Dieron las seis de la mañana y desperté, de hecho un minuto
antes. Pensé que era demasiado temprano, pero me di cuenta de que había dormido
lo suficiente, tomando en cuenta las siestas de la tarde anterior. Bajé a tomar
una taza de café con un pedazo de pan y ni siquiera se me ocurrió prender la
televisión para ver videos musicales en youtube. Esto se había convertido en
algo rutinario y repetitivo, en los últimos días una compañía en mi agonía
psíquica, sufriendo una barbaridad por la tristeza que me aquejaba.
Sabía que debía ponerme mis prendas de ciclismo e inflar las
llantas a la presión adecuada para pedalear durante una hora, intensificando el
ritmo progresivamente, monitoreando la frecuencia cardiaca y las variables como
velocidad instantánea y tiempo de recorrido en los dispositivos respectivos,
montados en el manubrio de mi bicicleta. Así lo hice.
Me había propuesto ‘recorrer’ 34 km, lo que sería poco en
carretera, pero en rodillos no. Al llegar a 24, me detuve para descansar unos
minutos, encendiendo la radio y tomando mi Smartphone para echarle un ojo a la
red social del pajarito. Mi madre se acercó a mí mostrando mucha tristeza en su
semblante y me comunicó una mala noticia: mi tía Marielena, su hermana mayor,
se encuentra haciendo trámites para someterse a eutanasia. Tiene cáncer y a sus
81 u 82 años (nació en 1937) se encuentra sola, abandonada por sus hijos, el
mayor de los cuales de nombre Gerardo la visita ocasionalmente para maltratarla
y recordarle cuánto la odia. Tantas basuras humanas en mis familias paterna y
materna.
Abracé a mi madre mientras ella sollozaba, guardando
silencio. No supe qué decir.
Al cabo de unos minutos volví a mi actividad y comencé a
pedalear vigorosamente. Mi ritmo cardiaco se mostraba bastante bajo en relación
con la intensidad del ejercicio, lo que me satisfizo y una vez recorridos esos
últimos 10 km me dispuse a bajar a la planta baja, salir a la cochera y patio
delantero y terminar una tarea pendiente.
Después de tomar mi desayuno acostumbrado, avena hervida en
agua con pasitas, subí a bañarme y pensé en las dificultades que tendría que
enfrentar en mi trabajo, habiendo dejado de asistir los últimos dos días
laborales de la semana pasada, jueves y viernes. De pronto me recordé que me
estaba adelantando, colocándome en el peor de los escenarios y decidí respirar
profundamente y salir de casa caminando relajadamente, teniendo tiempo
suficiente para que no fuera necesario apresurarme, librándome del estrés
innecesario del trayecto hacia el lugar donde pasaré tantas horas del día,
trabajando.
Pensé entonces en Laura (de hecho no había dejado de pensar
en ella) y en que algo me permitió darme cuenta de que vive rodeada de personas
que la quieren, una buena noticia para mí pues yo le deseo toda la felicidad
que merece. Su sonrisa refleja una belleza interior inconmensurable, sus ojos
son un libro abierto y su capacidad de amar habla de una enorme fortaleza. Si
no la conociera y no supiera nada sobre ella, mirar las imágenes en que aparece
no me producirían ningún sentimiento en específico pues como he expresado
antes, no parece una mujer bonita. Pero conociéndola desde hace tantos años,
habiendo compartido con ella una etapa de mi vida particularmente difícil —y peligrosa—
y habiendo sido su amigo en los últimos tres años he llegado a sospechar (casi
tener la seguridad) de que su vida ha sido tan difícil como la mía, que ha
estado plagada de violencia y a diferencia de mí nunca desarrolló una patología
ni se llenó de resentimiento y mucho menos de odio.
Por eso la quiero y pensar en que se ha ido de mi vida me
provoca una tristeza que me lastima, pese a conocerla bien pues mi existencia
ha estado dominada por ella. Creo que es por eso que me enojo tan fácilmente,
porque la furia es un sustituto de la tristeza, duele menos y si me permitiera
sentir la segunda, lloraría muchas horas con mucha frecuencia.
Me tomé mi tiempo de descanso (al que evito llamar ‘hora de
comida’ porque no acudo al comedor) y en mi Smartphone vi un par de correos que
le envié a Laura el viernes pasado, con una tremenda violencia verbal. Entonces
me lo recriminé y no me pude explicar cómo fui capaz hacer algo así, hablarle
con esas palabras a un ser humano tan extraordinario como ella. Y al mismo
tiempo, en relación con lo que le escribí aparece en mi mente un conocimiento
que ha sido fuente de inquietud desde hace muchos años, que Laura me atendió a
partir de que murió mi padre (mi peor enemigo) y en los meses siguientes una
psicóloga, compañera de ella, cometió una serie de faltas gravísimas que me
provocaron un sufrimiento tremendo que puso en peligro mi integridad y mi vida,
muchas veces.
Laura me ayudó a superar este trance terrible. Como he
expresado antes, casi tengo la seguridad de que sin ella no hubiera sobrevivido,
pues bajo ciertas circunstancias (específicamente hambre, no tener nada que
comer), se desencadenaba en mi mente la dolorosa conciencia de que estaba
viviendo en una pobreza que no merecía y ese dolor psíquico era más de lo que
podía soportar. Habría sido fácil llegar a casa (hablaba con Laura desde teléfonos
públicos, no tenía teléfono en mi vivienda) y tomar un cutter para hacerme una
incisión profunda en un brazo y provocar una hemorragia que no fuera posible
detener. El detonante habría sido la agresión de esa psicóloga delincuente, una
persona de la que no quiero saber nada.
Y siendo Laura la terapeuta que me atendía, en la
institución le pidieron algo, un dictamen, una valoración o una opinión
profesional sobre el efecto que tuvo lo que hizo su compañera inmoral y
delincuente al involucrarse conmigo para después delinquir contra mí y esta
mujer a la que quiero tanto faltó a la verdad, diciendo de alguna manera que la
afectación no había sido grave, o que si lo fue, se debió a mi patología, más
que a las malas acciones de su compañera.
Entonces los recuerdos se agolpan y me pregunto si para esta
mujer a la que considero la mejor persona que he conocido en mi vida, mi
sufrimiento fue algo menor, si significó tan poco para ella habiendo
diagnosticado mi patología (algo que jamás voy a dejar de agradecerle) y
habiendo presenciado la tortura psíquica que representó para mí haber sido
agredido por alguien a quien yo creí amar, que me invitó a entrar en su vida
para después expulsarme y hacerme sentir el peso de mi pobreza y de mi soledad
en toda su magnitud.
No entiendo eso, pero el amor que siento por Laura no
disminuye. En la vida hay sentimientos encontrados, ambivalentes. Esta mujer,
este bello ser humano sabe lo que siento por ella y si no la vuelvo a ver (algo
muy probable), quiero que tenga un buen recuerdo de mí si eso es posible, o que
por lo menos no sea tan malo.
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