martes, 29 de enero de 2019

Momentos terribles


Momentos de una tremenda incomodidad, no sé si estoy a  punto de caer en una crisis, espero que no.

El motivo más evidente es el alejamiento (casi definitivo) de Laura, y la sospecha (casi certidumbre) de que yo no signifiqué nada para ella. ¿Qué la movió a hacer “amistad” conmigo? Bueno, es un hecho que tiene buen corazón y su motivación pudo haber sido su bondad, no quisiera pensar que fue lástima pues eso sería ofensivo para mí.

Ella sabe el concepto en el que la tengo, el afecto y la admiración que siento hacia su persona y en cambio, ya enojada conmigo lo único que tiene para mí es indiferencia; eso me produce un sufrimiento que no puedo describir con palabras.

¿Por qué esos contrastes? Yo no soy ese pequeño al que adoptó junto con su cónyuge, no soy un niño ni pretendo serlo, lo fui hace muchísimos años y esa infancia fue muy traumática, plagada de violencia, algo que marcó el rumbo de mi vida para siempre.

Lo que sí soy es un hombre en la edad madura al que cualquier observador consideraría insignificante. Creo que la única persona para quien soy importante soy yo mismo, mi madre depende de mí y si no fuera por eso, se habría olvidado que tuvo un hijo varón que jamás tuvo una oportunidad en la vida.

Y volviendo a Laura, ella tiene su vida, un buen número de personas para quienes sí es importante, empezando por su familia nuclear, sus padres y hermanos, continuando con sus hijos y su cónyuge y la familia de esta. Además tiene un buen número de pacientes (lo que no es de extrañar, siendo una excelente psicóloga) y colegas con quienes colabora para trabajos de diversas índoles. La pregunta obvia es ¿por qué tendría yo que ser importante para ella?

Siento un dolor interno que no puedo anestesiar de ninguna manera y no sé cuánto tiempo va a durar. En las últimas semanas me fui dando cuenta de que no hay espacio para mí en la vida de esa mujer, ni siquiera como amigo. No fue posible siquiera platicar por teléfono unos minutos, y el problema no es ese, sino que ni siquiera se tomara la molestia de decírmelo. Pasar por su consultorio con la esperanza de verla, de abrazarla y darle un beso me llenó de esperanza, pero no la encontré; cuando se lo comuniqué me respondió que había llegado más tarde. Indiferencia absoluta, el sentimiento de afecto no es recíproco y me siento como un perrito sin dueño que busca a un humano que lo adopte y al acercarse a uno, recibe una patada o un amago de violencia.

Es tan terrible no tener alguien a quien amar. No sé por qué estoy aquí. Maldigo mi vida y a mis padres porque yo no les pedí que me trajeran al mundo, mucho menos a jugar el papel de canalla, del niño perverso cuya ocupación de tiempo completo es hacerle la vida imposible a quienes le rodean.

Este tipo de tristeza despierta una furia que fácilmente podría convertirse en violencia verbal o física. No sé qué va a suceder en las próximas horas. Si se tratara de algo malo, quisiera que me llevara al final, dejar de existir para dejar de sufrir.

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