jueves, 17 de enero de 2019

Actitudes de hostilidad y la súbita comprensión a fondo de un problema


Tarde de jueves. Hoy debo llamarle a mi terapeuta, una dama que se encuentra en otra ciudad, a quien no conozco en persona, licenciada en psicología con especialidad en psicoanálisis. Tengo la posibilidad de hablar con ella en jueves y en domingo, lo cual intenté el domingo pasado, sin éxito.

Como resultado de la caída en bicicleta, pasé varias horas de la tarde fuera de casa, buscando la atención en dos instituciones, Cruz Verde y un hospital del IMSS, por lo cual regresé a mi hogar cuando ya había oscurecido y después de comer marqué el número de teléfono de la institución donde me atiende Celia. La operadora me informó que Celia estaba ocupada en una llamada y me pidió que llamara a las 22:40 horas. Pensé que tendíamos poco tiempo para hablar (20 minutos) pues el horario de Celia es de 15:00 a 23:00 horas. Volví a llamar a la hora convenida y la operadora me informó que Celia estaría disponible a las 22:58 horas. Yo pregunté entonces si no se iba a las 23:00 horas y la operadora me respondió: “hoy hará una excepción”.

Transcurrió el tiempo especificado y ya no me fue posible hablar con ella, lo cual fue una lástima, pues necesitaba decirle del accidente que sufrí (pese a no ser grave), y hablarle de ese acontecimiento importante ocurrido a raíz del percance, volver a ver a esa psicóloga Carolina, un personaje importante en la etapa más tardía de mi vida, y un bello ser humano.

Tengo una fascinación con las psicólogas por alguna razón que no tengo muy clara. He pensado que en buena parte pudiera deberse a que solamente una dama con esa profesión podría entender por qué he vivido así, sin trabajar, lo cual mantengo en secreto, pues se considera motivo de vergüenza. La verdad es que no creo que debiera sentirme avergonzado por eso, pues en realidad es lo peor que me ha pasado en toda mi vida, pero cuando otras personas se enteran, me señalan, hacen escarnio de mí y me hacen sentir estigmatizado.

El jueves de la semana pasada se dieron una serie de incidentes —relacionados con gente de Seguridad— en mi lugar de trabajo. Yo le envié a la directora de mi departamento un mail vía Outlook, reportándole parte de eso de una manera muy general. Al salir, se dio otro incidente, también grave, que por supuesto no había mencionado en el mail que escribí porque todavía no ocurría.

El viernes por la mañana acudí a la oficina de la directora y ella me recibió hablándome con un tono de fastidio, diciéndome que las cosas no pueden ser perfectas y hay que adaptarse a lo que hay (no fueron esas sus palabras, sino el contenido de su mensaje). Entonces yo le aclaré que no se trataba de eso, que mi queja no era por nimiedades como el hecho de que un guardia de seguridad pusiera música o platicara, sino asuntos mucho más graves que incluso involucraban a una persona de nuestro departamento.

Conforme se desarrolló nuestro diálogo, la directora fue sintiéndose derrotada en lo que ella tomó como una confrontación y no disimuló su malestar. Ella se considera mucho más inteligente que yo (en lo que indudablemente tiene razón), pero me parece muy probable que no sepa que la inteligencia se divide en áreas, y en lo suyo yo no puedo competir con ella, pero si se trata de analizar ciertos temas de otra índole, mi nivel es muy respetable.

Transcurrió el resto de ese día (viernes) y no volví a encontrarme con esta persona, la directora de mi departamento. El fin de semana pensé mucho en este incidente, y en que a raíz de lo ocurrido el año pasado, acontecimientos que involucraron a gente de RH y de mi departamento en relación con conflictos entre algunos de mis compañeros y yo, la directora ha ido alejándome de ella, y ahora está bastante enojada conmigo. Durante esos días, sábado y domingo pensé en la posibilidad de que al presentarme a trabajar el lunes, ella se condujera hacia mi persona como lo ha hecho siempre, o que probablemente se mostraría lejana y un tanto hostil  (como ya ocurrió una vez, durante el año 2017) y después de unos días todo regresaría a la normalidad.

El martes pasado obtuve mi incapacidad en el IMSS y la entregué ayer miércoles en Recursos Humanos, después de lo cual me dirigí a mi edificio, a la oficina donde trabajo. Saludé a la directora y ella me respondió fuerte y claro, a todas luces todavía molesta conmigo. Le comenté entonces que estos tres días de incapacidad serían sin goce de sueldo, algo de lo que me acababa de enterar (una medida tomada por el gobierno de mi país, que los primeros tres días de incapacidad no se pagan, se tiene derecho a una remuneración a partir del cuarto día de incapacidad) y ella me respondió en un tono bastante hostil: “toma lo que te sirva”. Me despedí entonces y después de platicar unos minutos con una compañera a la que estimo, me fui.

Hoy saludé a la directora al llegar y ella parece seguir molesta conmigo, algo que en realidad no me preocupa. De pronto pensé en que el hecho de que otras personas muestren animadversión hacia mí no debería afectarme tanto, o no debería afectarme en lo absoluto. Es un hecho que al encontrarme con personas que muestran actitudes hostiles en cualquier ámbito de mi vida, siento un gran malestar que me sume en estados depresivos y en una tremenda obsesividad, lo que los psicólogos llaman “engancharse”. En ocasiones un acto de agresión no física se queda conmigo durante semanas, meses o años. Entonces recuerdo lo que leí una vez, no hace mucho tiempo sobre el trastorno límite de la personalidad, que haciendo una analogía se describe como equiparable a “tener quemaduras graves en el 95% de la anatomía corporal; el menor movimiento, el menor contacto, produce un sufrimiento espantoso”.

Ya no como en la empresa. De pronto me di cuenta que durante mucho tiempo he ingerido más calorías de las que necesito y desayunando en mi casa (algo que siempre he hecho, independientemente del horario que tenga), comiéndome en mi escritorio un sándwich de atún (en ocasiones de pavo) y llegando a cenar a mi casa, no necesito esa comida en el comedor (válgase la redundancia) de la empresa donde trabajo. De todos modos me tomo mi tiempo de descanso (que en este nuevo horario son 40 minutos), mismo que paso dormitando en una cómoda silla reclinable en otro edificio, o echándole un ojo a mi cuenta de Twitter y a mis contactos en WhatsApp.

Durante mi tiempo de descanso, esta tarde pensé en Viktor Frankl y los tres años que pasó en los campos de la muerte. No entiendo cómo pudo sobrevivir a condiciones tan difíciles durante un tiempo tan prolongado, pero de pronto me pregunté si él pudo enfrentar un sufrimiento tan extremo que involucraba ser esclavo de genocidas y kapos, hambre, hacinamiento, frío y jornadas larguísimas de trabajo en un lugar más aterrador que el mismísimo infierno, ¿por qué a mí debe abrumarme enfrentar la adversidad que se presenta en mi existencia?

Lo que tengo que hacer es dejar de dar tanta importancia a otras personas. Además, al sentir dolor psíquico, lo experimento como si fuera un fenómeno que solamente a mí me aqueja, como si al resto de las personas el sufrimiento les fuera desconocido. Si bien no puedo negar que he sido agredido por gente que no ha tenido que enfrentar circunstancias tan difíciles como las mías, he tenido poca conciencia de que cada ser humano lleva consigo conflictos internos que le provocan un malestar de diferente intensidad, mismos que tiene que resolver. El ser humano es el único animal que tiene que justificar su existencia.

Pienso en la necesidad de cambiar mi manera de pensar, no tanto en justificar a los pendejos que me agreden, sino en encontrar alivio en pensar que detrás de un acto de violencia de otra persona, hay un sufrimiento intenso con el que ese individuo tiene que vivir, y en consecuencia no es necesario devolverle el golpe y en lugar de ello puedo ocuparme de asuntos más importantes.

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