lunes, 28 de enero de 2019

Iniciar el día con actividad física, y volver a pensar en la mujer que amo


Dieron las seis de la mañana y desperté, de hecho un minuto antes. Pensé que era demasiado temprano, pero me di cuenta de que había dormido lo suficiente, tomando en cuenta las siestas de la tarde anterior. Bajé a tomar una taza de café con un pedazo de pan y ni siquiera se me ocurrió prender la televisión para ver videos musicales en youtube. Esto se había convertido en algo rutinario y repetitivo, en los últimos días una compañía en mi agonía psíquica, sufriendo una barbaridad por la tristeza que me aquejaba.

Sabía que debía ponerme mis prendas de ciclismo e inflar las llantas a la presión adecuada para pedalear durante una hora, intensificando el ritmo progresivamente, monitoreando la frecuencia cardiaca y las variables como velocidad instantánea y tiempo de recorrido en los dispositivos respectivos, montados en el manubrio de mi bicicleta. Así lo hice.

Me había propuesto ‘recorrer’ 34 km, lo que sería poco en carretera, pero en rodillos no. Al llegar a 24, me detuve para descansar unos minutos, encendiendo la radio y tomando mi Smartphone para echarle un ojo a la red social del pajarito. Mi madre se acercó a mí mostrando mucha tristeza en su semblante y me comunicó una mala noticia: mi tía Marielena, su hermana mayor, se encuentra haciendo trámites para someterse a eutanasia. Tiene cáncer y a sus 81 u 82 años (nació en 1937) se encuentra sola, abandonada por sus hijos, el mayor de los cuales de nombre Gerardo la visita ocasionalmente para maltratarla y recordarle cuánto la odia. Tantas basuras humanas en mis familias paterna y materna.

Abracé a mi madre mientras ella sollozaba, guardando silencio. No supe qué decir.

Al cabo de unos minutos volví a mi actividad y comencé a pedalear vigorosamente. Mi ritmo cardiaco se mostraba bastante bajo en relación con la intensidad del ejercicio, lo que me satisfizo y una vez recorridos esos últimos 10 km me dispuse a bajar a la planta baja, salir a la cochera y patio delantero y terminar una tarea pendiente.

Después de tomar mi desayuno acostumbrado, avena hervida en agua con pasitas, subí a bañarme y pensé en las dificultades que tendría que enfrentar en mi trabajo, habiendo dejado de asistir los últimos dos días laborales de la semana pasada, jueves y viernes. De pronto me recordé que me estaba adelantando, colocándome en el peor de los escenarios y decidí respirar profundamente y salir de casa caminando relajadamente, teniendo tiempo suficiente para que no fuera necesario apresurarme, librándome del estrés innecesario del trayecto hacia el lugar donde pasaré tantas horas del día, trabajando.

Pensé entonces en Laura (de hecho no había dejado de pensar en ella) y en que algo me permitió darme cuenta de que vive rodeada de personas que la quieren, una buena noticia para mí pues yo le deseo toda la felicidad que merece. Su sonrisa refleja una belleza interior inconmensurable, sus ojos son un libro abierto y su capacidad de amar habla de una enorme fortaleza. Si no la conociera y no supiera nada sobre ella, mirar las imágenes en que aparece no me producirían ningún sentimiento en específico pues como he expresado antes, no parece una mujer bonita. Pero conociéndola desde hace tantos años, habiendo compartido con ella una etapa de mi vida particularmente difícil —y peligrosa— y habiendo sido su amigo en los últimos tres años he llegado a sospechar (casi tener la seguridad) de que su vida ha sido tan difícil como la mía, que ha estado plagada de violencia y a diferencia de mí nunca desarrolló una patología ni se llenó de resentimiento y mucho menos de odio.

Por eso la quiero y pensar en que se ha ido de mi vida me provoca una tristeza que me lastima, pese a conocerla bien pues mi existencia ha estado dominada por ella. Creo que es por eso que me enojo tan fácilmente, porque la furia es un sustituto de la tristeza, duele menos y si me permitiera sentir la segunda, lloraría muchas horas con mucha frecuencia.

Me tomé mi tiempo de descanso (al que evito llamar ‘hora de comida’ porque no acudo al comedor) y en mi Smartphone vi un par de correos que le envié a Laura el viernes pasado, con una tremenda violencia verbal. Entonces me lo recriminé y no me pude explicar cómo fui capaz hacer algo así, hablarle con esas palabras a un ser humano tan extraordinario como ella. Y al mismo tiempo, en relación con lo que le escribí aparece en mi mente un conocimiento que ha sido fuente de inquietud desde hace muchos años, que Laura me atendió a partir de que murió mi padre (mi peor enemigo) y en los meses siguientes una psicóloga, compañera de ella, cometió una serie de faltas gravísimas que me provocaron un sufrimiento tremendo que puso en peligro mi integridad y mi vida, muchas veces.

Laura me ayudó a superar este trance terrible. Como he expresado antes, casi tengo la seguridad de que sin ella no hubiera sobrevivido, pues bajo ciertas circunstancias (específicamente hambre, no tener nada que comer), se desencadenaba en mi mente la dolorosa conciencia de que estaba viviendo en una pobreza que no merecía y ese dolor psíquico era más de lo que podía soportar. Habría sido fácil llegar a casa (hablaba con Laura desde teléfonos públicos, no tenía teléfono en mi vivienda) y tomar un cutter para hacerme una incisión profunda en un brazo y provocar una hemorragia que no fuera posible detener. El detonante habría sido la agresión de esa psicóloga delincuente, una persona de la que no quiero saber nada.

Y siendo Laura la terapeuta que me atendía, en la institución le pidieron algo, un dictamen, una valoración o una opinión profesional sobre el efecto que tuvo lo que hizo su compañera inmoral y delincuente al involucrarse conmigo para después delinquir contra mí y esta mujer a la que quiero tanto faltó a la verdad, diciendo de alguna manera que la afectación no había sido grave, o que si lo fue, se debió a mi patología, más que a las malas acciones de su compañera.

Entonces los recuerdos se agolpan y me pregunto si para esta mujer a la que considero la mejor persona que he conocido en mi vida, mi sufrimiento fue algo menor, si significó tan poco para ella habiendo diagnosticado mi patología (algo que jamás voy a dejar de agradecerle) y habiendo presenciado la tortura psíquica que representó para mí haber sido agredido por alguien a quien yo creí amar, que me invitó a entrar en su vida para después expulsarme y hacerme sentir el peso de mi pobreza y de mi soledad en toda su magnitud.

No entiendo eso, pero el amor que siento por Laura no disminuye. En la vida hay sentimientos encontrados, ambivalentes. Esta mujer, este bello ser humano sabe lo que siento por ella y si no la vuelvo a ver (algo muy probable), quiero que tenga un buen recuerdo de mí si eso es posible, o que por lo menos no sea tan malo. 

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