Soy un hombre de 54 años de edad, acercándome a los 55, en
buena forma física, pero con un problema serio de salud mental, un trastorno
límite de la personalidad (TLP [Borderline]).
Siendo un adolescente, con 16 años de edad, ver por
televisión los Juegos Olímpicos de Moscú despertó mi interés en el deporte, en
participar en lugar de limitarme a ser espectador. A partir de entonces,
comencé a levantarme todas las mañanas muy temprano a correr unos ocho
kilómetros en la calle, y tiempo después comencé a participar en carreras de 5
km y más tarde en pista, en medio fondo. Yo tenía grandes aspiraciones, llegar
a convertirme en un deportista de alto rendimiento, en un campeón olímpico como
lo habían sido en tiempos recientes (hablamos de la década de los 80s) los
ingleses Sebastian Coe y Steve Ovett. Por supuesto, esto era una absoluta
imposibilidad, pero lo que sí conseguí fue adoptar un estilo de vida sano a ese
respecto, mantenerme físicamente activo, cuidar mi alimentación, evitar el
abuso del alcohol, no fumar; evitar consumir drogas no legales.
Creo que eso fue mi salvación, pues en mi trastorno es muy
común el abuso de sustancias y en mis familias paterna y materna, hay muchos casos
de alcoholismo que derivaron en tragedias, o en que ciertas personas se destruyeron
a sí mismas. De hecho esa adicción mató a mi padre hace once años.
Por otra parte, he vivido muy mal, y teniendo más de 40 años
comencé a cobrar conciencia de que he padecido una patología muy grave. Hace 10
años y medio una psicóloga muy competente (y un bello ser humano) me dijo: “tú
tienes un trastorno de personalidad”. Esto fue a mediados del año 2008, yo me
hallaba viviendo una pesadilla que con mucha frecuencia se convertía en un
verdadero infierno, desempleado, en la pobreza, abandonado por mi familia, sin
atención médica ignorando que estaba muy enfermo, y siendo violentado por gente
que se suponía que su trabajo consistía en ayudarme, no en hacer lo contrario.
Al cabo de unas semanas de que esa bella psicóloga me dijo
que tenía un trastorno de personalidad (argumentando que no podía decirme cuál
era, por ética), yo me di cuenta de que padecía el conocido como “Borderline”,
y pese a tener un libro de psicología (en inglés, comprado en un negocio de
libros usados) donde venía una tabla de trastornos de personalidad por grado de
afectación, donde aparecía el TLP como uno de los tres más devastadores, no
internalicé lo grave que es.
En mayo de 2011, la psiquiatra que me atendía desde hacía
tres meses en una institución pública (Hospital Civil Fray Antonio Alcalde) me
dijo que mi trastorno estaba considerado como “muy grave”, y ese fue un segundo
momento de gran trascendencia. Fue entonces cuando internalicé la importancia
de la información que mi psiquiatra acababa de darme. Pero tuvieron que pasar
cerca de ocho años más para que a principios de diciembre de 2018 una psicóloga
vía atención telefónica me dijera al enterarse de que tengo empleo: “es bueno
que trabaje”. Me di cuenta en ese momento que es muy común que quienes
padecemos este trastorno vivamos sin trabajar, y esa es la historia de mi vida.
Haber llegado a la mayoría de edad, y un poco más, y no
convertirme en una persona productiva, tuvo un costo altísimo. Fue uno de los
factores más importantes para que en 1995, con 31 años de edad perdiera la
voluntad de vivir y elaborara un plan para quitarme la vida, de alta letalidad.
De alguna manera me recuperé de esa época tan terrible (la
sigo considerando la más difícil de toda mi vida), pero dos años más tarde,
sufrí otra caída (propiciada por un “amigo” que me pegó por la espalda, y por
todos los miembros de mi familia) que con el paso de los años me llevó a perder
la voluntad de vivir.
Ahora, acercándome a los 55 años de edad llevo una vida
productiva, y ha sido así en los últimos cuatro años de mi vida, pero mirar
hacia atrás y ver mis pérdidas gigantescas me produce un sufrimiento que muchas
veces no puedo manejar y se convierte en furia contra un número de personas
entre las que se encuentran mis padres, dos de mis tres hermanas con sus
respectivos cónyuges, el “amigo” que en enero de 1998 me pegó por la espalda
despojándome de mi empleo, y profesionales de la salud mental como un
psiquiatra de nombre Flavio Miramontes Montoya y otros, que me agredieron
sabiendo que yo me había esforzado durante muchos años, viviendo muy enfermo y
sin atención médica, en medio de una grave violencia intrafamiliar, en soledad,
sufriendo mucho.
Para que quede claro lo terrible que es no llevar una vida
productiva, no valerse por sí mismo y no construir un patrimonio, quisiera
decir que esto equivale a vivir como un inválido, pero uno al que mucha gente
ve con abierto desprecio, se vive con estigma de mantenido siendo agredido por
todo tipo de personas, y al paso de los años, se cae en una pobreza tremenda
(que puede llevar a convertirse en un indigente), a quitarse la vida, o si
tiene uno alguien que lo mantenga, vivir en la indefensión. Esto último porque
cuando uno depende económicamente de alguien, ese alguien puede agredir de la
forma que se le antoje, y su “protegido” no puede hacer nada para defenderse.
Deberá ser fácil comprender esto. Vivir así es un infierno en vida y se
encuentra uno con numerosas personas idiotas que imaginan que eso es estar
alojado en una gran comodidad, no carecer de nada sin el menor esfuerzo. La
estupidez humana no conoce límites.
Estos son algunos de los temas que me propongo tratar en
este blog.
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