miércoles, 9 de enero de 2019

Hablando con mi amiga, que una vez fue mi terapeuta


Salí a tomarme mi tiempo de descanso (se le llama ‘hora de comida’, pero yo me la salto y por tanto evito usar ese término) y me dirigí a otro edificio, a sentarme en una cómoda silla reclinable mientras hacía uso de mi Smartphone para saber qué había sucedido en Twitter, y echarle un ojo a mis contactos de WhatsApp.

Le envié un mensaje a mi Osito Dormilón (mi mamá), que me informó que había recibido mi paquete de Amazon, un juego de luces para mi bicicleta, potentes, que ya no usan costosas baterías desechables, sino cuentan con batería de litio recargable mediante conexión USB.

También le había enviado mensaje de WhatsApp a mi queridísima amiga la psicóloga, quien alguna vez fue mi terapeuta y al cabo de unos años me di cuenta que es la mejor persona que he conocido en mi vida. Tenía mucho tiempo sin hablar con ella (varias semanas). Ella se hallaba redactando un trabajo de investigación para entregarlo mañana temprano y le faltaba mucho para terminarlo.

Hablamos de ese acontecimiento significativo en que una psicóloga me dijo “es bueno que trabaje”, un domingo 9 de diciembre, lo que me dio a entender que es muy frecuente que quienes padecen mi trastorno límite de la personalidad, vivan sin trabajar, condición terrible que conduce a un precipicio, a una muerte en vida o a un suicidio, a una muerte biológica. Todo ello en medio de un sufrimiento espantoso.

Le confesé a mi querida amiga que a raíz de eso, en los días que siguieron estuve llorando mucho; ella sabe que yo no soy el tipo de persona que llora. Le dije también que Leticia, una colega suya, con quien hablé vía telefónica en octubre pasado y la vi al día siguiente en su consultorio, me dijo que no hay que contemplar tanto el pasado y a mí me parece que eso es un error. El origen de este comentario radica en que he decidido buscar terapia psicoanalítica, que se basa en trabajar con la historia de vida, comenzando con la infancia, como sería de esperar.

Al inicio de la llamada le había dicho a mi amiga que buscando en internet había encontrado un servicio de atención psicológica y comenzó a atenderme una terapeuta muy competente. De su discurso deduje que tenía una especialidad en psicoanálisis, le pregunté y Celia, me respondió afirmativamente.

Esto viene al caso porque Leticia (la psicóloga que vi en octubre) cuenta con una especialidad en terapia familiar y piensa que es mejor no remover mucho el pasado. Yo respeto a esta dama, que es excelente como psicóloga y como ser humano, pero no estoy de acuerdo en esto. Pienso que la terapia psicoanalítica sería muy adecuada para mí porque podría ayudarme a entender las causas de mi comportamiento insano, que provocaron que llevara una vida de anormalidad y casi me arruinaron. Por terrible que mi pasado pueda parecer, tengo que aceptarlo, lo que hasta ahora ha sido una imposibilidad.

Al mismo tiempo es un hecho que pese a haber vivido sin llevar una vida productiva (lo más terrible que me ha pasado) también conseguí grandes logros, entre ellos evitar convertirme en un delincuente, no incurrir en el abuso de sustancias (pese a los muchos casos de alcoholismo que hay en mi familia), y educarme a mí mismo, viéndome en la necesidad de convertirme en un autodidacta, pues por mis problemas de aprendizaje (provocados por un trastorno por déficit de atención que nunca se detectó) me fue imposible adquirir mucho conocimiento en mi paso por las aulas, desde el principio.

Por todo eso, lejos de sentirme avergonzado por el modo como he vivido, debería estar orgulloso de mí. Mi queridísima amiga estuvo de acuerdo conmigo y me mencionó que es la primera vez que me escucha decir eso de “aceptar mi pasado” y que una vez ella trató de hacerme ver lo que sí había logrado, pero yo rechacé su aportación e incluso me enojé. “Me hubieras dado unos chingadazos”, le dije a esta hermosa mujer. “Si alguna vez vuelve a suceder, me pegas una madriza” continué bromeando con esta amiga, la mejor psicóloga que he conocido en mi vida, y la mejor persona, un bellísimo ser humano.

Estoy viviendo la mejor época de mi vida y aún estoy a tiempo para hacer algo con ella. Lo diré una vez más: es hora de mirar hacia adelante.

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