lunes, 1 de abril de 2019

Encontrar la inspiración para seguir con mi vida


El sábado en la tarde fracasé en mi intento por continuar con la lectura de mi libro ‘at the heart of the White Rose’ y decidí salir de casa a hacer pagos y atender otros asuntos pendientes en un centro comercial cercano a mi domicilio.

Fui a un centro de atención de la compañía telefónica a la que regresé el martes pasado y obtuve la información que necesitaba, despejando mis dudas, recibiendo un trato excelente de parte de la ejecutiva que me tocó, una mujer joven, muy bien presentada, amable y bonita.

Al salir de ese local me dediqué a explorar un poco ese centro comercial y encontré una tienda de deportes, donde busqué una bolsa tipo cangurera para usarla en mis recorridos en bicicleta. Hace tiempo que no compro jerseys para ciclismo porque me parece que su precio es muy elevado y tengo playeras deportivas que sirven perfectamente esa función. Después de dar vueltas dentro de ese establecimiento, encontré lo que buscaba y se acercó una jovencita que parecía apenas contar con la edad mínima para trabajar. Ella me ayudó a decidirme por una bolsa de ese tipo (cangurera) y me condujo a la caja, donde pagué el artículo y doné una modesta cantidad para una asociación de ayuda.

El domingo me desperté temprano y después de tomarme dos tazas de café mirando videos musicales en YouTube, me dirigí a mi habitación donde pedalee en mi bicicleta de carreras sobre rodillos para salir un poco después de las nueve de la mañana, rumbo a la carretera, a hacer un recorrido de 60 km adicionales a lo que ya había hecho como calentamiento.

En el trayecto se desplazó el imán que va montado en un rayo en la rueda delantera, que al pasar cerca del sensor de la ciclocomputadora le da la información sobre la distancia recorrida y la velocidad asociada, con todas las otras viariables. Al dar media vuelta, acomodé ese pequeño objeto y unos 10 km más adelante alcancé a otro ciclista, con el que recorrí el resto del camino de regreso, sumándose otro más que se hallaba hablando por teléfono a la orilla de la carretera y al vernos pasar se nos pegó.

Llegué a casa satisfecho pues pese a no haber hecho un recorrido tan largo como el del domingo anterior (100 km), volví a sentirme fuerte y el pedaleo potente me produjo euforia, efecto del deporte aeróbico, la segregación de endorfinas en el encéfalo.

Una vez en casa procuré hidratarme y tomé el teléfono para llamarle a la psicóloga que menciono en la entrada anterior. En las últimas semanas, de la mano con un nivel de energía que no había sentido en mucho tiempo, he tenido la sensación de que he rejuvenecido, he perdido peso, me he fortalecido, y ha aparecido en mi mente una tranquilidad desacostumbrada (si bien he seguido padeciendo episodios de preocupación sin causa justificada) y el presentimiento de que estoy al final del túnel, de una pesadilla que ha dominado las últimas dos décadas de mi vida (a partir de 1998), que casi la ha arruinado y me ha llevado a perder la voluntad de continuar con la misma, de seguir adelante.

Había mencionado en entradas anteriores una conciencia cósmica como un ejemplo de una entidad que podría representar un orden en el universo, y en nuestras vidas. No creo en Dios, no porque no quiera, sino porque en definitiva no parece una respuesta para mí y no parece tener sentido. Me doy cuenta que pensar en la posibilidad de que exista esa conciencia cósmica podría contradecir mi ateísmo, pero la verdad esto no me preocupa ni siento la inclinación a analizar la idea ni a argumentar al respecto de ninguna manera.

En los últimos años mi vida ha cambiado para bien (una psicóloga describió ese cambio como un “salto cuántico”) pero yo he seguido sufriendo. Recuerdo el libro de Viktor Frankl “el hombre en busca de sentido” en el que describe cómo al ser informados de que eran libres, los alemanes se habían rendido a los aliados y él y sus compañeros habían dejado de ser prisioneros en los campos de la muerte, salieron a caminar con la expectativa de sentir una enorme felicidad y al regresar se confesaron unos a otros que no habían sentido nada. Esto se llama entumecimiento psíquico y es lo que me ha sucedido a mí todo este tiempo.

Al comenzar aquel fatídico 1998 (que no fue el peor año de mi vida) un conjunto de personas para mí significativas me asestaron golpes que parecieron arruinar mi existencia. Le he comentado a esa psicóloga tan competente que me atiende vía telefónica que si en ese entonces hubiera sabido lo que me esperaba, no habría querido vivir, tal vez en ese momento me habría quitado la vida.
El hecho es que he sobrevivido y si bien no amo mi existencia (de hecho me es indiferente), llevo todavía dentro de mí el deseo de volver a encontrar una inspiración y un motivo para volver a interesarme en la vida y es por ello que procuro aprender sobre personas extraordinarias como Hans y Sophie Scholl y sobre mi propia trayectoria, conservando la esperanza de encontrar un camino a seguir.

Seguiré intentándolo.

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