jueves, 31 de enero de 2019

Último día del primer mes del año, un bienestar desacostumbrado


Hoy es jueves, uno de los dos días de la semana en que tengo la oportunidad de hablar (vía telefónica) con una terapeuta de nombre Celia, que tiene una especialidad en psicoanálisis. El domingo de la semana pasada no me fue posible comunicarme con ella, y haciendo una excepción se me pidió que la buscara al día siguiente, lunes por la mañana, pero no la encontré y no pude volver a llamar porque tenía que irme a trabajar.

Celia es una de las terapeutas con las que hablo que conocen a grandes rasgos la historia de mi vida y mis dificultades en la actualidad, derivadas de mi pasado tan difícil. En los últimos días he pensado (como ocurre la mayor parte del tiempo, pero con mayor intensidad) en que hubiera querido morir hace muchos años (en 1995), que sobreviví y no sé para qué. He caído en un profundo estado depresivo por diversas causas, la última (y posiblemente la más importante), el conflicto que tuve con Laura, la mejor persona que he conocido en mi vida, y a la que más he querido.

Extrañamente el día de hoy ha sido bueno, comenzó bien con una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras que no implicó una gran intensidad ni tampoco una larga duración, fue algo así como un entrenamiento de recuperación a intensidad baja – media, pero me hizo sentir bien tanto física como anímicamente. Haber perdido peso, hallarme muy debajo de los 80 kg (posiblemente en 75), podría ser otra causa del bienestar que siento, pues no solamente lo noto en mi apariencia, sino en la facilidad y la fluidez con la que me muevo, todavía mejor que de costumbre.

En lo que se refiere al ámbito laboral, he trabajado con mucha rapidez, encontrando que toda la práctica acumulada se está reflejando en la calidad de mis documentos. Como había expresado antes, conseguir este empleo (hace tres años y nueve meses) dio un giro a mi vida, lo que la mejoró en gran medida, pero también tuvo como efecto que comenzara a contemplar mi pasado, sobre todo los 17 años entre 1998 y 2015 en que me fue imposible conseguir un empleo (trabajé por periodos, pero fueron labores de muy bajo nivel, denigrantes de hecho) y darme cuenta de que ese periodo de tiempo tan prolongado implicó pérdidas gigantescas ha provocado un sufrimiento que en ocasiones no he podido manejar.

Y en las horas acontecidas en este día, último del primer mes del año, he sentido una extraña tranquilidad, y un bienestar desacostumbrado. No he sentido animadversión hacia ningún compañero de la oficina (si bien habría que aclarar que el infame que me hizo la vida difícil desde mediados de 2017 se tomó unos días de vacaciones), y en cambio he sentido la satisfacción de realizar una buena labor, de manera rápida y eficiente (algo habitual) cobrando conciencia de que debo dejar de depender de la buena impresión que pueda causar en otras personas Con esto no quiero decir que no sea necesario el reconocimiento, más bien quiero expresar la idea de que es necesario tomar en cuenta a las personas significativas en cada ámbito en el que me muevo, y desentenderme del resto de la gente que me rodea, especialmente si tienen malas características.

Posiblemente lo que estoy sintiendo es más seguridad en mí mismo, pues si bien tengo más de 50 años de edad con una trayectoria laboral que correspondería a la de un hombre de la mitad de mi edad, he preservado un estado de salud casi óptimo que a cualquier observador le resultaría muy evidente. Con esto quiero decir que mi estilo de vida consistente en cuidar mi alimentación, ejercitarme periódicamente, evitar el abuso de sustancias y perder horas de sueño innecesariamente, se reflejan en mi apariencia y en mi desempeño físico, si bien esto último es evidente casi exclusivamente para mí, pues no tengo un público mirando mi actividad deportiva. Simultáneamente, vuelvo a cobrar conciencia de que pese a no haber concluido una licenciatura en ingeniería, mi formación académica es muy sólida, lo que se refleja en el contenido de los documentos que traduzco de un idioma a otro, y en una actividad en apariencia sin importancia, como es participar en la red social Twitter, frecuentemente se manifiesta mi nivel cultural cuando escribo tweets que tienen que ver con literatura, o historia, o conocimientos generales, con una buena dosis de ingenio. Si otras personas lo aprecian o no (dando likes o RTs), resulta menos importante; como dije antes, mi autoestima ya no depende tanto de lo que piensen de mí otras personas.

Un asunto muy importante es que en tiempos recientes (tres meses, de hecho) sentí un malestar que fue en aumento porque percibí mi situación en mi empleo como injusta, por haber recibido un trato que no merezco, lo cual no deja de ser cierto y con esto me refiero a la cantidad de problemas que comencé a tener desde mediados de 2017 en que mi compañero alimaña, el maestro del chisme y la intriga, se dio a la tarea de vomitar veneno sobre mí, hablando falsedades a mis espaldas, lo cual provocó que varias personas de mi departamento mostraran actitudes de rechazo hacia mi persona, de diversas formas y en diferentes medidas, pero que en todos los casos me provocó un sufrimiento tangible, a tal grado que el trabajo se convirtió en una pesadilla.

Poco a poco las cosas comenzaron a cambiar, pero en agosto de 2018 llegó una mujer relativamente joven al departamento al que pertenezco, que me fue presentada y con quien mostré una actitud y un comportamiento absolutamente correctos para que ella fuera manipulada por su subalterno (el maestro del chisme y la intriga) y en muy poco tiempo comenzara a mostrar una hostilidad pasiva hacia mí, con gran intensidad. Esto me provocó una serie de crisis que desembocaron en que se me mandara a descansar y de paso a conseguir un certificado de persona no peligrosa para que se me permitiera regresar a laborar.

Percibí todo esto como injusto porque se me ha considerado un empleado muy competente, muy responsable, absolutamente confiable que cumple con todos los requerimientos, incluidos la productividad, la puntualidad, la asistencia y la disciplina y al mismo tiempo, se me ha considerado un problema, lo cual constituye una verdadera aberración.

Y de pronto, cuando las cosas han comenzado a mejorar para mí me doy cuenta que ese trance tan difícil y doloroso, ya superado, podría dar un resultado positivo para porque mis compañeros, sobre todo aquellos que se dejaron manipular por el infame, se han dado cuenta del error que cometieron y ahora me aprecian más que antes, y detestan (si bien en silencio) a la alimaña, al virtuoso de la intriga.

De alguna manera se ha hecho justicia.

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