La semana pasada (martes) llegó a mi departamento una mujer
joven que ocupa el mismo puesto que yo, iniciando su periodo de prueba —que
dura tres meses— que al concluir se decide si se da al empleado el contrato por
tiempo indeterminado, o se va de la empresa. La mayoría de las personas que han
llegado en el tiempo que llevo yo aquí (casi cuatro años) han conseguido su
planta, unos pocos no.
Mi jefa me presentó a esta compañera la semana pasada, y
esta última mostró una actitud correcta cuando le dije mi nombre y le ofrecí mi
ayuda en cualquier cosa que pudiera necesitar. Sin embargo, el lunes pasado me
encontré con ella en un pasillo y la saludé de manera informal, exclamando
‘hola’; ella no me respondió. Pensé en la posibilidad de que no me haya
escuchado, pero observé que está yéndose a comer con los peores compañeros de
la oficina, un grupito de personas que se dedican a la maledicencia, el chisme
y la intriga. Desafortunadamente no son los únicos, pero sí los más
problemáticos.
No sé si tenga sentido pensar que la actitud de hostilidad
de esta compañera, de nombre Carmen, se debe a que ya alguno de los compañeros
con quienes se va a comer le habló mal de mí (como han hecho con otros recién
llegados) o simplemente es su manera de ser. Esta mujer presenta bastante
sobrepeso y tiene el hábito de fumar. Alguien podría argumentar que esto no es
de mi incumbencia, y tendría razón, pero yo me permito hacer la observación,
pues como he expresado muchas veces en este blog, tiendo a darle mucha
importancia a la apariencia física de las personas, y en buena medida a sus
hábitos de salud e higiene.
Ayer llegó otra compañera a la oficina, también de recién
ingreso a un puesto de menor jerarquía, auxiliar de documentación. A diferencia
de la otra recién llegada, es una mujer bonita, delgada, de apariencia muy
agradable y con un trato correcto y amable. Hace unos minutos coincidí con ella
en el área de entrada y mientras ella compraba un café en una máquina
expendedora, le dirigí la palabra, preguntándole si la habían presentado con
sus nuevos compañeros, a lo que ella respondió con una negativa. Le dije
entonces que en el pasado se tuvo la costumbre de hacer eso, presentar a quien
llegaba con cada compañero de la oficina, la intención sería obvia. Le pregunté
si su nombre es Graciela y ella respondió afirmativamente, yo me presenté y le
tendí la mano, que ella estrechó con fuerza obsequiándome una sonrisa y
agradeciendo mi oferta de ayuda.
Esto es un ejemplo de dos situaciones posibles y opuestas, y
al mismo tiempo es una oportunidad para aprender a valorar cada una de ellas,
apreciando la positiva y desechando la que no lo es. Sé bien que las primeras
impresiones son frecuentemente engañosas, o por lo menos no definitivas, pero
yo agradezco a una persona cuando muestra comportamientos y actitudes
correctas, mientras que me parece incomprensible que alguien muestre hostilidad
hacia una persona a la que no conoce, que no le ha dado el menor motivo para que
haga eso.
Cuando me encuentre con Graciela le obsequiaré una sonrisa y
tengo la impresión que recibiré lo mismo de ella, algo que habrá que apreciar
en todo lo que vale; yo llamo a eso instantes de felicidad y necesito muchos de
esos en mi existencia cotidiana.
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