viernes, 22 de marzo de 2019

Sobre el padre de Hans y Sophie Scholl, y no vivir en la obediencia


Empiezo a leer el libro sobre Hans y Sophie Scholl, titulado “en el corazón de la Rosa Blanca” de la autoría de  Inge Jens, apenas llevo unas cuantas páginas. Me llama la atención que el padre de Hans y Sophie y otros cuatro hijos (otro muchacho y otras dos hijas), cuatro de los cuales murieron jóvenes  (la menor siendo una bebé de un año de edad o menos) era crítico del régimen Nazi antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Varios de sus hijos (incluyendo a Hans y Sophie) se unieron a las Juventudes Hitlerianas y él no pudo evitarlo, pero al cabo de un tiempo no muy prolongado, abandonaron esa organización, al sentirse desilusionados por las ideas centrales de esa ideología, contrarias a la educación humanista y profundamente religiosa (luterana) recibida en su hogar.

Esto me trae a la mente la importancia de un padre en la vida de un ser humano. Siento admiración por Robert debido a su postura valiente ante un régimen criminal, uno de esos hombres que no abundan, que prefieren pelear cuando es necesario, cuando no es posible evitar el conflicto o hacerlo tiene un costo más alto que rehuirlo. Habiendo nacido en el siglo XIX, en una cultura profundamente autoritaria como lo es Alemania, Robert Scholl educó a sus hijos en un clima de libertad, pues aun sabiendo que él no veía con buenos ojos que pertenecieran a una organización nacional socialista, sus hijos pasaron a formar parte de ella, y abandonarla resultó algo natural, sin consecuencias y en cambio habiéndose descubierto a sí mismos en buena medida.
                            
Este es un ejemplo de desobediencia, algo que en mi opinión es muy valioso. A ese respecto, se ha argumentado que los alemanes iniciaron una guerra que mató a cerca de 60 millones de personas en Europa, se masacró a las poblaciones civiles de todos los países que invadieron, se cometieron crímenes de guerra y el más conocido de todos los actos de crueldad en gran escala: el Holocausto. ¿Qué fue lo que hizo posible que un pueblo muy destacado por una historia con numerosos filósofos, músicos y hombres de ciencia cometiera los crímenes más grandes de la historia? La obediencia.

La obediencia es un buen principio en el inicio de nuestras vidas, cuando no tenemos conocimiento ni conciencia, posiblemente también carecemos de voluntad (por lo menos en lo que respecta a tomar decisiones de trascendencia). Sin embargo, en el proceso durante el cual dejamos de ser niños, pasamos por la adolescencia y finalmente nos convertimos en adultos jóvenes, la obediencia debe dar paso a la responsabilidad, a la internalización de los valores aprendidos, y al compromiso de vivir haciendo lo correcto porque hacerlo así es beneficioso para todos.

El problema con la obediencia es que si es esto lo que motiva a una persona a no cometer actos indebidos, en ausencia de una autoridad punitiva, o en una situación en que la posibilidad de ser descubierto es remota o nula, la probabilidad de transgredir las reglas y cometer actos incorrectos, o violar la ley es muy alta. Me parece que ese es un problema gravísimo en el país en el que nací y donde he pasado toda mi vida, una alta proporción de su población está compuesta por personas con un carácter pragmático, cuyas conductas no se rigen por principios, sino por las circunstancias y ello se refleja en nuestro vergonzoso lugar en el mundo cuando se mide la corrupción.

Hablando de mí, y sin ánimo de describirme como un hombre ejemplar —pues no me considero tal— cuando camino por la vía pública, evito tirar basura porque hacerlo contribuye a darle mala imagen a la misma, además de que esta puede ser arrastrada hacia los drenajes, donde contribuye a obstruirlos y esto da lugar a inundaciones en época de lluvias. Si voy a un comercio y veo un artículo que me gustaría tener pero no me es posible adquirirlo por su elevado precio, no pienso en hurtarlo. No es el miedo a las consecuencias lo que me detiene, en realidad ni siquiera me pasa la idea por la mente; robar no es una posibilidad para mí y hacerme de algo cometiendo un acto ilícito o inmoral tendría como consecuencia devaluarme ante mí y perder el respeto que me he adjudicado mediante aquello que he hecho bien durante mi vida. El precio a pagar sería demasiado alto, aún si no corriera el riesgo de ser descubierto y castigado por cometer ese delito. Ya no podría criticar a la gente corrupta y deshonesta que pulula en muchas ocupaciones como la política y el gobierno, pues habría caído tan bajo como ellos. Para mí no existe tal cosa como un latrocinio pequeño, como “robar poquito.”

Mi apego a las reglas viene de la convicción, de valores internalizados, no de la obediencia o el miedo a las consecuencias, lo cual comúnmente va junto y convierte el individuo que vive con esos principios en un ser despreciable, indigente en lo moral, carente de todo valor como ser humano.

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