Último día de la semana laboral, última hora, mi mente se
mantiene ocupada con pensamientos inconexos, cada uno de los cuales trae
aparejados sentimientos, la mayoría de los cuales son negativos como tristeza,
frustración o furia.
Vi en Twitter el perfil del esposo de mi hermana Yolanda,
con quien se casó en agosto de 1993 arruinando su vida. El tipo tiene el aspecto
de un paria, de un vividor burdo y cínico. En momentos de enojo e incomodidad
(que son tan frecuentes en mí) le he dicho a mi madre que con lo que he estado
haciendo los últimos cuatro años (que llevo en mi empleo) le he estado
rompiendo el hocico a ese lacra. No he tenido comunicación con esa hermana,
pero tengo la sensación de que está muy cansada de llevar sola el peso de la
manutención de una familia, sin ayuda de su esposo y la situación empieza a
quebrantarle el alma. Siento pena por ella, pero al mismo tiempo creo que es
una condición merecida pues lo que me hizo en abril de 2014 (hablar mal de mí a
mis espaldas, mencionándome como el responsable de sus problemas, continuando
con la labor iniciada por nuestro maldito padre) me lastimó mucho y me provocó
crisis muy dolorosas, recurrentes, heridas que tardaron mucho en sanar.
También he pensado en esa psicóloga con la que he llegado a
involucrarme de quien no sé mucho, solamente generalidades pero sí sé que tiene
una inteligencia poco común y que es una mujer bellísima. El sábado pasado de
pronto sentí la necesidad de alejarme de ella, porque si mi involucramiento
sigue creciendo, ante la imposibilidad de que haya nada entre ella y yo, me veo
en riesgo de caer en un sufrimiento tremendo y eso es algo que no necesito,
algo a lo que de veras temo.
Por otra parte me he dado cuenta de que en SALME, Instituto
Jalisciense de Salud Mental, soy una persona importante (aunque la mayoría de
sus empleados no me conocen) y me consideran un usuario peligroso. Yo rechazo
esa noción, pero sí tengo conciencia de que lo que he hecho (escribir sobre
gente que trabaja ahí) he provocado conmoción, y posiblemente una afectación
seria a ciertas personas en particular. Una de ellas, una psicóloga de nombre
Rosy, por la sencilla razón de que con el paso del tiempo siguió agrediéndome,
algo que era su obligación evitar y yo no le di motivos para que hiciera eso.
De manera análoga, he afectado a un psiquiatra de nombre
Flavio (que no trabaja en esa institución, sino en una que se encuentra a un lado
de la misma), un mal individuo que me hizo mucho daño en un periodo discontinuo
de once años, que comenzó en 1995 cuando yo ya no quería vivir (incluso tenía
conductas de mucho peligro, suicidas y de automutilación) y continuó hasta
2006, cuando mi hermana menor acababa de morir, tiempo durante el cual mostró
indiferencia por mí, no me dio el tratamiento que requería mi trastorno de
personalidad (muy grave), ni siquiera me informó que padecía esa patología y
terminó agrediéndome verbalmente, pegándome donde más me dolía.
No se debe subestimar el efecto que tiene la verdad en gente
que ha optado por vivir en el engaño, huyendo de una realidad dolorosa,
asumiendo una actitud cobarde ante la vida, optando por culpar a otros de sus
carencias y de sus debilidades y buscando a quién hacer daño para desahogar su
frustración.
Al escribir este último párrafo se me vienen a la cabeza el
médico de la empresa y su jefe, el director de RH. Yo decidí no volver a tratar
con ninguno de ellos y los considero gente despreciable, habiéndome traicionado
en un momento en el que se me señaló como un peligro potencial sabiendo que no
había una justificación para ello. Me abruma pensar en la cantidad de gente
cobarde que hay en mi entorno y pienso
en la posibilidad de que así sea en gran parte del mundo. De ahí mi admiración
por gente como Hans y Sophie Scholl, y Christoph Probst, miembros de la Rosa
Blanca ejecutados en la Alemania nazi un 22 de febrero de 1943.
Hay principios que rigen mi vida y la cobardía no es uno de
ellos.
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