viernes, 22 de marzo de 2019

De vivir en la desobediencia y constituir esto mi salvación


La motivación para escribir la entrada anterior fue expresar la idea de la importancia que puede tener un padre en la vida de un ser humano. No sé si Robert Scholl educó a sus hijos en la obediencia, pero eso parece poco probable por el hecho de que varios de ellos decidieran militar en las Juventudes Hitlerianas pese a la oposición de él, lo que tuvo como resultado que ellos mismos se dieran cuenta del error que habían cometido y esa experiencia, si bien mala, fue provechosa porque les abrió los ojos a una realidad terrible y les permitió tomar una postura correcta en la época histórica que les tocó vivir.

Hablando de mí, yo tuve un padre atroz, un hombre que si bien estaba muy enfermo, antes que eso era un ser humano ruin, depravado, sádico; llevaba la semilla de la destructividad más por vocación que por patología y eso es lo que no puedo perdonarle. Que haya decidido hacerse daño a sí mismo es una cosa, que haya decidido arrastrar a su familia en la caída es otra.

Ese mal hombre era tremendamente autoritario y la frase “están para obedecer” (refiriéndose a sus hijos) era una de las más articuladas por su sucia boca. Este señor jamás habría podido entender lo dañina que puede ser la obediencia simple y sencillamente porque carecía de la inteligencia para ello, y porque no estaba dispuesto si quiera a escuchar una idea que no concordara con su filosofía de vida.

Durante todos mis años de escuela tuve muy mal desempeño académico, y mala conducta. Lo primero se debía a que pese a tener un cociente intelectual alto, se me dificultaba aprender muchas cosas y lo segundo, mi mal comportamiento no era otra cosa que el reflejo de la violencia que se vivía en mi casa. El método que escogió ese mal individuo para resolver el problema de mi mal desempeño escolar consistió en castigos (como dejarme sin regalos una Navidad, colocándome además en el papel de paria) y amenazas. A este pendejo nunca se le ocurrió que algo mejor habría sido motivarme a estudiar y de ser necesario, conseguirme la ayuda que necesitaba, un maestro particular. Que yo sacara malas calificaciones constituía para él un acto de violencia que yo le propinaba con la intención de conseguir que su esfuerzo cotidiano para trabajar y ganarse la vida, para proveer para su familia, resultara inútil y le hiciera sentir que nada tenía sentido. 

Cuando llegué a la adolescencia, me sentí inspirado para convertirme en un deportista en parte porque me atraía la disciplina en sí misma, y en parte porque contribuiría a desarrollarme dentro del modelo de individuo que deseaba ser. Con esto último quiero decir que al observar imágenes de deportistas de alto rendimiento, los percibía como superdotados y la belleza de su anatomía era equiparable a la de las esculturas del renacimiento y de la antigua Grecia.

Al mirarme medio de reojo, con un odio no muy disimulado, mi padre exclamó una vez: Rafael (así me dijo él toda su vida) va a ser gordo (en la edad adulta). Un hombre normal, que no hubiera estado poseído por un odio irracional hacia su propio hijo se habría sentido satisfecho (y tal vez orgulloso) de tener un hijo como el suyo, un muchacho delgado, físicamente apto, entregado a una disciplina deportiva, preocupado por su alimentación y por sus hábitos de higiene. Para mi padre, todo esto constituía un agravio cuya intención era hacerle la vida miserable.

Ya en esa época (a mediados de la década de 1980), mi padre había comenzado a vislumbrar que era un alcohólico, o por lo menos no negaba todo el tiempo que abusaba cotidianamente de esa sustancia. Ante su frustración de tener un hijo que no daba señales de caer en hábitos destructivos, me decía con una voz cargada de veneno: “a tu edad a mí no me gustaba ni la cerveza”. Yo consumía esa bebida ocasionalmente, en cantidades muy moderadas y eso le daba esperanza a mi progenitor, de que con el paso de los años mi consumo se incrementara y acabara siendo otro adicto, con una vida arruinada y haciéndole daño a mi propia familia, a mi esposa y a mis hijos. De haber sucedido esto, la estafeta habría cambiado de manos y la vida de mi padre habría tenido sentido, pero no fue así.

Todo esto constituía un conjunto de órdenes, cuya obediencia quedaba implícita, pues venía de mi padre y ante Dios y la Biblia, yo debía obedecer; de no hacerlo así, estaría quebrantando la voluntad de un ser todopoderoso.

Sin tener conciencia de todo esto, yo decidí no obedecer y esto resultó sencillo porque lo único que tuve que hacer para conseguirlo, fue apegarme a mi naturaleza. Creo que a pesar de mis problemas, y de una proclividad a la violencia, amo la vida y así ha sido siempre. He mencionado en un cierto número de entradas en este blog que le doy una gran importancia a mi apariencia física y esta es motivo de bienestar y orgullo para mí. La razón de esto es que el origen de la buena imagen que yo pueda proyectar está en una buena salud, en vivir correctamente cultivando una disciplina deportiva, evitando el abuso de sustancias, respetando mis horas de sueño, alimentándome correctamente y siendo congruente con las ideas que profeso.

Durante años he tenido la sospecha de que si en lugar de haber abrazado un estilo de vida saludable, hubiera hecho lo contrario y siendo todavía un hombre joven, de menos de 40 años hubiera estado obeso, con problemas de hipertensión arterial, y los estragos que el sobrepeso causa en el organismo, proyectando la imagen de un fracasado, de un pendejo bien hecho, las diferencias entre mi padre y yo habrían sido mucho menores, o tal vez habríamos tenido una muy buena relación. Mas todo esto, resultó una imposibilidad.

Otro factor que pudo haber contribuido a lo que he logrado (si bien pudiera parecer poco) es el odio que comencé a sentir contra él en la adolescencia, mismo que se identificó en mis tempranos años veintes, cuando me di cuenta de la devastación que ese monstruo había causado en mi vida. Parece difícil de entender que el odio pueda tener un efecto positivo, pero creo firmemente que en mi caso eso fue lo que sucedió. Odiar a mi padre me motivó a esforzarme para ser muy diferente a él y a poco más de un mes de cumplir 55 años, me veo mejor que él cuando tenía 35 años. Este comentario es traído a mi mente porque hace años observé una fotografía de diciembre de 1972, cuando mi hermana menor (que en paz descanse) tenía dos meses de nacida y fue bautizada en una iglesia cercana a nuestro domicilio.

La ciudad donde vivíamos tiene un clima cálido todo el año y mi padre llevaba puesta una playera tipo Chemise. Bajo la delgada tela se vislumbran tetas y un abdomen ya abultado en un hombre todavía joven. En su rostro, se manifiesta una combinación de estupidez y de ceguera que dominarían el resto de su vida, tal vez porque él así lo quiso, porque vivir así resultaba menos doloroso, si bien eso fue lo que acabó matándolo.

Padre maldito, no obedecí tus órdenes. Ahora lo sabes, hijo de puta. 

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