miércoles, 3 de abril de 2019

Contar con una psicóloga de alto nivel, la enorme importancia de eso


Pasan las horas del turno laboral con la lentitud acostumbrada y algunos días puedo manejar esto exitosamente porque me siento motivado (especialmente en las últimas semanas), pero en otros días siento dolor psíquico, no muy intenso pero sí constante; lo que subyace es mi existencia solitaria y mi incapacidad para escapar a esa condición tan dolorosa que ha dominado la mayor parte de mi vida.

Desperté en la madrugada esperando que fueran las cuatro y eran apenas las dos de la mañana, intenté volver a conciliar el sueño sin mucho éxito y horas más tarde traté de comunicarme a un servicio de atención psicológica, vía telefónica. Conseguí esto hasta después de las cinco y entablé un diálogo con una psicóloga cubre-incidencias en una unidad de Cruz Verde en el municipio de Guadalajara. Esta vez la experiencia fue verdaderamente muy mala, pero conseguí evitar perder la calma y decirle palabras ofensivas a esa muchacha tonta.

Ayer conseguí una receta de metilfenidato con la médico de la empresa después de hablar con ella en el consultorio e informarle de mi trastorno por déficit de atención y los problemas que parece estar ocasionando. Mónica se mostró amable y accedió a mi petición, pero la receta lleva la fecha 2 de marzo, es decir, se equivocó en el mes al escribir la fecha y así es poco probable que me surtan el medicamento en una farmacia, pues el término máximo para surtir una receta de medicamento controlado es 30 días. El problema es que esta dama no va a trabajar el resto de la semana y podré buscarla hasta el próximo lunes, pero trataré de trabajar y realizar mis actividades cotidianas poniendo más atención a lo que hago para evitar que una distracción provoque errores que pudieran tener consecuencias.

He pensado en la cantidad de situaciones frustrantes que encuentro en mi vida cotidiana, como el diálogo que mantuve en la madrugada con una psicóloga muy tonta y otras experiencias de ese tipo y me doy cuenta de que debo dejar de rumiar estas vivencias negativas e intentar en cambio enfocar mi atención en asuntos más importantes, concentrarme más en lo positivo que sí tengo, en los cambios tan afortunados que se han dado en los últimos años, sobre todo a partir de abril de 2015, en que obtuve mi empleo actual y mi vida dio un ‘salto cuántico’.

El fin de semana hablaré con mi psicóloga tratante, una persona muy competente, inteligente, preparada y profesional con quien he alcanzado un nivel de comunicación muy alto y deberé informarle los acontecimientos y los temas importantes, dejando de lado todo aquello que forma parte de la frustración tan frecuente provocada por la interacción con gente estúpida, mal intencionada, o que es parte de las masas de seres con características infrahumanas que componen una muy alta proporción de la población de mi país.

El domingo pasado le dije a esta psicóloga que durante un tiempo breve, de finales del año pasado a principios del actual, me atendió una colega suya de la Cd. de México, egresada de la UNAM, con una especialidad en psicoanálisis, con características muy parecidas a las suyas, esto es, un cociente intelectual alto, una formación académica de primera, una gran capacidad para escuchar y un excelente desempeño. Para mi mala fortuna, el servicio donde la encontré parece haber desaparecido; era parte de la Secretaría de Gobernación de la administración pasada y temo que ya no se reanude y la interacción con esa mujer tan especial haya llegado a su fin.

Es muy para mí importante hablar con gente como la psicóloga que me atiende los fines de semana y la dama mencionada en el párrafo anterior no solamente porque necesito esa atención en salud mental, sino por lo significativa y profunda que resulta la comunicación, que es posiblemente lo que más valoro en la interacción con otro ser humano. Es un hecho que necesito convivir con otras personas, pero también lo es que muchas (posiblemente la mayoría) no muestran características que yo considero deseables, como la capacidad de escuchar, un nivel intelectual que les permita comprender muchas de las ideas expresadas, empatía, respeto, disposición a apreciar lo positivo que pueda haber en mí e intentar identificarse conmigo, por el simple hecho de que ambos somos seres humanos. Uno de los fenómenos más terribles que se dan en profesionales de la salud mental es una tendencia a ver a los pacientes psiquiátricos como no-personas,  seres inferiores o blancos perfectos para violentar y así aliviar la furia que llevan dentro cuyo origen se halla en una historia de vida muy difícil, en su incapacidad para siquiera identificar su problema de fondo y su miseria como seres humanos.

Mientras trataba de dormir en las horas de la madrugada, pensé en mi situación actual, en lo mucho que han mejorado mis circunstancias en mi trabajo y en mi salud física. Con esto último me refiero al nivel elevado de energía que he mostrado las últimas semanas, que se ha manifestado en mi rendimiento al ejercitarme en mi bicicleta de carreras en un aumento en la intensidad y en la duración de mis recorridos.

De la mano con eso, un esquema en mi mente presenta un círculo que se cierra, muy grande, cuya longitud (su circunferencia) es de 21 años y fracción, que inició aquel fatídico 2 de febrero de 1998 cuando presenté mi renuncia a mi empleo en aquella empresa de la maquiladora electrónica, ignorando que comenzaba una segunda caída que me llevaría a volver a perder la voluntad de vivir.

Que se complete este círculo significa que una pesadilla que parecía eterna no lo es y finalmente llega a su fin, y habiendo sobrevivido he vencido a mi enemigo, el infame que me pegó por la espalda con una furia homicida. Él es el gran perdedor y si no está muerto todavía, se encuentra al borde del precipicio y el terror que siente representa lo peor que jamás podría haberle ocurrido, algo a lo que nunca tuvo la menor probabilidad de escapar. El día que me traicionó firmó su sentencia de muerte y todo lo expresado en estos últimos dos párrafos constituye para mí un salvoconducto para salir del túnel de oscuridad en que he vivido durante tantos años, que ya había olvidado lo que es la luz, el bienestar, la perspectiva de felicidad y el amor a la vida.

Aquí voy a estar.

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