Ayer lunes, día de asueto en mi país desperté a temprana
hora y después de mis tazas de café habituales, me dispuse a ir de compras a
Sam’s y Walmart (en el orden inverso) donde compré mandado y el alimento de mis
mascotas. Puesto que este este último estaba en oferta, compré dos sacos de 25
kg. Al entrar a Sam’s me percaté de que habían Smartphones de la marca y la
compañía que yo uso (Hisense y AT&T, respectivamente) en oferta, a menos de
la mitad del precio, pero decidí no hacer una compra y continuar con el que
tengo, que de todos modos aún no tiene dos años de uso.
Más tarde le llamé a mi psicóloga favorita (vía telefónica)
y esta vez le comenté los sucesos del día anterior durante mi recorrido
ciclista en carretera, como un embotellamiento que provocó una fila de automotores
de unos 4 km antes de llegar a un pueblo a 16 km del cruce con el anillo
periférico, y de regreso, una camioneta pick-up volteada, con las cuatro
llantas hacia arriba cuyo conductor muy probablemente falleció.
Me pareció importante comentarle a esta psicóloga que casi
tengo la seguridad de que además de haber nacido con TDAH (trastorno por
déficit de atención con hiperactividad) y con el paso de los años desarrollar
un trastorno límite de la personalidad (TLP [Borderline]), he vivido con
síndrome de Asperger. La semana pasada mandaron un mail en la empresa donde
trabajo para que los empleados que tienen hijos tuvieran la posibilidad de
identificarlo, mencionando 10 características, de las cuales yo encajo
prácticamente en todas.
Le comentaba a esta dama —a quien yo tengo en muy alta
estima— que si mi suposición fuera correcta, la he tenido demasiado difícil. Me
llama mucho la atención mi dificultad para relacionarme con otras personas, mi
incapacidad para sentir empatía por muchas personas (sobre todo con
características raciales que yo no aprecio); lo mucho que me molestan ciertos
estímulos (sobre todo ruido); los problemas de motricidad que mostré desde mi
más temprana infancia; las actividades restringidas, sistemáticas y
repetitivas; invención de palabras o expresiones idiosincráticas; en ocasiones
parecen estar ausentes, absortos en sus pensamientos.
Hasta la fecha, a poco más de un mes de cumplir 55 años,
carezco de buenas habilidades sociales y esta ha sido una constante a lo largo
de toda mi vida. En cuanto a la empatía, considero que mi país está sobrepoblado
y que la gente que más se reproduce es la de las clases bajas, compuestas en su
mayor parte por personas con un indigenismo más marcado, menos inteligentes,
menos proclives a la actividad intelectual y renuentes a estudiar y superarse;
su aspecto físico y su fealdad me provocan rechazo y furia, si bien puedo
aceptarlas en el plano individual, mas no en lo colectivo.
En entradas anteriores he mencionado a mi vecino Pelochas y
los trabajadores (albañiles y similares) que ha tenido trabajando en su casa durante
las últimas semanas y el ruido que hacen mientras laboran, acompañándolo de un
parloteo incesante. Incluso he llegado a enojarme mucho con mi madre cuando
retira los trastes lavados del escurridor para acomodarlos en la despensa,
porque quisiera que lo hiciera con el menor ruido posible. Cuando me transporto
de mi casa al trabajo y de regreso, me molesta mucho que el chofer lleve música
(que generalmente es una inmundicia) y que se suba gente a cantar o a pronunciar
monólogos o discursos buscando que los pasajeros les demos unas monedas. En
ocasiones he sentido el deseo de bajarlos a golpes, una vez lo hice.
En cuanto a mis problemas de motricidad, estos se
manifestaron desde que yo comenzaba a caminar, pero padeciendo estrabismo
divergente en el ojo izquierdo, los oftalmólogos dijeron a mis padres que esa
era la causa, lo que parece ser otro ejemplo de incompetencia médica. El hecho
es que pasé toda mi infancia y adolescencia batallando con mi torpeza física y
siendo todavía un niño me dio por entregarme a sesiones de salto de cuerda,
actividad en solitario en la intimidad de mi dormitorio. Ya en la adolescencia
comencé a correr y estas actividades mejoraron mi motricidad y mi coordinación.
Ya en la edad adulta, en 1992, teniendo 28 años de edad, compré unos rodillos
para ciclismo y desde entonces (durante 26 años) he realizado sesiones de
entrenamiento sobre este implemento que convierte una bicicleta convencional en
una estática.
Respecto a la invención de palabras y expresiones
idiosincráticas, no sé si sea acertado vincular el hecho de que tengo una
manera muy particular de bromear, que sorprende a otras personas cuando no me
conocen bien. Por ejemplo, cuando el mayor de mis sobrinos era un bebé me
refería a él como “pequeño monstruo” y al rememorar aquellas épocas, las he
descrito como una época de pesadilla, por el terror que me despertaba que ese
niño me hiciera daño, que me mutilara o me descuartizara vivo y en mis cinco
sentidos. Por supuesto, mi sobrino siempre ha sido un ser humano normal. Otro
ejemplo es que me gusta decirle malvada a las personas del género femenino con
las que me relaciono, por ejemplo en redes sociales. Tiendo mucho a acusarlas
de hacerme sufrir y poner emoticones que indican llanto, expresando la idea de
que me hacen sufrir mucho.
Habría sido de ayuda contar con profesionales de la salud
mental competentes y bien intencionados; no con hijos de puta como los
psiquiatras Flavio y Gustavo, gente verdaderamente de lo peor cuyos traumas por
su inferioridad racial (el primero) y por su fealdad repulsiva (el segundo) los
llenaron de resentimiento contra la vida y el deseo de hacerle daño a quien se
cruzara en su camino, a sus pacientes.
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