El viernes pasado, Blanca, la
mujer que ocupa un puesto de gerencia —y a quien tengo a mis espaldas— pareció
volver a mostrar una actitud de hostilidad hacia mí. Ella ingresó a la empresa
en la segunda semana de agosto de 2018 y mi comportamiento hacia ella fue
siempre correcto, no obstante, al cabo de unos días, esta mujer comenzó a
mostrar una tremenda hostilidad hacia mí.
Al encontrarnos de frente,
desviaba la mirada o de plano me miraba en silencio, evitando darme los buenos
días, agrediéndome con su actitud. Una vez, al comenzar el turno, me hallaba en
la oficina de Silvia, la directora de nuestro departamento, y al mirar hacia
atrás, sorprendí a Blanca (que estaba esperando que la directora se desocupara)
mirándome como si fuera la persona más despreciable del mundo.
Esta mujer, relativamente
joven (en sus treintas) debe tener un cociente intelectual alto, pues fue
contratada para desempeñar un puesto de mucha responsabilidad y tiene a su
cargo a dos hombres con puesto de jefatura, que a su vez tienen bajo su mando a
un número de subalternos. Escuchándola hablar sobre aspectos técnicos de su
trabajo, me he dado cuenta de que tiene un gran dominio de su profesión, más
aún, cuenta con estudios de postgrado y además ha sido catedrática en una
universidad privada de mucho prestigio.
No entiendo de ninguna manera
por qué una persona a todas luces inteligente, se deja manipular (por su
subalterno Omar, con puesto de jefatura) como un títere y agrede a un compañero
de trabajo cuyo comportamiento ha sido absolutamente correcto.
A partir de agosto del año
pasado y durante septiembre y la primera semana de octubre, la actitud de
agresividad pasiva de esta mujer me provocó mucho malestar, mucho sufrimiento
psíquico. Padeciendo un trastorno límite de la personalidad (TLP [Borderline]),
soy muy sensible a la hostilidad de otras personas.
Si vuelve a presentarse esta
situación con esta mujer, Blanca, la gerente de recién ingreso (cinco meses),
deberé adoptar una estrategia para enfrentar eso. Algo que podría funcionar es
internalizar el hecho de que el valor que yo tenga como ser humano no depende
en absoluto de la opinión que otras personas puedan tener de mí, mucho menos de
gente que se rehúsa terminantemente a usar su inteligencia para hacer
raciocinios elementales y en cambio se comporta como una persona mentalmente
débil, títere de un mal individuo que además es su subalterno.
Al mismo tiempo, debería
pensar en las buenas personas que hay en mi vida, como no pocos de mis
compañeros de trabajo que me estiman y me respetan (y el sentimiento es mutuo);
en mi madre, que vive conmigo y me demuestra su amor cotidianamente; en mi
amiga Laura, con quien he estado conviviendo en una bella relación desde hace
casi tres años y ha contribuido a enriquecer mi vida; en las terapeutas con las
que hablo vía telefónica, que además de hacer su trabajo como psicólogas,
tienen un nivel intelectual alto e interactuar con ellas resulta una
experiencia fascinante; e incluso en mis perritas Chora y Clara que ya tienen 21
meses siendo mis mascotas y me dan su amor y su compañía incondicional.
No puedo permitir que gente
estúpida me siga lastimando.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario