Pasan las horas del turno laboral con la lentitud
acostumbrada y algunos días puedo manejar esto exitosamente porque me siento
motivado (especialmente en las últimas semanas), pero en otros días siento
dolor psíquico, no muy intenso pero sí constante; lo que subyace es mi
existencia solitaria y mi incapacidad para escapar a esa condición tan dolorosa
que ha dominado la mayor parte de mi vida.
Desperté en la madrugada esperando que fueran las cuatro y
eran apenas las dos de la mañana, intenté volver a conciliar el sueño sin mucho
éxito y horas más tarde traté de comunicarme a un servicio de atención
psicológica, vía telefónica. Conseguí esto hasta después de las cinco y entablé
un diálogo con una psicóloga cubre-incidencias en una unidad de Cruz Verde en
el municipio de Guadalajara. Esta vez la experiencia fue verdaderamente muy
mala, pero conseguí evitar perder la calma y decirle palabras ofensivas a esa
muchacha tonta.
Ayer conseguí una receta de metilfenidato con la médico de
la empresa después de hablar con ella en el consultorio e informarle de mi
trastorno por déficit de atención y los problemas que parece estar ocasionando.
Mónica se mostró amable y accedió a mi petición, pero la receta lleva la fecha
2 de marzo, es decir, se equivocó en el mes al escribir la fecha y así es poco
probable que me surtan el medicamento en una farmacia, pues el término máximo para
surtir una receta de medicamento controlado es 30 días. El problema es que esta
dama no va a trabajar el resto de la semana y podré buscarla hasta el próximo
lunes, pero trataré de trabajar y realizar mis actividades cotidianas poniendo
más atención a lo que hago para evitar que una distracción provoque errores que
pudieran tener consecuencias.
He pensado en la cantidad de situaciones frustrantes que
encuentro en mi vida cotidiana, como el diálogo que mantuve en la madrugada con
una psicóloga muy tonta y otras experiencias de ese tipo y me doy cuenta de que
debo dejar de rumiar estas vivencias negativas e intentar en cambio enfocar mi
atención en asuntos más importantes, concentrarme más en lo positivo que sí
tengo, en los cambios tan afortunados que se han dado en los últimos años,
sobre todo a partir de abril de 2015, en que obtuve mi empleo actual y mi vida
dio un ‘salto cuántico’.
El fin de semana hablaré con mi psicóloga tratante, una
persona muy competente, inteligente, preparada y profesional con quien he
alcanzado un nivel de comunicación muy alto y deberé informarle los
acontecimientos y los temas importantes, dejando de lado todo aquello que forma
parte de la frustración tan frecuente provocada por la interacción con gente
estúpida, mal intencionada, o que es parte de las masas de seres con
características infrahumanas que componen una muy alta proporción de la
población de mi país.
El domingo pasado le dije a esta psicóloga que durante un
tiempo breve, de finales del año pasado a principios del actual, me atendió una
colega suya de la Cd. de México, egresada de la UNAM, con una especialidad en
psicoanálisis, con características muy parecidas a las suyas, esto es, un
cociente intelectual alto, una formación académica de primera, una gran
capacidad para escuchar y un excelente desempeño. Para mi mala fortuna, el
servicio donde la encontré parece haber desaparecido; era parte de la
Secretaría de Gobernación de la administración pasada y temo que ya no se
reanude y la interacción con esa mujer tan especial haya llegado a su fin.
Es muy para mí importante hablar con gente como la psicóloga
que me atiende los fines de semana y la dama mencionada en el párrafo anterior
no solamente porque necesito esa atención en salud mental, sino por lo
significativa y profunda que resulta la comunicación, que es posiblemente lo que
más valoro en la interacción con otro ser humano. Es un hecho que necesito
convivir con otras personas, pero también lo es que muchas (posiblemente la
mayoría) no muestran características que yo considero deseables, como la
capacidad de escuchar, un nivel intelectual que les permita comprender muchas
de las ideas expresadas, empatía, respeto, disposición a apreciar lo positivo
que pueda haber en mí e intentar identificarse conmigo, por el simple hecho de
que ambos somos seres humanos. Uno de los fenómenos más terribles que se dan en
profesionales de la salud mental es una tendencia a ver a los pacientes
psiquiátricos como no-personas, seres
inferiores o blancos perfectos para violentar y así aliviar la furia que llevan
dentro cuyo origen se halla en una historia de vida muy difícil, en su
incapacidad para siquiera identificar su problema de fondo y su miseria como
seres humanos.
Mientras trataba de dormir en las horas de la madrugada,
pensé en mi situación actual, en lo mucho que han mejorado mis circunstancias
en mi trabajo y en mi salud física. Con esto último me refiero al nivel elevado
de energía que he mostrado las últimas semanas, que se ha manifestado en mi
rendimiento al ejercitarme en mi bicicleta de carreras en un aumento en la
intensidad y en la duración de mis recorridos.
De la mano con eso, un esquema en mi mente presenta un
círculo que se cierra, muy grande, cuya longitud (su circunferencia) es de 21
años y fracción, que inició aquel fatídico 2 de febrero de 1998 cuando presenté
mi renuncia a mi empleo en aquella empresa de la maquiladora electrónica, ignorando
que comenzaba una segunda caída que me llevaría a volver a perder la voluntad
de vivir.
Que se complete este círculo significa que una pesadilla que
parecía eterna no lo es y finalmente llega a su fin, y habiendo sobrevivido he
vencido a mi enemigo, el infame que me pegó por la espalda con una furia
homicida. Él es el gran perdedor y si no está muerto todavía, se encuentra al
borde del precipicio y el terror que siente representa lo peor que jamás podría
haberle ocurrido, algo a lo que nunca tuvo la menor probabilidad de escapar. El
día que me traicionó firmó su sentencia de muerte y todo lo expresado en estos
últimos dos párrafos constituye para mí un salvoconducto para salir del túnel
de oscuridad en que he vivido durante tantos años, que ya había olvidado lo que
es la luz, el bienestar, la perspectiva de felicidad y el amor a la vida.
Aquí voy a estar.
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