Desperté demasiado temprano, antes de las cuatro de la
mañana pero volví a quedarme dormido para despertar una hora más tarde y
después de permanecer otros treinta minutos en la cama, decidí levantarme y
llevar a pasear a mis mascotas, mis perritas Chora y Clara.
Al regresar, cerca de las siete tomé una taza de café
descafeinado mientras miraba videos en YouTube y decidí regresar a la cama.
Después del recorrido en bicicleta en carretera del domingo pasado, siento el
cansancio dos días más tarde, que es lo usual en mí. Volví a levantarme a las
8:30 horas para desayunar y bañarme para dirigirme al trabajo, donde la larga
jornada es menos difícil que antes, pues mis condiciones han mejorado en todos
aspectos.
Mañana deberé recoger las copias de la película “Los últimos
días”, sobre Hans y Sophie Scholl y demás integrantes de la Rosa Blanca. La
intención es hacerle llegar una copia a la psicóloga Catalina y otra a su
compañera, pero no tengo mis dudas sobre si deba hacer esto. Es cierto que
temer lo que tiene poca probabilidad de ocurrir es una característica mía,
probablemente debido al trastorno con el que vivo.
He leído un poco más en los últimos días, sobre todo a
partir del domingo, ese libro ‘at the heart of the White Rose’ y además de
darme cuenta de lo importantes que pueden ser los padres en la vida de un ser
humano, comienzo a apreciar también la importancia de una buena educación,
entiéndase esto como sinónimo de instrucción, de aprendizaje, de formación
académica.
En las cartas de Sophie Scholl, entre 1937 y 1939 en que
ella se hallaba en el rango de edad de 15 a 17 años, menciona sus estudios de
biología, sus clases de dibujo, su entrega a la lectura, e incluso actividades
como cantar y tocar un instrumento musical obteniendo de ello una gran
satisfacción. Es un hecho que no simpatizo mucho con los alemanes, pero no
puedo negar que son gente muy destacada y eso tiene mucho que ver con su
entrega a la actividad intelectual.
He mencionado antes que no me gusta mi país, no estoy
orgulloso de ser mexicano y no me siento identificado con mi gente. He pensado
mucho en la no existencia de Dios y en las razones de mi ateísmo, que son
muchas. Una de las más importantes, las diferencias entre los hombres a lo
largo y ancho del mundo en que vivimos, el desequilibrio entre las naciones y sus
habitantes.
Pienso mucho en la sobrepoblación mundial, la cual no es
uniforme, pues algunos países tienen una cantidad excesiva de habitantes, con
tasas de natalidad muy altas (como el mío), mientras que otros en cambio tienen
déficits demográficos e incluso índices de crecimiento negativos. Hace 15 años,
en el año 2004, me hallaba trabajando en una empresa de la maquiladora
electrónica realizando una labor denigrante, la de operador (eufemismo de la
palabra obrero) conocí a muchas personas que tenían esa misma ocupación. La
mayoría de ellas mostraban una actitud de rechazo hacia el esfuerzo, estudiar y
aprender, buscar su realización, optando en cambio por vivir en la ignorancia y
en una pobreza intelectual, económica y moral, teniendo la percepción de que su
vida sería fácil por evitar esforzarse en la adquisición de conocimiento.
El problema se complica aún más porque muchas de estas
personas optan por reproducirse, por tener hijos a los que transmiten la misma
postura ante la vida, convirtiéndose en una fábrica de pobres, de lo que se
origina desigualdad social, delincuencia
común y organizada y todo tipo de violencia de lo cual esta no es la única
causa, por supuesto, pero sí una de las más importantes.
Algo que no puedo entender es por qué a tantas personas no
les duele carecer de conocimiento, como me sucedió a mí cuando me hallaba en la
universidad y un día abrí los ojos y reconocí que tenía carencias
extremadamente graves respecto a mi educación (causadas principalmente por mi
trastorno por déficit de atención no diagnosticado, que dio lugar a problemas
de aprendizaje) y entonces comencé a hacer enormes esfuerzos para cambiar esto.
Hubo una época en que al encontrarme con un extranjero de
raza blanca, me sentía menos que él. A esto se le da el nombre de complejo de
inferioridad, pero yo prefiero usar el término inseguridad porque el primero
resulta ofensivo. Con el paso de los años este sentimiento desapareció porque a
pesar de los problemas que tuve que enfrentar, crecí mucho como persona
mediante el estudio, la adquisición de conocimiento, lo que dio como resultado
una auto-realización, incompleta pero innegable.
No me imagino viviendo en la edad madura habiendo optado por
evitar emprender una búsqueda activa de conocimiento, que si bien no pude
concretar concluyendo una licenciatura en ingeniería, sí me ha convertido en un
hombre con un buen nivel cultural y una capacidad para realizar un trabajo
especializado (la traducción de documentos de la industria farmacéutica del
inglés al español) y todavía más importante, los elementos para convertir mi
gusto por la escritura en una ocupación en un futuro no muy lejano.
Continúo en la siguiente entrada.
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