Siento que mi vida podría terminar en cualquier momento, que
posiblemente no llegue a mi próximo cumpleaños, que debería ocurrir dentro de
tres meses y cuatro días. A mi alrededor se dan acontecimientos inusuales, sin
que nadie me informe sobre la razón de los mismos. Mi salud se ha deteriorado
en los últimos días, una serie de síntomas físicos y psíquicos que en su
conjunto indican que en mi organismo se desarrolla una enfermedad orgánica
grave que acabará conmigo en cuestión de semanas.
¿Y qué siento? Solamente fastidio. El malestar provocado por
esos dolores en mis entrañas difíciles de describir me ha provocado mucho agotamiento, tanto que
he pasado más de nueve horas en la cama, en un profundo sueño que se ha visto
interrumpido solamente cuando he sentido la necesidad de tomar agua u orinar.
¿Debería preocuparme que el final esté tan cerca? Pienso que
no, es más bien un alivio. Mi madre (que hoy cumple 77 años de edad) está
todavía en muy buenas condiciones tanto físicas como mentales y tiene dos hijas
que tienen la obligación de hacerse cargo de ella. Yo estoy demasiado cansado y
permanentemente deprimido, sin objetivos y sin metas, sin el deseo ni la
voluntad de seguir adelante, aburrido, hastiado, triste…
Parece afortunado que se presente una enfermedad de alta
letalidad, pues me releva de la enorme tarea de trazar un plan para acabar con
mi vida, algo que sería muy difícil llevar a cabo porque requeriría de una
enorme cantidad de tiempo, energía y dedicación que no tengo e incluso la
incapacidad para realizarlo contribuye a disminuir todavía más la pobre opinión
que tengo de mí.
Una vez que suceda, alguien tendrá la tarea de llevar mis
cenizas a un lugar lleno de vida y depositarlas donde el viento pueda
esparcirlas de una forma más o menos uniforme sobre una vegetación perene, de
esa que nos obsequia oxígeno, sombra y humedad relativa, la que al destruir
aceleramos el deterioro del único entorno que tenemos, cometiendo así un
suicidio colectivo.
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