lunes, 21 de enero de 2019

Sufrimiento cotidiano, una vida caracterizada por la enfermedad y contar con una persona especial


Una dama de Twitter, maestra normalista, escribió un tweet hablando de niños con problemas, cuyos padres dicen no saber qué hacer respecto su comportamiento, y hallándome en un momento de vulnerabilidad, respondo que es la historia de mi vida, que padecí TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) que nunca se detectó y al crecer desarrollé TLP (trastorno límite de la personalidad) que arruinó mi vida. Lo que no mencioné es que mi existencia ha estado caracterizada por la violencia, desde el principio, y eso no ha cambiado.

En días pasados (bastantes, semanas de hecho) se ha presentado en mi mente una idea (o conciencia, debiera decir) de que pese a que en mi empleo se me considera excelente por mi desempeño, calidad de mi trabajo, la velocidad a la que lo hago, disciplina, puntualidad y asistencia, etc., al mismo tiempo se me considera un problema. ¿Qué aberración es esa?

Esto a raíz de que hace tres meses (en octubre del año pasado), las autoridades de la empresa me mandaron a descansar, y me pidieron un certificado de persona no peligrosa; esto debido a un conflicto con un compañero que tiene más de 10 años en la compañía y un mal historial porque le ha hecho la vida difícil a otros compañeros, de hecho tiene una muy mala reputación.

En otro tweet mencioné la enfermedad como una forma de vida, implica un sufrimiento tremendo al que no puedo acostumbrarme y estoy cansado de vivir. Después de que el segundo domingo de diciembre tomé conciencia de lo grave que es mi trastorno límite de la personalidad, comencé a mirar hacia atrás y a contemplar mi vida con sus enormes pérdidas en lo laboral —que implican la imposibilidad de formar un patrimonio e ir por la vida con la frente en alto—, vivir sin trabajar por lo grave que es la patología, con el desprecio de tantas personas a quienes no les afecta en lo más absoluto el modo como vivo, y la violencia que más duele: la de la familia nuclear.

El sábado pasado volví a ejercitarme en mi bicicleta de carreras (sobre rodillos) y el esfuerzo fue considerable, en parte porque tenía energía acumulada por no haber tenido actividad física (excepto por el jueves anterior) y en parte porque el ejercicio intenso hace que mi cerebro produzca endorfinas que me provocan un “high” y en parte me he vuelto un adicto a esa sensación: no menos importante, que la lectura de mi velocímetro (cyclocomputer) siga avanzando, con una idea que aunque sé que es irreal, no puedo expulsar de mi mente: que alcanzar ciertas cifras va a dar lugar a grandes acontecimientos a mi vida.

El modo como vivo ya no es tan caótico ni carente de objetivos como lo fue en años pasados, pero todavía no me disciplino para perseguir las metas que me planteé hace unos tres meses: continuar estudiando el idioma inglés (de una manera formal, estructurada) y leyendo las grandes obras de la literatura inglesa, en el idioma original.

Los fines de semana ya no están caracterizados por esa conciencia de que no estoy siguiendo ninguna trayectoria, ninguna ruta que pueda darle sentido a mi vida, pero sigo sintiendo culpabilidad por no disciplinarme y aplicarme al estudio y a poner orden en mi vida. Creo que si lograra esto, dejaría de sentir tanto dolor psíquico por mi soledad, o por lo menos este sería menos intenso.

En una de las entradas anteriores (escritas ayer domingo) había mencionado a la directora de mi departamento y a un posible alejamiento permanente, lo que sería bastante problemático, pero tendría que aprender a vivir con eso. Hoy apareció como una hora después de mi llegada y me saludó de la manera habitual, algo que me tranquilizó. Había pensado en esa posibilidad y este acontecimiento afortunado me recuerda lo mucho que tiendo a ubicarme en el peor de los escenarios, temiendo el desastre casi cotidianamente, como una forma de vida.

Como mencioné en una entrada anterior, reciente, el sábado pasado decidí no acudir a la cita en la asociación psicoanalítica por el malestar que sentía, porque el terapeuta sería del sexo masculino, y porque finalmente sentí que lo que necesito es una terapia racional que me enseñe a enfrentar mi realidad cotidiana sin perder la perspectiva, y a no violentar a otras personas de ninguna manera, particularmente cuando se trata de gente que no tiene nada que ver con la situación difícil que me aqueja. Con esto último me refiero a esa mujer que una vez fue mi terapeuta y que hizo tanto por mí (posiblemente sin ella no hubiera sobrevivido) y desde hace prácticamente tres años es mi amiga. El viernes en la noche mostré un mal comportamiento hacia ella y ayer domingo me disculpé, recibiendo una respuesta extraordinaria, una vez más.

Le he expresado a ella y a otras personas que es la mejor persona que he conocido en mi vida, y con cierta frecuencia vuelvo a constatarlo. Gracias querida amiga, tú sabes quién eres.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...