Hoy es jueves, uno de los dos días de la semana en que tengo
la oportunidad de hablar (vía telefónica) con una terapeuta de nombre Celia,
que tiene una especialidad en psicoanálisis. El domingo de la semana pasada no
me fue posible comunicarme con ella, y haciendo una excepción se me pidió que
la buscara al día siguiente, lunes por la mañana, pero no la encontré y no pude
volver a llamar porque tenía que irme a trabajar.
Celia es una de las terapeutas con las que hablo que conocen
a grandes rasgos la historia de mi vida y mis dificultades en la actualidad,
derivadas de mi pasado tan difícil. En los últimos días he pensado (como ocurre
la mayor parte del tiempo, pero con mayor intensidad) en que hubiera querido
morir hace muchos años (en 1995), que sobreviví y no sé para qué. He caído en
un profundo estado depresivo por diversas causas, la última (y posiblemente la
más importante), el conflicto que tuve con Laura, la mejor persona que he
conocido en mi vida, y a la que más he querido.
Extrañamente el día de hoy ha sido bueno, comenzó bien con
una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras que no implicó una gran
intensidad ni tampoco una larga duración, fue algo así como un entrenamiento de
recuperación a intensidad baja – media, pero me hizo sentir bien tanto física
como anímicamente. Haber perdido peso, hallarme muy debajo de los 80 kg
(posiblemente en 75), podría ser otra causa del bienestar que siento, pues no
solamente lo noto en mi apariencia, sino en la facilidad y la fluidez con la
que me muevo, todavía mejor que de costumbre.
En lo que se refiere al ámbito laboral, he trabajado con
mucha rapidez, encontrando que toda la práctica acumulada se está reflejando en
la calidad de mis documentos. Como había expresado antes, conseguir este empleo
(hace tres años y nueve meses) dio un giro a mi vida, lo que la mejoró en gran
medida, pero también tuvo como efecto que comenzara a contemplar mi pasado,
sobre todo los 17 años entre 1998 y 2015 en que me fue imposible conseguir un
empleo (trabajé por periodos, pero fueron labores de muy bajo nivel,
denigrantes de hecho) y darme cuenta de que ese periodo de tiempo tan
prolongado implicó pérdidas gigantescas ha provocado un sufrimiento que en
ocasiones no he podido manejar.
Y en las horas acontecidas en este día, último del primer
mes del año, he sentido una extraña tranquilidad, y un bienestar
desacostumbrado. No he sentido animadversión hacia ningún compañero de la
oficina (si bien habría que aclarar que el infame que me hizo la vida difícil
desde mediados de 2017 se tomó unos días de vacaciones), y en cambio he sentido
la satisfacción de realizar una buena labor, de manera rápida y eficiente (algo
habitual) cobrando conciencia de que debo dejar de depender de la buena
impresión que pueda causar en otras personas Con esto no quiero decir que no
sea necesario el reconocimiento, más bien quiero expresar la idea de que es
necesario tomar en cuenta a las personas significativas en cada ámbito en el
que me muevo, y desentenderme del resto de la gente que me rodea, especialmente
si tienen malas características.
Posiblemente lo que estoy sintiendo es más seguridad en mí
mismo, pues si bien tengo más de 50 años de edad con una trayectoria laboral
que correspondería a la de un hombre de la mitad de mi edad, he preservado un
estado de salud casi óptimo que a cualquier observador le resultaría muy
evidente. Con esto quiero decir que mi estilo de vida consistente en cuidar mi
alimentación, ejercitarme periódicamente, evitar el abuso de sustancias y
perder horas de sueño innecesariamente, se reflejan en mi apariencia y en mi
desempeño físico, si bien esto último es evidente casi exclusivamente para mí,
pues no tengo un público mirando mi actividad deportiva. Simultáneamente,
vuelvo a cobrar conciencia de que pese a no haber concluido una licenciatura en
ingeniería, mi formación académica es muy sólida, lo que se refleja en el
contenido de los documentos que traduzco de un idioma a otro, y en una
actividad en apariencia sin importancia, como es participar en la red social Twitter,
frecuentemente se manifiesta mi nivel cultural cuando escribo tweets que tienen
que ver con literatura, o historia, o conocimientos generales, con una buena
dosis de ingenio. Si otras personas lo aprecian o no (dando likes o RTs),
resulta menos importante; como dije antes, mi autoestima ya no depende tanto de
lo que piensen de mí otras personas.
Un asunto muy importante es que en tiempos recientes (tres
meses, de hecho) sentí un malestar que fue en aumento porque percibí mi
situación en mi empleo como injusta, por haber recibido un trato que no
merezco, lo cual no deja de ser cierto y con esto me refiero a la cantidad de
problemas que comencé a tener desde mediados de 2017 en que mi compañero
alimaña, el maestro del chisme y la intriga, se dio a la tarea de vomitar
veneno sobre mí, hablando falsedades a mis espaldas, lo cual provocó que varias
personas de mi departamento mostraran actitudes de rechazo hacia mi persona, de
diversas formas y en diferentes medidas, pero que en todos los casos me provocó
un sufrimiento tangible, a tal grado que el trabajo se convirtió en una
pesadilla.
Poco a poco las cosas comenzaron a cambiar, pero en agosto
de 2018 llegó una mujer relativamente joven al departamento al que pertenezco,
que me fue presentada y con quien mostré una actitud y un comportamiento
absolutamente correctos para que ella fuera manipulada por su subalterno (el
maestro del chisme y la intriga) y en muy poco tiempo comenzara a mostrar una
hostilidad pasiva hacia mí, con gran intensidad. Esto me provocó una serie de crisis
que desembocaron en que se me mandara a descansar y de paso a conseguir un
certificado de persona no peligrosa para que se me permitiera regresar a
laborar.
Percibí todo esto como injusto porque se me ha considerado
un empleado muy competente, muy responsable, absolutamente confiable que cumple
con todos los requerimientos, incluidos la productividad, la puntualidad, la
asistencia y la disciplina y al mismo tiempo, se me ha considerado un problema,
lo cual constituye una verdadera aberración.
Y de pronto, cuando las cosas han comenzado a mejorar para
mí me doy cuenta que ese trance tan difícil y doloroso, ya superado, podría dar
un resultado positivo para porque mis compañeros, sobre todo aquellos que se
dejaron manipular por el infame, se han dado cuenta del error que cometieron y
ahora me aprecian más que antes, y detestan (si bien en silencio) a la alimaña,
al virtuoso de la intriga.
De alguna manera se ha hecho justicia.
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