La motivación para escribir la entrada anterior fue expresar
la idea de la importancia que puede tener un padre en la vida de un ser humano.
No sé si Robert Scholl educó a sus hijos en la obediencia, pero eso parece poco
probable por el hecho de que varios de ellos decidieran militar en las
Juventudes Hitlerianas pese a la oposición de él, lo que tuvo como resultado
que ellos mismos se dieran cuenta del error que habían cometido y esa
experiencia, si bien mala, fue provechosa porque les abrió los ojos a una
realidad terrible y les permitió tomar una postura correcta en la época
histórica que les tocó vivir.
Hablando de mí, yo tuve un padre atroz, un hombre que si
bien estaba muy enfermo, antes que eso era un ser humano ruin, depravado,
sádico; llevaba la semilla de la destructividad más por vocación que por
patología y eso es lo que no puedo perdonarle. Que haya decidido hacerse daño a
sí mismo es una cosa, que haya decidido arrastrar a su familia en la caída es
otra.
Ese mal hombre era tremendamente autoritario y la frase
“están para obedecer” (refiriéndose a sus hijos) era una de las más articuladas
por su sucia boca. Este señor jamás habría podido entender lo dañina que puede
ser la obediencia simple y sencillamente porque carecía de la inteligencia para
ello, y porque no estaba dispuesto si quiera a escuchar una idea que no
concordara con su filosofía de vida.
Durante todos mis años de escuela tuve muy mal desempeño
académico, y mala conducta. Lo primero se debía a que pese a tener un cociente
intelectual alto, se me dificultaba aprender muchas cosas y lo segundo, mi mal
comportamiento no era otra cosa que el reflejo de la violencia que se vivía en
mi casa. El método que escogió ese mal individuo para resolver el problema de mi
mal desempeño escolar consistió en castigos (como dejarme sin regalos una
Navidad, colocándome además en el papel de paria) y amenazas. A este pendejo
nunca se le ocurrió que algo mejor habría sido motivarme a estudiar y de ser
necesario, conseguirme la ayuda que necesitaba, un maestro particular. Que yo
sacara malas calificaciones constituía para él un acto de violencia que yo le
propinaba con la intención de conseguir que su esfuerzo cotidiano para trabajar
y ganarse la vida, para proveer para su familia, resultara inútil y le hiciera
sentir que nada tenía sentido.
Cuando llegué a la adolescencia, me sentí inspirado para
convertirme en un deportista en parte porque me atraía la disciplina en sí
misma, y en parte porque contribuiría a desarrollarme dentro del modelo de
individuo que deseaba ser. Con esto último quiero decir que al observar
imágenes de deportistas de alto rendimiento, los percibía como superdotados y
la belleza de su anatomía era equiparable a la de las esculturas del
renacimiento y de la antigua Grecia.
Al mirarme medio de reojo, con un odio no muy disimulado, mi
padre exclamó una vez: Rafael (así me dijo él toda su vida) va a ser gordo (en
la edad adulta). Un hombre normal, que no hubiera estado poseído por un odio
irracional hacia su propio hijo se habría sentido satisfecho (y tal vez
orgulloso) de tener un hijo como el suyo, un muchacho delgado, físicamente
apto, entregado a una disciplina deportiva, preocupado por su alimentación y
por sus hábitos de higiene. Para mi padre, todo esto constituía un agravio cuya
intención era hacerle la vida miserable.
Ya en esa época (a mediados de la década de 1980), mi padre
había comenzado a vislumbrar que era un alcohólico, o por lo menos no negaba
todo el tiempo que abusaba cotidianamente de esa sustancia. Ante su frustración
de tener un hijo que no daba señales de caer en hábitos destructivos, me decía
con una voz cargada de veneno: “a tu edad a mí no me gustaba ni la cerveza”. Yo
consumía esa bebida ocasionalmente, en cantidades muy moderadas y eso le daba
esperanza a mi progenitor, de que con el paso de los años mi consumo se
incrementara y acabara siendo otro adicto, con una vida arruinada y haciéndole
daño a mi propia familia, a mi esposa y a mis hijos. De haber sucedido esto, la
estafeta habría cambiado de manos y la vida de mi padre habría tenido sentido,
pero no fue así.
Todo esto constituía un conjunto de órdenes, cuya obediencia
quedaba implícita, pues venía de mi padre y ante Dios y la Biblia, yo debía
obedecer; de no hacerlo así, estaría quebrantando la voluntad de un ser
todopoderoso.
Sin tener conciencia de todo esto, yo decidí no obedecer y
esto resultó sencillo porque lo único que tuve que hacer para conseguirlo, fue
apegarme a mi naturaleza. Creo que a pesar de mis problemas, y de una
proclividad a la violencia, amo la vida y así ha sido siempre. He mencionado en
un cierto número de entradas en este blog que le doy una gran importancia a mi
apariencia física y esta es motivo de bienestar y orgullo para mí. La razón de
esto es que el origen de la buena imagen que yo pueda proyectar está en una
buena salud, en vivir correctamente cultivando una disciplina deportiva,
evitando el abuso de sustancias, respetando mis horas de sueño, alimentándome
correctamente y siendo congruente con las ideas que profeso.
Durante años he tenido la sospecha de que si en lugar de
haber abrazado un estilo de vida saludable, hubiera hecho lo contrario y siendo
todavía un hombre joven, de menos de 40 años hubiera estado obeso, con
problemas de hipertensión arterial, y los estragos que el sobrepeso causa en el
organismo, proyectando la imagen de un fracasado, de un pendejo bien hecho, las
diferencias entre mi padre y yo habrían sido mucho menores, o tal vez habríamos
tenido una muy buena relación. Mas todo esto, resultó una imposibilidad.
Otro factor que pudo haber contribuido a lo que he logrado
(si bien pudiera parecer poco) es el odio que comencé a sentir contra él en la
adolescencia, mismo que se identificó en mis tempranos años veintes, cuando me
di cuenta de la devastación que ese monstruo había causado en mi vida. Parece
difícil de entender que el odio pueda tener un efecto positivo, pero creo
firmemente que en mi caso eso fue lo que sucedió. Odiar a mi padre me motivó a
esforzarme para ser muy diferente a él y a poco más de un mes de cumplir 55
años, me veo mejor que él cuando tenía 35 años. Este comentario es traído a mi
mente porque hace años observé una fotografía de diciembre de 1972, cuando mi
hermana menor (que en paz descanse) tenía dos meses de nacida y fue bautizada
en una iglesia cercana a nuestro domicilio.
La ciudad donde vivíamos tiene un clima cálido todo el año y
mi padre llevaba puesta una playera tipo Chemise. Bajo la delgada tela se
vislumbran tetas y un abdomen ya abultado en un hombre todavía joven. En su
rostro, se manifiesta una combinación de estupidez y de ceguera que dominarían
el resto de su vida, tal vez porque él así lo quiso, porque vivir así resultaba
menos doloroso, si bien eso fue lo que acabó matándolo.
Padre maldito, no obedecí tus órdenes. Ahora lo sabes, hijo
de puta.
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