Poco antes de salir a comer (algo que en realidad no hago,
más bien me tomo mi tiempo de descanso) fui al baño y al regresar, en el
momento de ingresar a la oficina tuve que cederle el paso a una nueva
compañera, de nombre Carmen que llegó hace dos semanas (de hecho menos) y ocupa
el mismo puesto que yo, traductor. Su actitud hedía a hostilidad y encontrarme
de frente con ella produce una sensación equiparable a recibir un puñetazo en
el estómago, su cuerpo está lleno de grasa, de manteca; no hace contacto visual
pero la expresión de su rostro proyecta un odio que para mí resulta
incomprensible porque no le he hecho absolutamente nada; su actitud belicosa
refleja la imagen de una aberración con patas (de cerdo) por dirigir su
violencia contra un compañero de trabajo sin justificación alguna.
En las últimas semanas han llegado a la oficina nuevas
compañeras de trabajo, cuatro, de las cuales el 75 por ciento (o sea tres) son
obesas. Dos de ellas tienen actitudes correctas, de respeto, sin agredir ni
ofender a nadie de ninguna manera. Las otras (la gorda mencionada en el párrafo
anterior) y otra, la única delgada, dan rienda suelta a su amargura defecando
(de manera metafórica) la senda que pisan. Es un hecho que como una
generalidad, resulta más fácil para una mujer agredir a otros que a un hombre
asumir ese tipo de conductas. Hablando con una psicóloga, al plantearle la
pregunta quiénes son más conflictivos, hombres o mujeres, me respondió que
ellas.
La gorda rabiosa se ha ido a comer desde el principio con
una de las compañeras del escritorio múltiple mencionado en el párrafo anterior,
gorda y extremadamente tonta muy amiga de un homosexual que pertenece a este
departamento, de conducta atroz, que afortunadamente cambió de lugar a un área
recién construida por necesidad de la empresa, porque se está contratando
personal ante el aumento en la producción y el crecimiento de la compañía.
Ese homosexual es posiblemente la persona más detestada de
todo el departamento (compuesto por más de 60 integrantes), y la razón no es homofobia,
sino su costumbre de agredir verbalmente a otras personas y a abusar de su
cercanía con la directora de esta división, que lo ha cobijado con impunidad,
como a otros. La gorda recién llegada debe ser muy estúpida si la razón de su
hostilidad, por la cual se defeca por donde pasa es haber escuchado a ese mal
compañero hablar mal de mí (y muy probablemente de otros compañeros) que
incluso tiene un aspecto de lo más desagradable, para mí repulsivo.
Además de estar hecha un cerdo (siendo a todas luces una
persona joven), esa vieja babosa fuma, lo que habla de un estilo de vida
destructivo pues la obesidad constituye un acto de autoagresión y por si eso no
fuera suficiente, tiene que envenenar el aire que respira dañando sus pulmones
y su corazón, reduciendo aún más su capacidad respiratoria y preparando el
camino para algún tipo de cáncer.
Bueno, no le permitamos a la marrana que nos haga sentir
mal, que le aproveche a la pobre idiota.
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