viernes, 18 de enero de 2019

De mi soledad, la gente que me rodea, y ser un individuo racista


Transcurre la jornada laboral con una lentitud que contribuye a hacerla tediosa, aburrida y cansada. Pienso en la mujer que amo, cuyo contacto borré de mi teléfono porque al mirar mi WhatsApp resulta doloroso contemplar su hermoso rostro en mi avatar y cobrar conciencia de que no está conmigo, y de que no soy parte de su vida ni jamás lo seré.

La gente a mi alrededor muestra características diversas, pero a un buen número de ellas no las conozco (compañeros de trabajo) porque llegaron a este departamento hace menos de tres meses y casi no convivo con ellos. De hecho no sé siquiera sus nombres de pila, excepto de unos pocos. En cambio las personas que tengo cerca de mí son compañeras (sexo femenino) a quienes conozco bien, cuyo parloteo repleto de estupideces me enferma, contribuye a agravar mi cansancio y me provocan repulsión porque su estulticia es para mí algo muy parecido a la fealdad.

En menos de cinco horas habrá terminado mi semana laboral, que en esta ocasión fue de dos días (jueves y viernes) porque pasé incapacitado los primeros tres días de la semana. He pensado mucho en el accidente que sufrí, sin consecuencias graves pero que pareció simbolizar la situación que ahora vivo en mi lugar de trabajo, con la directora de mi departamento enojada conmigo, mostrando una actitud de frialdad no disimulada. El fin de semana que inicia al terminar esta jornada laboral (viernes en la noche) no promete mucho, excepto porque mañana sábado veré a un terapeuta en una asociación psicoanalítica; el hecho de que sea del sexo masculino es algo que no me agrada, algo indeseable para mí. Anoche hablé de ello con mi terapeuta Celia, que me atiende por teléfono. Por otra parte, deberé continuar con la lectura de la novela Mary Barton, de Elizabeth Gaskell cuya trama empieza a atraparme. Se desarrolla en Manchester en el siglo XIX, y parte de su encanto radica en que al leer la novela me veo rodeado de personas de raza blanca, la clase de entorno en que querría hallarme. Es un hecho que soy un individuo racista, si bien en cierta medida me agrada la diversidad, pero en mi país, con una población excesiva en la que una proporción muy alta está compuesta de personas que parecen haberse propuesto demostrar la teoría de la inferioridad racial, me abruma verme rodeado de tanta gente tan jodida y me resulta difícil disimular el desprecio que siento por tantos individuos que ante mis ojos son despojos humanos.

Escribir esto me hace cobrar conciencia, una vez más, de que tengo características de misántropo. Mi condición de vida es dolorosa, principalmente debido a mi soledad, pero al mismo tiempo, soy muy intolerante y los comportamientos y el discurso de muchas personas me provoca rechazo; fácilmente tomo la decisión de alejarme de otras personas al percibir poca inteligencia, un bajo nivel educativo, o carencias intelectuales serias.

En las últimas semanas he hablado —vía telefónica— con una terapeuta de nombre Celia, mucho más joven que yo, con una sólida formación académica, a todas luces inteligente y culta y ella me ha aportado valiosos conocimientos que me han hecho reconsiderar lo que soy como individuo, por ejemplo al hablar sobre gente por la que no puedo sentir empatía y no puedo ver como personas iguales a mí; en otras palabras, gente a la que no puedo evitar ver como inferiores. Celia me dice entonces que al establecer una comparación, veo en ese tipo de personas un punto de referencia del nivel deficiente en que una vez estuve, que logré superar por medio de mi esfuerzo; en otras palabras, una proyección de lo que he crecido como ser humano.

En una junta de al-anon (un movimiento de crecimiento personal del que me estoy alejando otra vez) dije que yo no creo en Dios, pero no hablé de las razones de mi ateísmo, en primer lugar porque no era el momento ni el lugar para hacer tal cosa. Aquí puedo decir que hay tanta desigualdad entre los seres humanos —y en consecuencia entre los pueblos— que no parece tener sentido concebir a un ser superior que nos considera a todos iguales, habiendo creado grupos, tribus o razas con características tan diferentes.

Además, contemplar el horror acontecido en la historia, las grandes matanzas de seres humanos, la esclavitud, los genocidios, el Holocausto, etc., no me permite concebir que exista un Dios todopoderoso que permita todo eso. Muchos millones de personas viven en condiciones infrahumanas, sin la menor esperanza de que eso cambie y el abuso que grupos reducidos ejercen sobre grupos inmensos, con la complejidad que involucra todo eso, hace de la idea de concebir la existencia de Dios, un signo de debilidad, falta de inteligencia, y pérdida de contacto con la realidad.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...