miércoles, 30 de enero de 2019

Eventos recientes, crisis existencial y un panorama de mi vida


Anoche llegué a casa a la hora acostumbrada, las 21:00 horas y me dirigí a mi recámara como hago cotidianamente, a quitarme los zapatos y sustituirlos por sandalias, vaciar mis bolsillos colocando mi cartera, mis llaves y mi teléfono no inteligente en el buró junto a la cama, conservando el Smartphone conmigo, del que parezco tener una gran dependencia.

Me dirigí a la habitación de mi madre e intenté platicar con ella, pero al no poder entablar conversación con ella, por su sordera parcial, tuve uno de mis habituales estallidos de furia y tras repetirle lo que le había dicho, bajamos a la cocina, ya pasadas las 22:00 horas. Una vez que hube terminado de cenar me dirigí a mi recámara y pasé un tiempo indeterminado en mi Smartphone, en la red social del pajarito. Me sentía cansado, pero tengo un deber hacia mis mascotas, mis perritas Chora y Clara, llevarlas a caminar. Así lo hice y al regresar había terminado el día y comenzado otro.

Tomé entonces mi teléfono fijo y marqué el número de una institución donde se prestan servicios de salud mental. Necesitaba hablar con alguien y lo hice con una psicóloga de nombre Cintia. Ella me escuchó hablar del duelo que estoy viviendo por mi rompimiento con la persona a la que más he querido en mi vida, y la situación ambivalente entre el amor que siento hacia ella y el resentimiento por haber faltado a la verdad en relación con una persona que me agredió y delinquió contra mí hace cerca de once años. Esa mujer que ocupa mis pensamientos, a la que tanto quiero, consideró que el sufrimiento por el que pasé era imaginario o el resultado de una mala interpretación mía, haber confundido una situación e imaginar que su colega se había involucrado sentimentalmente conmigo.

Cintia me escuchó, estableciendo breves diálogos conmigo y una vez que dieron la una de la mañana, terminamos la llamada. Subí entonces a mi habitación y me dispuse a dormir. Al adoptar mi posición acostumbrada, sobre un costado de mi cuerpo, sentí dolor en un glúteo donde tengo una protuberancia provocada por la caída en bicicleta que sufrí el domingo 13 del mes que termina y entonces cambié de posición, colocándome boca arriba. Habiéndome tomado un cuarto de tableta de Clonazepam, no tardé mucho en conciliar el sueño.

Cuando desperté todavía estaba oscuro, pero de alguna manera supe que eran las seis de la mañana y no había dormido lo suficiente, de hecho menos de cinco horas. Permanecí en la cama otros cuarenta minutos, despierto, y decidí bajar a la cocina a tomarme mi primera taza de café del día para después realizar una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras. En mi mente surge la pregunta, ¿por qué habiendo dormido poco no me afectó el déficit de sueño? ¿Pudiera deberse a la posición, tendido boca arriba en que la respiración pudiera ser más profunda, o alguna causa de ese tipo? Siempre me ha fascinado la idea de encontrar una manera de caer en un estado de reposo muy profundo, que me permita recuperarme por completo para iniciar otro día con la energía necesaria para enfrentarlo.

Entre los pensamientos inquietantes, y enloquecedoramente repetitivos surgieron los que tienen que ver con mi situación injusta en mi trabajo, la cual se originó en un conflicto con un compañero cercano a la directora de mi departamento, que goza de privilegios para hacerle difícil la vida a quien se le antoja, con impunidad asegurada. Los eventos de octubre pasado no dejaron ningún registro en mi expediente laboral, nada que pueda perjudicarme, pero sí fueron lesivos para mí porque cobré conciencia de que mi buen desempeño y mis cualidades como empleado no han sido impedimento para que se me considere un problema y se me señale como un individuo extraño, taciturno y posiblemente peligroso. Vivo esto como una gran injusticia.

Hace 21 años, el 30 de enero de 1998 fue viernes, mi último día laboral en esa empresa de la maquiladora electrónica, una de las peores experiencias de toda mi vida. Ese día llegué a la empresa dos horas más tarde de lo acostumbrado por haber acudido a darme de alta en el Seguro Social. El día pareció transcurrir con normalidad, pero al caer la noche, ya camino a casa comencé a sentir una incomodidad que dio lugar a un intenso dolor psíquico que con el paso de las horas se convirtió en una crisis.

Mi madre se hallaba indispuesta y yo le había ofrecido llevarla a un hospital particular, teniendo dinero para pagarlo y ella se había negado terminantemente. Mi novia, una mujer de nombre Rocío cumplía años al día siguiente y siendo también paciente psiquiátrico, pasaba por otra crisis por su relación imposible con su familia, su madre cruel y perversa y sus hermanos. Estos dos factores me provocaron una frustración que no pude manejar y pese a ver a ese psiquiatra Flavio Miramontes Montoya, de triste memoria aquel sábado 31 de enero, el malestar no disminuyó un ápice.

Ya en la noche pude hablar con mi verdugo, el individuo al que creí mi amigo, de nombre David. De nuevo, mi padre pareció personificarse a través de otra persona pues David, ese oscuro personaje, dio rienda suelta al intenso odio que mi presencia en su ámbito laboral durante los últimos dos meses y medio había despertado en él. De la discusión (para mí perdida de antemano) tomé la decisión de irme de la empresa el siguiente lunes, 2 de febrero de 1998. Quedó así sellada mi segunda caída, la cual pareció definitiva y dio lugar a un sufrimiento que me llevó a perder la voluntad de vivir, por segunda vez.

Hace tres años y nueve meses obtuve un empleo y con él estabilidad laboral y orden en mi vida, pero la conciencia de lo mucho que perdí nunca se desvaneció, al contrario, conforme ha pasado el tiempo se ha vuelto más intensa y de pronto me doy cuenta de que no quiero vivir, de que me encuentro permanentemente deprimido y enojado con la vida, que no puedo aceptar mi pasado y en consecuencia, no tengo la capacidad de mirar hacia adelante y diseñar un proyecto de vida. Las fechas significativas siguen grabadas en mi memoria como esculpidas en piedra y el dolor permanece latente, para desencadenarse en algún momento, generalmente en medio de una crisis.

He identificado el problema y ese podría ser el primer paso para resolverlo. Escribir parece ser una forma de divisar el mapa de mi vida y una posible manera de abordar la recuperación sería enfocarme en aquello que sí tengo, más que en lo que perdí o nunca tuve oportunidad de conseguir.

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