A diferencia de esa mujer a la que he querido tanto, que se
describe a sí misma como asocial sin serlo, yo sí lo soy; y sin embargo esa no
es mi naturaleza.
Cuando niño tuve dificultades para relacionarme con mis
pares por mi torpeza física (había nacido con una visión muy reducida en un ojo
y problemas de motricidad que no sé si tenían que ver con eso) y mi precaria
salud mental ya muy evidente, si bien no para mí ni para mis padres. Fui un
niño solitario que por temporadas tuvo uno o dos amigos y en cambio vivía una
activa vida de fantasía.
Años antes de la pubertad, por alguna razón que aun no
comprendo, me dio por someterme a sesiones de salto de cuerda en la intimidad
de mi dormitorio. Esto mejoró en buena medida mi motricidad y mi coordinación
general y cuando participé en deportes (casi nunca de equipo, individuales más
bien) mi desempeño fue de deficiente a mediocre. Sin embargo, al llegar a la
adolescencia, algo me inspiró a convertirme en un deportista de alto
rendimiento (algo que por supuesto no era posible) y en los años que siguieron
corrí muchos kilómetros a pie. En carreras callejeras (y en los planteles
educativos por los que pasé) obtuve resultados aceptables, pero al competir con
muchachos con mejor dotados que yo, no destaqué. Pasaron años antes de que me
diera cuenta de que no tengo facultades para el deporte, pero nunca abandoné su
práctica, convirtiéndose incluso esta actividad en un mecanismo de evasión que
si bien no resolvió mis problemas, sí me mantuvo lejos del abuso de sustancias.
Es posible que esta haya sido mi salvación.
Los últimos 38 años de mi vida (o poco menos) han estado
caracterizados por la actividad física, la de un aficionado que abandonó la
competencia hace mucho tiempo, pero para quien la práctica deportiva ha sido un
ritual casi cotidiano, al que ha atribuido una importancia tal que los
acontecimientos de todo tipo (con poca, mediana o una gran importancia)
dependen de su realización, de llevar a cabo o no ese esfuerzo físico.
A todas luces esto es patológico, pero no parece ser grave.
Y volviendo a la idea que motivó esta entrada, regreso al tema de la misma, que
soy un hombre asocial a quien su soledad le duele. La pregunta lógica es por
qué permanezco solo si esta condición es el origen del mayor de mis sufrimientos.
Es un hecho que no conozco la respuesta.
En momentos de angustia, llego a creer que esta condición de
vida es permanente, que no va a cambiar, que estoy condenado a vivir así y
entonces aparece la certidumbre de que un día voy a terminar con mi vida.
Habiendo pasado mi juventud, hallándome en la edad madura, vislumbro (si bien
todavía de manera un tanto lejana) la vejez sin poder imaginar ni remotamente
cómo sería esta. Lo que sí puedo visualizar es la posibilidad de un día, no muy
lejano, desaparecer de la faz de la tierra deseando que nadie me recuerde, como
si no hubiera nacido jamás. Que no haya una tumba, ni cenizas, ni ninguna
imagen ni documento que indique que alguna vez existí.
Hace tres años leí el libro de Viktor Frankl ‘el hombre en
busca de sentido’ y si bien comprendí el sufrimiento gigantesco que enfrentó y
superó (algo inimaginable en otras circunstancias), no me ayudó a encontrarle
un significado ni un rumbo a mi vida; esta obra de la literatura pareció no
tener ningún efecto en mí.
En los últimos meses he decidido cambiar el modo como vivo,
encontrar una senda, dejar de vivir a la deriva, pero todo ha quedado en planes
no estipulados con claridad, en la intención, en los primeros bocetos para
volver a caer en una vida rutinaria, aburrida, tediosa, en buena medida
dolorosa dominada por el resentimiento y la tristeza.
No sé cómo acercarme a otras personas, específicamente a una
mujer que quiera establecer conmigo una relación significativa, de preferencia
de pareja o si esto no fuera posible, de amistad cercana que implicaría pasar
tiempo juntos, compartir nuestras vidas, nuestros deseos y nuestras
aspiraciones; hacer planes a futuro y contar con una motivación real para poder
volver a esforzarme.
Hace años me di por vencido porque volví a perder la
voluntad de vivir y no parezco tener la capacidad de recuperarla. Una de las
pocas motivaciones para seguir adelante ha sido hacer daño a las personas que
me perjudicaron y contribuyeron a arruinar mi vida. El principal responsable
fue mi padre, ya fallecido y a quien no puedo dejar de odiar; pero hay otros,
como el ‘amigo’ que me pegó por la espalda en enero de 1998 (hace 21 años)
dando el primer paso para mandarme de regreso a un infierno peor que el que ya
conocía.
Por supuesto que esto es destructivo y no me es del todo
satisfactorio reconocer que es un motor para seguir adelante. En psicología hay
algo llamado “mecanismos de defensa”, dispositivos psíquicos de los que nos
valemos los seres humanos para evitar enfrentar aquello que nos amenaza. No es
lo más apropiado, pero su existencia tiene una justificación, aunque no todos
son negativos.
Existen los mecanismos de defensa positivos, como lo es la
sublimación. A este respecto, mi gusto por escribir pudiera convertirse en eso,
en una manera positiva de darle cauce a mi destructividad sin lastimar a nadie.
Para conseguir esto, habría que establecer un método y un objetivo, elegir
cuidadosamente aquellas áreas de mi existencia cotidiana que son fuente de
sufrimiento para escribir sobre ellas, describiendo eventos y situaciones para
trabajarlos más tarde dándoles la forma de relatos de ficción.
Valdría la pena intentarlo.
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