Desperté en la madrugada con la boca seca, sintiendo sed y
la necesidad de orinar. Me pregunté qué hora era, prendí la luz y vi mi reloj
de pulsera, las 2:00 am, demasiado temprano. Después de orinar y tomar agua,
tomé un cuarto de tableta de Clonazepam de 2 mg (o sea tomé medio mg) y pese a
esto, tardé unos 40 minutos en volver a conciliar el sueño.
Durante ese tiempo pensé en la mujer a la que he creído
amar. Cuando comenzamos a hacer amistad, a principios del año 2016, me di
cuenta de que me había enamorado de ella, algo que no era nuevo pues cuando me
atendía vía telefónica, pese a no saber cómo era físicamente, siempre me sentí
muy atraído por ella, y se lo hice saber, se lo expresé con absoluta claridad;
ella lo aceptó.
A principios de diciembre del año pasado ella y su cónyuge
viajaron a un destino remoto, helado, algo que me sorprendió muchísimo pues a
mí jamás se me habría ocurrido visitar un lugar como ese (por supuesto, para mí
es una imposibilidad pues no cuento con el dinero para ello). Por alguna razón,
esa elección de destino me inquietó, me trajo a la mente la idea de que ese
lugar del mundo, por su ubicación y las temperaturas extremadamente bajas que
lo caracterizan, parecería un cementerio, una buena elección para ir a morir,
en otras palabras, relacioné la idea de viajar ahí con una muerte autoinducida,
un suicidio. No puedo explicar por qué.
Lo que sí sé es que en ese momento me di cuenta (otra vez) de que estaba perdidamente enamorado de esta mujer, con quien hablé por primera vez en diciembre de 2007 al día siguiente de murió mi padre, con quien continué en terapia vía telefónica y me acompañó en una época terrible (y peligrosa) para perder el contacto en abril de 2009 y volver a encontrarla a mediados de 2015. Posiblemente sea necesario aclarar que nunca me hice ilusiones respecto a tener una relación de pareja con ella. Ella y su cónyuge tienen una relación muy consolidada desde hace más de 10 años (posiblemente mucho más) y lo único que esperé es que hubiera espacio en su vida para mí como amigo.
Como decía unos párrafos más arriba, en la madrugada me di
cuenta de que en mi mente se está transformando ese enamoramiento en desengaño,
debido principalmente a cobrar conciencia (otra vez) de que en aquel ya lejano
2009, cuando a Laura se le pidió que valorara los efectos que tuvo el que su
compañera la psicóloga delincuente en la institución de salud mental donde
ambas trabajaban, faltó a la verdad, despreciando el sufrimiento por el que
pasé y por lo tanto el peligro en que me hallé. Esto representa un acto
absolutamente inaceptable, que me indica que Laura no me consideró un paciente
con una vida difícil, con una patología gravísima cuyos efectos, junto con la
violencia en que viví me hicieron perder la voluntad de vivir; para ella yo no
fui más que un número, una estadística como uno de los usuarios de los
servicios de salud de esa institución, específicamente del centro de
intervención en crisis. Un objeto animado, si bien carente de sentimientos, de
volición y de vida.
Al romper la neutralidad a favor de una delincuente y en
contra mía, Laura demostró que para ella yo estaba muy por debajo que la mujer
inmoral que se involucró sentimentalmente con un usuario, que cometió adulterio
porque estaba casada, que se hizo la víctima con su esposo incitándolo para
cometer un delito, después se hizo la víctima en la institución intentando
hacerse pasar por una empleada acosada por un usuario, y después fue a hacerse
la víctima a la procuraduría. Todo esto describe a esa mujer como una persona
verdaderamente de lo peor, pero ante los ojos de Laura yo fui todavía menos que
eso.
Antes de enterarme de la traición de Laura, en un diálogo con
ella me hizo sentir muy mal, diciéndome que lo que había hecho su compañera
(que además era antagónica a ella) no era grave, y ameritaba cuando mucho una
regañada.
Y yo he vivido considerando a Laura la mejor persona que he
conocido en mi vida. Es un hecho que es muy competente como psicóloga, que es
muy inteligente y está muy bien preparada, pero al mismo tiempo, no la conozco
en realidad. No sé qué piensa de mí y temo que el tiempo que hemos pasado
juntos ha estado dándome por mi lado y de pronto me doy cuenta que elevarla a
grandes alturas podría ser simplemente una de las características de mi
trastorno límite de la personalidad.
Sabiendo todo esto, será menos doloroso decirle adiós,
alejarme de ella para siempre.
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