El fin de semana hablé con la psicóloga que me atiende vía
telefónica y entre los temas que tratamos, le hablé de mi trastorno por déficit
de atención con hiperactividad. Este me fue diagnosticado por la primera médico
psiquiatra que me atendió en el Hospital Civil hace ya ocho años, para el cual
me prescribió metilfenidato, mismo que tomé durante un tiempo muy breve en
parte porque ella me lo retiró, en parte porque no me gustaba la idea de tomar
una metanfentamina.
El sábado por la tarde quise ponerme a leer mi libro de ‘at
the heart of the White Rose’ y apenas leí dos páginas y abandoné el intento,
pues no pude concentrarme. Entonces salí de la casa y me dirigí a hacer pagos
de luz y teléfono y a ver asuntos pendientes en relación con mi recién adquirido
Smartphone y la compañía telefónica a la que regresé el martes pasado.
Es un hecho que he leído muy poco en los últimos años, sobre
todo a partir de que obtuve el empleo que actualmente desempeño y una razón
para ello podría ser que me cuesta mucho trabajo concentrarme en esa actividad,
algo que me sucede también durante mis horas de trabajo (si bien de manera
menos evidente) y en todo momento, pues me distraigo e incluso últimamente, la
semana pasada, estuve a punto de extraviar mi cartera en dos ocasiones, la
primera dejándola en el asiento del transporte público en que regresé a casa,
la segunda dejándola en un sillón reclinable, en un edificio de la empresa
donde trabajo a donde me dirijo a tomar mi tiempo de descanso.
Hablando con esa psicóloga —que dicho sea de paso es
excelente— le comenté algo que le dije a Fabiola (mi médico psiquiatra en
aquella época) en mayo de 2011, que pensaba que el trastorno por déficit de
atención con hiperactividad había sido un problema todavía más grave que el
trastorno de personalidad límite que desarrollé en la edad adulta porque
involucró problemas de aprendizaje, nunca terminé una licenciatura en
ingeniería.
La respuesta de Fabiola fue que muy aparte de los problemas
que haya ocasionado el TDAH, mi trastorno de personalidad (límite) está
considerado como muy grave.
Al comentarle esto ayer a esta muy competente psicóloga,
estuvo de acuerdo conmigo; en definitiva el TDAH causó estragos en mi vida y de
haberse atendido a tiempo, mis oportunidades habrían sido mucho mejores.
Esta joven psicóloga me preguntó entonces si siendo un niño
no me llevaron mis padres con algún especialista con motivo de mi mal desempeño
escolar y mis problemas de conducta. Entonces le respondí que para mis papás —que
eran mártires— yo fui la peor calamidad que pudo ocurrirles en su vida, pues
llegué a destruir cualquier esperanza de que albergaran de redimirse, yo fui un
azote para ellos y para cada ser humano que se cruzó en mi camino.
Nací con estrabismo divergente, mi ojo izquierdo apuntaba
hacia afuera y en la escuela mis compañeros me decían ‘bizco’. En ese ojo tengo
solamente visión periférica, un alcance del 35% y no puedo enfocar letras de
ningún tamaño, no puedo leer. Uso casi exclusivamente el ojo derecho y así ha
sido siempre. Por eso nunca fui competente en deportes de pelota, pues me
cuesta trabajo situar un objeto en el espacio.
Mis padres explicaban mi mal desempeño escolar atribuyéndoselo
a varias causas: una, quería ser un problema para ellos; otra, era desobediente
por naturaleza, no quería esforzarme ni asumir responsabilidades; una más,
habiendo tenido todo desde la cuna, sin haber carecido de nada jamás, iba por
la vida como alguien que cree que merece el cielo y las estrellas, por su linda
cara.
En 1993, con 29 años de edad tenía la suscripción a la revista
Newsweek (en inglés) y una vez se publicó la historia de un hombre al que en la
edad adulta le fue diagnosticado el TDAH, con la que me identifiqué. Meses más
tarde, tratando de hablar con mi padre intenté decirle que esa era la razón por
la que fallé en la universidad, pero hacer que ese hijo de puta escuchara era
una imposibilidad absoluta, un esfuerzo inútil.
Hoy busqué información en internet sobre TDAH y me doy
cuenta de que posiblemente mi trastorno límite de la personalidad no es mi
mayor problema, y tratando exitosamente el primero, el segundo se resolvería
por sí mismo.
Esta psicóloga, que comenzó a atenderme vía telefónica hace
cerca de tres años se está convirtiendo en una de las mejores terapeutas que he
conocido en mi ya larga trayectoria como usuario de servicios de salud mental;
ya me había percatado de que estaba tratando con una persona muy fuera de lo
común, y ahora me doy cuenta de que su aparición en mi vida podría ser un punto
de inflexión en la misma, este para bien.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario