El sábado fue un día un tanto difícil, por lo menos las
primeras horas.
Asistí a una sesión de un grupo de al-anon, cercano a casa y
la experiencia no fue del todo mala, pero sentí un malestar constante, algo me
inquietaba y tenía mucho cansancio físico, pese a haber dormido bien durante la
noche.
Al regresar a casa traté de dormir una siesta, pero no tuve
mucho éxito. Me sentía mal porque mis perritas estaban muy sucias (no las bañé
durante el mes de diciembre) y las pulgas parecían producirles mucha incomodidad.
En un momento dado las saqué al área de lavado y procedí a bañarlas, usando un
jabón antipulgas. Después de enjuagarlas, las dejé en el espacio confinado
donde no hay tierra ni vegetación, y lavé algunas prendas de ropa en el
lavadero. Cuando consideré que el pelo de mis mascotas se había secado en
cierta medida, les puse sus correas y las llevé a caminar. Recorrí una
distancia de unos cuantos kilómetros concentrándome en relajarme, en no
enojarme con mis mascotas por su comportamiento de tanta inquietud, de
movimientos muy bruscos, especialmente cuando detectan la presencia de otros
canes u otras especies, como gatos o menos frecuentemente roedores.
Terminamos nuestro recorrido y decidí dirigirme al parque
cercano a la casa, con la esperanza de encontrar algún conocido y entablar
algún tipo de conversación, pero esto no sucedió. Al cabo de unos 20 minutos
decidí regresar a casa, satisfecho porque mis mascotas habían gastado bastante energía
y ahora estaban limpias. Entonces me dirigí a Walmart a comprar un mínimo de
mandado, después de lo cual pasé a Sam’s a adquirir el alimento de mis mascotas
y regresé a casa en Uber.
Durante la noche del sábado al domingo, mis perritas
durmieron a pierna suelta, y eso me tranquilizó. Me había hecho el propósito de
leer bastante durante el fin de semana, Mary Barton, novela del siglo XIX de la
autoría de Elizabeth Gaskell, pero el sábado no leí prácticamente nada. Decidí
que el domingo sí lo haría, pese a haber dejado pendiente lavar más prendas de
ropa, hacer ejercicio en mi bicicleta de carreras combinando el uso de rodillos
con un recorrido por un circuito cercano a la casa, y cavar una fosa en el
patio trasero, para enterrar las heces de mis mascotas de modo que sirvan como
abono orgánico.
El domingo desperté temprano y tomé café y pan mientras
miraba videos en Youtube. Al terminar comí un tazón de avena, después de lo
cual subí a mi habitación y procedí a realizar mi rutina de ejercicio en mi
bicicleta de carreras, sobre rodillos. Hice una pausa después de 20 km y llevé
a cabo mis ejercicios con pesas (unos cuantos) para después pedalear otros 10
km y salir a la calle a recorrer un poco más, ahora en un recorrido que combina
terreno plano con fuertes pendientes. La distancia es corta, pero el esfuerzo
muscular es de tomar en cuenta.
Al regresar tomé unos implementos como una barra de acero y
una pala y cavé una fosa no muy profunda. Decidí no verter ahí las heces de mis
mascotas (muy abundantes) sino depositarlas en el patio y cubrirlas con la
tierra que había extraído del suelo. Al terminar esta tarea (que no fue tan
pesada como esperaba), lavé más prendas de ropa en el lavadero y tomé un baño,
después de lo cual comí y hablé por teléfono con una psicóloga joven, de alto
nivel intelectual y académico a quien conocí hace algunas semanas.
Me referiré a esa llamada en la próxima entrada.
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