Salí a tomarme mi tiempo de descanso (se le llama ‘hora de comida’,
pero yo me la salto y por tanto evito usar ese término) y me dirigí a otro
edificio, a sentarme en una cómoda silla reclinable mientras hacía uso de mi
Smartphone para saber qué había sucedido en Twitter, y echarle un ojo a mis
contactos de WhatsApp.
Le envié un mensaje a mi Osito Dormilón (mi mamá), que me
informó que había recibido mi paquete de Amazon, un juego de luces para mi
bicicleta, potentes, que ya no usan costosas baterías desechables, sino cuentan
con batería de litio recargable mediante conexión USB.
También le había enviado mensaje de WhatsApp a mi
queridísima amiga la psicóloga, quien alguna vez fue mi terapeuta y al cabo de
unos años me di cuenta que es la mejor persona que he conocido en mi vida.
Tenía mucho tiempo sin hablar con ella (varias semanas). Ella se hallaba
redactando un trabajo de investigación para entregarlo mañana temprano y le faltaba
mucho para terminarlo.
Hablamos de ese acontecimiento significativo en que una
psicóloga me dijo “es bueno que trabaje”, un domingo 9 de diciembre, lo que me
dio a entender que es muy frecuente que quienes padecen mi trastorno límite de
la personalidad, vivan sin trabajar, condición terrible que conduce a un
precipicio, a una muerte en vida o a un suicidio, a una muerte biológica. Todo
ello en medio de un sufrimiento espantoso.
Le confesé a mi querida amiga que a raíz de eso, en los días
que siguieron estuve llorando mucho; ella sabe que yo no soy el tipo de persona
que llora. Le dije también que Leticia, una colega suya, con quien hablé vía
telefónica en octubre pasado y la vi al día siguiente en su consultorio, me
dijo que no hay que contemplar tanto el pasado y a mí me parece que eso es un
error. El origen de este comentario radica en que he decidido buscar terapia
psicoanalítica, que se basa en trabajar con la historia de vida, comenzando con
la infancia, como sería de esperar.
Al inicio de la llamada le había dicho a mi amiga que
buscando en internet había encontrado un servicio de atención psicológica y
comenzó a atenderme una terapeuta muy competente. De su discurso deduje que
tenía una especialidad en psicoanálisis, le pregunté y Celia, me respondió
afirmativamente.
Esto viene al caso porque Leticia (la psicóloga que vi en
octubre) cuenta con una especialidad en terapia familiar y piensa que es mejor
no remover mucho el pasado. Yo respeto a esta dama, que es excelente como
psicóloga y como ser humano, pero no estoy de acuerdo en esto. Pienso que la
terapia psicoanalítica sería muy adecuada para mí porque podría ayudarme a
entender las causas de mi comportamiento insano, que provocaron que llevara una
vida de anormalidad y casi me arruinaron. Por terrible que mi pasado pueda
parecer, tengo que aceptarlo, lo que hasta ahora ha sido una imposibilidad.
Al mismo tiempo es un hecho que pese a haber vivido sin
llevar una vida productiva (lo más terrible que me ha pasado) también conseguí
grandes logros, entre ellos evitar convertirme en un delincuente, no incurrir
en el abuso de sustancias (pese a los muchos casos de alcoholismo que hay en mi
familia), y educarme a mí mismo, viéndome en la necesidad de convertirme en un
autodidacta, pues por mis problemas de aprendizaje (provocados por un trastorno
por déficit de atención que nunca se detectó) me fue imposible adquirir mucho
conocimiento en mi paso por las aulas, desde el principio.
Por todo eso, lejos de sentirme avergonzado por el modo como
he vivido, debería estar orgulloso de mí. Mi queridísima amiga estuvo de
acuerdo conmigo y me mencionó que es la primera vez que me escucha decir eso de
“aceptar mi pasado” y que una vez ella trató de hacerme ver lo que sí había
logrado, pero yo rechacé su aportación e incluso me enojé. “Me hubieras dado
unos chingadazos”, le dije a esta hermosa mujer. “Si alguna vez vuelve a
suceder, me pegas una madriza” continué bromeando con esta amiga, la mejor
psicóloga que he conocido en mi vida, y la mejor persona, un bellísimo ser
humano.
Estoy viviendo la mejor época de mi vida y aún estoy a
tiempo para hacer algo con ella. Lo diré una vez más: es hora de mirar hacia
adelante.
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