Transcurre la jornada laboral con una lentitud que
contribuye a hacerla tediosa, aburrida y cansada. Pienso en la mujer que amo,
cuyo contacto borré de mi teléfono porque al mirar mi WhatsApp resulta doloroso
contemplar su hermoso rostro en mi avatar y cobrar conciencia de que no está
conmigo, y de que no soy parte de su vida ni jamás lo seré.
La gente a mi alrededor muestra características diversas,
pero a un buen número de ellas no las conozco (compañeros de trabajo) porque
llegaron a este departamento hace menos de tres meses y casi no convivo con
ellos. De hecho no sé siquiera sus nombres de pila, excepto de unos pocos. En
cambio las personas que tengo cerca de mí son compañeras (sexo femenino) a
quienes conozco bien, cuyo parloteo repleto de estupideces me enferma,
contribuye a agravar mi cansancio y me provocan repulsión porque su estulticia
es para mí algo muy parecido a la fealdad.
En menos de cinco horas habrá terminado mi semana laboral,
que en esta ocasión fue de dos días (jueves y viernes) porque pasé incapacitado
los primeros tres días de la semana. He pensado mucho en el accidente que sufrí,
sin consecuencias graves pero que pareció simbolizar la situación que ahora
vivo en mi lugar de trabajo, con la directora de mi departamento enojada
conmigo, mostrando una actitud de frialdad no disimulada. El fin de semana que
inicia al terminar esta jornada laboral (viernes en la noche) no promete mucho,
excepto porque mañana sábado veré a un terapeuta en una asociación
psicoanalítica; el hecho de que sea del sexo masculino es algo que no me
agrada, algo indeseable para mí. Anoche hablé de ello con mi terapeuta Celia,
que me atiende por teléfono. Por otra parte, deberé continuar con la lectura de
la novela Mary Barton, de Elizabeth Gaskell cuya trama empieza a atraparme. Se
desarrolla en Manchester en el siglo XIX, y parte de su encanto radica en que
al leer la novela me veo rodeado de personas de raza blanca, la clase de
entorno en que querría hallarme. Es un hecho que soy un individuo racista, si
bien en cierta medida me agrada la diversidad, pero en mi país, con una
población excesiva en la que una proporción muy alta está compuesta de personas
que parecen haberse propuesto demostrar la teoría de la inferioridad racial, me
abruma verme rodeado de tanta gente tan jodida y me resulta difícil disimular
el desprecio que siento por tantos individuos que ante mis ojos son despojos
humanos.
Escribir esto me hace cobrar conciencia, una vez más, de que
tengo características de misántropo. Mi condición de vida es dolorosa,
principalmente debido a mi soledad, pero al mismo tiempo, soy muy intolerante y
los comportamientos y el discurso de muchas personas me provoca rechazo;
fácilmente tomo la decisión de alejarme de otras personas al percibir poca
inteligencia, un bajo nivel educativo, o carencias intelectuales serias.
En las últimas semanas he hablado —vía telefónica— con una
terapeuta de nombre Celia, mucho más joven que yo, con una sólida formación
académica, a todas luces inteligente y culta y ella me ha aportado valiosos
conocimientos que me han hecho reconsiderar lo que soy como individuo, por
ejemplo al hablar sobre gente por la que no puedo sentir empatía y no puedo ver
como personas iguales a mí; en otras palabras, gente a la que no puedo evitar
ver como inferiores. Celia me dice entonces que al establecer una comparación,
veo en ese tipo de personas un punto de referencia del nivel deficiente en que
una vez estuve, que logré superar por medio de mi esfuerzo; en otras palabras,
una proyección de lo que he crecido como ser humano.
En una junta de al-anon (un movimiento de crecimiento personal
del que me estoy alejando otra vez) dije que yo no creo en Dios, pero no hablé
de las razones de mi ateísmo, en primer lugar porque no era el momento ni el
lugar para hacer tal cosa. Aquí puedo decir que hay tanta desigualdad entre los
seres humanos —y en consecuencia entre los pueblos— que no parece tener sentido
concebir a un ser superior que nos considera a todos iguales, habiendo creado
grupos, tribus o razas con características tan diferentes.
Además, contemplar el horror acontecido en la historia, las
grandes matanzas de seres humanos, la esclavitud, los genocidios, el Holocausto,
etc., no me permite concebir que exista un Dios todopoderoso que permita todo
eso. Muchos millones de personas viven en condiciones infrahumanas, sin la
menor esperanza de que eso cambie y el abuso que grupos reducidos ejercen sobre
grupos inmensos, con la complejidad que involucra todo eso, hace de la idea de
concebir la existencia de Dios, un signo de debilidad, falta de inteligencia, y
pérdida de contacto con la realidad.
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