He afirmado un cierto número de veces que me duele mi
soledad, lo cual ha sido una forma de vida desde que llegué a la edad adulta.
Esto resulta no ser muy exacto, pues desde mi más temprana infancia he vivido
en un aislamiento que para personas importantes cercanas a mí, no resultó
obvio.
Siendo un niño, no tuve la menor conciencia de que
presentaba dificultades de aprendizaje. En la enseñanza básica, aprendí a leer
y escribir con muy poco esfuerzo e incluso, siendo considerado un mal
estudiante por mi bajo rendimiento, llamaba la atención la calidad de mi
caligrafía, en aquel entonces cursiva. En cambio, todo aquello que involucrara
números resultaba en buena parte incomprensible, independientemente de su
complejidad. El sistema educativo de mi país permite que la mayor parte de los
niños de enseñanza básica aprueben cada grado, hayan o no aprendido, lo que
explica por qué tantas personas adultas, incluso con estudios universitarios no
saben escribir correctamente, o no dominan la aritmética más elemental.
Muchísimas personas (incluso con licenciaturas terminadas y
postgrados) no pueden calcular áreas y volúmenes regulares, no conocen el uso
del punto decimal, no pueden calcular porcentajes, y en consecuencia su
comprensión del entorno que les rodea resulta muy acotada. Si a esto sumamos el
rechazo o falta de interés en la lectura, no es de sorprender que tantísimas
personas carezcan de conocimientos básicos generales en prácticamente todas las
áreas, lo que nos convierte en un país no alfabetizado, cuyas consecuencias se
reflejan en la pobreza económica, intelectual y moral en que vivimos.
Hablando de mí, pasé mi infancia y adolescencia en una gran
confusión sobre el entorno que me rodeaba, principalmente mi familia nuclear
(mis padres y mis hermanas), los planteles educativos en los que pasé tantas
horas y donde se me consideró un problema de comportamiento; y el más absoluto
desconocimiento sobre mi persona, quién era, cuáles eran mis talentos y mis
carencias, hacia dónde iba, qué necesitaba. A una edad bastante temprana,
apareció una programación vespertina en televisión que me llevó (al igual que a
muchos millones de niños) a pasar muchas horas frente a la pantalla,
abandonando el juego y la actividad física que este habría implicado, así como hacer
tareas y estudiar.
Las consecuencias de todo esto eran manifiestas, pero mis
padres no hacían nada por resolver el problema. Mirando su desempeño en
retrospectiva, me doy cuenta de que no tenían la menor idea de cómo criar una
familia, cuáles eran sus responsabilidades respecto a educar y orientar a sus
hijos, siendo en cambio firmes creyentes de la perversidad innata del ser
humano, considerando a los niños seres descarriados a los que había que
disciplinar haciendo uso de violencia psíquica, en mi caso la violencia física
no fue tan frecuente.
Mis padres provenían de familias terribles compuestas por
personas ignorantes, narcisistas, henchidas de resentimiento y odio, a todas luces
con poca inteligencia y nula preparación académica. Posiblemente no se les
pueda culpar de esto último, pues antes de la Revolución, no hubo un sistema
educativo en mi país, pero es un hecho que sus egos descomunales, no les
permitieron darse cuenta que no se habían realizado como seres humanos y en
lugar de esforzarse en ese sentido, optaron por considerarse a sí
mismos personajes admirables, sobre todo por sus capacidades intelectuales, que
les aseguraban un lugar en la historia.
Ambos abuelos, paterno y materno, se convirtieron en los
pequeños emperadores de sus pobres viviendas, un fenómeno no poco frecuente que
le permite al gusano más insignificante ser un dios ante su familia. En
semejante caldo de cultivo, florecen la violencia, la ignorancia, la estulticia
y la incapacidad para crecer, desarrollando en cambio la mentalidad de un
mutilado que quisiera que el resto de los habitantes del mundo lo fueran
también para jamás verse rodeados de
personas con mejores características que las suyas, que los hicieran sentir
enanos.
Mi madre fue una buena estudiante que concluyó una carrera
comercial y desarrolló intereses en disciplinas como la literatura.
Mi padre tenía ambición y se esforzó para convertirse en un
buen ingeniero, educándose en una universidad pública, donde pasó seis años en
un plantel que le ofrecía alojamiento, alimentos y atención médica, mientras su
rendimiento escolar fuera satisfactorio.
Cuando se unieron en matrimonio, mis progenitores parecían
tener muy buenas características, una mentalidad orientada al esfuerzo, a
buscar el crecimiento personal, destinados a convertirse en personas
productivas, útiles a la sociedad. Lo que no era evidente, eran los problemas
cuyo origen se hallaba en sus infancias difíciles, en haber tenido padres
destructivos y en no reconocer estos peligros, optando en cambio por cerrar los
ojos a esa realidad, decidiendo formar una familia simplemente porque era lo
que se esperaba de ellos.
Mi madre debió tener grandes carencias afectivas (su madre
nunca la quiso, mostró una indiferencia casi absoluta hacia ella) y comenzó a
mostrar una dependencia hacia su cónyuge que le impidió darse cuenta que ese
era un hombre muy violento, perverso, con un carácter sádico y profundamente
incestuoso.
Conforme pasaron mis años de infancia, mi mal desempeño
escolar fue consolidando mi papel de hijo maldito, el vástago que vino al mundo
con la intención de sumarse a la adversidad y el sufrimiento con que la vida había
flagelado a sus padres. Será fácil comprender por qué, al llegar a los años
difíciles de la adolescencia, no contaba con el menor vestigio de autoestima e
inconscientemente me consideraba un alfeñique tanto física como
intelectualmente.
Mi paso por la enseñanza media superior puso de manifiesto
mi incapacidad para adquirir conocimientos en momentos en que me di cuenta que
me hallaba en situación de reprobar todas las asignaturas, lo que no sucedió
por el acuerdo tácito de la institución que consistía en evitar asignar
calificaciones no aprobatorias con la condición de haber asistido a clases, de
no haberse ausentado la mayor parte del curso.
Al ingresar a la universidad, mis deficiencias académicas
eran críticas e iniciaba una etapa que en el transcurso de unos cuantos años me
llevaría a cobrar conciencia de mi realidad, no así de que había desarrollado
una patología muy grave. Entonces (ignorando que padecía trastorno por déficit
de atención con hiperactividad, el origen de mis dificultades para el
aprendizaje) me discipliné y me sometí a un encierro voluntario (en mi
habitación) donde me convertí paulatinamente en un autodidacta, en condiciones
de vida extremadamente difíciles, ya con un trastorno depresivo mayor, en un
aislamiento social que se intensificaba y periódicamente provocaba crisis con
pensamientos suicidas.
La pesadilla apenas comenzaba.
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