jueves, 4 de abril de 2019

¿Cómo dejar de contemplar un pasado terrible? Vislumbrar la realidad de otra forma


Llegamos al cuarto mes del año, el de mi onomástico, el que me vio nacer en una ciudad del norte de mi país hace casi 55 años. Esa latitud es muy cálida y esa región en particular, es húmeda. Llegué al mundo acompañado de una hermana, a quien llamaríamos Mónica, que nació cinco minutos después de mí. Mis padres se habían casado dos años antes y ambos eran originarios de la capital del país, si bien mi madre había nacido en un estado cercano a la misma.

Viví en esa ciudad entre 1964 y 1969, es decir, los primeros cinco años de mi vida. En 1968 nació mi hermana Yolanda, que se convertiría en la favorita de mi padre en quien proyectaría las virtudes reales o ficticias de su finada madre. Ella era una bebé cuando cambiamos de ciudad, esta vez a la capital del estado de Nayarit, donde viviríamos los siguientes cuatro años.

Siendo yo un niño muy pequeño, en mi ciudad natal, despertaba en ocasiones de mi siesta vespertina preguntándome quién era, cuál era la razón de mi existencia, para qué estaba en este mundo. Imagino que en aquel entonces no tenía conciencia de que mi padre me odiaba, ni que mi madre era extremadamente débil y no tenía la capacidad de darse cuenta de nada. En aquella época tuvimos un perrito, raza maltés, de nombre Robin. Yo jugaba con él, lo alimentaba, ese animalito constituía para mí una compañía ante mi tendencia a aislarme ya notoria en esa etapa tan temprana. Era de llamar la atención que tuviéramos una mascota, pues mi padre odiaba a los perros y en general no le gustaban los animales.

Un día mi perrito Robin hizo algo que hizo enojar a mi padre y este lo subió a su camioneta pick-up para llevárselo lejos y abandonarlo en algún paraje desconocido para el animalito, que así desapareció de mi vida. Mi madre no se dio cuenta de la crueldad que representaba hacer algo así, pues al parecer estaba ciega al hecho de que se había casado con un hombre cruel, violento y sádico.

En Tepic, ya en 1969 Mónica y yo pisamos por primera vez un plantel escolar, hicimos un año de pre-primaria en un colegio de monjas que a partir de primaria era para niñas. Al iniciar esa etapa de mi educación (la primaria) fui enviado a un colegio para varones, también religioso, de padres maristas. Ahí pasé los primeros tres años de mi educación básica, que al inicio fue muy buena pues aprendí a leer en un tiempo récord. Habiendo comenzado en septiembre, menos de dos meses más tarde ya sabía leer mientras el resto de mis compañeros no habían aprendido ni la mitad del abecedario. Un año más tarde ya era el peor alumno tanto en aplicación como en conducta y eso le dio a mi padre la oportunidad de justificar el odio que sentía contra mí simplemente por existir, por haberme puesto su nombre, que era el de su padre —a quien culpaba de la muerte prematura de su madre— convirtiéndome en el responsable de todo lo que estaba mal en su vida; con el paso del tiempo, me convertiría en el responsable de todo lo que estaba mal en el mundo.

A este mal individuo, que murió hace once años (en diciembre de 2007) no he dejado de odiarlo por haber hecho exactamente lo contrario a lo que sería su obligación como padre. El hijo de puta se puso como meta arruinar mi vida y tuvo un éxito bastante contundente.

¿Cuál es la intención de referirme a este cerdo? No tengo la respuesta, pero en relación con la idea expresada en entradas anteriores, sobre la necesidad de dejar de contemplar un pasado terrible, sin reprimir la tendencia sino eliminándola, se me ocurre que pudiera cambiar la percepción que tengo de mí mismo. Es indudable que ese monstruo quería verme fracasar rotundamente como hombre y como ser humano y en apariencia lo consiguió, pero mirando un poco más a fondo, es posible vislumbrar que esto no es cierto más que en cierta medida.

Ya pasé con mucho de los 50 años de edad y no soy un adicto, a diferencia de él que acabó muerto por su alcoholismo. Si bien doy mucha importancia a mi apariencia física (tal vez demasiada) no soy una aberración humana, con una fealdad repulsiva que caracterizó a mi padre y a millones de las personas que viven en el país que me vio nacer, al que no amo y del que no estoy orgulloso. Podría seguir, pero no quiero repetir lo que ya he dicho antes y arriesgarme a parecer más narcisista de lo que soy.

Hace poco me enteré que uno de mis primos paternos, de nombre César, hijo del menor de los hermanos de mi padre, visitó a mi padre en sus últimos días, pasando días con él, acompañándolo en la cúspide de su destrucción, emborrachándose con él. Ese señor tiene mi edad, terminó la educación primaria porque su madre fue a pedirle a la maestra que le regalara la calificación aprobatoria para que pudiera graduarse, apenas escapa de la condición de retrasado mental y es un alcohólico y fumador desde la adolescencia. Ese pedazo de idiota ha estado destruyéndose la mayor parte de su vida y siempre ha sido obeso.

Si yo hubiera tenido esas características, tal vez mi padre no me habría odiado tanto, o tal vez habríamos sido grandes amigos. El hecho de que ese monstruo incestuoso, sádico y adicto que tuve por padre me odiara es prueba contundente de que no soy un fracasado y siendo así, acepto toda su furia homicida y además la agradezco, pues me proporciona un alivio y la seguridad de que he hecho algo con mi vida, aunque para muchas personas esto no sea aparente. 

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