En mayo de 2017 me di un estrellón en mi bicicleta de
carreras y me rompí la clavícula izquierda, nada grave pero trajo aparejada una
incapacidad de casi seis semanas que pasé en mi casa, tomando un merecido
descanso después dos años en mi empleo y pocos días de vacaciones. Entonces me
di cuenta, o cobré conciencia de que no disfruto los enormes cambios positivos
que se dieron a partir de los últimos días de abril de 2015, en que obtuve un
empleo. De hecho ya había perdido la esperanza de obtener uno y la voluntad de
vivir en buena parte por eso.
Pasó el tiempo y pese a saber conscientemente lo mucho que
había mejorado mi situación, seguí sufriendo. No puedo recriminarme este hecho
porque no habría podido evitarlo, tengo una patología grave y una historia de
vida muy difícil. Estando en la sala de
mi casa, miraba hacia la ventana que da a la calle como si me encontrara en la
Alemania nazi siendo enemigo del régimen, un comunista o un judío que en
cualquier momento puede ser detenido por la Gestapo para desaparecer para
siempre.
Mi preocupación tenía cierta justificación, como la cantidad
de dinero que debo al organismo que surte a la ciudad de agua potable, el
impuesto predial, cosas así; deudas que en realidad no son mías, sino la
herencia de mi padre, lo único que podría esperarse de un ente como ese. Pero
desde luego, el temor debería ser real, por ejemplo ante posibles medidas
jurídicas para reclamar el pago de los adeudos, ante lo cual yo podría
defenderme y llegar a arreglos favorables. En lugar de pensar en eso, me ponía
en el peor de los escenarios, algo característico de mi trastorno.
Al iniciar mi segunda semana de incapacidad, hablé por
teléfono a una institución pública donde trabaja una psicóloga a quien dejé de
ver seis años antes y concerté una cita con ella para el día siguiente. Acudí
puntualmente a la misma y al ver a esta dama tan especial, por quien siento
tanta gratitud por lo mucho que me ayudó en una época especialmente difícil, le
dije lo que sentía, que había cobrado conciencia de que vivía atrapado en mi
pasado, torturado por los recuerdos de todas las épocas de mi existencia desde
mi temprana infancia, que no disfrutaba el giro tan afortunado que se había
dado en mi vida y que de pronto cobré conciencia de todo ello.
Leticia se portó respetuosa y empática, mostrando su riqueza
como ser humano y me hizo sentir bien. Esta nueva conciencia derivó en un
bienestar que no duró mucho. Al regresar a mi empleo tuve que enfrentar
situaciones adversas que involucraron intrigas y gente hablando falsedades de
mí a mis espaldas, sembrando violencia en mi contra. Comenzó entonces otra
pesadilla que amainó meses más tarde, para volver a reencenderse con renovada
furia a partir de la segunda mitad de 2018.
Hace cerca de tres años comencé a hablar los fines de semana
con una psicóloga joven con grandes cualidades como un alto cociente
intelectual, una excelente formación académica con su desempeño
correspondiente, una persona empática y respetuosa y conforme ha pasado el
tiempo he llegado a apreciarla en su justa medida. Mañana hablaré con ella y
tengo la intención de comunicarle que he vuelto a descubrir el origen de un
sufrimiento que puedo evitar y esta vez no pienso volver atrás. No voy a
permitir que la gente con malas características que tengo a mi alrededor (igual
que el resto del mundo) enturbien mi derecho a ser feliz y a disfrutar del
presente, del aquí y el ahora.
Es hora de tomar una determinación, de dejar de vivir
prisionero en un pasado terrible y de temer al futuro. Es hora de volver a
intentarlo.
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