Desde hace algunas semanas he hablado dos días por semana,
vía telefónica, con una psicóloga de nombre Celia, de 35 años de edad, que
cuenta con una especialidad en psicoanálisis. El nivel de comunicación es muy alto, algo muy
valioso para mí, y ello me ha permitido proporcionarle información sobre mí que
no sería posible compartir casi con ninguna otra persona. Ello incluye mis
extraños patrones de pensamiento, mis ocupaciones en solitario, ciertas
características de mi personalidad que parecen corresponder a un misántropo, mi
incapacidad para sentir empatía por cierto tipo de personas (sobre todo por su
origen racial y por su aspecto físico), e incluso aspectos de mi vida sexual.
No es la única terapeuta con la que he hecho esto, pero sí con la que he establecido
el mayor nivel de cercanía en muchos años.
Le sugerí a Celia que leyera mis blogs, invitación que ella
declinó argumentando que podrían afectar la relación terapéutica. Lo mismo me
había sucedido con Laura hace once años, cuando me atendía también vía
telefónica mientras se desencadenaban acontecimientos que en otras
circunstancias, yo no habría podido manejar de ninguna manera.
Había mencionado antes que parte de mi fascinación por las
psicólogas (algunas de ellas) podría deberse a que son las únicas personas con
probabilidad de comprender por qué he vivido la mayor parte de mi vida sin
trabajar, lo que implica dirigirse hacia un precipicio sin poder detenerse. Si
tratara de explicárselo a otro tipo de persona, la probabilidad de ser sometido
a juicio sería del 100 % y por principio de cuentas parecería estar tratando de
justificarme por vivir en una pesadilla que yo no elegí y de la que no soy
culpable.
Es importante aclarar que el hecho de que el interlocutor
sea un psicólogo o un psiquiatra no implica de ninguna manera que pueda
comprender una patología. Me he referido antes a profesionales de la salud
mental que me agredieron, pegándome donde más me duele, refiriéndose a mi
incapacidad para llevar una vida productiva, dependiendo en cambio económicamente
de alguien, ya bien entrado en la edad adulta. Una de esas personas —la más
dañina— fue el psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, individuo infame y ruin
que además jamás me informó que padecía una patología muy grave y no podía ir
por la vida sin tomar medicamento psiquiátrico cotidianamente. Mi trastorno es
verdaderamente devastador y el índice de suicidios en quienes lo padecen es muy
alto.
Celia se encuentra en otra entidad de la república y como
sucedió con Laura, conozco su voz, pero no sé cómo es físicamente. Al igual que
esa mujer que fue mi terapeuta para después desaparecer de mi vida y reaparecer
años más tarde y convertirse en mi amiga, Celia es una mujer inteligente y
culta, empática y respetuosa, el tipo de persona con la que me gustaría
establecer una relación significativa, aunque ello implicara poner fin a la
intervención terapéutica.
Mañana jueves hablaré con ella y le insistiré en la
posibilidad de que lea mi blog. Por escrito expreso ideas de manera mucho más
clara y extensa que cuando lo hago de manera verbal. Mi proclividad a
relacionarme con psicólogas podría deberse a la dolorosa soledad en que vivo,
pero también podría tener su origen en ciertas características del tipo de
persona que elige como profesión una disciplina de la salud mental,
posiblemente una historia de vida difícil, una necesidad de comprender sus
causas, de superar sus problemas, y de ayudar a otros. Es un hecho que lo que
más valoro en mi vida es el amor, un sentimiento cuyos diferentes tipos de
manifestación me conmueven y al sentir felicidad mis ojos se humedecen y en
ocasiones se llenan de lágrimas. Es entonces cuando llorar no es una
manifestación de dolor ni de tristeza.
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