque el ejercicio intenso hace que mi cerebro produzca endorfinas que me provocan un “high” y en parte me he vuelto un adicto a esa sensación: no menos importante, que la lectura de mi velocímetro (cyclocomputer) siga avanzando, con una idea que aunque sé que es irreal, no puedo expulsar de mi mente: que alcanzar ciertas cifras va a dar lugar a grandes acontecimientos a mi vida.

El modo como vivo ya no es tan caótico ni carente de objetivos como lo fue en años pasados, pero todavía no me disciplino para perseguir las metas que me planteé hace unos tres meses: continuar estudiando el idioma inglés (de una manera formal, estructurada) y leyendo las grandes obras de la literatura inglesa, en el idioma original.

Los fines de semana ya no están caracterizados por esa conciencia de que no estoy siguiendo ninguna trayectoria, ninguna ruta que pueda darle sentido a mi vida, pero sigo sintiendo culpabilidad por no disciplinarme y aplicarme al estudio y a poner orden en mi vida. Creo que si lograra esto, dejaría de sentir tanto dolor psíquico por mi soledad, o por lo menos este sería menos intenso.

En una de las entradas anteriores (escritas ayer domingo) había mencionado a la directora de mi departamento y a un posible alejamiento permanente, lo que sería bastante problemático, pero tendría que aprender a vivir con eso. Hoy apareció como una hora después de mi llegada y me saludó de la manera habitual, algo que me tranquilizó. Había pensado en esa posibilidad y este acontecimiento afortunado me recuerda lo mucho que tiendo a ubicarme en el peor de los escenarios, temiendo el desastre casi cotidianamente, como una forma de vida.

Como mencioné en una entrada anterior, reciente, el sábado pasado decidí no acudir a la cita en la asociación psicoanalítica por el malestar que sentía, porque el terapeuta sería del sexo masculino, y porque finalmente sentí que lo que necesito es una terapia racional que me enseñe a enfrentar mi realidad cotidiana sin perder la perspectiva, y a no violentar a otras personas de ninguna manera, particularmente cuando se trata de gente que no tiene nada que ver con la situación difícil que me aqueja. Con esto último me refiero a esa mujer que una vez fue mi terapeuta y que hizo tanto por mí (posiblemente sin ella no hubiera sobrevivido) y desde hace prácticamente tres años es mi amiga. El viernes en la noche mostré un mal comportamiento hacia ella y ayer domingo me disculpé, recibiendo una respuesta extraordinaria, una vez más.

Le he expresado a ella y a otras personas que es la mejor persona que he conocido en mi vida, y con cierta frecuencia vuelvo a constatarlo. Gracias querida amiga, tú sabes quién eres.

domingo, 20 de enero de 2019

Reevaluando lo que mi empleo ha aportado a mi vida, mis enormes avances

En las horas que le quedan al día (hasta las once de la noche) deberé hacer una llamada telefónica a otra entidad de la república, buscando a mi terapeuta Celia, una joven psicóloga con especialidad en psicoanálisis. Le hablaré de mi decisión de no asistir a la cita del sábado (ayer) con el terapeuta Juan Carlos y de la crisis que se detonó el viernes por la noche.

Pensando en esto último, debería toma en cuenta la posibilidad de que esté equivocado respecto a la directora de mi departamento, que en realidad ella no esté tan enojada o tan molesta conmigo y su actitud distante se deba más bien a que está enfrentando problemas (como la pérdida de documentos de pruebas analíticas) que pudieran acarrear serias dificultades. Y pensando en la posibilidad de que esa mujer sí esté molesta conmigo, esa animadversión hacia mí no tendría por qué durar mucho tiempo, pues de alguna manera somos afines, en parte por la edad (ella tiene dos años menos que yo) y en parte porque tenemos ciertas características comunes, como el mismo origen geográfico y un cociente intelectual alto (si bien ella ha hecho mucho con su vida y yo no he hecho casi nada con la mía).

Por otra parte, tengo que recordar lo que este empleo ha traído a mi existencia. No gano mucho dinero, pero tomando en cuenta el modo como viví casi toda mi vida adulta, careciendo de un empleo y en consecuencia sin tener ingresos, sin dinero, cayendo incluso en pobreza alimentaria con todo lo que ello implica (mi soledad y el agravamiento de mi patología mental, por ejemplo), en la actualidad parezco ser un hombre rico, cuya fortuna se revalida cada catorce días.

Cada mañana bajo a prepararme una taza de café, después de lo cual me dirijo a la sala y enciendo la Smart TV, que es el segundo aparato de televisión que compro en los últimos años (el primero fue una pantalla, pues ignoraba la existencia de la llamada ‘televisión inteligente). Me ejercito varios días por semana en mi bicicleta Cannondale, que compré usada en el último fin de semana de octubre de 2016 pero aparenta ser nueva, en las zapatillas y los shorts, casco y demás implementos de mi deporte (el ciclismo) que tengo a mi disposición, además de toda la ropa y los pares de zapatos que he adquirido, y el orden que contar con un empleo ha traído a mi vida. Posiblemente lo más importante: ser autosuficiente y ganarme el respeto (y posiblemente el odio) de otras personas.

Todo esto es muy valioso y vale la pena contemplarlo y tenerlo presente en todo momento, especialmente en los momentos difíciles en que siento que el trato que he recibido en el departamento al que pertenezco no ha sido justo (algo que indudablemente es cierto). También tengo que encontrar la manera de dejar de darle tanta importancia a las actitudes de otras personas (sobre todo de las que tengo a mi alrededor) y de lo que puedan pensar de mí. Tengo que desarrollar una mayor capacidad de análisis, algo así como una terapia en la que piense detenidamente las posibilidades de que algo esté ocurriendo (evaluando la posibilidad de que no sea así) y si el fenómeno en cuestión estuviera llevándose a cabo, en qué medida me afectaría.

Uno de mis grandes problemas es la soledad en la que vivo, y otra tarea pendiente es aprender a relacionarme con otras personas, sin grandes expectativas (por lo menos al principio) y aprendiendo a ser más tolerante y menos obsesivo ante la falta de inteligencia, de capacidad de raciocinio o de formación académica o cultural en otras personas.

Son tareas pendientes que puedo empezar a llevar a cabo.

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...