miércoles, 30 de enero de 2019

Comunicación profunda con una terapeuta


Desde hace algunas semanas he hablado dos días por semana, vía telefónica, con una psicóloga de nombre Celia, de 35 años de edad, que cuenta con una especialidad en psicoanálisis.  El nivel de comunicación es muy alto, algo muy valioso para mí, y ello me ha permitido proporcionarle información sobre mí que no sería posible compartir casi con ninguna otra persona. Ello incluye mis extraños patrones de pensamiento, mis ocupaciones en solitario, ciertas características de mi personalidad que parecen corresponder a un misántropo, mi incapacidad para sentir empatía por cierto tipo de personas (sobre todo por su origen racial y por su aspecto físico), e incluso aspectos de mi vida sexual. No es la única terapeuta con la que he hecho esto, pero sí con la que he establecido el mayor nivel de cercanía en muchos años.

Le sugerí a Celia que leyera mis blogs, invitación que ella declinó argumentando que podrían afectar la relación terapéutica. Lo mismo me había sucedido con Laura hace once años, cuando me atendía también vía telefónica mientras se desencadenaban acontecimientos que en otras circunstancias, yo no habría podido manejar de ninguna manera.

Había mencionado antes que parte de mi fascinación por las psicólogas (algunas de ellas) podría deberse a que son las únicas personas con probabilidad de comprender por qué he vivido la mayor parte de mi vida sin trabajar, lo que implica dirigirse hacia un precipicio sin poder detenerse. Si tratara de explicárselo a otro tipo de persona, la probabilidad de ser sometido a juicio sería del 100 % y por principio de cuentas parecería estar tratando de justificarme por vivir en una pesadilla que yo no elegí y de la que no soy culpable.

Es importante aclarar que el hecho de que el interlocutor sea un psicólogo o un psiquiatra no implica de ninguna manera que pueda comprender una patología. Me he referido antes a profesionales de la salud mental que me agredieron, pegándome donde más me duele, refiriéndose a mi incapacidad para llevar una vida productiva, dependiendo en cambio económicamente de alguien, ya bien entrado en la edad adulta. Una de esas personas —la más dañina— fue el psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, individuo infame y ruin que además jamás me informó que padecía una patología muy grave y no podía ir por la vida sin tomar medicamento psiquiátrico cotidianamente. Mi trastorno es verdaderamente devastador y el índice de suicidios en quienes lo padecen es muy alto.

Celia se encuentra en otra entidad de la república y como sucedió con Laura, conozco su voz, pero no sé cómo es físicamente. Al igual que esa mujer que fue mi terapeuta para después desaparecer de mi vida y reaparecer años más tarde y convertirse en mi amiga, Celia es una mujer inteligente y culta, empática y respetuosa, el tipo de persona con la que me gustaría establecer una relación significativa, aunque ello implicara poner fin a la intervención terapéutica.

Mañana jueves hablaré con ella y le insistiré en la posibilidad de que lea mi blog. Por escrito expreso ideas de manera mucho más clara y extensa que cuando lo hago de manera verbal. Mi proclividad a relacionarme con psicólogas podría deberse a la dolorosa soledad en que vivo, pero también podría tener su origen en ciertas características del tipo de persona que elige como profesión una disciplina de la salud mental, posiblemente una historia de vida difícil, una necesidad de comprender sus causas, de superar sus problemas, y de ayudar a otros. Es un hecho que lo que más valoro en mi vida es el amor, un sentimiento cuyos diferentes tipos de manifestación me conmueven y al sentir felicidad mis ojos se humedecen y en ocasiones se llenan de lágrimas. Es entonces cuando llorar no es una manifestación de dolor ni de tristeza.


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