viernes, 12 de abril de 2019

Pensamientos diversos, al terminar la semana laboral


Último día de la semana laboral, última hora, mi mente se mantiene ocupada con pensamientos inconexos, cada uno de los cuales trae aparejados sentimientos, la mayoría de los cuales son negativos como tristeza, frustración o furia.

Vi en Twitter el perfil del esposo de mi hermana Yolanda, con quien se casó en agosto de 1993 arruinando su vida. El tipo tiene el aspecto de un paria, de un vividor burdo y cínico. En momentos de enojo e incomodidad (que son tan frecuentes en mí) le he dicho a mi madre que con lo que he estado haciendo los últimos cuatro años (que llevo en mi empleo) le he estado rompiendo el hocico a ese lacra. No he tenido comunicación con esa hermana, pero tengo la sensación de que está muy cansada de llevar sola el peso de la manutención de una familia, sin ayuda de su esposo y la situación empieza a quebrantarle el alma. Siento pena por ella, pero al mismo tiempo creo que es una condición merecida pues lo que me hizo en abril de 2014 (hablar mal de mí a mis espaldas, mencionándome como el responsable de sus problemas, continuando con la labor iniciada por nuestro maldito padre) me lastimó mucho y me provocó crisis muy dolorosas, recurrentes, heridas que tardaron mucho en sanar.

También he pensado en esa psicóloga con la que he llegado a involucrarme de quien no sé mucho, solamente generalidades pero sí sé que tiene una inteligencia poco común y que es una mujer bellísima. El sábado pasado de pronto sentí la necesidad de alejarme de ella, porque si mi involucramiento sigue creciendo, ante la imposibilidad de que haya nada entre ella y yo, me veo en riesgo de caer en un sufrimiento tremendo y eso es algo que no necesito, algo a lo que de veras temo.

Por otra parte me he dado cuenta de que en SALME, Instituto Jalisciense de Salud Mental, soy una persona importante (aunque la mayoría de sus empleados no me conocen) y me consideran un usuario peligroso. Yo rechazo esa noción, pero sí tengo conciencia de que lo que he hecho (escribir sobre gente que trabaja ahí) he provocado conmoción, y posiblemente una afectación seria a ciertas personas en particular. Una de ellas, una psicóloga de nombre Rosy, por la sencilla razón de que con el paso del tiempo siguió agrediéndome, algo que era su obligación evitar y yo no le di motivos para que hiciera eso.

De manera análoga, he afectado a un psiquiatra de nombre Flavio (que no trabaja en esa institución, sino en una que se encuentra a un lado de la misma), un mal individuo que me hizo mucho daño en un periodo discontinuo de once años, que comenzó en 1995 cuando yo ya no quería vivir (incluso tenía conductas de mucho peligro, suicidas y de automutilación) y continuó hasta 2006, cuando mi hermana menor acababa de morir, tiempo durante el cual mostró indiferencia por mí, no me dio el tratamiento que requería mi trastorno de personalidad (muy grave), ni siquiera me informó que padecía esa patología y terminó agrediéndome verbalmente, pegándome donde más me dolía.

No se debe subestimar el efecto que tiene la verdad en gente que ha optado por vivir en el engaño, huyendo de una realidad dolorosa, asumiendo una actitud cobarde ante la vida, optando por culpar a otros de sus carencias y de sus debilidades y buscando a quién hacer daño para desahogar su frustración.

Al escribir este último párrafo se me vienen a la cabeza el médico de la empresa y su jefe, el director de RH. Yo decidí no volver a tratar con ninguno de ellos y los considero gente despreciable, habiéndome traicionado en un momento en el que se me señaló como un peligro potencial sabiendo que no había una justificación para ello. Me abruma pensar en la cantidad de gente cobarde que hay en mi entorno  y pienso en la posibilidad de que así sea en gran parte del mundo. De ahí mi admiración por gente como Hans y Sophie Scholl, y Christoph Probst, miembros de la Rosa Blanca ejecutados en la Alemania nazi un 22 de febrero de 1943.

Hay principios que rigen mi vida y la cobardía no es uno de ellos.

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