Transcurren los días de la semana y llegamos al cuarto día
laboral, de cinco. Pienso en lo que le voy a decir a la psicóloga que me
atiende vía telefónica en sábado o en domingo, lo que ha ocurrido en estos días
y esto se ha vuelto una costumbre.
Me ha llamado la atención esa necesidad de hablar con
alguien, algo muy importante para mí, establecer comunicación con otra persona,
pero que sea alguien inteligente, con una buena preparación académica, de
preferencia culta, empática, sensible, respetuosa. Esto ha sido posible la
mayor parte del tiempo durante los últimos once años, o un poco más. ¿Por qué
una psicóloga? Debe serlo (del sexo femenino) porque solamente alguien que
conoce la psiquis humana y sus patologías posibles tendría la capacidad de
entender el modo como he vivido, que a gente sin ese conocimiento no solamente
le resulta imposible comprender, sino que le genera sentimientos de hostilidad
e incluso desprecio. En el pasado, en diferentes épocas traté con psicólogas
que al principio mostraron una actitud correcta para más adelante (en el
transcurso de meses o un periodo mayor a un año o dos) me agredieron de manera
verbal, sabiendo lo sensible que soy respecto a mi condición adulta en la que
he vivido la mayor parte del tiempo sin trabajar, siendo esto lo más terrible
que me ha pasado en toda mi existencia.
Vivo esto en secreto, no se lo digo a nadie a menos que se
trate de una persona que se ha ganado mi confianza, pero cuando trato con un
profesional de la salud mental (psicóloga o psiquiatra) es una de las primeras
cosas que les digo acerca de mí, y en teoría, conociendo mi patología tan grave
tienen la capacidad de entenderlo sin sentir desprecio por su paciente.
Vi en Twitter una imagen con texto refiriéndose a qué
decirle y qué no decirle a alguien que padece de depresión, un trastorno cada
vez más común en nuestros días, en teoría tan sencillo en sus manifestaciones,
pero que tan pocas personas tienen la capacidad de entender. Entre las
tonterías que hablan quienes no saben se encuentran los slogans ‘échale ganas’,
‘piensa positivo’; y entre los juicios, mucha gente estúpida afirma que el
problema de origen es no tener un objetivo trazado, carecer de un proyecto de vida
o querer manipular a otros; unos aún más idiotas dicen que quien padece este
mal está cosechando lo que sembró, que ha vivido sin querer esforzarse para
hacer lograr algo en la vida; atrocidades por el estilo.
Si se encuentra tanta incomprensión, estulticia y ausencia
de humanidad cuando se trata de algo tan sencillo como la depresión, ¿qué
podríamos esperar cuando se habla de un trastorno de personalidad, más aún
cuando se trata de uno muy grave, uno de los más devastadores como el trastorno
límite de la personalidad (TLP)?
Me ha preocupado en últimas fechas la percepción que puedan
tener de mí algunas personas, por ser importantes en mi vida. Una de ellas es
la psicóloga que me atiende vía telefónica en fin de semana, pues se encuentra
en una institución de tamaño mediano o tal vez pequeño, rodeada de gente dada
al chisme y a propagar todo tipo de ideas sobre otras personas, en particular
sobre usuarios como yo a quienes se considera problemáticos. En el blog que
terminé de escribir en los primeros días de enero pasado, había escrito algo
sobre esa psicóloga que se convirtió en mi amiga, refiriéndome a ella sin
mencionar si quiera su nombre y en su lugar llamándola ‘la mujer que amo’. No
se le podía identificar, pero más tarde puse una foto de ella (si bien de hace
muchos años) y eso generó muchas visitas a esa entrada (más de 200) lo que pudo
haberla puesto en una mala situación tanto en el plano laboral como familiar,
con su cónyuge.
Lo que quisiera que quedara claro es que nunca falté a la
verdad y lo que escribí sobre ella es que había sido mi amiga, que habíamos ido
a desayunar en varias ocasiones (no muchas), que al encontrarnos nos
saludábamos con un abrazo y un beso; en fin, nada incorrecto. Yo jamás
escribiría falsedades, mucho menos si con ello perjudicara a alguien.
La pregunta obvia sería ¿por qué lo hice? Porque esta mujer
me lastimó al alejarse de mí pues yo no le di motivos para que hiciera eso y en
cambio pienso que me utilizó para culparme de las posibles situaciones de
violencia que padece cotidianamente, cuyo origen pudiera ser su cónyuge (una
persona muy agresiva) o su padre y tal vez su madre también, de quienes se
había alejado y por petición de ellos regresó a sus vidas.
Tendré que aclarar esto con la persona que me interesa, esa
psicóloga que me atiende en fin de semana y espero que eso la tranquilice, si eso
ha sido motivo para que sienta preocupación o inquietud respecto a nuestra
relación terapéutica.
Lo intentaré al menos.
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