viernes, 1 de febrero de 2019

Mi aislamiento social, sus causas, sus efectos


Está por terminar la semana laboral, a una hora con 17 minutos de checar la salida para dirigirme a casa y no regresar hasta el próximo martes.  Este periodo de descanso será de tres días porque el lunes será festivo, lo que trae automáticamente a mi mente la idea de registrar un kilometraje en mi bicicleta mayor al acostumbrado, algo más factible ahora que he perdido peso y mi rendimiento ha mejorado notablemente. También debe ser parte del plan pasar más tiempo leyendo, avanzar con la novela Mary Barton, de Elizabeth Gaskell, cuyo tema sobre las muy prolongadas jornadas laborales en Inglaterra en el S. XIX (específicamente en Manchester) comienza a llamar mi atención, así como las condiciones de pobreza de la clase trabajadora, el hambre, las altas tasas de mortalidad por las condiciones de vida tan precarias y el descontento entre las clases bajas, el proletariado. Pese a conocer bien ese fenómeno de la indiferencia de los poderosos respecto al sufrimiento de los débiles, no deja de provocarme una amalgama de sentimientos como indignación, decepción y en cierta medida incredulidad. Difícil de explicar este último.

Para escribir la entrada anterior, consulté Wikipedia en inglés (Wikipedia en español es una porquería) y recordé aquellos años, hace alrededor de una década en que viví solo en la casa que una vez fue de mi familia, desempleado, enfermo, sin tener conciencia de mi mala salud mental, aislado del contacto con otras personas, cerrando los ojos ante el hecho de que mi vida no iba a ninguna parte y mi destino se dirigía lenta pero inexorablemente hacia un abismo. 

Es un hecho que los cuatro hijos que tuvieron mis padres, sufrimos una afectación por la violencia en que crecimos, si bien sería necesario aclarar que esta se manifestó de manera directa sobre mí, el hijo mayor, y sobre mi hermana Verónica, la menor de los cuatro hijos. Mis hermanas Mónica y Yolanda rara vez fueron objeto directo de la violencia de nuestros padres y más bien la vivieron de manera soslayada. De hecho, Yolanda, cuatro años más joven que yo, fue muy favorecida por nuestro padre y con una naturaleza un tanto ruin abusó de los privilegios que nuestro padre le prodigó, cometiendo abusos frecuentes contra Verónica y contra mí. Una confrontación contra ella estaba perdida desde el principio, pues mi padre me odiaba por el puro hecho de existir y veía en Yolanda a su madre difunta, haciendo de ella además objeto de deseo sexual, manifestando así su carácter incestuoso.

La realidad de Mónica y Yolanda fue menos difícil que la mía en buena parte porque ellas no nacieron con un daño neurológico, no presentaron un trastorno por déficit de atención con hiperactividad y asistir a la escuela y aprender resultó algo natural, sin dificultades aparentes, mientras que para mí, adquirir conocimientos se dificultó a tal grado que opté por desentenderme del problema, sin vislumbrar las consecuencias que esto tendría a futuro.

Mi mal desempeño escolar pudo ser el origen (por lo menos en parte) de mi incapacidad para relacionarme con mis compañeros y establecer relaciones de amistad con todo lo que ello implica. Daba por hecho que mis deficiencias me convertían en un indeseable y comencé a optar por quedarme en casa, pasando mucho tiempo viendo televisión, en otras ocasiones leyendo, pero nunca estudiando. Con el paso de los años comencé a cultivar actividades en solitario, como brincar la cuerda y más tarde correr a pie por la calle. En un momento dado me planteé la meta de llegar a ser un individuo excepcional, lo que me convertiría en un foco de atracción para las personas que me habían ignorado, a un buen número de las cuales las castigaría con mi rechazo. Esto se manifestó cuando me puse como objetivo convertirme en un atleta de alto rendimiento, en un campeón olímpico de hecho.

Por supuesto, esto nunca sucedió y en cambio llegué a la juventud mostrando conductas muy patológicas, algo que mis padres no identificaron y atribuyeron a mi mala crianza, a haber llevado una vida de comodidad disfrutando de todo aquello que el dinero puede comprar, sin haber padecido jamás ningún tipo de carencia fuera esta material o afectiva. Según mi padre, todos los excesos son malos, incluso la comprensión y el amor.

El argumento de que ese hijo de puta era un hombre muy enfermo me resulta inaceptable, no porque no fuera cierto, sino porque yo atribuyo más sus discursos aberrantes a su naturaleza ruin, a su carácter sádico y a su cobardía ante el dolor psíquico que lo aquejaba, lo que lo llevó a anestesiar su sufrimiento abusando del alcohol en lugar de buscar las causas e intentar abordar el problema.

Si ese cerdo hubiera estado verdaderamente enfermo, su disfuncionalidad se habría manifestado de una manera uniforme, y no a su conveniencia. Con esto quiero decir que su pensamiento era irracional y aberrante cuando le convenía; cuando no, su percepción de la realidad era muy precisa.

Es un hecho que él odiaba a su padre, posiblemente con justificada razón pues ese hombre fue cruel y abusivo. Mi padre lo acusaba de haber violentado tanto a su esposa, a la madre de sus hijos, que provocó que muriera prematuramente, dejando huérfanos a sus hijos a merced de un mundo muy inhóspito. Lo que mi padre evitaba reconocer, es que yo no tenía ninguna responsabilidad respecto a nada que hubiera hecho su padre, puesto que sus malas acciones se dieron muchos años antes de que yo naciera.

Cuando terminó mi adolescencia, yo era un joven con la apariencia de un individuo física y mentalmente sano, cuando mi manera de vivir indicaba todo lo contrario. Otro tipo de padres habrían identificado una patología en su hijo, pero los míos habían hecho de mí una justificación para todo lo que estaba mal en sus vidas, principalmente su matrimonio fallido y su pésimo desempeño al criar una familia. Una vez que hube llegado a una edad en la que debería estar trabajando y en lugar de ello vivía metido en mi casa, encerrado en mi habitación, optaron por contemplar la situación sin buscar una explicación y atribuirle mi conducta a que (según ellos) yo no carecía de nada.

Esos tempranos años veintes estuvieron dominados por un gran sufrimiento psíquico, pues con la energía de la juventud, vivir sin trabajar y por lo tanto sin ningún ingreso me convertía en algo equivalente a un inválido y la parte más dolorosa era esa soledad que representaba carecer de un círculo social, de amigos y una pareja. Al interior de mi hogar, la violencia no era ejercida únicamente por mis padres, sino también por mi hermana Yolanda, la hija maravilla que a los 25 años contraería nupcias con un individuo cuya ambición había sido casarse con una muchacha de una familia pudiente, algo que no logró, pero sí consiguió a una mujer lo bastante enferma para casarse con él y mantenerlo.

De momento no quiero seguir adelante con esta historia, simplemente quiero presentar un boceto de las grandes dificultades que he tenido que enfrentar a lo largo de mi vida, que a mi parecer me derrotaron y en la actualidad enfrento un reto formidable que consiste encontrar una trayectoria profesional que me permita seguir trabajando y ganándome la vida cuando los hombres de mi edad se encuentran cerca del retiro, y escapar de la soledad que hace tan dolorosa mi existencia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...