jueves, 21 de marzo de 2019

Por qué le doy tanta importancia a mi apariencia física


Desperté después de las siete de la mañana y tras tomar mi acostumbrada taza de café acompañándola con una pieza de pan, hice los preparativos para pedalear 24 km sobre rodillos, esto para evitar que la lectura del odómetro del Cyclocomputer de mi bicicleta incluyera el dígito 8. Así pasó de 1066 a 1090 km. Una vez hecho esto, me dirigí a otra habitación, donde hice ejercicios con mancuernas seguidos del denominado bench-press, con una barra cargada con un peso considerable.

Parezco pesar menos de 75 kg, lo que me coloca en la situación en que me hallaba cuando ingresé a mi empleo, a finales de abril de 2015, es decir, hace casi cuatro años. La diferencia de edad podría parecer considerable, pues estoy llegando a los 55 años (el día de ingreso a mi empleo cumplí 51) y es posible que se note el paso del tiempo, pero al contemplar mi figura (por ejemplo al pasar frente a un ventanal en la fachada de una edificación) veo el reflejo de un hombre alto y delgado, de espalda amplia y cintura pequeña, macizo, con la fisonomía de una persona de raza blanca. ¿Por qué le doy tanta importancia a todo esto?

Al hablar con otras personas (por ejemplo con alguna de las psicólogas que me atienden vía telefónica o con una dama cuando intento entablar una relación con ella), expongo mis ideas sobre el modo como debe de vivir un ser humano, lo que se refleja en todo lo que tiene que ver con la persona en cuestión, y esto incluye su aspecto físico. Le había comentado a una mujer que conocí en la red social Twitter que una vez tuve una relación de amistad – pareja con una dama de mi edad (en aquel entonces 46 años) con un rostro bellísimo y un cuerpo que muchas mujeres de 20 años quisieran, pero conforme pasó el tiempo, perdió todo su atractivo. La razón de eso fue su inteligencia tan escasa, su nulo interés en cualquier tipo de cultura, su postura ante la vida que se caracterizaba por rendirle culto a las riquezas materiales —a todo aquello que el dinero puede comprar— y a su desinterés en crecer como ser humano. Por muy bonita que sea una mujer, si carece de atributos que yo considero valiosos, no despierta ningún interés en mí.

Más importante todavía, pienso que un ser humano debe buscar su desarrollo íntegro, esto es, si cuenta con dotes para el deporte (por poner un ejemplo), debe también cultivar su mente, educarse, estudiar, aprender mediante la lectura, elegir una rama del arte o algo parecido y dedicarle tiempo en la medida de sus posibilidades.

Mi existencia ha estado caracterizada por un gran aislamiento, debido a mi patología me he relacionado con pocas personas, pero sí he llegado a conocer a un buen número de personas que persiguen los grados académicos, dejando de lado casi toda actividad que no tenga una relación directa con eso. ¿Por qué leer a grandes literatos como Balzac, Hemingway o García Márquez, si esa información no es útil en un currículum, o en un perfil profesional? Lo mismo hacen en lo que respecta al juego, a la práctica de una disciplina deportiva, algo que consideran indigno de un intelectual, sin darse cuenta de que al asumir posturas tan absurdas (y estúpidas) se mutilan como seres humanos.

No cultivar la mente empobrece la calidad de vida porque habitar en la penumbra de la ignorancia repercute en todo lo que hacemos y dejamos de hacer; al mismo tiempo, al no desarrollar esas facultades intelectuales desperdiciamos nuestra inteligencia (cualquiera que esta sea) limitándonos a conducirnos por la fuerza de la costumbre, o por los instintos y crece dentro de nosotros la culpabilidad por negarnos a crecer.

Renunciar a desarrollar nuestras capacidades físicas nos inocula con un dolor interior que nos llena de frustración y furia, provocando que adoptemos costumbres insanas como descuidar nuestros hábitos de higiene (alimentación, sueño, etc.,) y nos deforma físicamente, convirtiéndonos en masacotes con un aspecto grotesco del que machos y hembras solamente pueden ser diferenciados por sus genitales.

No es difícil entender el origen de la fealdad física (muchas veces repulsiva) de tantísimas personas.

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