Extrañamente, me he sentido cansado todo el turno laboral,
con sueño, cuando dormí más de ocho horas durante la noche. Esto me ha sucedido
varias veces durante las últimas semanas, no sé a qué atribuirlo. Aparte del
alejamiento con Laura, no ha ocurrido otro acontecimiento importante, pero creo
que ese es motivo suficiente para que sobrevenga un duelo, mucha tristeza, el
sentimiento más difícil de manejar para mí.
Hoy llegaré a casa a hacer una llamada telefónica de larga
distancia con mi terapeuta de nombre Celia, psicóloga con especialidad en
psicoanálisis. Hablo con ella dos días por semana, domingo y jueves, y el fin
de semana pasado quedamos en que hoy le hablaría de aquello que esperaría
encontrar en una relación de pareja, es decir, en la mujer con la que
pretendiera involucrarme. Será difícil hacer esto, pues mi mente ha estado muy
ocupado con esa mujer que fue tan importante en aquella época difícil que se
intensificó cuando murió mi padre y los acontecimientos que se precipitaron en
los meses siguientes, sin mucha relación con lo anterior, como la compañera de
Laura que cometió faltas gravísimas en contra mía e incluso asumió conductas
delictivas, para que quedara todo en un caso más de impunidad.
Mucho de lo que pienso de Laura son conjeturas, y sé muy
bien que al pensar largo y tendido sobre otras personas me he equivocado de
cabo a rabo, todo eso parece ser parte de mi patología.
En las últimas horas he pensado que mi vida comenzó mal
porque nací con una visión muy reducida en un ojo (el izquierdo), y algún tipo
de daño neurológico que involucró un deterioro (o falta de desarrollo) de
motricidad, no sé si eso tiene relación con el trastorno por déficit de
atención con hiperactividad (TDAH). Sin esta última dificultad, habría sido un
buen estudiante y mi vida habría sido diametralmente distinta. Ahora, en la
edad madura, siento que ya no tengo la energía para plantearme una meta y
trabajar para conseguirla, lo único que hago es trabajar para conservar la
estabilidad económica que he conseguido y llenar el tiempo libre que tengo (que
no es mucho) con actividad deportiva y una pérdida de tiempo considerable en
redes sociales, especialmente la del pajarito (Twitter).
Acabo de comprar un libro sobre mi trastorno titulado “The
borderline personality disorder Survival Guide” y estoy empezando a leerlo. A
partir de diciembre pasado volví a cobrar conciencia de lo grave que es mi
trastorno y de que casi arruinó mi vida, pero no es esto lo que me ha causado
un malestar insoportable, sino la conciencia de la violencia de la que he sido
objeto. Aparecieron los actores acostumbrados (mencionados en orden
descendente): mis padres, mis hermanas, familia extendida (hermanos de mis
padres), amistades de mi familia, etc., pero algo muy grave han sido las
conductas de profesionales de la salud mental, como ese psiquiatra de nombre
Flavio y durante el año 2008, esa psicóloga delincuente.
Ahora que mi relación de amistad con Laura ha llegado a su
fin, vuelve a aflorar el dolor que me provocó lo que ella hizo, al tomar
partido por su compañera delincuente, haciendo de mí un ente carente de todo
valor, cuyo sufrimiento y calidad de vida no importan, cuando al estudiar una
carrera como la suya, psicología, se comprometió a ayudar a quien se lo
requiriera, un juramento irrenunciable.
Se dice que alguien que vive con mi patología no confía en
otras personas, lo que en mi caso no es muy cierto. He comenzado relaciones
terapéuticas con desconocidos (siempre del sexo femenino) y en la mayoría de
los casos ha sido fácil confiarles mi situación y a grandes rasgos, la historia
de mi vida. Resultaría muy difícil hacer esto con alguien que no fuera un
profesional de la salud mental, por ejemplo al intentar establecer una relación
de amistad o de pareja con una mujer, pues al enterarse del modo como he
vivido, casi con toda seguridad, se alejaría de mí y mostraría una actitud de desprecio,
algo insoportable para mí por considerar que no lo merezco.
Pero es un hecho que he sido traicionado por personas para
mí muy significativas y una de ellas es Laura, a quien (aun pareciendo una
contradicción), sigo considerando la mejor persona que he conocido en mi vida. No
es furia ni resentimiento lo que siento contra ella, más bien no entiendo lo
que hizo, qué la motivó y qué pensó sobre mi situación en esa época de mi vida,
ni qué valor le dio a mi existencia.
Viniendo de una persona a la que he querido tanto, no
conocer las respuestas a esas interrogantes me provoca mucho malestar, y mucho
dolor psíquico.
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