Anoche llegué a casa a la hora acostumbrada, las 21:00 horas
y me dirigí a mi recámara como hago cotidianamente, a quitarme los zapatos y
sustituirlos por sandalias, vaciar mis bolsillos colocando mi cartera, mis
llaves y mi teléfono no inteligente en el buró junto a la cama, conservando el
Smartphone conmigo, del que parezco tener una gran dependencia.
Me dirigí a la habitación de mi madre e intenté platicar con
ella, pero al no poder entablar conversación con ella, por su sordera parcial,
tuve uno de mis habituales estallidos de furia y tras repetirle lo que le había
dicho, bajamos a la cocina, ya pasadas las 22:00 horas. Una vez que hube
terminado de cenar me dirigí a mi recámara y pasé un tiempo indeterminado en mi
Smartphone, en la red social del pajarito. Me sentía cansado, pero tengo un
deber hacia mis mascotas, mis perritas Chora y Clara, llevarlas a caminar. Así
lo hice y al regresar había terminado el día y comenzado otro.
Tomé entonces mi teléfono fijo y marqué el número de una
institución donde se prestan servicios de salud mental. Necesitaba hablar con
alguien y lo hice con una psicóloga de nombre Cintia. Ella me escuchó hablar
del duelo que estoy viviendo por mi rompimiento con la persona a la que más he
querido en mi vida, y la situación ambivalente entre el amor que siento hacia
ella y el resentimiento por haber faltado a la verdad en relación con una
persona que me agredió y delinquió contra mí hace cerca de once años. Esa mujer
que ocupa mis pensamientos, a la que tanto quiero, consideró que el sufrimiento
por el que pasé era imaginario o el resultado de una mala interpretación mía,
haber confundido una situación e imaginar que su colega se había involucrado
sentimentalmente conmigo.
Cintia me escuchó, estableciendo breves diálogos conmigo y
una vez que dieron la una de la mañana, terminamos la llamada. Subí entonces a
mi habitación y me dispuse a dormir. Al adoptar mi posición acostumbrada, sobre
un costado de mi cuerpo, sentí dolor en un glúteo donde tengo una protuberancia
provocada por la caída en bicicleta que sufrí el domingo 13 del mes que termina
y entonces cambié de posición, colocándome boca arriba. Habiéndome tomado un
cuarto de tableta de Clonazepam, no tardé mucho en conciliar el sueño.
Cuando desperté todavía estaba oscuro, pero de alguna manera
supe que eran las seis de la mañana y no había dormido lo suficiente, de hecho
menos de cinco horas. Permanecí en la cama otros cuarenta minutos, despierto, y
decidí bajar a la cocina a tomarme mi primera taza de café del día para después
realizar una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras. En mi mente surge
la pregunta, ¿por qué habiendo dormido poco no me afectó el déficit de sueño?
¿Pudiera deberse a la posición, tendido boca arriba en que la respiración
pudiera ser más profunda, o alguna causa de ese tipo? Siempre me ha fascinado
la idea de encontrar una manera de caer en un estado de reposo muy profundo,
que me permita recuperarme por completo para iniciar otro día con la energía
necesaria para enfrentarlo.
Entre los pensamientos inquietantes, y enloquecedoramente
repetitivos surgieron los que tienen que ver con mi situación injusta en mi
trabajo, la cual se originó en un conflicto con un compañero cercano a la
directora de mi departamento, que goza de privilegios para hacerle difícil la
vida a quien se le antoja, con impunidad asegurada. Los eventos de octubre
pasado no dejaron ningún registro en mi expediente laboral, nada que pueda
perjudicarme, pero sí fueron lesivos para mí porque cobré conciencia de que mi
buen desempeño y mis cualidades como empleado no han sido impedimento para que
se me considere un problema y se me señale como un individuo extraño, taciturno
y posiblemente peligroso. Vivo esto como una gran injusticia.
Hace 21 años, el 30 de enero de 1998 fue viernes, mi último
día laboral en esa empresa de la maquiladora electrónica, una de las peores
experiencias de toda mi vida. Ese día llegué a la empresa dos horas más tarde
de lo acostumbrado por haber acudido a darme de alta en el Seguro Social. El
día pareció transcurrir con normalidad, pero al caer la noche, ya camino a casa
comencé a sentir una incomodidad que dio lugar a un intenso dolor psíquico que
con el paso de las horas se convirtió en una crisis.
Mi madre se hallaba indispuesta y yo le había ofrecido
llevarla a un hospital particular, teniendo dinero para pagarlo y ella se había
negado terminantemente. Mi novia, una mujer de nombre Rocío cumplía años al día
siguiente y siendo también paciente psiquiátrico, pasaba por otra crisis por su
relación imposible con su familia, su madre cruel y perversa y sus hermanos.
Estos dos factores me provocaron una frustración que no pude manejar y pese a
ver a ese psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, de triste memoria aquel sábado
31 de enero, el malestar no disminuyó un ápice.
Ya en la noche pude hablar con mi verdugo, el individuo al
que creí mi amigo, de nombre David. De nuevo, mi padre pareció personificarse a
través de otra persona pues David, ese oscuro personaje, dio rienda suelta al
intenso odio que mi presencia en su ámbito laboral durante los últimos dos
meses y medio había despertado en él. De la discusión (para mí perdida de
antemano) tomé la decisión de irme de la empresa el siguiente lunes, 2 de
febrero de 1998. Quedó así sellada mi segunda caída, la cual pareció definitiva
y dio lugar a un sufrimiento que me llevó a perder la voluntad de vivir, por
segunda vez.
Hace tres años y nueve meses obtuve un empleo y con él
estabilidad laboral y orden en mi vida, pero la conciencia de lo mucho que
perdí nunca se desvaneció, al contrario, conforme ha pasado el tiempo se ha
vuelto más intensa y de pronto me doy cuenta de que no quiero vivir, de que me
encuentro permanentemente deprimido y enojado con la vida, que no puedo aceptar
mi pasado y en consecuencia, no tengo la capacidad de mirar hacia adelante y
diseñar un proyecto de vida. Las fechas significativas siguen grabadas en mi
memoria como esculpidas en piedra y el dolor permanece latente, para
desencadenarse en algún momento, generalmente en medio de una crisis.
He identificado el problema y ese podría ser el primer paso
para resolverlo. Escribir parece ser una forma de divisar el mapa de mi vida y
una posible manera de abordar la recuperación sería enfocarme en aquello que sí
tengo, más que en lo que perdí o nunca tuve oportunidad de conseguir.
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