viernes, 1 de febrero de 2019

Aislamiento social, su origen en mi existencia


He afirmado un cierto número de veces que me duele mi soledad, lo cual ha sido una forma de vida desde que llegué a la edad adulta. Esto resulta no ser muy exacto, pues desde mi más temprana infancia he vivido en un aislamiento que para personas importantes cercanas a mí, no resultó obvio.

Siendo un niño, no tuve la menor conciencia de que presentaba dificultades de aprendizaje. En la enseñanza básica, aprendí a leer y escribir con muy poco esfuerzo e incluso, siendo considerado un mal estudiante por mi bajo rendimiento, llamaba la atención la calidad de mi caligrafía, en aquel entonces cursiva. En cambio, todo aquello que involucrara números resultaba en buena parte incomprensible, independientemente de su complejidad. El sistema educativo de mi país permite que la mayor parte de los niños de enseñanza básica aprueben cada grado, hayan o no aprendido, lo que explica por qué tantas personas adultas, incluso con estudios universitarios no saben escribir correctamente, o no dominan la aritmética más elemental.

Muchísimas personas (incluso con licenciaturas terminadas y postgrados) no pueden calcular áreas y volúmenes regulares, no conocen el uso del punto decimal, no pueden calcular porcentajes, y en consecuencia su comprensión del entorno que les rodea resulta muy acotada. Si a esto sumamos el rechazo o falta de interés en la lectura, no es de sorprender que tantísimas personas carezcan de conocimientos básicos generales en prácticamente todas las áreas, lo que nos convierte en un país no alfabetizado, cuyas consecuencias se reflejan en la pobreza económica, intelectual y moral en que vivimos.

Hablando de mí, pasé mi infancia y adolescencia en una gran confusión sobre el entorno que me rodeaba, principalmente mi familia nuclear (mis padres y mis hermanas), los planteles educativos en los que pasé tantas horas y donde se me consideró un problema de comportamiento; y el más absoluto desconocimiento sobre mi persona, quién era, cuáles eran mis talentos y mis carencias, hacia dónde iba, qué necesitaba. A una edad bastante temprana, apareció una programación vespertina en televisión que me llevó (al igual que a muchos millones de niños) a pasar muchas horas frente a la pantalla, abandonando el juego y la actividad física que este habría implicado, así como hacer tareas y estudiar.  

Las consecuencias de todo esto eran manifiestas, pero mis padres no hacían nada por resolver el problema. Mirando su desempeño en retrospectiva, me doy cuenta de que no tenían la menor idea de cómo criar una familia, cuáles eran sus responsabilidades respecto a educar y orientar a sus hijos, siendo en cambio firmes creyentes de la perversidad innata del ser humano, considerando a los niños seres descarriados a los que había que disciplinar haciendo uso de violencia psíquica, en mi caso la violencia física no fue tan frecuente.

Mis padres provenían de familias terribles compuestas por personas ignorantes, narcisistas, henchidas de resentimiento y odio, a todas luces con poca inteligencia y nula preparación académica. Posiblemente no se les pueda culpar de esto último, pues antes de la Revolución, no hubo un sistema educativo en mi país, pero es un hecho que sus egos descomunales, no les permitieron darse cuenta que no se habían realizado como seres humanos y en lugar de esforzarse en ese sentido, optaron por considerarse a sí mismos personajes admirables, sobre todo por sus capacidades intelectuales, que les aseguraban un lugar en la historia.

Ambos abuelos, paterno y materno, se convirtieron en los pequeños emperadores de sus pobres viviendas, un fenómeno no poco frecuente que le permite al gusano más insignificante ser un dios ante su familia. En semejante caldo de cultivo, florecen la violencia, la ignorancia, la estulticia y la incapacidad para crecer, desarrollando en cambio la mentalidad de un mutilado que quisiera que el resto de los habitantes del mundo lo fueran también para  jamás verse rodeados de personas con mejores características que las suyas, que los hicieran sentir enanos.

Mi madre fue una buena estudiante que concluyó una carrera comercial y desarrolló intereses en disciplinas como la literatura.

Mi padre tenía ambición y se esforzó para convertirse en un buen ingeniero, educándose en una universidad pública, donde pasó seis años en un plantel que le ofrecía alojamiento, alimentos y atención médica, mientras su rendimiento escolar fuera satisfactorio.

Cuando se unieron en matrimonio, mis progenitores parecían tener muy buenas características, una mentalidad orientada al esfuerzo, a buscar el crecimiento personal, destinados a convertirse en personas productivas, útiles a la sociedad. Lo que no era evidente, eran los problemas cuyo origen se hallaba en sus infancias difíciles, en haber tenido padres destructivos y en no reconocer estos peligros, optando en cambio por cerrar los ojos a esa realidad, decidiendo formar una familia simplemente porque era lo que se esperaba de ellos.

Mi madre debió tener grandes carencias afectivas (su madre nunca la quiso, mostró una indiferencia casi absoluta hacia ella) y comenzó a mostrar una dependencia hacia su cónyuge que le impidió darse cuenta que ese era un hombre muy violento, perverso, con un carácter sádico y profundamente incestuoso.

Conforme pasaron mis años de infancia, mi mal desempeño escolar fue consolidando mi papel de hijo maldito, el vástago que vino al mundo con la intención de sumarse a la adversidad y el sufrimiento con que la vida había flagelado a sus padres. Será fácil comprender por qué, al llegar a los años difíciles de la adolescencia, no contaba con el menor vestigio de autoestima e inconscientemente me consideraba un alfeñique tanto física como intelectualmente.

Mi paso por la enseñanza media superior puso de manifiesto mi incapacidad para adquirir conocimientos en momentos en que me di cuenta que me hallaba en situación de reprobar todas las asignaturas, lo que no sucedió por el acuerdo tácito de la institución que consistía en evitar asignar calificaciones no aprobatorias con la condición de haber asistido a clases, de no haberse ausentado la mayor parte del curso.

Al ingresar a la universidad, mis deficiencias académicas eran críticas e iniciaba una etapa que en el transcurso de unos cuantos años me llevaría a cobrar conciencia de mi realidad, no así de que había desarrollado una patología muy grave. Entonces (ignorando que padecía trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el origen de mis dificultades para el aprendizaje) me discipliné y me sometí a un encierro voluntario (en mi habitación) donde me convertí paulatinamente en un autodidacta, en condiciones de vida extremadamente difíciles, ya con un trastorno depresivo mayor, en un aislamiento social que se intensificaba y periódicamente provocaba crisis con pensamientos suicidas.

La pesadilla apenas comenzaba. 

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