Una vez en septiembre de 2007 acudí a un evento en
University Club, en la Colonia Moderna. Se trató el tema de movilidad urbana y
conocí personas con una orientación en la vida parecida a la mía, pero gente
que sí asume actividades a ese respecto y por supuesto, es congruente con lo
que profesa.
Al salir de ese lugar, después de una muy buena experiencia,
caminé por ese rumbo de Chapultepec y entré a un Ciber Café. Renté una
computadora e hice uso del Messenger de Hotmail. Me encontré con una dama a la
que había conocido en una red social, que vivía en la Península de Yucatán,
posiblemente en Campeche. Entablamos un diálogo, una plática de lo más agradable
y en algún momento le hablé de la soledad en la que vivía (posiblemente omití
la pobreza), le dije que vivía en una casa grande, solo, dormía en una cama
matrimonial, también solo…
La necesidad de una compañera, alguien con quien compartir
mi vida, y mi lecho
… para abrazarla sin despertarla,
…y acariciarle el pelo…
…y besar su piel…
…y poner un oído en su pecho…
…y escuchar y sentir los latidos de su corazón…
…y darle las gracias por estar conmigo…
…y llorar de alegría…
… y si me quitara la vida, esa pequeña esperanza se perdería
para siempre..
…supongo que eso es lo que me detiene.
Han pasado más de once años y pese a que se han dado grandes
cambios en mi vida (sobre todo en los últimos cinco años), sigo así, en soledad
y mi vida está dominada por una tristeza que se manifiesta como enojo casi
cotidianamente pues siendo un individuo del sexo masculino, no se me permite
sentir la aflicción que pudiera manifestarse como llanto.
Los hombres no lloran.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario