lunes, 28 de enero de 2019

Ser asocial, mi soledad y una posible solución al problema


A diferencia de esa mujer a la que he querido tanto, que se describe a sí misma como asocial sin serlo, yo sí lo soy; y sin embargo esa no es mi naturaleza.

Cuando niño tuve dificultades para relacionarme con mis pares por mi torpeza física (había nacido con una visión muy reducida en un ojo y problemas de motricidad que no sé si tenían que ver con eso) y mi precaria salud mental ya muy evidente, si bien no para mí ni para mis padres. Fui un niño solitario que por temporadas tuvo uno o dos amigos y en cambio vivía una activa vida de fantasía.

Años antes de la pubertad, por alguna razón que aun no comprendo, me dio por someterme a sesiones de salto de cuerda en la intimidad de mi dormitorio. Esto mejoró en buena medida mi motricidad y mi coordinación general y cuando participé en deportes (casi nunca de equipo, individuales más bien) mi desempeño fue de deficiente a mediocre. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, algo me inspiró a convertirme en un deportista de alto rendimiento (algo que por supuesto no era posible) y en los años que siguieron corrí muchos kilómetros a pie. En carreras callejeras (y en los planteles educativos por los que pasé) obtuve resultados aceptables, pero al competir con muchachos con mejor dotados que yo, no destaqué. Pasaron años antes de que me diera cuenta de que no tengo facultades para el deporte, pero nunca abandoné su práctica, convirtiéndose incluso esta actividad en un mecanismo de evasión que si bien no resolvió mis problemas, sí me mantuvo lejos del abuso de sustancias. Es posible que esta haya sido mi salvación.

Los últimos 38 años de mi vida (o poco menos) han estado caracterizados por la actividad física, la de un aficionado que abandonó la competencia hace mucho tiempo, pero para quien la práctica deportiva ha sido un ritual casi cotidiano, al que ha atribuido una importancia tal que los acontecimientos de todo tipo (con poca, mediana o una gran importancia) dependen de su realización, de llevar a cabo o no ese esfuerzo físico.

A todas luces esto es patológico, pero no parece ser grave. Y volviendo a la idea que motivó esta entrada, regreso al tema de la misma, que soy un hombre asocial a quien su soledad le duele. La pregunta lógica es por qué permanezco solo si esta condición es el origen del mayor de mis sufrimientos. Es un hecho que no conozco la respuesta.

En momentos de angustia, llego a creer que esta condición de vida es permanente, que no va a cambiar, que estoy condenado a vivir así y entonces aparece la certidumbre de que un día voy a terminar con mi vida. Habiendo pasado mi juventud, hallándome en la edad madura, vislumbro (si bien todavía de manera un tanto lejana) la vejez sin poder imaginar ni remotamente cómo sería esta. Lo que sí puedo visualizar es la posibilidad de un día, no muy lejano, desaparecer de la faz de la tierra deseando que nadie me recuerde, como si no hubiera nacido jamás. Que no haya una tumba, ni cenizas, ni ninguna imagen ni documento que indique que alguna vez existí.

Hace tres años leí el libro de Viktor Frankl ‘el hombre en busca de sentido’ y si bien comprendí el sufrimiento gigantesco que enfrentó y superó (algo inimaginable en otras circunstancias), no me ayudó a encontrarle un significado ni un rumbo a mi vida; esta obra de la literatura pareció no tener ningún efecto en mí.

En los últimos meses he decidido cambiar el modo como vivo, encontrar una senda, dejar de vivir a la deriva, pero todo ha quedado en planes no estipulados con claridad, en la intención, en los primeros bocetos para volver a caer en una vida rutinaria, aburrida, tediosa, en buena medida dolorosa dominada por el resentimiento y la tristeza.

No sé cómo acercarme a otras personas, específicamente a una mujer que quiera establecer conmigo una relación significativa, de preferencia de pareja o si esto no fuera posible, de amistad cercana que implicaría pasar tiempo juntos, compartir nuestras vidas, nuestros deseos y nuestras aspiraciones; hacer planes a futuro y contar con una motivación real para poder volver a esforzarme.

Hace años me di por vencido porque volví a perder la voluntad de vivir y no parezco tener la capacidad de recuperarla. Una de las pocas motivaciones para seguir adelante ha sido hacer daño a las personas que me perjudicaron y contribuyeron a arruinar mi vida. El principal responsable fue mi padre, ya fallecido y a quien no puedo dejar de odiar; pero hay otros, como el ‘amigo’ que me pegó por la espalda en enero de 1998 (hace 21 años) dando el primer paso para mandarme de regreso a un infierno peor que el que ya conocía.

Por supuesto que esto es destructivo y no me es del todo satisfactorio reconocer que es un motor para seguir adelante. En psicología hay algo llamado “mecanismos de defensa”, dispositivos psíquicos de los que nos valemos los seres humanos para evitar enfrentar aquello que nos amenaza. No es lo más apropiado, pero su existencia tiene una justificación, aunque no todos son negativos.

Existen los mecanismos de defensa positivos, como lo es la sublimación. A este respecto, mi gusto por escribir pudiera convertirse en eso, en una manera positiva de darle cauce a mi destructividad sin lastimar a nadie. Para conseguir esto, habría que establecer un método y un objetivo, elegir cuidadosamente aquellas áreas de mi existencia cotidiana que son fuente de sufrimiento para escribir sobre ellas, describiendo eventos y situaciones para trabajarlos más tarde dándoles la forma de relatos de ficción.

Valdría la pena intentarlo.

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