viernes, 5 de abril de 2019

Una nueva determinación..., no tan nueva


En mayo de 2017 me di un estrellón en mi bicicleta de carreras y me rompí la clavícula izquierda, nada grave pero trajo aparejada una incapacidad de casi seis semanas que pasé en mi casa, tomando un merecido descanso después dos años en mi empleo y pocos días de vacaciones. Entonces me di cuenta, o cobré conciencia de que no disfruto los enormes cambios positivos que se dieron a partir de los últimos días de abril de 2015, en que obtuve un empleo. De hecho ya había perdido la esperanza de obtener uno y la voluntad de vivir en buena parte por eso.

Pasó el tiempo y pese a saber conscientemente lo mucho que había mejorado mi situación, seguí sufriendo. No puedo recriminarme este hecho porque no habría podido evitarlo, tengo una patología grave y una historia de vida muy difícil.  Estando en la sala de mi casa, miraba hacia la ventana que da a la calle como si me encontrara en la Alemania nazi siendo enemigo del régimen, un comunista o un judío que en cualquier momento puede ser detenido por la Gestapo para desaparecer para siempre.

Mi preocupación tenía cierta justificación, como la cantidad de dinero que debo al organismo que surte a la ciudad de agua potable, el impuesto predial, cosas así; deudas que en realidad no son mías, sino la herencia de mi padre, lo único que podría esperarse de un ente como ese. Pero desde luego, el temor debería ser real, por ejemplo ante posibles medidas jurídicas para reclamar el pago de los adeudos, ante lo cual yo podría defenderme y llegar a arreglos favorables. En lugar de pensar en eso, me ponía en el peor de los escenarios, algo característico de mi trastorno.

Al iniciar mi segunda semana de incapacidad, hablé por teléfono a una institución pública donde trabaja una psicóloga a quien dejé de ver seis años antes y concerté una cita con ella para el día siguiente. Acudí puntualmente a la misma y al ver a esta dama tan especial, por quien siento tanta gratitud por lo mucho que me ayudó en una época especialmente difícil, le dije lo que sentía, que había cobrado conciencia de que vivía atrapado en mi pasado, torturado por los recuerdos de todas las épocas de mi existencia desde mi temprana infancia, que no disfrutaba el giro tan afortunado que se había dado en mi vida y que de pronto cobré conciencia de todo ello.

Leticia se portó respetuosa y empática, mostrando su riqueza como ser humano y me hizo sentir bien. Esta nueva conciencia derivó en un bienestar que no duró mucho. Al regresar a mi empleo tuve que enfrentar situaciones adversas que involucraron intrigas y gente hablando falsedades de mí a mis espaldas, sembrando violencia en mi contra. Comenzó entonces otra pesadilla que amainó meses más tarde, para volver a reencenderse con renovada furia a partir de la segunda mitad de 2018. 

Hace cerca de tres años comencé a hablar los fines de semana con una psicóloga joven con grandes cualidades como un alto cociente intelectual, una excelente formación académica con su desempeño correspondiente, una persona empática y respetuosa y conforme ha pasado el tiempo he llegado a apreciarla en su justa medida. Mañana hablaré con ella y tengo la intención de comunicarle que he vuelto a descubrir el origen de un sufrimiento que puedo evitar y esta vez no pienso volver atrás. No voy a permitir que la gente con malas características que tengo a mi alrededor (igual que el resto del mundo) enturbien mi derecho a ser feliz y a disfrutar del presente, del aquí y el ahora.

Es hora de tomar una determinación, de dejar de vivir prisionero en un pasado terrible y de temer al futuro. Es hora de volver a intentarlo.

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