Ayer domingo 27 de enero fue un día de lo más complicado.
Acudí al sistema de seguridad social para que se me hiciera un examen médico,
con intención de conseguir un documento para comprobar que había ameritado la
atención, y después de pasar cuatro horas entre un hospital y una clínica,
obtuve un papel que no sirve absolutamente para nada y para ello tuve que
tratar con burócratas hostiles e inútiles, la clase de personas que se
comprometen a ser una porquería. Parte de la realidad terrible del país en que
vivo, al que justificadamente podría considerarse un estado fallido.
Durante ese tiempo pensé en el trance en que me hallaba —sintiendo
mucha tristeza— al darme cuenta de que ha llegado el momento de alejarme de mi
amiga Laura, la mejor persona que he conocido en mi vida, y a la que más he
querido. Horas antes le había escrito diciéndole que no podía describir con
palabras el pesar que me aquejaba al darme cuenta de que no iba a volver a
verla, pero no podía seguir humillándome, mendigándole su amistad. Con esto me
refiero a que el sábado 12 de enero (un día antes de la caída en bicicleta)
acudí a la asociación psicoanalítica, y al desocuparme me dirigí al consultorio
de Laura (relativamente cercano a la mencionada asociación) y no la encontré.
Se lo comenté vía WhatsApp y ella me respondió un escueto “hoy empecé a las
doce”.
En enero de 2018 había pasado por su consultorio un
miércoles en que no trabajé porque acudí a mi cita en psiquiatría en el Hospital
Civil y aproveché para visitar a mi querida amiga y entregarle un obsequio
simbólico (la película Ordinary People, dirigida por Robert Redford, 1980).
Laura se sorprendió al verme ahí (habíamos hablado por teléfono unas dos horas
antes) y me saludó con mucho cariño y me abrazó. La visita duró unos cuantos
minutos, pues Laura acababa de terminar una sesión de terapia para empezar otra
inmediatamente. Poco más tarde, esta queridísima amiga me envió mensaje vía
WhatsApp diciéndome que hubiera querido ofrecerme un café para acompañar la
plática. Yo le respondí que no se preocupara, que yo entendía que estaba
ocupada trabajando; no le dije que a mí me había hecho feliz ser recibido con
tanto afecto por esa persona tan especial a la que considero el mejor ser
humano que he conocido en toda mi vida.
Será fácil entender el contraste entre una situación y otra.
En las últimas semanas, me comuniqué con Laura vía WhatsApp
con frecuencia, como lo he hecho habitualmente y al saludarla, quedaba
implícito que yo tenía la esperanza de que pudiéramos platicar por teléfono
aunque sea unos minutos, pero la respuesta de Laura siempre fue un saludo
escueto, como para cumplir, y una despedida; deshacerse de mí por esta ocasión.
El viernes pasado sucedió esto último otra vez y le hice
saber a esta todavía amiga que me había dolido el “cortón”. Ella reaccionó
molestándose y después de un diálogo difícil, nos despedimos dejando la
comunicación para mejor ocasión. El sábado Laura me saludó otra vez y a mí me
pareció percibir de nuevo esa absoluta falta de interés en mí, como quien envía
un mensaje por compromiso, lo que me lastimó y se lo hice saber. De nuevo Laura
se enojó y el diálogo que se dio a partir de ese momento fue más difícil que el
de la noche anterior. Con el paso de las horas, me di cuenta de que ya no hay
nada que hacer, que Laura ya no quiere saber nada de mí y que esta relación de
amistad ha llegado a su fin, lo que me provoca una tristeza profunda, que es el
sentimiento más doloroso que conozco.
Tengo un duelo. No sé qué voy a hacer sin este bello ser
humano en mi vida.
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