Desperté después de las siete de la mañana y tras tomar mi
acostumbrada taza de café acompañándola con una pieza de pan, hice los
preparativos para pedalear 24 km sobre rodillos, esto para evitar que la
lectura del odómetro del Cyclocomputer de mi bicicleta incluyera el dígito 8. Así pasó de 1066 a 1090 km. Una vez hecho esto, me
dirigí a otra habitación, donde hice ejercicios con mancuernas seguidos del
denominado bench-press, con una barra cargada con un peso considerable.
Parezco pesar menos de 75 kg, lo que me coloca en la
situación en que me hallaba cuando ingresé a mi empleo, a finales de abril de
2015, es decir, hace casi cuatro años. La diferencia de edad podría parecer
considerable, pues estoy llegando a los 55 años (el día de ingreso a mi empleo
cumplí 51) y es posible que se note el paso del tiempo, pero al contemplar mi
figura (por ejemplo al pasar frente a un ventanal en la fachada de una
edificación) veo el reflejo de un hombre alto y delgado, de espalda amplia y
cintura pequeña, macizo, con la fisonomía de una persona de raza blanca. ¿Por
qué le doy tanta importancia a todo esto?
Al hablar con otras personas (por ejemplo con alguna de las
psicólogas que me atienden vía telefónica o con una dama cuando intento
entablar una relación con ella), expongo mis ideas sobre el modo como debe de
vivir un ser humano, lo que se refleja en todo lo que tiene que ver con la
persona en cuestión, y esto incluye su aspecto físico. Le había comentado a una
mujer que conocí en la red social Twitter que una vez tuve una relación de
amistad – pareja con una dama de mi edad (en aquel entonces 46 años) con un
rostro bellísimo y un cuerpo que muchas mujeres de 20 años quisieran, pero
conforme pasó el tiempo, perdió todo su atractivo. La razón de eso fue su
inteligencia tan escasa, su nulo interés en cualquier tipo de cultura, su
postura ante la vida que se caracterizaba por rendirle culto a las riquezas
materiales —a todo aquello que el dinero puede comprar— y a su desinterés en crecer
como ser humano. Por muy bonita que sea una mujer, si carece de atributos que
yo considero valiosos, no despierta ningún interés en mí.
Más importante todavía, pienso que un ser humano debe buscar
su desarrollo íntegro, esto es, si cuenta con dotes para el deporte (por poner
un ejemplo), debe también cultivar su mente, educarse, estudiar, aprender
mediante la lectura, elegir una rama del arte o algo parecido y dedicarle
tiempo en la medida de sus posibilidades.
Mi existencia ha estado caracterizada por un gran
aislamiento, debido a mi patología me he relacionado con pocas personas, pero
sí he llegado a conocer a un buen número de personas que persiguen los grados
académicos, dejando de lado casi toda actividad que no tenga una relación
directa con eso. ¿Por qué leer a grandes literatos como Balzac, Hemingway o
García Márquez, si esa información no es útil en un currículum, o en un perfil
profesional? Lo mismo hacen en lo que respecta al juego, a la práctica de una
disciplina deportiva, algo que consideran indigno de un intelectual, sin darse
cuenta de que al asumir posturas tan absurdas (y estúpidas) se mutilan como
seres humanos.
No cultivar la mente empobrece la calidad de vida porque
habitar en la penumbra de la ignorancia repercute en todo lo que hacemos y
dejamos de hacer; al mismo tiempo, al no desarrollar esas facultades
intelectuales desperdiciamos nuestra inteligencia (cualquiera que esta sea)
limitándonos a conducirnos por la fuerza de la costumbre, o por los instintos y
crece dentro de nosotros la culpabilidad por negarnos a crecer.
Renunciar a desarrollar nuestras capacidades físicas nos
inocula con un dolor interior que nos llena de frustración y furia, provocando
que adoptemos costumbres insanas como descuidar nuestros hábitos de higiene
(alimentación, sueño, etc.,) y nos deforma físicamente, convirtiéndonos en
masacotes con un aspecto grotesco del que machos y hembras solamente pueden ser
diferenciados por sus genitales.
No es difícil entender el origen de la fealdad física
(muchas veces repulsiva) de tantísimas personas.
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