A la vez que he sentido un gran bienestar durante las horas
transcurridas en mi lugar de trabajo, he pensado en Laura, ese bello ser humano
que apareció en mi vida en un trance difícil —la muerte de mi padre, un
individuo terrible— cuya adversidad no se debió al evento en sí, sino a un
conflicto con mi familia por haberme negado a asistir al funeral del peor
enemigo que tuve jamás.
Durante el pasado mes de diciembre sufrí una serie de crisis
por eventos que me llevaron a acabar de comprender la gravedad de mi patología
(mi trastorno límite de la personalidad) y el efecto tan devastador que ha tenido en mi vida, pero todavía más
terrible, las actitudes y malas acciones de personas muy cercanas a mí, como mi
familia nuclear, mis padres y mis hermanas, sumándose profesionales de la salud
mental, como ese psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, una persona
verdaderamente de lo peor.
En momentos de mucho sufrimiento tuve comunicación con
Laura, vía telefónica, que me ayudó a aminorar el dolor, pero al mismo tiempo,
comencé a lamentar la lejanía con esta mujer tan extraordinaria pues el año pasado
nos vimos solamente en tres ocasiones (la primera de ellas por espacio de unos
cuantos minutos) y después de julio (la última vez que nos vimos) nuestra
comunicación se limitó a diálogos por WhatsApp y muy contadas (y breves)
conversaciones telefónicas.
Sé bien que hay una razón para ello y es que Laura se
encuentra muy ocupada con una familia que atender, con el trabajo en su
consultorio, como catedrática en una universidad, y otras labores como una
investigación (de la que no conozco mayores detalles) lo cual me despierta
admiración por ella (algo que no es nuevo), pero no disminuye el pesar que su
ausencia me hace sentir.
Y se me ha ocurrido que una persona tan hermosa no me
expulsaría de su vida, que se mantendría alejada de mí (me refiero a no
comunicarse conmigo), pero al cabo de un tiempo, me perdonaría, sabiendo bien
que tengo una patología muy grave; Laura es muy empática y muy humana, y esas
son algunas de las razones por las que la considero la mejor persona que he
conocido en mi vida.
Me había hecho el propósito de no contactarla (por ejemplo
usando el Smartphone), pero ayer le envié un mensaje vía WhatsApp diciéndole
“ojalá puedas perdonarme”, a lo que ella respondió “no te tengo rencor”. Había
borrado incluso su número de entre mis contactos, pero después comprendí perder
la posibilidad de al menos contemplar su rostro en su avatar de este chat
constituía un error e intensificaba mi tristeza.
He pensado en la manera de hacerle saber lo que siento por
ella y pedirle que no se vaya de mi vida, dejando claro también que si ella
decidiera hacer esto último, me dolería mucho pero lo aceptaría y ella jamás
tendría nada que temer de mí.
Laura ha sido una luz en mi vida porque es el ejemplo vivo de
la manifestación de la mayor de las riquezas humanas: la capacidad de amar.
Como había expresado antes, tengo la sospecha (casi certidumbre) de que su vida
ha sido tan difícil como la mía y Laura no desarrolló una patología ni se llenó
de resentimiento, y mucho menos de odio.
Para mí, lo más valioso en la vida es el amor, es en realidad
lo único que tiene sentido; pero tengo una gran carencia de eso en mi vida y no
me refiero solamente a que necesito alguien a quien amar y que me corresponda,
sino a que llevo mucha furia dentro de mí, y una gran violencia potencial.
Mucho del dolor en mi interior tiene que ver con el resentimiento y el odio que
con el paso del tiempo han ido creciendo en mi psiquis, mismos que me
dificultan sentir empatía por otras personas y provocan incluso que otros me
vean como una persona peligrosa, algo que quisiera pensar no que soy.
Es por ello que admiro a esa mujer que ha estado presente en
mi vida en estos últimos tres años, a quien encontré hace once tras la muerte
de mi terrible padre y quisiera pensar que este periodo de separación es transitorio
y hay un mañana en nuestra relación. No sé si ella lo recuerda, pero a principios
de 2016, hace casi tres años, le pedí que me viera como a un hermano y aceptara
mi amor fraterno, a lo que ella accedió.
Te quiero mucho, Laura. No te vayas de mi vida.
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