Pasa el marica que ha alcanzado un gran dominio en su ocupación
favorita, un virtuoso en el arte del chisme y la intriga. Me doy cuenta de que
se metió en un problema y casi tengo la seguridad de que tuvo que ver con que
desde mediados de 2017 se dedicó a difamarme, a hablar falsedades de mí
(vomitar veneno) a mis espaldas. Camina con una lentitud que parece deliberada
y en ocasiones me echa una mirada de reojo, que parece de reproche.
Tiene el aspecto de un alfeñique, una característica que no
es viril, ni siquiera masculina. Para suplir esas carencias se ha dejado la
barba, como tantos individuos patéticos que pese a tener ya más de 30 años, o
incluso más de 40 no han encontrado una identidad y siguen las modas incomprensibles
y grotescas. Este pobre baboso no se da cuenta que dejarse crecer pelo en la
cara no tiene nada que ver con ser hombre, qué sencilla sería la vida si así se
resolvieran nuestros problemas más apremiantes.
¿Por qué tocar este tema en este momento? En primer lugar lo
tengo muy cerca de mí, en un área cerrada a mis espaldas y para ingresar a ella
tiene que pasar junto al escritorio que yo ocupo. A muy corta distancia de mi
lugar hay un escritorio múltiple que ocupan cuatro personas, no las mejores de
mi departamento. En este momento todas son del sexo femenino y dos de ellas
—que tienen en común un sobrepeso serio— además de tener muy poca inteligencia,
se dedican a hablar mal de otras personas y temo que eso han hecho con la
compañera que llegó el martes pasado. Si tuviera razón, esto no justificaría la
actitud de hostilidad de esta última, pues una persona adulta tiene la
obligación de no creer algo solamente porque alguien se lo dijo, no tomar
partido en un conflicto que no es suyo, no dejarse manipular ni hacer el papel
de marioneta.
Pero si me he propuesto vivir en el aquí y el ahora y ese
tipo de personas son parte de eso, ¿cómo puedo manejarlo?
Se me ocurre que podría prestar más atención a otros
compañeros con buenas características, de los cuales tengo bastantes. Me ha
preocupado más de la cuenta la opinión que otras personas puedan tener de mí y
eso me produce angustia, ansiedad, sufrimiento psíquico cuando percibo
hostilidad en otras personas que no tiene una razón aparente, porque yo no les
hice nada.
¿Qué sigue en las horas laborales de este día, el último de
la semana? Estoy trabajando, avanzando rápidamente en mi trabajo y cuento con
la confianza de las personas que cuentan (la coordinadora de mi área, la jefa
de ambos y la directora de mi departamento) de que siempre cumplo con mis
responsabilidades. Esta faceta positiva me da la libertad de tomarme descansos
periódicos (de unos minutos) y buscar información en internet sobre temas que
me interesan. Así lo he hecho en las últimas semanas en relación con temas como
los estudiantes de Múnich, los hermanos Hans y Sophie Scholl con otros
integrantes de la Rosa Blanca, los mártires que en febrero de 1943 fueron
asesinados por el régimen nacional socialista, personas extraordinarias a las que
yo admiro y en cuyas vidas puedo encontrar la inspiración para seguir adelante.
Hace unos minutos busqué información relacionada con vivir
en el aquí y el ahora y encuentro citas
tomadas de obras literarias verdaderamente brillantes. Puedo traducir al
español algunas de ellas y comentar sobre lo acertadas que pueden ser.
Quisiera sentir hambre de conocimiento, de felicidad, de amor a la vida, volver
a intentar crecer y si ocasionalmente tropiezo, levantarme y sacudirme el polvo
y continuar en mi senda, no renunciar a encontrarle sentido a mi existencia, no
morir en vida.
¿Qué hacer respecto a esas personas como mi compañero, el
que intenta manipular a otras personas hablando falsedades de otros, difamando?
¿Y respecto a la mujer obesa y casi oligofrénica que se supera cotidianamente
haciendo gala de una estulticia que crece y parece no tener límites? ¿Qué hacer
respecto a la otra tipa de enormes posaderas, que es muy amiga de la otra
alimaña intocable (este del sexo masculino) que hasta hace menos de seis meses
tuvo un comportamiento atroz y eso terminó solamente porque cambió de puesto y
su lugar está en un área cercana, pero separada de la que me encuentro?
Se me ocurre que podría contemplarlos como víctimas de una
pobreza auto infligida, gente que ha optado por exhibir su miseria, sin
comprender que viven en la impudicia y en un futuro no muy lejano enfrentarán
consecuencias por lo que han hecho. La tipa de la obesidad impúdica podría
convertirse en una estadística más de diabetes y perder la vista y una o dos
piernas. Quiero detenerme ahí y seguir con el recuento de lo bueno que tengo en
este momento y lo que puedo hacer en las horas que siguen.
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