El pasado domingo 13 de enero sufrí una caída en mi
bicicleta de carreras, sin consecuencias graves; las lesiones se limitaron a
raspones y contusiones. La lectura de mi velocímetro (o Cyclocomputer) andaba
en 7175 km, que restándole 1200 km (la lectura que llevaba el dispositivo
anterior, antes de ser sustituido por uno nuevo) da 5975 km.
Cuando ingresé a el empleo que tengo actualmente (hace 44
meses y medio), la lectura de mi dispositivo andaba en cinco mil ochocientos
ochenta y tantos kilómetros, un número que había que evitar, pues por alguna razón, el
número ocho provoca inquietud en mi mente, la idea de que ese número podía dar
lugar a una catástrofe que en el mejor de los casos terminará con mi
existencia; todavía peor sería que me regresara al estado de improductividad,
soledad y pobreza en que he vivido la mayor parte de mi vida adulta.
Un buen hombre cuyo trabajo es manejar una camioneta pick up
de tamaño mediano en una colonia adyacente a la mía, me hizo el favor de
llevarme a casa, pues además del golpazo que me di, mi bicicleta sufrió leves
daños, no era posible seguir desplazándome en ella pues el freno delantero
estaba cerrado y por supuesto no permitía que girara la rueda correspondiente.
Una vez en casa, subí a mi habitación sin saber con claridad
qué era lo que iba a hacer. Empezaba a cobrar conciencia que unos minutos antes,
al levantarme del asfalto, se me había nublado la visión como si tuviera
enfrente de mis ojos puntos negros muy próximos entre sí, que no me permitían
ver lo que tenía enfrente más que de manera muy reducida. No podía pensar con
claridad.
Me puse unos pantalones de mezclilla y le pedí a mi madre
que me acompañara. Lamento decir que al entrar a la casa y encontrarme con ella
me enojé mucho porque no parecía entender lo que había pasado, y que era imperativo que buscara atención
médica aunque las lesiones no fueran de consideración. Nos fuimos en taxi a una
unidad de Cruz Verde en el municipio de Guadalajara, donde de hecho no se me
atendió. El pendejo médico de guardia (un señor de edad avanzada, de más de 60
años) se limitó a darme una receta con la prescripción de dos medicamentos y no
ordenó que se me hiciera ningún tipo de análisis, ni radiografías ni
curaciones. Sin embargo, toqué la puerta en el área de psicología y al cabo de
un tiempo muy breve salió la psicóloga, yo me había retirado de esa área y ella
no supo quién la había buscado. Entonces le hablé por su nombre (la había visto
cerca de tres años antes, entre febrero y marzo de 2016, en terapia, pero la
había conocido vía atención telefónica hace más de once años) y al mirarme,
cuando le tendí la mano y le recordé mi nombre, entonces ella me reconoció.
Carolina y yo pasamos al consultorio y hablamos de diversos
temas. Al platicarle lo que me había ocurrido y la serie de acontecimientos
significativos en mi vida desde que la vi por última vez (marzo de 2016), tenía
problemas para recordar nombres de personas y para mantener el hilo de mi
discurso. De pronto me detenía y le preguntaba a esta dama qué acababa de
decirle y hacia dónde iba.
Esta psicóloga es una de las buenas personas que he conocido
desde 2007, un año importante porque murió mi padre (una de las mejores cosas
que me han pasado en mi vida), pero mis problemas no terminaron. Esta dama
(doce años más joven que yo) me atendió entre mediados de 2007 y abril de 2008,
pues en esa fecha decidió no seguir haciéndolo debido a una intriga de otra
psicóloga, compañera de ella. Esto sucedió en otra institución, una de salud
mental que no sirve, a la que me referí en una entrada anterior.
Encontrar a Carolina fue muy afortunado en primer lugar
porque es un bello ser humano. Además es una excelente psicóloga, muy inteligente
y bien preparada, con mucha experiencia, muy competente y muy empática y
respetuosa. Le hablé del acontecimiento importante que se dio el domingo 9 de
diciembre del año pasado, en que una psicóloga, vía atención telefónica me dijo
“es bueno que trabaje” y lo mucho que me reveló esa breve frase. También le
comenté (entre muchas otras cosas) que en el año 2014, al cumplir 50 años
escribí en mi “bío” en mi cuenta de Twitter: “he llegado al medio siglo de vida
y me dedico a leer, a traducir, a andar en bicicleta y a esperar que se acabe
mi existencia”. Esto tiene relación con lo anterior porque años antes me había
dado cuenta de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez, y no
creí que fuera posible recuperarme.
Le dije a Carolina que tendría que esperar al día siguiente
para dirigirme al IMSS, a la clínica que me corresponde a buscar la atención
médica, y a conseguir mi incapacidad. Ella me dijo (muy acertadamente) que
podía buscar la atención médica en ese momento, que me dirigiera a un hospital
del IMSS al que se le conoce popularmente como “el Ayala”.
Salí del consultorio acompañado de esta linda dama y al
verme mi madre (que me esperaba afuera) se puso de pie. Yo le presenté a Caro y
la autora de mis días se acercó a la psicóloga para saludarla con un beso en la
mejilla. Entonces Carolina la abrazó y después de esta experiencia tan
afortunada, nos dirigimos al hospital que esta dama me había sugerido.
Habiéndose dado este acontecimiento tan afortunado, sentí
que el golpazo que me di al caer de mi bicicleta, había valido la pena.
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