miércoles, 3 de abril de 2019

Nuevas compañeras en la oficina, situaciones opuestas


La semana pasada (martes) llegó a mi departamento una mujer joven que ocupa el mismo puesto que yo, iniciando su periodo de prueba —que dura tres meses— que al concluir se decide si se da al empleado el contrato por tiempo indeterminado, o se va de la empresa. La mayoría de las personas que han llegado en el tiempo que llevo yo aquí (casi cuatro años) han conseguido su planta, unos pocos no.

Mi jefa me presentó a esta compañera la semana pasada, y esta última mostró una actitud correcta cuando le dije mi nombre y le ofrecí mi ayuda en cualquier cosa que pudiera necesitar. Sin embargo, el lunes pasado me encontré con ella en un pasillo y la saludé de manera informal, exclamando ‘hola’; ella no me respondió. Pensé en la posibilidad de que no me haya escuchado, pero observé que está yéndose a comer con los peores compañeros de la oficina, un grupito de personas que se dedican a la maledicencia, el chisme y la intriga. Desafortunadamente no son los únicos, pero sí los más problemáticos.

No sé si tenga sentido pensar que la actitud de hostilidad de esta compañera, de nombre Carmen, se debe a que ya alguno de los compañeros con quienes se va a comer le habló mal de mí (como han hecho con otros recién llegados) o simplemente es su manera de ser. Esta mujer presenta bastante sobrepeso y tiene el hábito de fumar. Alguien podría argumentar que esto no es de mi incumbencia, y tendría razón, pero yo me permito hacer la observación, pues como he expresado muchas veces en este blog, tiendo a darle mucha importancia a la apariencia física de las personas, y en buena medida a sus hábitos de salud e higiene.

Ayer llegó otra compañera a la oficina, también de recién ingreso a un puesto de menor jerarquía, auxiliar de documentación. A diferencia de la otra recién llegada, es una mujer bonita, delgada, de apariencia muy agradable y con un trato correcto y amable. Hace unos minutos coincidí con ella en el área de entrada y mientras ella compraba un café en una máquina expendedora, le dirigí la palabra, preguntándole si la habían presentado con sus nuevos compañeros, a lo que ella respondió con una negativa. Le dije entonces que en el pasado se tuvo la costumbre de hacer eso, presentar a quien llegaba con cada compañero de la oficina, la intención sería obvia. Le pregunté si su nombre es Graciela y ella respondió afirmativamente, yo me presenté y le tendí la mano, que ella estrechó con fuerza obsequiándome una sonrisa y agradeciendo mi oferta de ayuda.

Esto es un ejemplo de dos situaciones posibles y opuestas, y al mismo tiempo es una oportunidad para aprender a valorar cada una de ellas, apreciando la positiva y desechando la que no lo es. Sé bien que las primeras impresiones son frecuentemente engañosas, o por lo menos no definitivas, pero yo agradezco a una persona cuando muestra comportamientos y actitudes correctas, mientras que me parece incomprensible que alguien muestre hostilidad hacia una persona a la que no conoce, que no le ha dado el menor motivo para que haga eso.

Cuando me encuentre con Graciela le obsequiaré una sonrisa y tengo la impresión que recibiré lo mismo de ella, algo que habrá que apreciar en todo lo que vale; yo llamo a eso instantes de felicidad y necesito muchos de esos en mi existencia cotidiana.

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