martes, 19 de marzo de 2019

Hablando con una psicóloga vía telefónica, le comento que soy Asperger


Ayer lunes, día de asueto en mi país desperté a temprana hora y después de mis tazas de café habituales, me dispuse a ir de compras a Sam’s y Walmart (en el orden inverso) donde compré mandado y el alimento de mis mascotas. Puesto que este este último estaba en oferta, compré dos sacos de 25 kg. Al entrar a Sam’s me percaté de que habían Smartphones de la marca y la compañía que yo uso (Hisense y AT&T, respectivamente) en oferta, a menos de la mitad del precio, pero decidí no hacer una compra y continuar con el que tengo, que de todos modos aún no tiene dos años de uso.

Más tarde le llamé a mi psicóloga favorita (vía telefónica) y esta vez le comenté los sucesos del día anterior durante mi recorrido ciclista en carretera, como un embotellamiento que provocó una fila de automotores de unos 4 km antes de llegar a un pueblo a 16 km del cruce con el anillo periférico, y de regreso, una camioneta pick-up volteada, con las cuatro llantas hacia arriba cuyo conductor muy probablemente falleció.

Me pareció importante comentarle a esta psicóloga que casi tengo la seguridad de que además de haber nacido con TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y con el paso de los años desarrollar un trastorno límite de la personalidad (TLP [Borderline]), he vivido con síndrome de Asperger. La semana pasada mandaron un mail en la empresa donde trabajo para que los empleados que tienen hijos tuvieran la posibilidad de identificarlo, mencionando 10 características, de las cuales yo encajo prácticamente en todas.

Le comentaba a esta dama —a quien yo tengo en muy alta estima— que si mi suposición fuera correcta, la he tenido demasiado difícil. Me llama mucho la atención mi dificultad para relacionarme con otras personas, mi incapacidad para sentir empatía por muchas personas (sobre todo con características raciales que yo no aprecio); lo mucho que me molestan ciertos estímulos (sobre todo ruido); los problemas de motricidad que mostré desde mi más temprana infancia; las actividades restringidas, sistemáticas y repetitivas; invención de palabras o expresiones idiosincráticas; en ocasiones parecen estar ausentes, absortos en sus pensamientos.

Hasta la fecha, a poco más de un mes de cumplir 55 años, carezco de buenas habilidades sociales y esta ha sido una constante a lo largo de toda mi vida. En cuanto a la empatía, considero que mi país está sobrepoblado y que la gente que más se reproduce es la de las clases bajas, compuestas en su mayor parte por personas con un indigenismo más marcado, menos inteligentes, menos proclives a la actividad intelectual y renuentes a estudiar y superarse; su aspecto físico y su fealdad me provocan rechazo y furia, si bien puedo aceptarlas en el plano individual, mas no en lo colectivo.

En entradas anteriores he mencionado a mi vecino Pelochas y los trabajadores (albañiles y similares) que ha tenido trabajando en su casa durante las últimas semanas y el ruido que hacen mientras laboran, acompañándolo de un parloteo incesante. Incluso he llegado a enojarme mucho con mi madre cuando retira los trastes lavados del escurridor para acomodarlos en la despensa, porque quisiera que lo hiciera con el menor ruido posible. Cuando me transporto de mi casa al trabajo y de regreso, me molesta mucho que el chofer lleve música (que generalmente es una inmundicia) y que se suba gente a cantar o a pronunciar monólogos o discursos buscando que los pasajeros les demos unas monedas. En ocasiones he sentido el deseo de bajarlos a golpes, una vez lo hice.

En cuanto a mis problemas de motricidad, estos se manifestaron desde que yo comenzaba a caminar, pero padeciendo estrabismo divergente en el ojo izquierdo, los oftalmólogos dijeron a mis padres que esa era la causa, lo que parece ser otro ejemplo de incompetencia médica. El hecho es que pasé toda mi infancia y adolescencia batallando con mi torpeza física y siendo todavía un niño me dio por entregarme a sesiones de salto de cuerda, actividad en solitario en la intimidad de mi dormitorio. Ya en la adolescencia comencé a correr y estas actividades mejoraron mi motricidad y mi coordinación. Ya en la edad adulta, en 1992, teniendo 28 años de edad, compré unos rodillos para ciclismo y desde entonces (durante 26 años) he realizado sesiones de entrenamiento sobre este implemento que convierte una bicicleta convencional en una estática.

Respecto a la invención de palabras y expresiones idiosincráticas, no sé si sea acertado vincular el hecho de que tengo una manera muy particular de bromear, que sorprende a otras personas cuando no me conocen bien. Por ejemplo, cuando el mayor de mis sobrinos era un bebé me refería a él como “pequeño monstruo” y al rememorar aquellas épocas, las he descrito como una época de pesadilla, por el terror que me despertaba que ese niño me hiciera daño, que me mutilara o me descuartizara vivo y en mis cinco sentidos. Por supuesto, mi sobrino siempre ha sido un ser humano normal. Otro ejemplo es que me gusta decirle malvada a las personas del género femenino con las que me relaciono, por ejemplo en redes sociales. Tiendo mucho a acusarlas de hacerme sufrir y poner emoticones que indican llanto, expresando la idea de que me hacen sufrir mucho.

Habría sido de ayuda contar con profesionales de la salud mental competentes y bien intencionados; no con hijos de puta como los psiquiatras Flavio y Gustavo, gente verdaderamente de lo peor cuyos traumas por su inferioridad racial (el primero) y por su fealdad repulsiva (el segundo) los llenaron de resentimiento contra la vida y el deseo de hacerle daño a quien se cruzara en su camino, a sus pacientes.

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