El sábado en la tarde fracasé en mi intento por continuar
con la lectura de mi libro ‘at the heart of the White Rose’ y decidí salir de
casa a hacer pagos y atender otros asuntos pendientes en un centro comercial
cercano a mi domicilio.
Fui a un centro de atención de la compañía telefónica a la
que regresé el martes pasado y obtuve la información que necesitaba, despejando
mis dudas, recibiendo un trato excelente de parte de la ejecutiva que me tocó,
una mujer joven, muy bien presentada, amable y bonita.
Al salir de ese local me dediqué a explorar un poco ese
centro comercial y encontré una tienda de deportes, donde busqué una bolsa tipo
cangurera para usarla en mis recorridos en bicicleta. Hace tiempo que no compro
jerseys para ciclismo porque me parece que su precio es muy elevado y tengo
playeras deportivas que sirven perfectamente esa función. Después de dar
vueltas dentro de ese establecimiento, encontré lo que buscaba y se acercó una
jovencita que parecía apenas contar con la edad mínima para trabajar. Ella me
ayudó a decidirme por una bolsa de ese tipo (cangurera) y me condujo a la caja,
donde pagué el artículo y doné una modesta cantidad para una asociación de
ayuda.
El domingo me desperté temprano y después de tomarme dos
tazas de café mirando videos musicales en YouTube, me dirigí a mi habitación
donde pedalee en mi bicicleta de carreras sobre rodillos para salir un poco
después de las nueve de la mañana, rumbo a la carretera, a hacer un recorrido
de 60 km adicionales a lo que ya había hecho como calentamiento.
En el trayecto se desplazó el imán que va montado en un rayo
en la rueda delantera, que al pasar cerca del sensor de la ciclocomputadora le
da la información sobre la distancia recorrida y la velocidad asociada, con
todas las otras viariables. Al dar media vuelta, acomodé ese pequeño objeto y
unos 10 km más adelante alcancé a otro ciclista, con el que recorrí el resto
del camino de regreso, sumándose otro más que se hallaba hablando por teléfono
a la orilla de la carretera y al vernos pasar se nos pegó.
Llegué a casa satisfecho pues pese a no haber hecho un
recorrido tan largo como el del domingo anterior (100 km), volví a sentirme
fuerte y el pedaleo potente me produjo euforia, efecto del deporte aeróbico, la
segregación de endorfinas en el encéfalo.
Una vez en casa procuré hidratarme y tomé el teléfono para llamarle a la psicóloga que menciono en la entrada anterior. En las últimas semanas, de la mano con un nivel de energía que no había sentido en mucho tiempo, he tenido la sensación de que he rejuvenecido, he perdido peso, me he fortalecido, y ha aparecido en mi mente una tranquilidad desacostumbrada (si bien he seguido padeciendo episodios de preocupación sin causa justificada) y el presentimiento de que estoy al final del túnel, de una pesadilla que ha dominado las últimas dos décadas de mi vida (a partir de 1998), que casi la ha arruinado y me ha llevado a perder la voluntad de continuar con la misma, de seguir adelante.
Había mencionado en entradas anteriores una conciencia
cósmica como un ejemplo de una entidad que podría representar un orden en el
universo, y en nuestras vidas. No creo en Dios, no porque no quiera, sino
porque en definitiva no parece una respuesta para mí y no parece tener sentido.
Me doy cuenta que pensar en la posibilidad de que exista esa conciencia cósmica
podría contradecir mi ateísmo, pero la verdad esto no me preocupa ni siento la
inclinación a analizar la idea ni a argumentar al respecto de ninguna manera.
En los últimos años mi vida ha cambiado para bien (una
psicóloga describió ese cambio como un “salto cuántico”) pero yo he seguido
sufriendo. Recuerdo el libro de Viktor Frankl “el hombre en busca de sentido”
en el que describe cómo al ser informados de que eran libres, los alemanes se
habían rendido a los aliados y él y sus compañeros habían dejado de ser
prisioneros en los campos de la muerte, salieron a caminar con la expectativa
de sentir una enorme felicidad y al regresar se confesaron unos a otros que no
habían sentido nada. Esto se llama entumecimiento psíquico y es lo que me ha
sucedido a mí todo este tiempo.
Al comenzar aquel fatídico 1998 (que no fue el peor año de
mi vida) un conjunto de personas para mí significativas me asestaron golpes que
parecieron arruinar mi existencia. Le he comentado a esa psicóloga tan
competente que me atiende vía telefónica que si en ese entonces hubiera sabido
lo que me esperaba, no habría querido vivir, tal vez en ese momento me habría
quitado la vida.
El hecho es que he sobrevivido y si bien no amo mi
existencia (de hecho me es indiferente), llevo todavía dentro de mí el deseo de
volver a encontrar una inspiración y un motivo para volver a interesarme en la
vida y es por ello que procuro aprender sobre personas extraordinarias como
Hans y Sophie Scholl y sobre mi propia trayectoria, conservando la esperanza de
encontrar un camino a seguir.
Seguiré intentándolo.
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