miércoles, 9 de enero de 2019

De gente decepcionante y los prejuicios sobre nosotros, los pacientes psiquiátricos

A principios del mes de octubre tuve un incidente en mi trabajo que no tuvo consecuencias, pero para mí significó un problema serio, pues involucró a ese compañero con el que comencé a tener problemas a mediados de 2017, a la directora de mi departamento, y al director de Recursos Humanos. También involucró al médico de la empresa, pero este tuvo un buen desempeño y a partir de entonces lo veo como a un amigo.

Blanca, la mujer joven que llegó en agosto del año pasado a ocupar un puesto de gerencia recién creado, a quien ahora le reportaría Omar (el mal individuo con puesto de jefatura con el que he tenido problemas, un maestro en el arte del chisme y la intriga) fue manipulada por él, quien le habló falsedades de mí, logrando que ella comenzara a mostrar una tremenda hostilidad pasiva hacia mi persona, incluso mirándome como si fuera la persona más despreciable del mundo.

La noche del lunes 8 al martes 9 de octubre, me sentí terriblemente mal, se me vino una crisis cuyo detonante fue la violencia pasiva de Blanca, pero su origen se hallaba en todos los problemas que tuve que enfrentar a partir de junio de 2017, cuando regresé de una incapacidad de casi seis semanas por un accidente en que me rompí la clavícula izquierda.

Ese lunes por la tarde y el martes por la mañana, temprano, tuve un diálogo con la directora de mi departamento señalando a Omar (una de las personas más allegadas a ella) como un intocable, diciéndole que iba a encargarme de que dejara de ser un problema para mí, aclarando (textualmente) “todo dentro de la legalidad”.

A las once de la mañana recibí una llamada en mi Smartphone del médico de la empresa, pidiéndome que me presentara en la oficina del director de recursos humanos a las 13:00 horas. Entonces me dispuse a bañarme y prepararme para acudir a la cita, esperando lo peor, poniéndome en el peor escenario, asumiendo que me iban a despedir.

Llegué antes de la hora (como es mi costumbre, siempre he sido muy puntual) y me dirigí al consultorio, donde dialogué con el médico. Él me aseguró que no iban a despedirme, pues de ser así me habrían pedido que me presentara con otra persona (encargada de la nómina). Al llegar la hora de la cita, la una de la tarde, me reuní con este señor, el médico, y con el director de recursos humanos en la oficina de este último.

El director de RH expresó su preocupación por la integridad física de Omar. Yo le aclaré entonces (bastante alterado) que no tenía intenciones de hacerle ningún daño. “No lo voy a golpear, no le voy a meter un balazo, no le voy a mandar un sicario”, exclamé. Entonces ese director me preguntó sobre mi tratamiento psiquiátrico (que recibo en el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde) y yo le mostré mi tarjetón, donde aparecen las citas a las que he asistido (casi todas) desde febrero de 2011. Él me preguntó si el médico podía acompañarme a esa institución (con la idea implícita de comprobar lo que yo argumentaba, que soy paciente del hospital y he acudido a mis citas) y yo respondí con toda calma que sí, que no veía ningún inconveniente.

En ese encuentro con esos dos empleados de la empresa en la que trabajo, el director de RH tomó la actitud de que siendo yo un paciente psiquiátrico, estoy mal en mi percepción de la realidad, en mi comportamiento y en lo que pido y espero del personal al que me dirijo con intención de tratar un problema laboral. En la primera semana de agosto, yo me había dirigido a él de manera verbal y por escrito, describiéndole el tipo de problemas que había tenido con Omar desde mediados del año anterior, es decir un periodo mayor a 12 meses y siendo jefe del médico, ya debería tener antecedentes sobre este mal compañero, que tiene muchos años en la empresa, ha tenido problemas con otros empleados (a quienes les ha hecho la vida difícil, algunos optaron por irse); en resumen, debía saber que Omar tiene una muy mala reputación y en esencia es una alimaña.

Yo tenía una buena opinión de este señor (el director de RH, que había llegado a la empresa en marzo de ese año, 2018, siete meses antes) pero en ese momento me di cuenta de que me había equivocado, de que este señor resultó ser un individuo pragmático, incluso cobarde dispuesto a usar cualquier cosa que yo dijera para voltearla en mi contra. Entonces, este señor me informó que se me iban a dar el resto de los días hábiles de esa semana (miércoles a viernes) como descanso con goce de sueldo y me pidió un dictamen de la institución donde recibo la atención médica psiquiátrica.

Salí rumbo al Hospital Fray Antonio Alcalde cerca de las dos de la tarde y al llegar ahí ya no encontré a la residente de psiquiatría que me atiende. Al día siguiente me presenté en ese lugar a una hora razonable (como a las once de la mañana) y pude hablar con esa dama (una persona excelente en todos sentidos). Le pedí que me diera ella el documento, simplemente escribiendo sus impresiones como médico tratante y sus datos. Ella me respondió que eso no era posible, que yo tenía que presentarme en la oficina de transparencia a solicitar un resumen clínico, pues en ese hospital no se dan dictámenes. Aquí cabe señalar que dictámenes se dan solamente en una institución de ciencias forenses.

Me dirigí a la mencionada oficina y solicité el documento, la atención fue amable e incluso la empleada que me atendió se mostró empática y me hizo sentir bien.

El proceder del director de RH es típico del tipo de gente que va por la vida con una máscara, proyectando la imagen de una persona instruida, profesional y al mismo tiempo empática, muy humana, cuando en realidad todo eso es una farsa y más bien están dispuestas a faltar a la verdad y deformar la realidad a su conveniencia.

Ahora, un cierto número de personas que me rodean saben que tengo problemas de salud mental, que soy paciente psiquiátrico, pero curiosamente no vivo esto como un estigma. Me parece que para cualquier observador resulta muy evidente que tengo un comportamiento, un desempeño y una confiabilidad excelentes y la mayoría de mis compañeros tienen buena opinión de mí.

Quienes difieren son la clase de gente que no vale la pena, son una minoría y no merecen ser tomados en cuenta. El balance es positivo.

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